Bruma azul Capítulo 45. El último rugido #2
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Capítulo 45. El último rugido #2

Cora empezó a pegarme de nuevo, descargando su furia y su dolor en cada golpe.

—¡Basta! —rugí agarrándola por las muñecas y enlazándolas a su espalda—. ¡Escúchame, Cora!

Ella me escupió con desprecio y comenzó a revolverse como una fiera salvaje.

Luché por contenerla, pero era condenadamente rápida y estaba fuera de control.

Logré girarla en un movimiento abrupto y me ceñí a su espalda.

Le sujeté las muñecas sobre la cintura y la abarqué con mis brazos, inmovilizándola con mi cuerpo.

Dejé que se agotara en su esfuerzo de desasirse de mi presa hasta que se detuvo jadeante.

Los sollozos sacudían su pecho, cada uno de ellos clavándose en mi corazón.

—Cora —susurré en su oído—, ha llegado el momento de despedirnos.

Ella gimió rota, apoyó la cabeza sobre mi pecho y cerró los ojos en un intento fútil de contener el acerbo llanto que la desgarraba.

—Mi amor...

Abrió los ojos de golpe y los fijó en mí, volviendo el rostro en mi dirección.

—¡¡No me llames así..., tú no me quieres!! —acusó rabiosa.

Se debatió de nuevo y tuve que imprimir presión a mi abrazo.

—No voy a disculparme...

—No tienes disculpa, ni perdón ni corazón. Si me quisieras, no me habrías traicionado, no me abandonarías a mi suerte, sabiendo como sabes que no puedo vivir sin ti.

—No hay futuro para mí, nunca lo ha habido; sólo me engañé y te engañé, y esto último es lo que ya me está matando.

—Te rendiste por lo de Dante, y ahora crees que ése será el destino de todos los que te queremos. Y no es así, no lo es. La pesadilla terminó, ya... acabó, Lean, ya es tiempo de ser feliz.

Apoyé el mentón sobre su cabeza y la estreché con fuerza.

—Ya no hay vuelta atrás, Cora —murmuré abatido.

—Tiene que haberla, porque no voy a permitir que mueras, ¿me oyes? Todavía tengo que castrarte.

La giré entre mis brazos adhiriéndola a mi pecho con los brazos pegados a ambos costados, impidiéndole cualquier movimiento.

—¿De qué te serviría castrado? —musité intentando aligerar la tensión.

—De mucho, podría pasarme el día mirándote y, además, viviría más tranquila.

Sonreí con ternura, reprimiendo el vendaval de emociones que zarandeaban mi interior ante el sufrimiento que derramaban sus ojos.

—No me dejes —suplicó con desespero—. Por favor...

—Cora..., ¿cómo explicarte que nada deseo más que estar siempre junto a ti?

¿Cómo expresar la certeza de saber que sólo hallarías sufrimiento a mi lado?

He pensado mucho sobre eso. No sólo murieron mis padres: murió Elena, mi segunda madre, casi mataron a Fabila, ahora Dante, Ayleen sufre, tú sufres.

.. Mi vida es una cadena de desgracias consecutivas.

Pensé que lejos de... ella, de Lorna, mi vida cambiaría, pero no, la maldición me persigue allá adonde vaya y así será mientras viva.

Sé que sufrirás mi ausencia, pero el tiempo sanará tus heridas y tendrás la posibilidad de encontrar la felicidad con un hombre que pueda concedértela.

Yo no soy ese hombre, yo irrumpí en tu vida con la violencia de un huracán, y tan abruptamente como llegué a ella me iré. Yo... debo liberaros a todos de mí.

Cora negaba con la cabeza, hipando entre sollozos rotos.

—No..., tú no lo entiendes. No nos liberas: nos condenas al más cruel de los tormentos, al de perderte. Nunca, escúchame bien, nunca seré feliz, es más, no quiero esta vida si tú no estás en ella. Te juro por cuanto soy que, si acudes a tu ejecución, yo moriré contigo.

—Cora, no... Tienes que irte de aquí.

Me dolía el corazón con tanta fuerza que me faltó el resuello un instante. La solté y me giré hacia la chimenea, apartándome de ella.

Al igual que los maderos se quebraban calcinados, devorados por vivaces lenguas de fuego, así mi alma languidecía moribunda, cayendo en volátiles cenizas a mis pies.

—No voy a irme —insistió obcecada.

Cerré los ojos derrotado, maldiciendo silenciosamente a Ayleen, planeando la manera de reconducir la situación. Pero cuando me volví hacia Cora y vi su expresión tenaz, supe que no desistiría en su empeño.

Nos sostuvimos la mirada un largo instante, percibiendo con claridad cómo el aire crepitaba a nuestro alrededor.

Entonces ella avanzó decidida, tomó mi rostro entre las manos y me regaló una expresión furiosa y una mirada decidida.

—Voy a decirte algo, Lean MacLean —comenzó vehemente—, eres mío, todo tú eres mío, y yo decido.

Y en este momento yo dispongo que jamás vas a volver a besar ni a tocar a ninguna otra mujer.

Yo ordeno que seas mi marido y mi fiel amante hasta que la vejez nos prive de placeres carnales.

Yo requiero y exijo tu amor, tu calor y tu protección eternos.

Y, como yo mando en ti, tú vas a obedecer cada una de mis peticiones.

—Cumpliría gustoso cada mandato —confesé en un susurro.

—Cumplirás gustoso cada mandato —corrigió ella ceñuda, apostillando con firmeza.

Y, para sellar sus disposiciones, me besó con hosca rudeza, con hambrienta necesidad, imponiendo su dominio sobre mí, manejando el beso con habilidosa contundencia, imprimiendo su furia, su dolor y su posesión.

No pude aguantar más. Mi cuerpo clamaba por el suyo con tan abrumador anhelo que sentí cuchillas acicateándome la piel, despertando en mí la descontrolada necesidad de poseerla una última vez.

Respondí al beso con desgarrada pasión, comencé a arrancar sus ropas, completamente desquiciado.

Ella me quitó la camisa presa de la misma urgencia que me invadía a mí.

Solté la hebilla de mi cinturón y me desprendí del plaid , que cayó a nuestros pies.

Sin despegar los labios de ella, mis manos lograron arrebatarle hasta el más nimio estorbo de tela que me privara de su piel.

La cogí en brazos y, devorando cada rincón de su boca, la llevé al lecho que había en un rincón.

Allí, la tumbé y me cerní sobre ella acomodándome entre sus muslos.

Lamí su garganta, su escote, sus suaves y altivos pechos, descendí sinuosamente por su vientre hasta desembocar en su sexo, recubierto del suave vello cobrizo que tanto me enloquecía.

Entreabrí con mis dedos los sedosos pétalos de su femineidad y hundí la lengua en ellos.

Los besé voraz, lamiendo, succionando y jugueteando en cada rincón, dedicándole finalmente toda mi atención al inflamado botón de su placer.

A tenor de la cadencia y el ritmo de sus gemidos, acomodé mis caricias alternando su frecuencia e intensidad.

Ella arqueaba las caderas alzándolas, sumida en un agónico paroxismo de placer desatado, tan entregada a mis atenciones que mi verga palpitó hambrienta.

Introduje dos dedos en su cálido interior, mientras mi lengua continuaba danzando vertiginosa en círculos, en vaivenes continuos que la convulsionaban contra el colchón.

Aceleré y coordiné mis dedos y mi lengua hasta arrancarle un orgasmo violento que la zarandeó en espasmos bruscos, hasta quedar laxa y jadeante, derramando generosamente sus jugos sobre mi rostro.

Me incorporé sobre ella despacio, mirándola como un taimado depredador acechante.

Sin despegar mis ojos de los suyos, atrapé uno de sus pezones en mi boca y tiré de él con suavidad, luego lo lamí con ardorosa lujuria y apliqué el mismo trato al otro.

Ascendí lentamente mordisqueando su garganta, su barbilla y su labio inferior.

Comprobar el fuego que refulgía en su mirada me vanaglorió de mi conquista.

Sonreí pícaro, ella entrelazó los dedos en mi nuca y me atrajo hacia su boca.

Retrocedí apenas para penetrarla y me hundí por completo en su estrecho y ardiente interior. Exhalé un largo jadeo de puro éxtasis y me aparté para mirarla a los ojos, paladeando cada uno de sus gestos.

—Te amo —susurré embargado de aquel sentimiento—, tanto que ya nunca sabré hacer otra cosa. No importa cuántas vidas viva, o cuántas muertes sufra, mi corazón es y será siempre tuyo.

En cada embate, en cada mirada, en cada beso y en cada gesto, remarqué mis palabras, deseoso de grabarlas a fuego en su alma. Cora acariciaba mi mentón con lágrimas en los ojos, no me apercibí de que yo también lloraba hasta que ella me secó un reguero de mi mejilla con sus besos.

En una última y entregada acometida, rugí con fiereza envuelto en un desgarrador clímax.

Cora se arqueó acompañando mi liberación, ambos presos no sólo del placer físico, sino de una plenitud tan desbordante que nos estremecimos al unísono, cautivos de nuestras miradas y del inmenso amor que nos unía.

Pensaba poseerla más veces aquella noche, rendirme a ella desgastando su cuerpo y fijándome en su alma. Sin pensar en aquel amanecer, ni en la inefable separación que pronto tendría lugar.