Capítulo 19. Una máscara en el fuego brillante #2
Quise llorar por esa niña sin nombre, posiblemente robada a algún pescador de Craignure, pero no pude.
La imaginé correteando entre risas por aquella nacarada vereda sobre las olas, hacia el otro lado del horizonte, ya lejos del horror y el sufrimiento, pero también de un futuro, del amor de sus padres y de una vida plena.
Yo, en cambio, nada dejaba, nada perdía, nadie me aguardaba.
Tantas veces la muerte moraba en mis pensamientos que me pregunté por qué no me rendía a ella.
¿Por qué seguir luchando? Y, entonces, la imagen del nogal que me vio nacer acudió a mi mente, el árbol de la vida, el Crann na Beatha, y supe que estaba enraizado a él, como si su savia recorriera mis venas y mi sangre sus nervaduras, como si un hechizo nos hubiera unido en un destino común.
Quizá por eso ahora necesitaba tan desesperadamente abrazarme a su tronco, quizá él lloraría por mí liberando la opresión que oprimía mi pecho y estrujaba mi corazón. Sólo quizá ...
Un pequeño impacto en la frente me despertó sobresaltándome.
Todavía era de noche y la luna estaba alta, por eso, cuando abrí los ojos vislumbré una esbelta silueta entre los árboles.
Me incorporé alarmado y eché mano de mi espada.
De pronto, algo golpeó con suavidad mi cabeza.
Cogí el objeto que cayó al suelo, era una pequeña piña seca.
Me puse en pie, descubriéndome abotargado y confuso, dudando si despertar a los demás, cuando la grácil figura se adelantó haciéndome el gesto de guardar silencio y de que la siguiera, antes de desaparecer entre los pinos.
Corrí tras ella adentrándome en la espesura, en una especie de juego extraño, siguiéndola curioso hacia donde quisiera guiarme.
Me llegó el suave murmullo del cascabeleo de una risa femenina y seguí el oscuro manto de una larga cabellera que danzaba entre los árboles, presuponiendo quién era la joven que perseguía.
Por alguna razón, me sentí liviano, alegre y despreocupado.
Mis labios se curvaron en una sonrisa divertida, casi traviesa, y mi ánimo juguetón y excitado se preñó de un entusiasmo poco común.
Sorteaba árboles como si aquello fuera una pillería infantil, siguiendo a esa joven que se escondía tras los troncos para despistarme llamando luego mi atención sobre ella, alentándome a atraparla.
Pero cuando salimos a un claro y vi el círculo de piedras sobre aquella colina con varias antorchas iluminándolo, me paré. La joven, que ya ascendía la loma, se detuvo al ver mi indecisión.
Mis ojos se perdieron en los recuerdos de aquel macabro rito, mis pies retrocedieron, mi sonrisa se desdibujó y mis ojos se agrandaron ausentes.
La mujer se acercó a mí, me cogió de la mano y me contempló extrañada.
Pude verla mejor. Aunque todavía en penumbra, se adivinaba la escasez de su ropa, con su larga melena salpicada de hojas y flores, la corona floral que la tocaba y una máscara extraña, como recortada de la corteza de un árbol, adornada con hojas secas y bayas.
Tiró de mí, arrancándome de mi impavidez, y me impelió a ascender tras ella.
En el centro de aquella loma, varias mujeres danzaban semidesnudas, cubiertas con gasas y velos, ocultando su identidad con vistosas máscaras naturales.
Algunas se abrazaban libidinosamente entre sí, prodigándose caricias atrevidas y sonrisas lujuriosas.
Otra balanceaba un sahumerio esparciendo un espeso humo blanco que se diluía en volutas en su ascenso, como si fueran garras fantasmales que se estiraban para atrapar la luna.
Más allá del rodal iluminado, justo entre las sombras, pude oír jadeos reveladores y vislumbrar alguna que otra sombra de cuerpos entregados a placeres carnales.
Dos mujeres se acercaron a mí y me rodearon. Acto seguido, comenzaron a pasear sus manos por mi cuerpo, frotándose insinuantes entre risitas alborozadas.
La misteriosa joven se antepuso y las apartó con decisión, resaltando en ese gesto que yo le pertenecía. Por un momento me sentí una presa en la guarida de un depredador que defendía su captura de la voracidad de sus congéneres.
De repente, la muchacha empezó a cantar y todo mi cuerpo se tensó.
Pero aquel cántico era meloso, con claras notas celtas, una de esas bendiciones paganas convertidas en canciones de cuna que arrullaban y cautivaban por su dulzura. Y eso hizo, atraparme en su melodía.
La mujer me llevó al centro de aquel círculo y, sin dejar de mirarme con intensidad, me soltó y comenzó a danzar ante mí.
Sus gráciles brazos ondeaban, sus piernas giraban y saltaban moviendo su cuerpo en un ritmo acorde a su canción.
Mis ojos empezaron a recorrer aquel esbelto cuerpo, reparando en su peculiar indumentaria.
Tan sólo llevaba unas hojas cubriendo sus pechos, atadas a la espalda con un cordel y algo parecido e igual de rudimentario ocultando su femineidad en una especie de fajín tejido de helechos, juncos y flores, con tan débil urdimbre que vislumbré a la perfección la curvatura de sus nalgas y la suave piel de sus caderas.
Aquel baile tan entregado y sensual ayudó a que aquel entramado se deslizara para que viera más de lo que ya veía.
Se me secó la garganta comprobar cómo ella misma se acariciaba mientras se relamía los labios y giraba lasciva a mi alrededor.
Todo mi cuerpo comenzó a palpitar de deseo, subyugado en su visión, deleitándose en aquella danza que encendía mis sentidos y crepitaba mi ánimo.
Tras una de sus muchas vueltas a mi alrededor, se desplazó un poco para coger una de las antorchas y comenzó a trazar figuras luminosas con tan magistral habilidad que admiré de cada movimiento, de cada trazo dibujado en la noche, la pasión y la dedicación que ponía en aquel baile ritual.
Tras alzar las manos al cielo en una clara ofrenda a los dioses, se detuvo para mirarme intensamente y, así, a la luz de aquel brillante fuego, tras la adornada máscara de tronco de árbol, reconocí unos hermosos ojos turquesas que rezumaban de deseo contenido.
Se acercó lentamente a mí, depositó la tea en el suelo mientras se desataba el cordel de la espalda y dejó que me embebiera en unos senos altivos, de pezones oscuros y pequeños, erguidos y suplicantes.
Me cogió de las manos y las posó sobre sus senos.
Los sentí cálidos y suaves en mi palma, y una punzada lujuriosa me recorrió.
Luego se acercó, enlazó mi cuello y me besó, primero tímidamente, después con más arrojo.
Abrí mi boca para ella, que se cernió con afectada emoción en busca de mi lengua.
La frotó apasionada gimiendo triunfal en mi interior.
El beso ganó voracidad, la pasión se desató y mis manos no tuvieron que ser ya guiadas.
Contoneé su silueta y la ceñí a mí, tomando el control del beso y bebiéndome cada uno de sus jadeos.
Ella comenzó a desnudarme con impaciente necesidad, y su urgencia prendió esa hambre dormida, enmudeciendo cualquier brizna de conciencia, cualquier promesa hecha o cualquier cosa que no fuera volcar en ella todo mi deseo.
Caímos al suelo, yo medio desnudo con ella a horcajadas sobre mí, tan desnuda como el día en que vino al mundo, a excepción de aquella rústica máscara.
Apenas reparé en el coro de voces que se alzaban en una extraña melodía que se perdía en la distancia de forma gradual hasta desaparecer por completo.
Tenía la mente embotada y la libido exaltada, pero me apercibí de la soledad que ahora nos rodeaba.
Y, entonces, la miré de nuevo. Ella me sonrió seductora y se removió sobre mí.
Y, así, apresado entre sus piernas, me recorrió el torso con las palmas de las manos al tiempo que me contemplaba con lascivia.
Luego se tumbó sobre mi pecho, tomando de nuevo mi boca.
Llevé las manos a sus nalgas y la alcé lo suficiente como para poder penetrarla.
Acaricié su sexo comprobando que estaba más que preparada para recibirme y, aun así, quise que mis dedos se regodearan en aquellos suaves pétalos húmedos, arrancándole estirados gemidos de placer.
Mientras me besaba, le procuré tan violento orgasmo sólo con los dedos que se envaró de forma abrupta sobre mí, sacudida por su clímax.
No dejé que se recuperara, la tomé de las caderas y la penetré profundamente, ciñéndola contra las mías.
Ella exhaló un sonoro jadeo, arqueó la espalda y empezó a cabalgar sobre mí, atrayendo mis manos hacia sus bamboleantes senos.
El placer me hostigó implacable mientras ella danzaba esta vez sobre mi cuerpo, cimbreando el suyo en cada embestida, acoplándose al mío a la perfección, recibiéndome gustosa y ansiosa en su interior, y gozando de cada empellón.
Yo alzaba mis caderas para profundizar la penetración y ella gemía de placer, con la mirada arrobada y las mejillas encendidas.
El choque de la carne, la cálida fricción de la cópula, las hambrientas caricias, los resuellos y los jadeos y los besos, tan ardientes como las antorchas que nos rodeaban, desataron mi autocontrol hasta liberarme en un orgasmo brusco y abundante que contrajo mis testículos hasta vaciarlos por completo.
Ella se agitaba en otro clímax esplendoroso que acompañó al mío, estallando en un generoso torrente de fluidos que humedeció mis ingles y mi sexo.
Sonreí jactancioso: hacer gozar a mis amantes era un don del que me vanagloriaba.
Ambos, jadeantes, nos miramos durante un largo momento.
—He conseguido uno de mis sueños: tenerte en mi interior —murmuró ella con emotiva afectación.
—Ayleen...
—No temas, Lean, ya te dije que sólo aspiraba a lograr una de mis ilusiones, y era ésta, y en Beltane además, tal y como soñé.
Acaricié su mejilla y ella sonrió. Se tumbó de nuevo sobre mi pecho y acaricié su larga melena castaña mientras acomodaba su rostro en la curva de mi cuello.
—Y, a pesar de haberlo soñado tanto... —comenzó arrobada—, la realidad supera cualquier expectativa. Jamás olvidaré esta noche.
—Creo que tampoco yo.
Entonces me cogió de la barbilla y me obligó a mirarla.
—Esta noche, y sé que sólo por esta noche, has sido mío, y, aunque desearía no salir nunca de tus brazos, haber estado en ellos da sentido a mi vida.
La contemplé abrumado por su intensidad, por todo lo que derramaban sus ojos, y descubrí que sus sentimientos eran incluso más fuertes de lo que en un principio había adivinado.
—Desde siempre —contestó a mi muda pregunta—, a veces creo que ya nací amándote.
—Debiste de sufrir mucho entonces —repuse emocionado.
—Mucho, yo también tengo pesadillas —confesó.
Cerré los ojos, lamentando su destino, al igual que el mío.
—Es mala cosa amar a alguien tan roto como yo.
—Es duro, no malo, y no porque una no sea correspondida, sino por saber que aquel a quien amas sufre tanto que nada puedes hacer por ayudarlo.
Eso es lo más duro de todo. Cuando te llevaron lejos de aquí, rogué que nunca regresaras, que hallaras la felicidad que tanto merecías, pero cuando supe de tu vuelta, sólo pude dar gracias, sólo pedí volver a verte y, cuando lo hice, me dejaste sin aliento —sonrió prendada, pasando la punta de sus dedos por mi mentón—.
Eres tan hermoso, Lean, tan gallardo, tan condenadamente sensual, te deseé tanto cuando te vi luchar en el patio de Duart en una apuesta.
.. Sin embargo, jamás creí que conseguiría tenerte, pero lo logré.
La diosa me concedió mi deseo, y en la noche más mágica del año.
—Todavía es Beltane y lo será hasta que el sol asome, todavía puedes soñar, y yo imaginar que soy un hombre entero capaz de hacer feliz a alguien.
—Me haces feliz a mí con tan sólo oírte respirar, no necesito nada más —afirmó ella repasando mis labios.
—¿Qué tal si me escuchas gemir de nuevo?
Sonrió ampliamente y me besó con voracidad. Se apartó apenas para mirarme ardorosa.
—Creo que no hay sonido más maravilloso en la Tierra.
Nos besamos con frenesí, nos entregamos a la pasión, cada cual volcando cuanto sentía, liberando nuestras emociones como un bálsamo curativo, sanando nuestras heridas, como si, en cada beso, en cada caricia, pudiéramos borrar los malos recuerdos compartidos de nuestra niñez, como si el pasado perdiera consistencia en cada roce, en cada muestra de cariño, en cada entrega.
Y, así, la noche se agrisó y, culminando nuestro particular rito de bienvenida a la época estival, la tomé en brazos, la cubrí con mi herreruelo y la llevé al campamento antes de que el alba despertara miradas curiosas.