Capítulo 1
Simon
El viaje a Chicago ha sido agotador. Lo mejor, salir de la terminal y ver a Gin con una pancarta en la que pone: «Te quiero patolavida ».
Me entra la risa, no puedo evitarlo. Ella no es muy de hacer pancartas o de hacer chistes, pero un día le mandé un reel de esto y me dijo que no descartaba hacerlo más adelante. Voy hasta ella y la abrazo con el cartel entre nosotros.
—Espero que la app se te dé mejor que hacer un pato. —Gin mira el horrible pato.
—Creo que se me da tan mal pintar como bailar.
—Sin duda alguna.
Vamos a empezar a trabajar para un equipo de hockey.
El padrino de Ginette ha creado una app para el equipo, que sobrevivirá a base de suscriptores que quieren ver contenido inédito.
Le han dado el trabajo por enchufe, como a mí.
Pero sé por qué lo ha hecho. Ginette era la mejor patinadora que he visto en mi vida, hasta que una lesión, con diecisiete años, la sacó del hielo.
Desde entonces, se niega a estar cerca de una pista de patinaje o similar.
Ahí ha entrado su padrino ofreciéndole este trabajo para los dos.
Acabaremos el posgrado y, a su vez, tal vez Ginette consiga avanzar.
Nos conocimos estudiando la carrera de Periodismo.
Los deportes se me dan bien, sin más. Intenté ser patinador profesional, pero tras una leve lesión, me di cuenta de que, aunque podía, no quería regresar.
Me centré en buscar otros objetivos y, aunque me encanta el cine y leer, soy adicto a la adrenalina de los deportes.
A ese fuego que aparece antes de un partido o una competición.
Y me gusta cualquier deporte. Por eso, no me importa acabar trabajando para una app de hockey.
El problema: no tengo mucha idea de este deporte.
Ginette tampoco, y los siguientes días, antes de empezar a trabajar, nos los tomamos para aprender, estudiar y ser los mejores.
Tenemos en la mesa del comedor fotos de todos, pero mi mirada va al segundo capitán, Sayer Paterson.
Su pelo es castaño, tirando a rubio, y los ojos son verdes con pequeñas motas doradas.
No lo debería mirar así, lo sé. Por eso, pongo otras fotos sobre su imagen, intentando no reparar en lo sexi que es este hetero, que además es un mujeriego.
No solo hemos aprendido cosas de hockey, sino que hemos visto cómo son ellos en las redes.
Lo que más se ve y lo que más demanda la gente, para así saber cómo llevar mejor la app.
Una fiesta empieza sobre nuestras cabezas.
—Vale, esto es como regresar a la universidad.
—Estamos trabajando duro para que pronto podamos tener otra casa.
Ginette asiente, pero sé que quiere irse. Y yo no sé si quiero eso. Quiero echar raíces.
Ginette y yo nos conocimos en persona en la universidad. Tenemos la misma edad: veinticuatro años. Aunque yo cumplo en enero y ella en abril. La conocía como patinadora profesional. La admiraba; por eso, cuando se cayó, lo vi en directo y recuerdo cómo se me paró el corazón en ese instante.
La sangre empezó a salir de su cabeza y me sentí como si mis sueños se rompieran con los de ella.
Yo no podía ser un gran patinador, pero verla a ella me hizo sentir que estaba ahí.
De golpe, su carrera acabó. Sin aviso. Al verla en la universidad, no parecía la misma mujer fuerte y decidida.
Me senté a su lado sabiendo que haría lo que fuera para salvarla.
Para salvarnos, porque yo estaba jodido por mi ruptura con mi ex y cuidarla hacía que, de alguna forma, tuviera una razón para no caer en la pena.
Entonces tocó fondo, le di la mano y no me la ha soltado hasta ahora.
La quiero tanto que no sé cómo podré dejarla ir para seguir con mi vida, pero sé que los mejores amigos son esos que siempre están ahí sin que la distancia ni el tiempo los separe jamás.
***
El primer día de trabajo no está yendo tan mal como esperábamos. Ahora estamos observando a los jugadores de hockey entrenar. Y, madre mía, algunos calentamientos deberían estar prohibidos. Ginette me mira sonrojada cuando vemos a uno mover el culo de arriba abajo como si se follara el hielo.
Aparto la mirada y observo a Sayer secándose la cara con la camiseta, lo que hace que pueda admirar sus perfectos oblicuos. Nuestras miradas se encuentran y veo el resentimiento en sus ojos verdes. En persona es más sexi y, al parecer, no le caemos muy bien.
No tardamos en saber por qué: su hermana iba a trabajar en nuestro lugar y, por enchufarnos, no le dieron el puesto. Tanto Ginette como yo tomamos medidas para que la contraten.
—Vamos a vivir a base de sopas de sobre estas semanas. —Gin se tira a mi lado en el sofá—. He estado echando cuentas y, si salimos, una copa para los dos. Nada de cenas caras… ¿Vamos a poder con esto?
—Sí, podemos. —La abrazo y se apoya en mi pecho.
—Amanda me cae muy bien y me alegra haber tomado esta decisión.
Amanda ha empezado a trabajar y la hemos conocido, a ella y a su hijo. Es un trasto al que, al parecer, le encantan mis figuras de papel. Las hago sin darme cuenta. Preparo la de mañana y la dejo lista para dársela, junto con mis caramelos de menta favoritos.
—Nada está saliendo como tenía previsto —me dice mi amiga antes de acostarnos.
—No, pero aquí seguimos.
Se acerca y me da un abrazo. Ojalá la amara a ella y ella a mí. No tendría que lidiar con el dolor de tantos corazones rotos. Pero el amor es así: no elegimos por quién perdemos la cabeza.
Y si no, que me lo digan a mí.