Capítulo 18. El poder del agua #2
Completamente aturdido y desconcertado, fruncí el ceño asimilando aquella orden, que no pude cumplir.
—Lo deseas tanto como yo —le espeté con la voz enronquecida por el deseo.
—No... no sé qué me ha pasado... Yo... te he visto ahí, desnudo bajo la cascada... No sé... qué ha pasado por mi cabeza. Pero esto es una completa locura, tú me odias y yo a ti.
Aquella última afirmación consiguió que accediera a su ruego.
La solté jadeante y furioso. Me odiaba, sí, pero yo no a ella. Y, por mucho que el deseo quemara mis entrañas, me juré no volver a tocarla.
—¡Lárgate, entonces, y nunca más vuelvas a provocarme, porque te juro por Dios que no volveré a detenerme! —le advertí con dureza.
Aquello era tan sólo una amenaza, jamás sería capaz de forzar a una mujer, yo menos que nadie, pero recé para que surtiera el efecto buscado.
Cora me miró confusa y nerviosa. Trémula, compuso una mueca avergonzada, su barbilla retembló al borde del llanto.
Sus mejillas todavía encendidas y sus labios inflamados me tentaron a besarla de nuevo, apreté los puños y desvié la vista.
Por último, se alejó nadando. Salió del estanque y se vistió apresuradamente, para abandonar a la carrera aquel reducto paradisíaco, único testigo de nuestro fogoso y truncado encuentro.
Tardé largo rato en calmarme y en dejar de maldecir.
Era la primera vez que me rechazaban, que una mujer pedía salir de mis brazos.
Y esa sensación no sólo me resultaba frustrante, además de humillante, sino que sentí cómo ese desprecio se clavaba en mi pecho casi como una afrenta.
Y ¿qué hacía con el deseo que ondulaba dolorosamente insatisfecho por todo mi cuerpo, con ese torrente de fuego que todavía recorría mis venas?
Bufé exasperado e iracundo y comencé a nadar para tratar de liberar parte de la tensión que me prensaba.
Una y otra vez, crucé el circular estanque hasta que me agoté lo suficiente para salir de él.
Todavía ardía, así que me tumbé boca arriba en la herbosa ribera, sobre suaves helechos, jadeante y ofuscado.
Me prometí que me alejaría de Cora Campbell cuanto pudiera.
Ya había decidido dejarla en Dumbarton y que ella decidiera el rumbo que debía seguir.
Pero mientras tanto debería esforzarme en ignorarla y masticar como pudiera el despecho recibido.
Sólo rogaba no tener que sufrir un nuevo asedio por parte de ella, porque esta vez sería yo quien le recordaría que me odiaba.
Respiré hondo y procuré distanciarme de todas mis inquietudes para recuperar la paz que aquel lugar me había ofrecido antes de que ella apareciera.
Sin embargo, el verdor de los helechos me recordaba el color de sus ojos, y la suavidad de sus hojas, la de su piel.
Maldije de nuevo y me puse en pie. Difícilmente encontraría ya paz en aquella poza.
Recogí mis ropas y me puse sólo el pantalón, abandonando la privacidad de aquel místico paraje protegido por un farallón de roca que lo cerraba al valle.
Cuando regresé al claro, con la camisa, el jubón y mi cinto en la mano, recibí la acusadora mirada de todos los presentes, que lanzaban subrepticias ojeadas también a Cora, que, bajo un manto, intentaba secar su larga cabellera junto al fuego.
Alaister estaba a su lado y parecía consolarla.
Sólo Dante me sonrió, incluso se permitió guiñarme pícaro un ojo, el muy granuja.
Ayleen se acercó a mí, me cogió del brazo y me llevó a un extremo del campamento.
—Ya que no llevas la camisa puesta, deja que eche un vistazo a tus heridas.
Asentí y me senté en el suelo, dándole la espalda.
—¿Por qué diablos me miran todos así?
—Hace un rato llegó empapada y, cuando se sentó temblando junto al fuego, se echó a llorar.
Alaister le preguntó qué le ocurría y la cubrió con su manto, pero ella insistió en que no le pasaba nada.
Y, ahora, llegas tú de la misma guisa, con semblante huraño y mirada ofuscada.
Resulta obvio que algo ha pasado entre vosotros.
—No puedo creer que piensen que he intentado algo con ella.
—Y más cuando hace bien poco te enfrentaste a Irvin por mí.
—Con lo cual creen que soy un hipócrita y un miserable.
—Algo así —confirmó Ayleen.
Resoplé indignado y observé a mis hombres, que chismorreaban como viejas cotorras en soterrados susurros.
—Pues no es cierto, no he pretendido forzarla. Sólo me estaba dando un baño en la poza que hay oculta tras aquel peñasco cuando ella apareció. Yo estaba desnudo, la sorprendí e imagino que se asustó y salió corriendo. Es una dama de la corte, se impresiona con facilidad.
No pensaba malograr la reputación de Cora ni dejar en evidencia su pundonor, como tampoco pensaba revelar que la deseaba y que su encono hacia mí en cierta forma me disgustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Creí que ya te había visto desnudo, para asustarse así...
—Mis hechuras impresionan, créeme.
Me giré para sonreírle vanidoso, Ayleen puso los ojos en blanco y bufó burlona. Toqueteó los alrededores de la herida de mi espalda y acarició el contorno de la brecha del costado.
—Tu capacidad curativa es impresionante. Cicatrizas maravillosamente bien.
—¿Es un cumplido?
—No, ésos te los echas tú solito a la perfección.
Me dio una palmada en el hombro y chasqueó la lengua.
—Aun así, voy a untarte con grasa de mula para bajar la inflamación.
Se levantó para dirigirse a su caballo y sacó de sus alforjas un pote de barro.
Mientras la observaba, sentí unos ojos sobre mí.
Cora desvió la vista al saberse sorprendida y sus mejillas se ruborizaron.
Haber compartido con ella tan apasionada intimidad, haber probado su sabor, acariciado su cuerpo y vislumbrado la fogosidad que palpitaba dentro de ella había despertado en mí una necesidad que antes me jactaba de controlar, y que, sin embargo, ahora punzaba insidiosa con un anhelo tan abrumador que lo achaqué al deseo insatisfecho.
Tenía que hacer algo con eso, quizá aliviándome me fuera más fácil olvidar aquel episodio.
Ayleen regresó, se puso tras de mí de rodillas y untó la grasa sobre la herida en delicados círculos. Luego, y sin saber muy bien el motivo, pareció masajear toda mi espalda, acariciando con sus manos toda su extensión.
—¿Por qué no te tatuaste también la espalda?
—No suelo mirarla.
—Pero los demás sí.
—No me tatué para los demás.
De repente ella me abrazó por detrás y besó la curva de mi cuello. Me estremecí. Dejé que sus manos recorrieran los símbolos de mi pecho, mis hombros y mis brazos.
—Resultan tan fascinantes...
—Tengo frío, ¿puedo ponerme la camisa ya?
—Ofreces una estampa tan formidable sin ella que estoy tentada de negártelo.
Ayleen se separó de mí casi con pesar, se incorporó y se detuvo a observarme. Me puse en pie y terminé de vestirme ante su atenta y refulgente mirada, que brillaba admirada, como absorbiendo mi imagen.
—Si yo te hubiera sorprendido en esa poza, creo que te habrías asustado tú.
Su descarada confesión, tan halagadora, por otra parte, me hizo replantearme mi decisión de no involucrarme carnalmente con ella. Si no hubieran mediado los sentimientos, no habría dudado en tomarla. Pero mediaban, y su interés en mí crecía con el paso de los días.
Regresamos a la hoguera y nos sentamos en torno al fuego. Evité mirar a Cora y actué con absoluta normalidad, fingiendo ignorar las ojeadas subrepticias y curiosas de los hombres.
—Comamos algo y continuemos —decidí taciturno—, es mejor y más seguro viajar de noche.
—Hoy precisamente no será una buena idea —rebatió Ayleen.
Los hombres se miraron entre sí y asintieron.
—Y ¿puedo saber por qué?
—Pues porque esta noche se celebra Beltane —respondió ella—, y si nos topamos con alguna aldea es más que probable que enciendan hogueras y lo festejen hasta bien entrado el amanecer.
—No veo el problema, estarán muy ocupados con sus rituales paganos para reparar en la sombra de unos jinetes. Además, todavía no ha caído la noche y podemos avanzar un buen trecho. Siempre podemos ocultarnos y escondernos si divisamos uno de esos festejos.
—¿Qué sugerís vosotros?
Clavé mi mirada en Malcom, que se limitó a asentir conforme.
Tras la aprobación del capitán de Duart, el resto de los hombres, Gowan, Irvin, Duncan y Rosston, convinieron con el plan, como si en verdad fuera a Malcom al único que estaban dispuestos a obedecer.
Alaister también se apercibió de aquel sutil pero evidente gesto y me contempló preocupado.
—¡Marchando!
Me puse en pie ofuscado e impaciente, lanzando a Cora una mirada rencorosa y dura. Ella bajó al punto los ojos, afectada.
Lo último que necesitaba era perder el respeto de mis hombres por algo que no había hecho y mucho menos provocado.
Cuando me dirigía a mi caballo, Ayleen me siguió con la intención de continuar montando conmigo, cogí las riendas y la esperé.
—Ya puedo montar solo, será mejor que montes tu alazán. Zill ha soportado demasiados días el peso de dos personas.
No sé si fue mi tono duro o mi decisión lo que le hizo agrandar dolida los ojos.
—Como quieras, está claro que ya no me necesitas.
—Agradezco tus cuidados —proferí.
—Espero que no vuelvas a necesitarlos, pues me lo pensaré mucho antes de ofrecértelos de nuevo, ya que te importa más el bienestar de Zill que mis desvelos.
—No quería... —comencé arrepentido.
—No te preocupes, Lean, queda claro que, además de adorable, soy estúpida.
—Ayleen...