Bruma azul Capítulo 18. El poder del agua
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Capítulo 18. El poder del agua

El poder del agua

Recortada contra un intenso cielo azul, la imponente Buachaille Etive, la gran montaña piramidal que coronaba la cañada del río Etive, se alzaba majestuosa sobre el grandioso valle que se extendía a sus pies.

Estaba rodeada por los sinuosos afluentes del río, que descendían ruidosos entre el pedregoso terreno, en determinados tramos saltaban pequeñas y joviales cascadas de roca en roca, y desembocaban en íntimas lagunas que invitaban a sumergirse en ellas.

Creyéndome en el paraíso, olvidé por un momento que me perseguían demonios.

La belleza del lugar resultaba subyugadora, casi mágica e irreal, y quizá eso fue lo que caldeó los ánimos de mis hombres, suavizando la tensión e incluso animando la camaradería.

Habíamos acampado en la ribera del Etive y, encontrándome más restablecido, pero todavía impedido para salir de caza, había insistido en dar de comer a Sahin de mi propia mano lo que cazaban mis hombres.

Mientras lo hacía, le susurraba en árabe con timbre meloso, mirándolo a los ojos.

En más de una ocasión, Cora se había detenido a observar mi singular ritual diario, como cautivada no supe si por mi tesón, por mi tono o por mi halcón.

Ya que podía caminar, y aprovechando que todos dormían tras la comida y caía la tarde, decidí darme un baño en una de aquellas tentadoras lagunas.

En Sevilla solía acudir con asiduidad al único hammam clandestino que había en el barrio de Santa Cruz, pues los habían cerrado todos.

El baño en cuestión estaba camuflado sabiamente en el sótano de un lupanar, sólo abierto a clientes exclusivos, o como en mi caso, que ofrecí mis servicios de protección a cambio sólo de utilizarlo.

Sin embargo, nunca olvidaría mis momentos de refugio en aquellas humeantes salas en torno al aljibe principal, donde la decoración mudéjar, la penumbra y el silencio te arrastraban lejos de la realidad y del propio cuerpo, incluso.

El agua era un elemento imprescindible para mí.

Sumergirme en ella era como entrar en otro mundo, me purificaba, aligeraba mis inquietudes y soliviantaba mi ánimo.

Ejercía sobre mí una poderosa atracción casi convertida en necesidad, como si yo le perteneciera.

Quizá aquel día en que, de niño, decidí entregar mi vida al océano, aunque me rechazó, se quedó con parte de mi alma.

Quizá esa paz que sentí cuando creí que la muerte me llevaba había calado hondo en mi mente y continuaba buscándola.

Quizá lo que en verdad anhelaba era volver a sentir a mi madre, pues nunca había podido olvidar esa frase que había susurrado en mi mente: «Todavía no». «Tal vez pronto», me dije.

Tras un peñasco oí con claridad el arrullo de una cascada y, como si fuera un canto de sirena, mis pies rodearon aquel peñón revestido de musgo, abrazado por arbustos de tejo y algún enebro silvestre, hasta encontrar la entrada a la escondida laguna.

Envuelta de matorrales altos y una pared de roca recubierta de hiedra, una poza oculta se abrió a mis ojos, llamándome a descubrir sus profundos secretos acuáticos.

Me desnudé despacio y me acerqué al borde.

En la roca se abrían pequeñas cuevas horadadas en ella, cubiertas por una fina cortina de agua que velaba su interior oscuro.

Helechos espesos y de considerable tamaño cubrían el lecho de aquel privado reducto que la naturaleza había creado para su disfrute.

Me aproximé al borde de la poza y miré a través de la prístina agua el fondo pedregoso. Me lancé dentro exhalando un gemido gustoso a pesar de que su frescor me acuchilló la piel.

No era muy amplia, con lo que en pocas brazadas la recorrí de parte a parte, notando la tirantez en la herida del costado y en la de la espalda.

Nadé hasta donde la cascada besaba el agua y me puse debajo de aquel suave torrente líquido.

En aquella parte no cubría, y pude colocarme en unos escalones rocosos para erguirme y frotar mi cabello y mi cara.

La sensación era tan placentera que incluso gemí saboreando el fino telón de agua que acariciaba mi piel.

Con el rostro alzado, dejé que todo mi cuerpo se relajara y cerré los ojos olvidándome del mundo.

No sé cuánto tiempo pasé así, hasta que un chapoteo me alertó y abrí los párpados sobresaltado.

Frente a mí, Cora Campbell, por completo desnuda, se introducía cuidadosamente en el agua con los ojos fijos en mí.

Una serpiente invisible reptó por mi vientre, encogiéndolo, sentí el aleteo de una mariposa acariciando mi pecho y cómo mi corazón se agitaba acelerado.

No supe qué esperar, ni qué demonios pretendía, sólo fui consciente de la dureza que se alzaba hambrienta entre mis piernas y de que aquella mirada esmeralda despertaba más al león que ya rugía dentro de mí que la sola visión de aquel hermoso cuerpo.

Permanecí inmóvil con el pulso acelerado, sosteniendo su mirada mientras la mujer parecía nadar sin que la preocupara o la avergonzara mi presencia.

Tan segura se consideraba que incluso se puso boca arriba, con las manos extendidas, flotando sobre la superficie quieta y mostrándome toda su tentadora desnudez.

Sus lozanos y níveos pechos asomaban del agua, luciendo unos pezones enhiestos y rosados que nublaron mi entendimiento ante el voraz impulso de lanzarme a devorarlos.

Su esbelto cuerpo recortado contra la oscuridad del fondo punzó mi deseo como nunca antes.

Vislumbré un triángulo cobrizo en el vértice de sus piernas que prendió mi deseo con la virulencia de una chispa en un nido de yesca.

Mis testículos se encogieron pegándose a mi cuerpo, prestos para una posible descarga, y mi verga palpitó con anhelante desespero.

La mujer se dio la vuelta en el agua y nadó hacia mí.

Todo mi cuerpo se tensó. Cuando llegó al escalón donde yo me encontraba, a tan sólo un palmo de mí, se irguió disfrutando de aquella cortina de agua.

Me sentí desfallecer, sometido por intensas oleadas de incontenible lujuria.

Creo que jamás había estado expuesto a una prueba tan dura, y eso que me consideraba un hombre que controlaba férreamente todos sus apetitos.

La miré frunciendo el ceño, ardiendo por dentro y aguardando a duras penas una reacción por su parte.

Pero ella se limitó a ignorarme, cerrando los ojos como yo había hecho apenas unos momentos antes, disfrutando del agua que recorría su piel. Devoré visualmente cada rincón de su cuerpo recubierto de gotas perladas, que yo deseaba beber.

—¿Tenéis acaso una ligera idea del peligro que corréis?

Ella abrió los ojos y me sonrió despreocupada.

—No, creo recordar que no os gustan las gatas, y yo menos que las demás. Ya demostrasteis vuestra indiferencia ante mi desnudez.

—Creo que lo que demostré se aleja mucho de la indiferencia.

—Recurrid a ese recurso entonces, yo me iré enseguida y podréis dar rienda suelta a vuestra lascivia.

La fulminé con la mirada, pero sus labios estaban tan condenadamente cerca que temblé de deseo.

—¿Por qué venís a provocarme?

—Sólo quería un baño y, como vos, he aprovechado que todos dormían. Además, haber comprobado que sois inofensivo me ha animado a compartir esta poza.

—Dais demasiadas cosas por hecho, pequeña arpía. Yo lo único que veo es que me tentáis de nuevo, poniéndome a prueba, ¿tanto me deseáis?

Cora entornó furiosa los ojos y se encaró a mí.

—Tan poco como vos a mí.

—¿Eso pensáis?

Asintió rotunda, y ese simple gesto deshizo el endeble lazo de mi contención.

La cogí por los hombros con vehemencia y la acerqué a mí, clavando en ella una mirada penetrante en la que dejé brotar el fuego que me consumía.

La sentí temblorosa cuando la abarqué en mi abrazo. Su cuerpo ceñido al mío me abotargaba de deseo. Tomé su boca con posesividad aprovechando su desconcierto y la besé con denodada pasión, mostrándole cuánto se equivocaba.

Ella gimió abrumada por mi intensidad. Aquel débil resuello sorpresivo me bastó para introducirme en el húmedo interior de su boca buscando su lengua, gruñendo en ella, volcando toda mi hambre, como un famélico depredador sobre su presa.

Cora se dejó hacer y aquella indolencia me enloqueció.

Acaricié su sinuoso contorno, delineando sus caderas, desplazando mis manos hacia sus turgentes y sedosas nalgas.

Las abarqué y las ceñí contra mi dureza, que clamaba desesperada su húmedo y estrecho refugio.

¡Santo Dios, sólo imaginar que podía tomarla en este instante me devastaba!

Ansiaba tanto hundirme en ella, apoderarme no sólo de su cuerpo, sino de cada uno de sus sentidos.

.. Me superaba volviéndome un chiquillo torpe e impaciente.

Pero cuando ella comenzó a devolver mis besos, tanteando tímida su avance, rozando su lengua con la mía, contoneándose lasciva contra mí, supe que si no la tomaba perdería el juicio irremisiblemente.

La alcé sin dejar de besarla y, con sus piernas en torno a mis caderas, me introduje en el agua, con ella encaramada a mi cuerpo.

Sus manos agarraron gruesos mechones de mi largo cabello negro mientras me besaba con el mismo ardor que yo le ofrecía.

Mordisqueé sus labios, su barbilla, su cuello, gimiendo hambriento.

Ella arqueó la espada hacia atrás ofreciéndome sus pechos y los devoré con absoluta devoción, concienzudamente, saboreándolos con delirio.

Con el agua por la cintura, nos dejamos llevar por una pasión desmedida, candente, oscura y densa que hacía burbujear nuestra sangre y la convertía en lava.

La punta de mi falo rozaba su expuesta y cálida abertura, yo ya no podía esperar más.

Deslicé la mano hacia su sexo para prepararlo con hábiles y precisas caricias, pero entonces ella se envaró rechazando el contacto e hizo ademán de apartarse de mí.

Dejé de besarla y la miré a los ojos confundido.

—¡Suéltame!