Capítulo 45. El último rugido
El último rugido
Ayleen partió aquella mañana, tan sólo me abrazó y me besó, incapaz de decir nada más, luchando contra la pena que la embargaba.
Tras su marcha, paseé por la pradera bajo un cielo radiante, entre campos de flores y fragantes arbustos, aspirando olores y grabando sensaciones.
En la loma de una suave colina descubrí un ondulante manto dorado que resplandecía bajo los rayos del sol.
Eran dientes de león balanceados por la brisa.
Me adentré en aquel rodal rodeado de aquellas etéreas flores algodonosas, sintiéndome identificado con aquella planta.
Decían que el diente de león era todo un superviviente, pues sus raíces alcanzaban niveles muy profundos en la tierra, haciéndose inmune al fuego y a las madrigueras de animales.
Su belleza extraña y diferente cautivaba, y su tacto invitaba a acariciarlo.
Además, podía retraerse si se pisaba, y poseía la virtud de desprender sus expuestas semillas para que viajaran lejos con el viento y se afianzaran en otro lugar.
Y eso era lo que ahora me aguardaba a mí: volar con el viento, a otra vida, quizá más justa, quizá más plácida.
Me agaché y arranqué una flor, soplé con vehemencia sus filamentos lanosos y contemplé cómo flotaban suspendidos en el aire. Extendí la palma para acogerlos en ella y pedí un deseo. A continuación, recogí las semillas en mi plaid , que replegué contra mi cintura, y regresé a la cabaña.
Allí, tomé el pliego que Alaister acertadamente había metido entre las provisiones, junto con el cálamo y la tinta, y me dispuse a redactar mi última misiva.
Mi amor :
No me atrevo a pedirte perdón, tampoco comprensión, ambas cosas resultarían dificultosas de otorgar. Sólo pido una sola cosa y es que unas mi deseo con el tuyo.
Con estas semillas que acabas de recibir, pedí al destino una única recompensa por tanto tormento vivido, y es que volvamos a encontrarnos nuevamente, lejos de maldiciones, de dolor y de impedimentos.
No estás sola, Cora. Tu padre no es quien tú crees. Debes mantener una conversación privada con Colin Campbell y pedirle respuestas .
Lo más seguro es que ahora me estés odiando con toda tu alma, y mi único miedo en verdad es que rompas ese hilo que tan mágicamente enlazó nuestros corazones.
Pero, aunque decidieras hacerlo, ¿qué derecho tendría yo a reprochártelo?
Es un riesgo que corro a tenor de esta dura decisión de volar lejos de un destino ingrato, con el que tan sólo expondría a la gente que amo.
Porque te amo, mi Cora, con todo el vigor de este condenado corazón cuarteado por mil cicatrices que nunca terminan de sanar y que a menudo sangran de nuevo.
Te amo con la salvaje rebeldía de un alma que durante años fue emponzoñada con el veneno del odio pero que luchó contra él denodadamente para entregártela.
Te amo con la fuerza de un espíritu indómito y resistente que sólo logró encontrar solaz a tu lado.
Ésa es mi verdad, amor mío, aunque creas que mis actos la contradicen.
Soy consciente de mi decisión de abandonarte, y me siento miserable y mezquino, traidor y cobarde, aunque el fin a mis ojos lo justifique.
Sé que, en tu fuero interno, siempre supiste que yo algún día partiría muy lejos de ti.
Y ha llegado ese momento, parto a otra vida, donde te esperaré hasta el fin de los tiempos.
Sólo confío en que el tiempo y quizá también vivencias amables e incluso otros afectos logren suavizar tu dolor, y quién sabe si paliarlo. Sé que me arriesgo al olvido, pero lo asumo, pues sé que lo merezco .
Siempre en mi alma, en mi espíritu y en mi corazón... Tu león
Confeccioné un minúsculo saquito de tela cortando un trozo de mi plaid e introduje las semillas del diente de león.
Lo cerré con un cordel que anudé concienzudamente y luego desprendí de mi cuello mi colgante del árbol sagrado para engarzar el saquito en la cadena.
A continuación, cerré bien el eslabón uniendo de ese modo el medallón con el saquito.
Soplé la tinta del pergamino y, una vez seca, lo doblé con cuidado, adhiriéndolo a mi pecho un instante, dejando brotar de mi corazón todo el amor que le profesaba a Cora.
Cuando Alaister regresó nuevamente con el contrato firmado y una narración breve sobre la entusiasmada complacencia de Argyll ante mi ofrecimiento, partimos rumbo a Neist Point. Allí nos esperaban los testigos de Argyll y el abogado contratado por mi amigo en mi nombre.
Cabalgamos en silencio, Alaister con semblante torvo y gesto cogitabundo; yo tan sólo saboreando hasta la más mínima sensación: la brisa en mi rostro, la fragancia de los valles, la belleza majestuosa de aquellos parajes, el resonar de los cascos de mi montura contra la tierra, el pulso de la vida que todavía latía en mi pecho.
.. Almacené y paladeé cada instante en mi particular despedida del mundo.
Recorrimos la accidentada costa de Skye admirando cómo irregulares cabos de roca se introducían rotundos en el mar como cuchillos dentados, cómo gavilanes y alcatraces planeaban sobre el rugiente océano en busca de presas, cómo abruptos y verdes acantilados se alzaban hacia el cielo orgullosos, recubiertos de verdes laderas que brillaban bajo el sol.
Llegamos casi al anochecer a Glendale. El pueblo estaba apenas formado por unas pocas cabañas diseminadas de las que emergía el cálido fulgor del hogar a través de sus ventanas. Alaister detuvo a su caballo frente a una en particular.
Desmontamos y nos adentramos en la cabaña, una mujer removía el contenido de una marmita sobre el fuego.
—Llegáis justo a tiempo para cenar —anunció limpiándose las manos en el delantal.
—Veo que lo has preparado todo —dije dirigiéndome a Alaister.
Él se encogió de hombros y se sentó en una banqueta junto a la mesa.
—Qué menos que una buena cama y una apetitosa cena, y más siendo las últimas.
Sostuve su rencorosa mirada y me senté frente a él.
La mujer nos sirvió un guiso de pescado y nos acercó una hogaza de pan negro.
—Al menos podré remojar esta aberración en algo que no sea mi pobre saliva —mascullé troceando la hogaza en mi escudilla.
Alaister esbozó una tenue sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Me está tentando viajar a Sevilla sólo por probar el pan de allí —repuso.
—No desaprovecharías el viaje, te lo aseguro —afirmé cazando con mi cuchara las islas de pan que flotaban sobre el caldo, absorbiéndolo—. Este condenado pan tiene más sed que yo.
—Quizá puedas apuntarme la receta.
Sonreí alzando una ceja y asentí mientras tragaba una cucharada.
—Creo que hacen una mezcla con harina blanca, levadura, leche, azúcar y huevos, no sabría decir cantidades. Una vez amasada la mezcla, se le añaden almendras y uvas pasas y se deja fermentar cubierta con un lino. Cuando dobla su tamaño, se mete al horno.
—Suena delicioso.
—Está delicioso —confirmé—. Si lo haces y te sale bien, ponle mi nombre.
—¿Y si me sale mal?
—Ponle el tuyo.
Alaister sonrió abiertamente, compartí su risa y continué comiendo con apetito. La mujer nos sirvió un recio vino que paladeé gustoso.
Tras la comida, degustamos un suculento pudin dulce de frutos rojos y me encontré casi lamiendo el plato.
—Bueno, será mejor que me retire —anunció Alaister poniéndose en pie—, estarás agotado.
—No me preocupa, creo que pronto no me faltará descanso.
Él frunció el ceño, fulminándome con la mirada.
—Guárdate tus chanzas de mal gusto, y piensa en los que nos quedamos aquí llorando tu muerte, aunque lleve días reprimiendo mis ganas de matarte yo mismo.
—Tuviste tu oportunidad en Duart.
—Créeme que en aquel momento no tenía tantas ganas como ahora —replicó grave.
Respiré hondo, me puse en pie y posé una mano en su hombro.
—Discúlpame, y no sólo por mi desafortunado comentario. Pero no creas ni por un momento que es más fácil para mí. No huyo: renuncio, no lo olvides.
Alaister me contempló escudriñando en mis ojos. Bajó la mirada contenido y asintió quedo.
—Sé que sientes un profundo afecto por Cora, posiblemente ella te habría correspondido de no haber entrado yo en escena. Me gustaría creer que contará contigo cuando yo no esté. Necesitará mucho cariño, y quizá tú...
No pude seguir, sólo imaginarlos juntos me hería.
—Ella jamás amará a otro hombre que no seas tú —adujo con firme convencimiento y hondo pesar—. Y eso no deja de ser paradójico, porque entregando tu vida la condenas a ella, por mucho que creas que la liberas de tu maldición.
Se dirigió a la puerta y, antes de salir, agregó:
—Reflexiona esta noche sobre eso.
La mujer salió tras Alaister, dejándome solo en la cabaña.
Me senté en la banqueta frente al fuego, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. Me negué a pensar, simplemente me limité a contemplar las hipnóticas llamas con la mirada perdida.
Fuera, el viento aullaba y el regular murmullo de las olas se sumaba al crepitar del fuego, componiendo un ambiente sereno del que bebí agradecido.
Unos apremiantes golpes en la puerta me sobresaltaron. Me levanté y me dirigí a ella. Cuando la abrí, unos flamígeros ojos verdes me golpearon con su furia.
Recibí un fuerte bofetón que me giró la cabeza, y un violento empellón que me hizo retroceder. Cora se adentró en la cabaña, cerró la puerta y se cernió sobre mí dispuesta a abofetearme de nuevo. Tenía el rictus crispado y la mirada dolida y acusadora.
—¡Eres un malnacido! —gritó fuera de sí, golpeándome con los puños—. ¿Cómo has podido...?
Fijó la vista en mi cuello, percatándose de la suave marca de un mordisco en mi piel. Cerró los ojos contrita, su rostro contrayéndose en una mueca angustiada.
—¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha traído?
—Me lo ha contado Ayleen —gimió furibunda—. Vino a verme, discutimos... y ella...
—Cora..., ¿qué te ha contado?
La cogí por los hombros y la miré interrogante.
—Dime que es todo mentira —sollozó—, dime que no estuviste con ella y que... no has entregado tu vida en un contrato.
—¡Maldición! —bramé enfurecido.