Bruma azul Capítulo 4. Sellando un trato #2
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Capítulo 4. Sellando un trato #2

—Bien —concedió irritado. Se pasó los dedos por el cabello alborotándolo con un fútil deje de frustración y luego deambuló por la estancia de un lado a otro, mascullando entre dientes—.

No obstante, necesitarás dinero para viajar, para tejer tu venganza y para huir.

Tu ímpetu en el combate ha impresionado a MacColla, mencionó que ofrecías tus servicios al mejor postor y es posible que te proponga partir con él como uno de sus mercenarios a Irlanda.

Pero tus intereses están en Skye, como acabas de desvelar, así que pagaré tus servicios si logras infiltrarte como aliado del marqués de Argyll.

Entorné la mirada sin llegar a entender adónde pretendía llegar.

—Acabo de matar a su aliado, dejando viuda a una mujer de su familia. Difícil empresa hacerle creer que puede confiar en mí —repliqué.

—No, si le hacemos creer que te hemos expulsado del clan. Has dado claras muestras de desprecio por los tuyos, será fácil, además, difundir tus andanzas como mercenario. A buen seguro, ya hablan de tu ferocidad en la batalla, hiciste buen alarde de ello.

—Traigo una buena bolsa de maravedíes de plata y ningún interés en complicarme más la vida —afirmé rotundo.

—Yo costearía tus servicios con escudos de oro de curso legal, tus maravedíes de plata tendrías que malvenderlos al peso a cualquier usurero prestamista de Edimburgo. Además, en el burgo de Inveraray encontrarás algo que suscitará más tu interés de lo que imaginas.

Sostuve intrigado su ladina mirada, percibiendo cómo refulgía su intención con un halo triunfal.

—Los Grant acudirán estos días al consejo con el resto de los clanes aliados de los Campbell en el castillo de Inveraray. Será la mejor oportunidad que tendrás de acabar con ellos.

—¿De veras crees que es acertado acabar con los Grant en su terreno, rodeado de clanes aliados y en los dominios del marqués de Argyll? No saldría vivo de allí. Además, no pienso perder la oportunidad de recrearme esta vez.

Lachlan no ocultó una sonrisa taimada, sus ojos refulgieron pendencieros.

—No irás solo, seleccionaré una patrulla entre mis mejores hombres para que te ayuden en tu particular empresa. Estarán a tu servicio.

—Tentador —admití barajando mentalmente aquella oportunidad—. Y ¿qué pretendes sacar en beneficio? ¿Cuál sería con exactitud mi misión?

—Tan sólo debes informarme de lo que se resuelva en dicha reunión.

Planean una nueva ofensiva, esta vez a mayor escala, asistidos por ese condenado parlamentario inglés, sir Oliver Cromwell.

Y mucho me temo que aunarán todo su empeño y sus milicias en una batalla decisiva.

Anticiparme a ellos es de vital importancia para conseguir derrotarlos.

Chasqueé la lengua ante la evidente dificultad de la misión.

—No permitirán que presencie sus reuniones secretas —objeté ceñudo.

—No, pero puedes sustraer el edicto que firmen y leerlo antes de que lo entreguen a Cromwell. En él se indicará con precisión lo acordado, con fechas del ataque y el movimiento de las tropas que acudan a él.

Medité un instante sopesando cada una de las situaciones a las que tendría que enfrentarme. Era arriesgado, sin duda, pero tendría ayuda y las piezas que ambicionaba cazar a mi alcance.

—Te facilitaré la llegada a Skye poniendo un navío a tu disposición. Y, si sigues queriendo regresar a Sevilla, yo mismo te conseguiré un pasaje de vuelta.

Me puse en pie con gesto solemne y con mirada grave asentí ante el regocijo de mi tío, que compuso una amplia y luminosa sonrisa. Alargué mi mano y él me la estrechó para posarla a continuación sobre mi hombro derecho. Imité su gesto.

—Acepto tu propuesta —pronuncié formal.

—Brindemos por ella, Lean, tengo una barrica de clarete excepcional.

—Nada como un buen clarete para sellar un trato.

Palmeó complacido mi espalda y salimos de la cámara ultimando los preparativos de mi partida.

Entrenaba en el patio de armas bajo la mirada de Dante y de gran parte de la servidumbre femenina del castillo, además de por curiosos highlanders que estudiaban mis lances con ojos interesados, aunque desdeñosos.

Mi oponente, un hombre espigado y ágil, esquivaba con bastante maestría mis envites, con la gracia de un hábil bailarín.

Me regodeé en cada movimiento, sin ninguna intención de tomarme el combate muy en serio, aunque, a medida que avanzaba, mi contrincante parecía enconarse en sus mandobles.

Percibí cierto matiz frustrado en él cada vez que mi shamshir contenía sus ataques o mi cuerpo evadía su acero.

Entonces, reparé en que la guarnición del castillo estaba haciendo apuestas y sonreí taimado.

Como buen jaque pendenciero y artero en argucias de todo tipo, comencé a simular cansancio y torpeza con una serie de fingidos traspiés.

Dirigí un avieso gesto a Dante, que corrió a apostar a mi favor, cuando todas las apuestas estaban en mi contra.

Aguardé un poco más, asegurándome de enfatizar bien mi derrota engordando las posibilidades de mi fracaso y alentando a más hombres a apostar.

Tras otro fugaz vistazo a Dante, que me guiñó malicioso un ojo, me decidí a concluir el combate.

Había memorizado bien los movimientos de mi contendiente, y hasta la secuencia de repetición que solía ejecutar y que resultaba bastante predecible para su desgracia.

Aguardé uno de sus lances a mi diestra y giré sobre mí mismo al tiempo que me aproximaba a su costado, marcando con el filo de mi espada todo el lateral de su cuerpo, sin rozar su piel, pero sí rasgando su camisa.

Luego me puse tras él, lancé un certero puntapié a sus tobillos, que lo derribó, le aferré el cuello con el brazo y presioné la punta de mi shamshir contra su espalda.

Acto seguido, miré a los presentes con una sonrisa traviesa y una ceja alzada, comprobando el disgustado asombro en sus huraños semblantes.

Dante recogía en los faldones de su sucia camisola de sarga las monedas de plata acumuladas durante las apuestas. Observé el luminoso orgullo en la faz del muchacho, que sonreía abiertamente.

Solté a mi oponente, me aproximé a Dante y le revolví el cabello.

—Sois el mejor espadachín de todos, mi señor —alabó entusiasmado.

—No lo soy, pero espero no toparme nunca con el que lo sea.

El chico rio mientras se ataba las ganancias a su cuerpo.

—¡Mételas en mis alforjas, muchacho, mañana partimos!

Apenas asintió y salió corriendo hacia mi cámara.

Conduje mis pasos hacia el tonel de agua, cogí el largo cucharón y bebí sediento de él.

Lo llené de nuevo y lo volqué sobre mi cabeza, empapando mi camisola de lino y frotando con la otra mano mi rostro.

Agité mi larga melena negra y chorreante como un perro y, cuando miré al frente, mis ojos se toparon con una mirada familiar.

Impávido, observé a la hermosa joven que me contemplaba con admirada subyugación.

Llevaba catorce años sin verla y, a pesar de que siempre fue una chiquilla bonita y dulce, jamás habría imaginado que pudiera convertirse en la lozana y bella mujer que me examinaba con tan desconcertado arrobamiento.

Sus hermosos ojos turquesas seguían resultando mágicos, destacando como dos ventanas al océano en una tez cremosa y perlada, donde unos mullidos y perfilados labios rosados se arqueaban en una temblorosa sonrisa.

Su cabello castaño oscuro con reflejos cobrizos atrapaba los destellos de un sol durmiente, refulgiendo en los gruesos mechones cruzados de la larga trenza que se posaba sobre su hombro izquierdo y caía sobre su pecho hasta casi su cintura.

—Ayleen —proferí anonadado.

—Lean, no... no pareces tú... —musitó ella con cierto asombro, todavía inmóvil y afectada.

—¡Amigo!

Un hombre joven de mirada jovial y sonrisa franca avanzó entonces hacia mí y me abrazó con sincero entusiasmo al tiempo que palmeaba mi espalda.

En aquel abrazo, miles de recuerdos me sepultaron en un alud de emociones que me desbordaron...

... Nos vi a los tres correteando entre risas por los pasillos de Duart, enfrascados en juegos infantiles y travesuras.

Alaister, su hermano mellizo, solía burlarse de ella porque hablaba con animales y plantas, y ella corría tras él enfurruñada mientras me pedía que lo atrapase.

Evoqué con cierta nostalgia aquellas memorables visitas de los mellizos, ansiando la de Ian MacNiall con sus hijos a Duart.

Era un gran amigo de mi padre y solían reunirse a menudo.

Fueron mis únicos amigos en aquellos tiempos, pero todo cambió a los nueve años, cuando quedé huérfano y Lorna asumió el control del clan en ausencia de Lachlan, que batallaba junto al rey en Inglaterra.

Apenas se les permitía acudir a verme, y en las contadas ocasiones en que Ian conseguía hacerlo, ni Ayleen ni Alaister encontraron ya en mí a un compañero de juegos, sino a un niño retraído, taciturno y asustado. ..

Alaister se despegó de mí sin soltarme y me sonrió con rictus emocionado.

—¡Lean, amigo mío, cuando me dijeron que habías regresado, no podía creerlo! Pero verte... tan mejorado y vigoroso me llena el corazón de dicha... ¡Por Dios, si me sacas una cabeza, rufián, y al menos dos cuerpos!

Contemplé su apuesto rostro, tan parecido al de su hermana, aunque de cabello más claro y en tonos acaramelados, de ojos algo más sesgados y mandíbula marcada. A pesar de gozar de varonía, sus rasgos eran suaves, casi angelicales.

—Mi padre está saludando a Lachlan —informó risueño—. A Ayleen y a mí nos atrajo el bullicio del patio, y te vimos combatiendo. Eres formidable en el dominio de la espada, ¿verdad, Ayleen?

Se volvió hacia la muchacha, a la que sorprendí admirando la complexión de mi pecho, que se adivinaba bajo la mojada prenda, que transparentaba su acanelado tono.

—Todo un soberbio espadachín —reconoció ella avanzando hacia nosotros.

Su dulce sonrisa pareció tímida cuando se detuvo frente a mí. Repasó lentamente mi rostro con la punta de los dedos y, con mirada conmovida, susurró: