Capítulo 22. Lágrimas en un claro de luna #2
Cuando regresé a la taberna, la fiesta había decaído, aunque mis hombres reían y bebían alborozados. Cora se giró para dedicarme una mirada letal y una mueca desdeñosa. La ignoré sentándome junto a Duncan. En la otra mesa, Dante dormía sobre el banco. Frente a él, Alaister conversaba con Rosston.
Reparé en la ausencia de Irvin. Miré a Gowan inquisitivo.
—Las mujeres de esta aldea no pierden el tiempo —respondió a mi muda pregunta—. Prefieren a los apuestos, claro está. Quizá cuando os agoten sea mi turno.
—Pues no lo entiendo —masculló Rosston girándose hacia nosotros—. Los menos agraciados tenemos lo mismo entre las piernas. Alaister ya ha rechazado dos ofrecimientos, pero ninguna de las hembras que se le han acercado me han mirado siquiera.
—Quizá busquen tener hermosos hijos —barruntó Duncan burlón—, no una bestia roja que espante al ganado.
Los hombres rieron jocosos ante el amenazador ceño del highlander pelirrojo.
—Es mejor espantar ganado que mujeres, Duncan. Aunque dudo que haya una diferencia para ti.
Tras otras burdas risotadas, los hombres apuraron sus jarras y bostezaron sonoramente.
Busqué con la vista al zángano, que conversaba con un amigo, y rebusqué en mi bolsa unas monedas de plata, que desplacé pensativo por mis dedos.
Cora permanecía de espaldas a mí, inmóvil, sumida en sus propias reflexiones.
No era el único que la observaba, Alaister también la atisbaba con semblante ensoñador y mirada ausente.
Me puse en pie y me dirigí a la mesa donde nuestro anfitrión conversaba animado.
—Mis hombres están agotados —murmuré depositando las monedas en la barra. Al instante, recibí una hambrienta mirada de hurraca y Agnes se cernió sobre ellas con una sonrisa avara—. ¿Dónde está la cabaña de esa viuda?
El hombrecillo estiró el cuello oteando el interior de la taberna.
—Hace un rato la vi por aquí, habrá regresado a casa. Yo os acompañaré.
Asentí, me dirigí nuevamente a mis hombres y me incliné para tomar en brazos a Dante, que dejó escapar un sonoro resuello pero no se despertó.
—Nos retiramos, partiremos al alba.
Acomodé con suavidad al muchacho contra mi pecho y descubrí a Cora mirándome con extrañeza ante mi ternura.
Alaister la cogió galantemente del brazo y la acompañó fuera de la taberna. Fuimos guiados hasta una cabaña algo más apartada; de sus ventanas brotaba un resplandor dorado y, de su chimenea, volutas zigzagueantes de blanquecino humo.
El hombre tocó a la puerta y, al cabo, una mujer de rubios cabellos, marcadas curvas y sonrisa sensual nos abrió.
—Ella es Maddy, enviudó muy joven, pero extraña tanto a su esposo que se niega a desposarse de nuevo.
La mujer clavó una sonrisa traviesa en mí y nos dejó pasar.
Se había rehecho el recogido, estirando sus cabellos en un prieto moño y, aunque hacía apenas unos instantes la había montado salvajemente en los establos, me miró con deseo.
Los hombres me observaron subrepticiamente. Cora apretó los labios y contempló despectivamente a la complaciente Maddy.
—Estáis en vuestra casa —musitó solícita haciendo un gesto con su mano que abarcaba todo el interior.
—Bueno, amigos —rezongó el hombrecillo—, que tengáis buen viaje, y no olvidéis recompensar a la buena de Maddy por su hospitalidad.
—Creo que ya la han recompensado debidamente —farfulló Rosston sardónico, arrancando en los demás una cadena de risitas, sofocadas con tosco disimulo.
Asentí a modo de despedida y el hombre se marchó. Cuando Maddy cerró la puerta, se rozó intencionadamente contra mi hombro.
—Podéis dejar al muchacho en ese jergón —indicó—. Me han prestado los suficientes para que todos durmáis cómodos, los he dispuesto en torno a la chimenea.
Me examinó titubeante aguardando a que dejara a Dante en su camastro. Luego se acercó y me susurró:
—Mi cama es mucho más cómoda —ofreció batiendo sus espesas y doradas pestañas.
—Dormiré con mis hombres, aunque os lo agradezco igualmente.
Alaister se acercó a mí con semblante preocupado.
—Voy en busca de Ayleen —informó en tono seco.
—No, yo iré. De todos modos, pensaba salir a buscar a Irvin. Es mucho más seguro para todos que durmamos juntos.
Alaister abrió la boca para rebatirme cuando negué rotundo con la cabeza.
—¡Iré yo! —insistí cortante—. Vuelve junto a Cora, parece que te has erigido en su paladín.
—¿Te molesta acaso?
Su expresión retadora sí me molestó, fruncí el ceño y negué hosco con la cabeza.
—No, no me molesta, me preocupa. No olvides quién es.
Ambos dirigimos nuestra atención a Cora, que calentaba sus manos al calor de la chimenea con tan abatido semblante que nació en mí la necesidad de abrazarla. Cuando miré a Alaister, descubrí el mismo anhelo en su expresión.
—Sólo es un una mujer zarandeada por el destino —murmuró meditabundo—, no merece que jueguen con ella.
Me miró acusador, cuadrando los hombros.
—Esperemos que tampoco lo haga ella —mascullé incisivo.
Gruñí malhumorado y salí de la cabaña más ofuscado de lo que me habría gustado admitir.
Recorrí la aldea sin que ni Ayleen o Irvin dieran señales de vida.
Exploré los establos con una sensación opresiva en el vientre y una extraña inquietud aleteando en mi pecho.
Quizá Irvin estuviera gozando de la fogosidad de alguna aldeana en alguna cabaña cercana, pero ¿y Ayleen? ¿Dónde demonios se había metido?
Se había marchado de la taberna airada y dolida.
De niña solía refugiarse en el bosque o iba a contemplar el mar cuando estaba de ese talante.
Quizá había buscando un rincón solitario donde gruñir su furia.
Me encaminé hacia uno de los recodos del río Teith, donde un pinar cercano se apiñaba contra la ribera.
La luna plateaba con destellos refulgentes las oscuras aguas, nacarando cada relieve.
En el rodal sombrío cubierto por las espesas copas de los árboles, apenas se dibujaban las apretadas sombras de arbustos de retama y algún peñasco.
Decidí aventurarme en él, con el pálpito de sentirla cerca.
Oí un murmullo apagado y lo que me parecieron gemidos sofocados. Caminé sigiloso hasta adentrarme en el bosquecillo. Aguardé a que mis ojos se adaptaran a la escasez de luz y avancé cauteloso y atento a mi alrededor.
Atravesé la tupida arboleda hasta toparme con un claro escondido entre la alta maleza. En el centro, dos figuras se fundían en una, en un amasijo de piernas y brazos enlazados, conformando una sombra extraña, como si un espectro de la noche, una criatura sobrenatural danzara bajo la luna.
Me detuve en seco y retrocedí con el corazón acelerado. Rodeé el claro hasta acercarme desde otro ángulo, reconociendo con abrumadora claridad quiénes eran y lo que hacían.
No supe qué hacer. Me quedé allí inmóvil con la mirada fija en ellos, deseando por un lado arrancar a Irvin del cuerpo de Ayleen, intervenir de alguna manera para detenerlos, gritarle a ella que él era tan canalla como yo.
Pero a nada de eso tenía derecho, porque había renunciado repetidas veces a tener decisión y poder en la vida de nadie, y de ella en particular todavía más.
Sin embargo, aquella noche había flaqueado y la había tomado, y quizá esa entrega me hacía considerarla un poco mía, egoístamente mía.
Sacudí la cabeza y apreté los dientes. Era un imbécil redomado, un maldito cínico.
Yo acababa de hacer lo mismo, yo... Y, entonces, a mi mente acudió aquella sombra huidiza al salir de los establos tras copular como un animal. ¿Era posible que ella...?
Y, en tal caso..., ¿se entregaba a Irvin por eso?
No, me dije, considerarlo siquiera era pretencioso por mi parte.
Pero entonces ¿qué explicaba aquello, cuando ella nunca había mostrado más que desdén por aquel hombre?
Negué con la cabeza, confuso y dolido. Sí, dolido, porque, si cabía la posibilidad de que yo fuera el culpable de aquello, estaba ocasionando justamente lo que había deseado evitar: dañarla hasta el punto de entregarse por rencor a un hombre al que ni siquiera apreciaba.
Apreté los dientes y cerré los puños con fuerza.
Seguía sin ser bueno para nadie, consciente o inconscientemente sólo me equivocaba una y otra vez.
Me prometía cosas que incumplía de forma continua, tan sólo quedaba a mi favor la buena intención de algo que me veía incapacitado para realizar a cada instante que pasaba.
Decidí dar media vuelta y regresar a la cabaña, pero mis pies no sólo se anclaron al suelo, sino que pugnaron por avanzar.
Di un par de pasos y me situé al borde del claro, a la vista, bañado por la luna.
Permanecí allí inmóvil, como un árbol más, como una de esas rocas que observaban silenciosas su entorno, mudas testigos de su alrededor, y con la mirada fija en los amantes, para grabarme que ella era tan libre como yo, y que si aquello era su forma de huir de lo que sentía por mí, si aquel cuerpo era el refugio de su dolor, de su frustración o de su represalia, yo, menos que nadie, debía detenerla.
Tenía que alejarme cuanto antes de allí.
De repente, ella dirigió su mirada hacia donde yo estaba y clavó sus ojos en mí.
¿Eran lágrimas lo que refulgía en ellos?
Durante un instante nos miramos, mientras los empellones de Irvin sacudían su cuerpo.
El corazón se me encogió, me giré trémulo y ya comenzaba a alejarme cuando una estrangulada exhalación destacó entre los jadeos, como un triste y marchito lamento que la brisa nocturna arrastró hasta mí, quizá envolviendo en él una súplica, un deseo silencioso, un ruego desesperado que me detuvo de nuevo.
Respiré hondamente y me volví de nuevo hacia ellos.
En unas pocas zancadas me abalancé sobre la espalda de Irvin y lo arranqué literalmente de entre las nacaradas piernas de Ayleen.
Ella exhaló un gemido, él gruñó y se giró hacia mí dispuesto a pelear.
Esquivé el primer golpe, no tuvo tiempo de más, le lancé un feroz puñetazo que lo derribó.
Cuando me acerqué a él, se arrastró retrocediendo.
—Alejaos de ella.
—¡Ella consintió, ella me buscó a mí! —replicó furibundo.
Supe que era verdad. Clavé mi mirada en ella. Trémula, me contemplaba llorosa.
—Si es lo que realmente quieres, me marcharé y os dejaré en paz. Sé que... que no tengo ninguna potestad sobre ti, sé... que... soy un miserable, pero no te hagas esto por rencor hacia mí. Te lo suplico.
Ayleen fue incapaz de hablar, bajó los ojos y negó con la cabeza.
No supe cómo interpretar aquello. Dubitativo, miré de nuevo a Irvin, decidiendo hacer lo que me nacía en aquel momento.
—¡Lárgate, Irvin! Busca la cabaña de Maddy, es la más apartada.
—¿Las quieres todas para ti? —reprochó hostil poniéndose en pie.
Me encaré a él dispuesto a defenderme.
—No voy a darte explicaciones.
—¡Dile que se largue! —pidió casi a voz en grito dirigiéndose a Ayleen.
—Si me lo pide, me iré —acepté.
Ella arregló nerviosa sus ropas y se puso en pie. Temblaba tanto que se abrazó a sí misma.
—Vete, Irvin, no ha sido una buena idea.
—¡Maldita perra!
Me abalancé sobre él y lo cogí de las solapas de la camisa, sacudiéndolo con fuerza en un intento de amedrentarlo, pues no quería emplear de nuevo la fuerza.
—Jamás vuelvas a ofenderla ni a acercarte a ella —siseé amenazador.
Lo solté y, tras una mirada rencorosa, se alejó mascullando imprecaciones.
—Me viste con ella en los establos, ¿no es así?
Ayleen asintió y se cubrió el rostro con las manos ahogando en ellas un sollozo.
Hice ademán de acercarme, pero ella alargó un brazo para detenerme con un gesto seco.
—No, Lean, he de olvidarte como sea, y por la diosa que lo haré.
—No así, Ayleen, no así, o acabarás despreciándote más a ti que a mí mismo.
—Yo no te desprecio —manifestó con voz estrangulada.
—Pues deberías.
Alzó su empañada mirada hacia mí. Acariciada por el resplandor de la luna, creí estar frente a una de esas estatuas de marfil talladas con tanto sentimiento, en la que habían cincelado con extrema delicadeza en cada rasgo una tristeza tan infinita y perpetua que temí no poder borrarla nunca.
La sentí tan desvalida y rota que no pude evitar abrazarla contra mi pecho y acariciar con mimo su espalda mientras ella descargaba su llanto.
—¿Qué te he hecho, Ayleen? —me lamenté.
—Sólo... sólo necesito tiempo. Tiempo para asimilar que eres tan inalcanzable como esa luna que ahora nos baña con su luz. Después volveré a ser la de antes. Muerta la ilusión, muerto el dolor.
Me cogió el rostro con ambas manos y me miró con afectada emoción.
—¿Sabes? Yo también odio a Lorna con toda mi alma, porque si alguien te arrancó la posibilidad de ser feliz fue ella.
Durante años mantuve la esperanza de salvarte, cuando te fuiste creo que te soñé cada noche, incluso fantaseaba sobre cómo serías, y que estaríamos juntos, sin saber siquiera si estabas vivo.
Pero, a tu regreso, creí... creí que todos esos sueños podrían hacerse realidad, que yo.
.. que yo sería capaz de borrar todo el veneno que roía tu alma, que mi amor te curaría con más efecto que cualquiera de mis pócimas. Pero me equivoqué.
Bajó el rostro y negó apesadumbrada con la cabeza.
—Cuando logre tragarme toda mi amargura, seré esa amiga y compañera de viaje que necesitas; cuando rompa hasta la más fina hebra de ilusión, podré amarte sin pretensiones. Porque siempre lo haré, Lean, hasta el último día de mi vida, eso lo sé. Podré vivir con eso, sin ti, pero con tu recuerdo.
La abracé con más fuerza. Deseé poder corresponder con el mismo sentimiento.
Deseé consolarla y pedirle perdón. Y, allí, entre mis brazos descubrí que la quería, no lo suficiente para merecerla, pero demasiado para arrastrarla al infierno al que me dirigía.
No estaba impedido para amar, ni para ser amado, sólo estaba impedido para ser feliz, pero en realidad yo no ansiaba la felicidad.
Lo único que necesitaba por encima de todo era encontrar la paz.