34. Ilusiones rotas
Ilusiones rotas
Ryan Cohen
Aquel día me había propuesto marcar un antes y un después en mi relación con Brooklyn.
Juro que me rompí los cascos para que así fuese.
Hacía tiempo que lo tenía todo perfectamente planeado, sin dejar nada al azar.
Iba a sorprenderla con un regalo que ni ella misma, en sus mejores sueños, hubiese imaginado.
Parte de la sorpresa guardaba relación con mi trabajo, pues me había dejado la piel para lograr hacer madurar esos frutos antes de recogerlos.
El nuevo proyecto en el que llevábamos rompiéndonos los cuernos para que fuese un éxito ya estaba en marcha, lo que me otorgó la ventaja de poder idear un plan.
Un viaje a París. Ella y yo, solos los dos.
Mi intención y mi propósito era pedirle la mano en la torre Eiffel, en el mismo restaurante y también durante una cena, con la maravillosa ciudad bajo nuestros pies y las estrellas siendo nuestros fieles testigos.
Toda una aventura a punto de convertirse en realidad.
Lo tenía todo previsto: mi relevo en el trabajo, las maletas esperando en el cuartucho de las impresiones en la recepción, los pasaportes a punto, junto con los billetes de avión, en la solapa de mi americana.
8.35 a.m.
Había quedado con ella en diez minutos, abajo en el vestíbulo, diciéndole que me había dejado algo en casa y que si podía traérmelo.
Me despedí de todos mis compañeros del despacho, abracé efusivamente a Richard por servirme de coartada en todo ese embrollo y le agradecí cientos de veces que fuera a suplirme esos días para que Brooklyn y yo pudiéramos disfrutar de ese viaje.
«No te olvides de pensar en tu colega cuando des el “sí, quiero” y beses a la novia.
.. y guárdame el ramo»; ésas fueron las últimas palabras de mi compañero antes de descender las ochenta y ocho plantas y, al llegar abajo, darme cuenta de que había olvidado lo primordial: la cajita con el anillo de compromiso.
Maldije mi mala suerte y me metí en otro ascensor para volver de nuevo al despacho.
El que no tiene cabeza tiene pies...
* * *
—Pero ¿qué haces aquí, Ryan? ¿Acaso te has acojonado?
—De eso nada, socio. —Le sonreí a Richard, entreteniéndome lo justo. Fui al primer cajón de mi escritorio, cogí la cajita—. Si me dejo esto, me cortan los huevos.
Le mostré el solitario de oro blanco y brillante.
—Guau, Ryan. ¡Cómo te las gastas, amigo!
—¿Crees que le gustará?
—¿Que si le gustará? —Se echó a reír con ganas, sin ocultar que le parecía una obviedad—. Joder, pero si hasta yo me casaría contigo si me lo pidieses con semejante pedrusco. ¡Apártalo de mis ojos, que los destellos van a chamuscarme la retina!
Se tapó los ojos de forma teatral con una mano y, con la otra, me exhortaba a echarme hacia atrás mientras pronunciaba la conocida frase «vade retro, Satanás».
A las 8.46 de esa mañana, un ruido tremebundo y un temblor parecido a un seísmo sacudió la torre, estremeciéndonos a todos.
¡Parecía como si hubiese estallado el mundo bajo nuestros pies!
—Pero ¿qué diablos ha sido eso?
La alarma contra incendios se disparó de golpe, cuya lucecita roja y parpadeante nos indicó que se había puesto en marcha. Observé el techo, éste había cedido parte de su estructura.
—Joder. No lo sé —exhaló Richard, asustado, y echó a correr a la ventana para mirar a través de ella—. Mierda. Parece como si hubiese habido una explosión en el edificio, algo más arriba, y éste se hubiese movido unos centímetros...
Miró aquí y allá con exaltación, altamente intranquilo.
—¡Hay humo por todas partes!
—Pero ¡eso no es posible!
—Sea lo que sea, no pinta nada bien... —destacó, con el rostro pálido—. Creo que deberíamos salir de aquí.
Sus premoniciones no se hicieron esperar, pues rápidamente toda la planta ochenta y ocho se convirtió en una irrespirable bola de humo, que vició por completo el aire que respirábamos.
Saltaba a la vista de que algo terrible había ocurrido.
Richard descolgó el teléfono sin pensar, de forma autómata, para tratar de ponerse en contacto con las operadoras del centro de seguridad del edificio para indagar qué había sucedido, además de que alguien nos diera instrucciones de qué se debía hacer en esos casos.
Sin embargo, eso no fue posible hasta pasados unos minutos, pues las líneas telefónicas estaban colapsadas, imposibilitando cualquier contacto.
Afortunadamente, mi compañero no desistió en el empeño.
—Le estoy llamando desde la planta ochenta y ocho de la Torre Norte del World Trade Center. Por favor... no sabemos qué ha pasado. Necesitamos que alguien nos diga qué debemos hacer.
El nerviosismo se instaló en sus gestos, pues no cesaba de tiritar, como si de repente sintiera mucho frío cuando en realidad nos acorralaba un calor infernal.
—Evacuen el edificio lo antes posible. No utilicen el ascensor, desciendan por las escaleras. Los servicios de emergencia están de camino.
Ése fue el mensaje que recibimos desde el mismo corazón del centro de seguridad del edificio a través del teléfono, que era absolutamente contradictorio con el que podíamos oír por la megafonía del edificio: «Que todo el personal se quede en su puesto de trabajo.
No se muevan de donde están. Que no cunda el pánico.
Que todo el mundo permanezca en su puesto de trabajo hasta nueva orden. ..».
—Entonces, ¿qué se supone que tenemos que hacer? —preguntó Martin Brown, el técnico informático de la empresa, altamente alarmado.
—No lo sé —renegué yo—. ¡Joder, maldita sea!
Me precipité a la puerta principal para echar un vistazo al descansillo; quería asegurarme de que realmente tenían controlada la situación y que era mejor permanecer en nuestra oficina.
Sin embargo, tras el impacto, comprobé que dicha puerta había quedado bloqueada, y los sistemas principales del edificio empezaron a fallar; ni siquiera funcionaban los rociadores de agua, a pesar de que las alarmas antihumo se habían disparado y sonaban y que hacía un calor de mil demonios.
Me dirigí a la puerta de emergencia más cercana y, tras propinarle varias sacudidas con todo el cuerpo, ésta al final cedió, así que pude acceder a la escalera A, donde me crucé con gente que corría despavorida de aquí para allá, sin orden ni concierto, certificando que allí estaba pasando algo gordo, de una magnitud aún por determinar.
Rastreé con la mirada en busca de una salida para que nos condujera a la calle.
De pronto todo se inundó de rostros de pavor, de histeria, caras desencajadas, ojos perdidos. No podía oírlos; sin embargo, juro que fui capaz de sentir todos sus gritos y lamentos.
¡Aquello era un puto caos!
Un súbito escalofrío me recorrió de pies a cabeza; sentí que algo terrible iba a suceder.
Regresé al despacho sin perder más tiempo para alertar a mis compañeros de que debíamos irnos lo antes posible. Permanecer allí era un suicidio. Aunque pueda parecer de ciencia ficción, mi sexto sentido no dejaba de advertirme que el edificio había estallado en llamas en los pisos superiores.
—Chicos, ¡tenemos que salir de aquí! —vociferó Brenda Taylor, la recepcionista, ayudándome a evacuar al resto.
—¡Haced caso! ¡Vamos!
En ese período de tiempo, traté de buscar botellas de agua y les aconsejé que humedecieran un trozo de tela con ella para respirar a través de ésta, pues el humo empezaba a resultar altamente molesto; era muy denso.
Aproveché que todos hacían lo que les había sugerido para realizar un recuento mental de todos mis compañeros y, en cuanto me cercioré de que estábamos todos, les ordené que me siguieran en dirección a las escaleras.
Pronto empezamos a descender por ellas. Éstas eran tan estrechas que sólo cabíamos de dos en dos a la vez.
Debido a mi profesión en el ámbito de la ingeniería, conocía los entresijos de ese edificio y sabía que, de las tres escaleras, por culpa de los ascensores y de la maquinaria, dos de ellas no descendían en línea recta, pues obligaban a atravesar parte de una planta para seguir descendiendo.
En pocas palabras: era una puta ratonera.
No nos costó bajar un par de pisos, pero enseguida nos dimos de bruces con un severo problema: aquella escalera no descendía más, por lo que nos vimos obligados a volver a atravesar la planta y explorar en busca de otra escalera alternativa.
Pronto la oscuridad se hizo manifiesta, aumentando el miedo en nuestros cuerpos, aunque sin impedirnos seguir adelante; debíamos salir de allí costara lo que costase.
Con toda esa humareda, el aire se volvió rápidamente irrespirable, por lo que nos vimos obligados a romper un par de ventanas, con el riesgo que ello acarreaba. Pero era esa opción o morir por inhalación de monóxido de carbono.
Justo en ese momento, vimos caer a un hombre.
¡Acababa de saltar al vacío!
Me quedé inmóvil, digiriendo lo sucedido.
Recuerdo que mi corazón se me paralizó durante unos segundos, incapaz de reaccionar, incapaz de comprender cuán terrible debía ser lo que el destino le deparaba para preferir precipitarse a una muerte segura que permanecer en el interior del edificio.
.. Parecía que la alternativa era agonizar mientras moría calcinado.
—¡Oh, santo cielo!
9.03 a. m.
Percibimos una nueva explosión, esta vez en la Torre Sur.
Todo se tambaleó otra vez, las paredes, el techo, el suelo... Todo a nuestro alrededor vibró como si el hormigón fuese simple papel de liar y yo, por instinto de supervivencia, me cubrí la cabeza con las manos y me acuclillé.
Una nueva y horrible sensación me invadió por completo, esa de que, si no lográbamos salir del edificio, moriríamos sin remedio. Ésa sería nuestra tumba.
—¡Escuchadme todos! —Di unas palmadas para captar la atención de mis compañeros—. ¡No podemos parar, debemos seguir! ¡Tenemos que salir ya!
—¡¿Y si no podemos alcanzar la calle?! —me interrumpió Sarah Williams, una de las contables de la empresa, al borde del histerismo, mirándome de frente.
—¡Entonces ya se nos ocurrirá algo!
Buscamos una nueva salida en medio de todo ese desconcierto. Nos las tuvimos que arreglar como pudimos para derribar una pared de pladur y seguir adelante. Siempre habíamos creído que las paredes estaban hechas de hormigón, pero afortunadamente no eran más que simple yeso.
—¡Por aquí! ¡Seguidme!
Si mi memoria no me jugaba malas pasadas, recordaba que, según el protocolo de evacuación, ambos edificios contaban con más de doscientos tramos de escaleras en cada torre y que, además, se tardaba alrededor de cincuenta minutos en salir a la calle, por lo que no era tan sencillo como parecía.
Durante el descenso, a cada tramo de escalera, nos empezamos a topar con gente muy angustiada, fatigada y exhausta.
Había personas sentadas, arrinconadas en las esquinas, llorando a la espera de un jodido milagro.
En varias de ellas se intuían heridas abiertas bajo la ensangrentada ropa cubierta de polvo.
Aquello no podía ser real, no podía estar pasando.
¡Era una puta pesadilla!
Pronto, el edificio manifestó tener vida propia, pues su estructura parecía estar cediendo a marchas forzadas.
Nos dimos más prisa y, en tiempo récord, logramos descender hasta la planta cincuenta, en la que nos topamos con un bombero que no titubeó en guiarnos por esa barahúnda llena de humo, polvo y pérdida de esperanza.
No vacilé en cogerlo del brazo y obligarlo a mirarme a la cara para poder leer en sus labios.
—¡¿Qué ha pasado?!
—¡Un avión! ¡Un puto avión ha impactado contra la Torre Norte y otro contra la Torre Sur! ¡Han atacado ambas torres, se trata de un atentado!
Tras sus palabras, me quedé en estado de shock, completamente petrificado en el sitio, como una estatua de mármol de la antigua Grecia. Nadie está preparado para algo así. Nadie.
—¡Vamos, chicos, seguid! —nos ordenó el bombero en un exabrupto—. ¡Tenéis que salir de aquí, ya!
A las 9.59, un humo gris y caliente emergió de la nada, cubriéndolo todo por completo, y pronto los cimientos del edificio oscilaron hacia delante y hacia atrás, balanceándose en un vaivén demencial.
Y entonces se apagaron todas las luces. La Torre Sur acababa de desplomarse, como si se tratara de un inocente castillo de naipes.
Aquél fue el instante en el que comprendí que no íbamos a salir de allí con vida. Pensar otra cosa distinta era hacer un acto de fe.
A las 10.28 de aquella mañana, la Torre Norte se derrumbó. Tardó simplemente doce míseros segundos en desplomarse.