Bruma azul Capítulo 4. Sellando un trato
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Capítulo 4. Sellando un trato

Sellando un trato

Recostado indolente en el sillón de orejas frente a la chimenea de mi cámara, escuchaba con bastante desidia el sermón de mi tío Lachlan y esperaba a que diera por concluida su enojada diatriba.

—¡Por el amor de Dios, Lean! —bramó reprobador—. ¡Delante de todos mis hombres!

—Era un combate abierto, ¿no? —rezongué impasible—. Pues como en todo combate se mata a los enemigos, y eso hice.

—Fue una ejecución, ¡maldita sea!

—Y porque no dio tiempo a tortura —confesé insatisfecho por no haber podido prodigarme como merecía la ocasión.

Lachlan resopló exasperado, se quitó su bonete de lana verde y se rascó la cabeza con abierta frustración.

—¿Crees que no sé que ese bastardo lo merecía?

¿Crees que he logrado olvidar aquel día?

No, Lean, cuando te rescaté de ellos y vi.

.. —tragó saliva, sus ojos refulgieron asqueados, agitó la cabeza y bajó la mirada tras un bufido de impotencia— lo que te habían hecho.

.., yo mismo quise despedazarlos. Aún sueño con ese maldito día e imagino que a ti también te persigue como la ponzoña de un veneno, y lo comprendo. ..

—No —lo interrumpí poniéndome en pie, agotada la paciencia.

Me apoyé en el saliente de piedra de la chimenea y tomé una gran bocanada de aire, rechazando el aguijonazo de tan oscuros recuerdos.

Finalmente, y tras apartar tan dolorosos momentos, me volví hacia él—.

No comprendes nada, nadie puede hacerlo, porque nadie estuvo en mi piel.

Y no, no sólo ese día me persigue, me persiguen todos y cada uno de los malditos días que malviví con ellos.

Tú sólo evitaste algo que anhelé desde que me quedé solo en este pútrido mundo.

—No puedo creer que la amargura gobierne todavía tu vida, han pasado catorce años de aquello —me reprochó el laird .

Me observó con intensa preocupación, el cejo se le frunció acentuando las arrugas de su frente y oscureciendo su semblante con un paño de compasión que detesté al instante—.

Lean, lograste sobrevivir, date al menos la oportunidad de olvidar y de empezar una vida nueva, lejos de aquellos días.

Enarqué una ceja y torcí mis labios formando una cínica sonrisa.

—Claro, por eso me mandaste llamar —apunté mordaz, con ácida acritud—, para olvidar, no para utilizar mi odio en tu beneficio.

Al menos tuvo la decencia de bajar los ojos y estrujar nervioso el bonete entre sus callosas manos.

—Aquí están tus raíces, perteneces a este lugar —justificó sin sostener mi mirada.

—¿Ah, sí? Y ¿como qué? ¿Como laird por derecho? —acicateé provocador.

Lachlan se envaró incómodo, carraspeó y por fin se enfrentó a mí con gesto tosco y rictus tenso.

—¿Es lo que quieres? —inquirió en tono gélido y mirada amenazante.

Era plenamente consciente de que mi respuesta en ese instante sellaría mi destino.

No temía la muerte; a decir verdad, siempre la había tomado como el descanso que tanto necesitaba mi alma atribulada.

No obstante, no me doblegaría a ella sin haberme otorgado al menos la complacencia de una buena venganza.

Me había jurado a mí mismo librar al mundo de tan atroces alimañas, y hasta no haber cumplido mi promesa no me marcharía como mínimo en paz.

—No, no es lo que quiero, y lo sabes, o no me habrías permitido regresar —musité con pleno convencimiento.

Vi la verdad en su azulada mirada, su cuadrado y prominente mentón se remarcó en una mueca contenida.

—Y no te culpo —admití relajando la pose y regresando a mi sillón.

Me repantigué en él y aflojé la lazada de mi camisa con gestos lánguidos, fijando la atención en el fuego del hogar—.

Tienes hijos que heredarán tus títulos, y tu estirpe afianzará nuestra sangre y reforzará el clan.

Yo no tengo nada, ni quiero tenerlo. Mi sangre quizá empape pronto un rodal de tierra y mi cuerpo yacerá en algún rincón de esta tierra o de otra, tanto da.

No traeré al mundo descendencia alguna, ni mi nombre figurará en ningún lugar, quizá con suerte en una lápida.

Sólo respiro por y para la venganza y, cuando ésta se cumpla, poco me importarán mis pasos y mi vida.

Así pues, ¿qué puede aportar al clan un hombre vacío?

Contemplé las danzantes llamas añorando en mi mano una copa de buen licor, comenzando a barruntar la idea de sustraer una botella y dar buena cuenta de ella junto a la solícita sirvienta que calentaba mi cama con tanto entusiasmo.

—Aun así —empezó Lachlan en tono apesadumbrado—, he de confesar mis remordimientos por no haber podido impedir aquello.

Lo miré de nuevo. En efecto, el pesar nublaba su rostro. Había un hombre bueno tras su ambición, comprobé agradecido de que el clan quedara en sus manos y no en las mías.

—Me salvaste la vida, tío, hiciste cuanto pudiste, cuanto te permitieron tus deberes, tal como intentó Ian MacNiall. Ambos acudisteis en mi ayuda, y os lo agradezco. En cuanto a mí, procuré olvidar, comenzar una nueva vida, pero el destino ha conducido mis pasos aquí por una sola razón.

—Empiezo a lamentar haberte llamado —masculló en un cogitabundo hilo de voz.

Negué con la cabeza y la recliné contra el respaldo cerrando los ojos.

—No lo lamentes. Tarde o temprano habría regresado, sólo aquí se halla la única paz que puede otorgarme algún consuelo.

Oí sus pasos acercarse a mí, pero no abrí los ojos.

—Vas a buscarla, ¿no es así?

Una mano se aposentó en mi hombro y lo oprimió ligeramente en muestra de apoyo.

—Sí, y al malnacido de Stuart Grant y a sus hijos.

—Creo que regresó a las tierras de su familia, los MacLeod de Skye, pero no sé si goza o no de la protección de su clan, se oyen cosas extrañas sobre ella.

Abrí los ojos y me erguí en el asiento.

—¿Qué cosas?

Lachlan infló su pecho con una profunda inhalación, su mirada se enturbió prendada en las crepitantes lenguas de fuego que ondeaban hipnóticas, resoplando con un deje angustioso que me inquietó.

—Dicen que es una korrigan comeniños. Desde que ella llegó al castillo de Dunvegan, han desaparecido varios hijos de granjeros y siervos. Si no fuera porque respetan la memoria de su padre, sir Rory Mor, y porque temen su brujería, ya la habrían arrojado a la hoguera.

Asentí pensativo. Lachlan estaba casado con la hermana pequeña de Margaret Lorna, Mary MacLeod, que siempre había estado atemorizada por la maldad de ésta.

Por este motivo, había exigido una inamovible condición al aceptar la mano de Lachlan: no vivir en el mismo lugar que ella, con lo que Lachlan tuvo que trasladarse a una mansión señorial en Baile Mor, en la isla de Iona.

—El único fuego que lamerá sus huesos será el de mi odio —musité entre dientes.

Caí en la cuenta entonces de que no había visto a mi tía por el castillo.

—¿Dónde diablos has escondido a Mary?

—Tu primo se la llevó al castillo de Kisimul, bajo la protección de los MacNiall. Por cierto, tienes un nuevo primo, con apenas dos años, mi Allan, por eso decidí alejarlos de Duart ante la amenaza de Campbell. Vienen ya de regreso.

Recordaba gratamente el dulce rostro de Mary, tan distinto del de su hermana. Casi no la había visto, quizá en un par de ocasiones, y, sin embargo, su ternura y su compasión se habían grabado en mi corazón.

—Me gustaría despedirme de ella antes de partir —musité meditabundo.

—¿Despedirte? ¿No vas a defender a tu clan de las garras de Argyll?

El reproche adornó su tono y la incomprensión su mirada.

—Ya no es mi clan, incluso mi nombre gaélico me suena extraño: sólo soy Asad, sin apellido alguno que me vincule a nada.

Lachlan gruñó sonoramente, apretó los puños y me fulminó con la mirada.

—¡Puede que la mitad de tu sangre sea árabe, que tu piel sea más oscura que la nuestra, que tu cabello sea tan negro como la brea y que tus ojos sean del color del fuego, pero te he visto luchar, sufro tu carácter y admiro tu sagacidad, y juro por todo cuanto me asiste que eres un jodido MacLean, tanto como lo fue tu padre o como lo soy yo! —rugió vehemente.

Dejé que ahondara en mis ojos, permitiendo que su apasionada proclama me calara, más por curiosidad que por otra cosa, quizá anhelando que esa llama MacLean encendiera de nuevo mi ser.

Pero nada prendió en mi corazón, ni un mísero hálito de orgullo, nada que difuminara el convencimiento de ser únicamente un renegado, un huérfano, no sólo de padres, sino de raíces.

Suspiré hondo con franco pesar y negué de forma sutil con la cabeza ante la mirada firme y pertinaz de mi tío.

—En tal caso, mi corazón parece haberlo olvidado.

—No —replicó colérico—, tu corazón sólo está resentido porque, escudado en tu apellido, la crueldad y la locura se cebaron contigo.

Sólo espero que, cuando hayas colmado tu sed de venganza, logres rescatar el orgullo de tu nombre y de tu clan.

Éste es tu castillo, y ésta tu familia, y aquí siempre tendrás un lugar.

Si no quieres llamarlo hogar , llámalo refugio ; si no quieres ser laird , sé pariente; si no quieres querernos, déjate querer.

Inmerso en mis cavilaciones, mientras mis más ocultos y moribundos deseos de recuperar una vida que me había sido arrebatada contemplaban con desgarrada nostalgia aquel asidero que Lachlan me ofrecía, mi fuero interno me gritaba que volviese a Sevilla, al único sitio en el que había logrado sentir algo parecido al arraigo.

—Ambos sabemos por qué vine en realidad, las reyertas entre realistas y Covenant me traen sin cuidado.