Bruma azul Capítulo 22. Lágrimas en un claro de luna
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Capítulo 22. Lágrimas en un claro de luna

Lágrimas en un claro de luna

Tomé a Ayleen de la cintura y comencé a danzar con ella, entre saltos regulares y giros continuos.

La muchacha reía contagiándome su risa, ahondando en mis ojos.

Agarrada a mis hombros, continuó el ritmo del agitado baile con semblante soñador.

En cuanto empezaron a animarse al cambio de parejas por turno, siguiendo un círculo amplio, y me arrebataron a Ayleen de los brazos, Cora ocupó su lugar.

Su sonrisa y la mía se congelaron, pero nuestras miradas crepitaron.

Tenerla entre mis brazos me produjo un extraño y desconocido cosquilleo en el vientre que me incomodó; no fue la única parte de mi cuerpo que reaccionó ante su contacto.

Tragué saliva y evité ceñirme a ella. Por otra parte, comprobar la rigidez de la muchacha, su malestar y su desagrado acicateó mi ego lo suficiente para cambiar de idea y derribar sus defensas con una sensual sonrisa, adhiriendo su cuerpo al mío.

Por su escandalizada expresión, agrandando los ojos sobremanera, supe que había notado la protuberancia que palpitaba en mi ingle y, aunque hizo ademán de retirarse, no se lo permití.

—Parece que os recuerda algo —susurré mordaz en tono ronco.

—Pues recuerda que lo rechacé —respondió furiosa mientras intentaba apartarse.

—Sólo recuerda que estuvo a punto de llevaros a las estrellas.

Cora se debatió entre mis brazos, luchando por desasirse de ellos, aunque en sus ojos refulgiera un anhelo opuesto.

—Tranquila, gatita, no os resistáis tanto o haréis rugir al león.

—O me soltáis o esta gatita os hará una cicatriz a juego en la otra mejilla.

—Mmm, ¿sí? —proferí con voz sensual, en tono bajo y ronco, penetrándola con una mirada maliciosa y oscura—. Si pensáis arañarme, hacedlo en mi espalda mientras me hundo en vos.

Cora me dio una fuerte patada en la espinilla. Exhalé un quejido sorpresivo y, aprovechando mi desconcierto, logró zafarse de mí sorteando a las parejas de baile. A continuación, regresó ceñuda y furibunda a su silla, encarándola a la chimenea para darme la espalda.

Otra mujer ocupó su sitio, mirándome encandilada aunque con cierto recelo.

Aun así, no tuvo reparos en ceñirse a mi cuerpo y sonreírme invitadora.

Bailé con ella y con dos más hasta que Ayleen regresó a mis brazos.

Esta vez, su semblante era huraño y reprobador.

En lugar de continuar danzando, ambos permanecimos inmóviles mientras a nuestro alrededor las parejas nos envolvían en rítmicos círculos.

Intentó evadir mi mirada, pero cuando logré atraparla descubrí un claro matiz acusador.

—Te atrae —murmuró con agria pesadumbre. No hizo falta que aclarara su afirmación.

—Me exaspera —puntualicé.

—Le gustas.

—Me odia.

—De eso quiere convencerse, pero sólo hay que ver cómo te sigue con la mirada. No puede controlar la atracción que ejerces sobre ella. Lucha a cada instante contra ella, como debería hacer yo.

Sostuve su mirada con un deje de culpabilidad y remordimientos floreciendo en mi rostro.

—¿A ella no quieres protegerla? ¿Es eso? ¿Te da igual hacerle daño?

—No puedo hacerle daño a quien me odia, Ayleen, quizá por eso con ella me cuido menos.

—O quizá porque tú tampoco puedes resistirte a esa atracción que ha surgido entre vosotros.

En su tono trascendió la amargura y la frustración. Tragué saliva incómodo y negué con la cabeza.

—No voy a tocarla, sólo juego con ella. Cuanta más aversión parece sentir hacia mí, más deseo derribar ese falso velo que se empeña en mostrar.

La azulada mirada de Ayleen relampagueó disconforme y celosa.

—Y ¿para qué, Lean? —inquirió mordiente—. ¿Con qué objeto quieres derribar ese velo?

—No lo sé —respondí confuso—. Quizá mi ego busque resarcirse.

Ella resopló sardónica y me miró con fijeza.

—Entonces tú también te engañas, no te tenía por un necio —sentenció.

En mí nació la furia y el desconcierto, sacudí contrariado la cabeza y la miré molesto.

—No creo tener que justificar mis actos ante nadie, ni mis decisiones, y mucho menos mis impulsos, siempre he dejado clara mi postura.

Es más, te he advertido en muchas ocasiones que no debías esperar nada de mí, que te mantuvieras lejos.

Soy libre, maldita sea, guárdate tus reproches y tus consejos para quien le importen —barboté indignado.

El semblante de Ayleen se contrajo como si le hubieran golpeado. Sentí el impulso de disculparme en cuanto vi cómo su mirada se humedecía y su barbilla retemblaba. Sin embargo, logré permanecer impasible. Ella bajó herida la vista y salió de la taberna ofuscada y envarada.

Solté el aire contenido y maldije para mis adentros. «Al diablo con ellas», pensé. Si deseaba una mujer, tomaría a cualquiera que fuera de mi agrado. Era un malnacido y pensaba demostrarlo.

La muchacha que antes había estado en mis brazos regresó de nuevo y, llevado por un ciego arrebato de furia, me abalancé sobre ella y la besé.

No me rechazó, más bien al revés, se frotó gustosa contra mí, gimiendo en mi boca.

Me separé apenas de ella con la intención de buscar un lugar más privado, y entonces me topé con la mirada impávida y casi angustiada de Cora.

Me permití sonreírle pérfidamente guiñándole un ojo, y recibí a cambio una expresión de profundo desprecio, antes de tomar a la desconocida por la cintura y sacarla de la taberna.

Bien, así estaban las cosas, me dije, mejor que me odiaran, mejor que supieran quién era realmente, mejor que se mantuvieran apartadas de mí. Y, muy pronto, cada uno por su camino.

La mujer tiró de mí dirigiéndome hacia lo que parecían los establos.

La noche caía pesada, una luna creciente iluminaba las siluetas de las cabañas colindantes y los senderos entre ellas.

La premura de la joven que me guiaba no desató ninguna emoción en mí, ni siquiera la deseaba, pero me dejé arrastrar al penumbroso interior de unas cuadras y permití que me tumbara sobre el heno.

Con ademanes apremiantes y expresión urgente, comenzó a desnudarse, arremangándose las faldas y colocándose a horcajadas sobre mí.

—Sois un hermoso semental —espetó ansiosa—, y ardo en deseos de montaros.

Me dejé besar y manosear, aguardando paciente a que el deseo despertara, a que mi travieso «cabezón» entrara en juego, pero de momento, nada de lo que aquella mujer pretendía surtía efecto: continuaba lánguido e inerte.

Supe la razón, y era que en mi cabeza asomaban dos rostros ceñudos y en mi corazón, dos remordimientos diferentes, pero igual de punzantes.

—He bebido demasiado —justifiqué mientras ella acercaba sus generosos pechos a mi boca. La aparté suavemente para sonreírle a modo de disculpa—. Además, estoy muy cansado, creo que será mejor que me retire.

La mujer se apartó una larga guedeja dorada del rostro y me observó disgustada. Era atractiva y voluptuosa, en otro momento no la habría desairado y, aunque deseé desfogarme con ella, el maldito deseo no surgía.

—Eso no es problema para mí —repuso—. Dejadme hacer.

Desanudó el cordón que cerraba la bragueta de mis pantalones con hábil presteza y me miró lasciva al tiempo que introducía su mano buscando mi miembro.

Cuando lo agarró y lo liberó de la prenda, empezó a acariciarlo mientras se relamía.

Exhalé un gemido y la dejé hacer, comprobando aliviado cómo mi «cabezón» comenzaba a dar la talla.

—Es tan formidable como vos —alabó en tono ardoroso con una nublada mirada entornada, tan tórrida como su voz.

Y, ante mi asombro, se encorvó sobre mí y tomó mi gruesa verga en la boca.

Incliné hacia atrás la cabeza, y un ronco gemido me acarició la garganta en su viaje al exterior.

Aquella mujer sabía muy bien cómo complacer a un hombre.

Tumbado sobre el heno, apenas incorporado en mis antebrazos, observaba la maestría de aquella boca, lamiendo, succionando con tal delirio que temí liberarme antes de demostrarle mis dotes de semental.

Complacida ante mis ininterrumpidos jadeos y mi latente y erguido deseo, se levantó y me montó con ansiosa impaciencia.

—¡Oh, Dios..., síííí...! —gimió lujuriosa.

Cabalgó entusiasta sobre mí, con tal vehemencia y pasión que sus senos se bamboleaban violentamente pidiéndome que los refugiara en mis manos.

Los tomé en ellas y alcé las caderas acomodando mi ritmo al suyo.

Al cabo, se deshizo en un ruidoso orgasmo que agitó a los caballos de la cuadra, que acompañaron su éxtasis con una serie encadenada de relinchos y coceos.

La agarré de las caderas y la deslicé lateralmente para salir de su húmedo interior.

Luego la hice ponerse a gatas, me coloqué tras ella, aparté las largas faldas y la embestí con fiereza, liberando no sólo un pujante deseo contenido, sino también mi rabia y mi desconcierto.

Una y otra vez, la embestía con dureza, arrancándole entrecortados y placenteros jadeos.

Hundí mis dedos en la suave piel de sus redondeadas caderas y la penetré tan hondamente que la mujer exhaló un gemido rasgado, envarándose en lo que parecía otro orgasmo.

Tras otra serie de bruscas acometidas que convirtieron aquel acto en un simple intercambio salvaje de placeres, perdí la conciencia de mí mismo.

Absolutamente carente de toda emoción o sensibilidad, sin que mediara un solo sentimiento, tan sólo un acto animal y primario que me llevó a derramarme con un sordo gruñido vacuo y a salir de ella raudo, como si necesitara alejarme de aquel vacío extraño que, en lugar de dejarme satisfecho, imprimió en mí un inaudito malestar.

Ni siquiera fui capaz de mediar palabra con ella. Recompuse mis ropas, repasé mi cabello peinándolo con los dedos ahuecados para liberar alguna brizna de heno prendida en él y me marché sin contemplarla siquiera. Ya en el exterior, me pareció atisbar una silueta oscura alejándose a la carrera.