Bruma azul Capítulo 19. Una máscara en el fuego brillante
42%

Capítulo 19. Una máscara en el fuego brillante

Una máscara en el fuego brillante

Decidimos escondernos en un pinar para pasar la noche, aguardando el día y la finalización de la celebración al dios del fuego.

Beltane era la celebración celta que conmemoraba un cambio de época, de ritmo.

Era la bienvenida al verano, un rito pagano todavía muy arraigado sobre todo en aldeas perdidas como aquélla, en el que se aprovechaba para pedir la bendición para sus tierras y sus ganados.

También se celebraba, sin embargo, el despertar de la sexualidad del joven dios y la diosa madre.

Era un día en el que se agasajaba con toda clase de ritos la fertilidad que propiciaban las jóvenes parejas copulando esa noche, tras saltar las brasas y danzar desinhibidos alrededor del fuego.

Era una de las noches más mágicas del año, donde los hechizos tenían más poder y los deseos más alcance.

Una noche donde campaban libremente toda clase de criaturas sobrenaturales, brujas, elfos, hadas y duendes.

La gente más supersticiosa que condenaba el paganismo se protegía cubriendo de sal la entrada de sus casas y establos, seguramente sin ser del todo conscientes de que tan singular procedimiento era tan pagano como aquello que condenaban.

Tras dar buena cuenta de una cena frugal y fría, me arrebujé en mi capa y me cubrí con mi manto al pie de un frondoso pino, sobre un lecho de agujas que sofocaban la gelidez del lecho boscoso, obligándome a no prestar atención a ninguna de las dos mujeres que últimamente tanto ocupaban mi mente.

Sin embargo, Ayleen sí me dedicó parte de su atención, ofreciéndome su odre de aguardiente para caldear mi estómago, aunque sin mediar palabra y sin mirarme apenas.

De lo que sí me apercibí fue de las conversaciones susurradas que solían mantener Gowan e Irvin, una amistad que me causaba cierto desasosiego a tenor de las subrepticias miradas que recibía de ellos de tanto en tanto.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el sopor. No obstante, no fue oscuridad lo que me trajo el sueño, sino unos titilantes resplandores...

... El ulular de las lechuzas y el suave crujido del bosque bajo mis pies era cuanto oía.

El azulado resplandor que pendía sobre la neblina nocturna, opacando unos resplandores dorados, era cuanto veía.

Y, aunque en mi fuero interno una voz ominosa me gritaba que diera media vuelta y regresara, la temeraria curiosidad impulsaba mis pasos reforzando mi valor .

Aquella noche, y tras esconderme de otro castigo, nadie me había encontrado.

Por fortuna, el acantilado estaba repleto de oquedades y escondrijos donde me había refugiado incluso noches enteras.

A la mañana siguiente, famélico y aterido, regresaba en busca del calor de Anna, que me alimentaba y me consolaba.

Ya no lloraba en sus brazos, hacía tiempo que no lo hacía ni siquiera a solas.

Quizá mis lágrimas se habían agotado, o quizá había terminado entendiendo que, al no aportar solaz, eran inútiles y debilitaban.

Mis necesidades básicas era de cuanto me ocupaba, bueno. .., de eso y de sobrevivir.

Muchas veces había intentado huir, no eran pocas las ocasiones en que había llegado corriendo a la bahía de Craignure, en plena noche, buscando un birlinn para escapar de aquella maldita isla a golpe de remo.

Pero, no bien me alejaba de la orilla, me detenía, miraba la costa y pensaba que, si me alejaba de mis orígenes y moría en cualquier tierra extraña, mi madre no vendría por mí, pensaba que aquél era mi lugar, convertido en un infierno, pero un infierno al que pertenecía y que no abandonaría por mucho que mordieran aquellos demonios.

Sin embargo, aquella noche necesitaba escapar, probarme a mí mismo hasta dónde era capaz de llegar y, mientras corría entre la espesura del bosque, mientras atravesaba los rocosos páramos, aquellas hipnóticas luces llamaron mi atención.

Conforme me acercaba, comprobé que esos resplandores salían del interior de la amplia abertura de una cueva entre dos peñascos.

También me trajo el viento unos cánticos extraños estirados en espectrales lamentos que erizaron mi piel.

Luché contra el impulso de volver, pero una fuerza imperante me arrastró hacia aquel lugar.

El anaranjado y trémulo resplandor de antorchas iluminaba la entrada y, como si ejercieran algún hechizo hipnótico, me adentré en aquella caverna, pegado a una de sus paredes de roca.

Los cánticos fueron más manifiestos, reverberando en el eco se convirtieron en aterradores, y me aceleraron el pulso.

Me apercibí de una arista en la pared que sobresalía ascendiendo y pensé que podría valerme de la plataforma si trepaba por ella girando el recodo de aquella gruta, de modo que pudiera acechar sin ser visto.

Así pues, me encaramé ágilmente y escalé aferrándome a aquel saliente hasta lograr ponerme en pie, ceñido a la pared.

Avancé despacio, arrastrando un pie y luego el otro, buscando apoyos con los dedos de las manos en garras y atisbando por encima del hombro.

Poco a poco me acerqué al recodo, comprobando que el saliente se ensanchaba lo suficiente para poder colocarme a gatas, y así lo doblé .

No sé qué esperaba encontrar, pero sin duda no lo que mis ojos vieron.

La cueva se abrió a una sala amplia, donde un círculo de antorchas sobre postes rodeaban una especie de altar de piedra y, sobre él, una niña pequeña atada y amordazada.

Una figura encapuchada alzaba los brazos, en una de sus manos portaba una daga, una daga que reconocí de sobra, como reconocí ya a la perfección la femenina y rasgada voz que continuaba cantando algo parecido a salmos enfebrecidos.

Era una letanía diabólica en una lengua que no conocía.

El terror me sobrecogió, pero no por mí, sino por aquella criatura que se agitaba presa del pavor.

Otras dos figuras cubiertas con capas y capuchas oscuras contemplaban aquel rito macabro, que pronto se convertiría en sacrificio .

De inmediato, retrocedí, todo lo apresuradamente que pude y, aunque trastabillé de forma peligrosa, logré salir de la cueva. Con el corazón galopando con violencia mi pecho, recorrí los alrededores de aquel peñasco y al fin localicé lo que buscaba: sus monturas .

Desaté las riendas del corcel de Lorna y lo conduje a la cueva.

En el trayecto, recogí piedras y palos que metí en las alforjas de la silla y, cuando llegué a la abertura, me adentré apenas lo suficiente para gritar con tanta fuerza que el caballo se encabritó asustado y relinchó, sumando su alboroto al mío.

El eco resonó tétrico por toda la oquedad, como si fuera el anunciamiento de uno de los jinetes del apocalipsis.

De inmediato agité las riendas, adhiriendo mis escuálidas rodillas a los flancos del caballo para estabilizarme, ya que mis pies no llegaban bien a los estribos, y dirigí con torpeza al animal hasta la espesura del robledal que había enfrente para ocultarme.

No tardó en asomar uno de los hombres encapuchados.

A pesar de la negrura que ocultaba su rostro, distinguí una barba cana reconocible.

Apreté los dientes y me incliné, enrollando bien mi otra mano a las riendas.

A continuación, extraje de la alforja un puñado de piedras que comencé a lanzar con todas mis fuerzas sobre él.

Tras oír algunas maldiciones y quejidos, azucé al caballo y me adentré en el bosquecillo, sorteando árboles y cambiando de dirección hasta detenerme tras una colina y aguardar con el estómago encogido .

Oí piafar de caballos y un acelerado galope alejándose raudo.

Afiné el oído atento a cualquier sonido alarmante, pero el silencio reinó pesado y opresivo en el bosque.

Trémulo e inquieto, me decidí a salir, enfilando al caballo hacia la entrada de la cueva.

Antes de llegar al claro, permanecí atento y temeroso hasta que mis nervios despuntados me impacientaron lo suficiente para entrar en la caverna.

Tenía la altura suficiente para hacerlo a lomos del corcel y, así, me adentré en aquella gruta todavía iluminada por las antorchas.

El eco de los cascos del caballo resonó en mis oídos con la misma intensidad que mis propios latidos y, cuando doblé el recodo, ambos sonidos se detuvieron paralizados .

La niña yacía inerte sobre aquella piedra plana, de la que rezumaban hileras de sangre que goteaban hacia el suelo de la caverna formando pequeños charcos.

Su joven pecho mostraba la barbarie sufrida, repetidas hendiduras negruzcas y sanguinolentas se sobreponían unas a otras, con saña y premura.

Cerré los ojos mortificado y furioso y ahogué un sollozo seco antes de hacer retroceder a mi caballo y salir de aquel lugar maldito a galope tendido .

Cabalgué toda la noche hasta llegar a la costa norte y allí desmonté, palmeé los cuartos traseros del animal alentándolo a alejarse y me senté en una roca frente al mar.

Nadie me creería, y confesarlo me condenaría. Por qué me conservaba a mí con vida era todo un misterio, seguramente para no privarse del placer de atormentarme a diario. Pero ahora ya sabía que era una bruja, que tenía poder y que, allá donde fuera, me encontraría .

Me embebí del nácar que refulgía en la espuma de las olas chocando contra las rocas, del sendero de plata que la luna tejía sobre la superficie del océano hasta perderse en el oscuro horizonte, y me deseé recorrer esa senda para no regresar.

Quizá más allá hubiera otro mundo, un mundo donde no existiera la maldad, un mundo nuevo, lleno de luz y bondades. Quizá.