EPÍLOGO
D URANTE LOS DOS días siguientes, mientras se acercaba el ajetreado fin de semana de Semana Santa, Tanner siguió de cerca la situación de Jenny preguntándole de vez en cuando a la sargento Vicky Gilbert cómo se encontraba.
Había procurado que sus preguntas sonaran lo más intrascendentes posible: buscaba excusas para pasar por la mesa de Vicky o se iba a preparar un café justo cuando ella hacía lo mismo.
Pero, cuando llegó el Viernes Santo, ya resultaba bastante evidente, al menos para Vicky, que el interés de Tanner por el bienestar de su compañera iba más allá de lo meramente profesional.
Así fue como se enteró de que, al principio, su estado había sido crítico: había estado entre la vida y la muerte.
La herida de cuchillo en el cuello le había seccionado la vena yugular principal.
Como consecuencia, había perdido una cantidad enorme de sangre, tanta que entró en shock hipovolémico justo antes de llegar al centro médico de Wroxham.
Por suerte, el sargento Cooper había tenido la previsión de llamar con antelación para avisar de que llegaba una emergencia médica, y aquella advertencia probablemente le había salvado la vida.
Aunque sabía que estaba bien y que ya había empezado a recibir visitas, Tanner decidió esperar hasta el sábado para ir a verla él mismo.
Había retrasado la visita por un par de razones.
Para empezar, no quería que nadie lo viera hacer nada que pudiera dar la impresión de que sus sentimientos hacia ella eran algo más que profesionales; pero también quería esperar a encontrar algunos regalos adecuados que llevarle, y uno de ellos resultó bastante difícil de conseguir: tuvo que comprarlo en eBay.
Dio unos golpecitos nerviosos en la puerta y asomó la cabeza en la habitación individual.
Le alegró ver que no había nadie más, así que entró con sigilo.
Estaba dormida, o al menos tenía los ojos cerrados. La cama estaba inclinada de modo que pudiera permanecer sentada, pero se habría quedado traspuesta.
En el silencio, paseó la mirada por las tarjetas y las flores que la rodeaban.
Al cabo de un momento comprendió que más le valía hacer algún ruido para avisarla de su presencia, por si se despertaba y descubría a un hombre no invitado en su habitación mirándola embobado. Así que carraspeó con fuerza y dijo:
—¿Hola? ¿Jenny? ¿Estás despierta?
Abrió los ojos con un parpadeo.
Al ver a Tanner de pie frente a ella, con una bolsa de papel marrón en una mano y una gran bolsa de plástico en la otra, le dedicó una cálida sonrisa.
—¡Hola, jefe! —graznó.
Él le devolvió la sonrisa.
—Solo pasaba a ver cómo estás.
—Me encuentro mucho mejor, gracias —dijo ella mientras se esforzaba por incorporarse y se atusaba el pelo con gestos cohibidos.
Siguió un silencio incómodo mientras Tanner intentaba pensar qué decir a continuación.
Finalmente dejó la bolsa de plástico en el suelo, a sus pies, lo que le permitió sacar un racimo de uvas moradas de la de papel.
Se las tendió.
—Te he traído esto.
—¡Vaya! —dijo ella con ironía divertida—. ¡No tenías por qué!
—Bueno, pensé que era lo menos que podía hacer.
—¿Te refieres a que, después de llevarme a un molino abandonado para que una recepcionista psicópata y completamente trastornada me rajara el cuello? Sí, traerme uvas probablemente era lo menos que podías hacer.
Aun así, no pudo evitar que una sonrisa le asomara a los labios.
Tanner se encogió de hombros con gesto ambiguo.
—También te he traído otra cosa.
Se agachó a por la bolsa de plástico que tenía a los pies y sacó una caja rectangular pequeña con la imagen de un coche en la tapa.
Se la entregó.
—Es una maqueta Airfix de un Jaguar XJS.
Jenny la cogió y se quedó mirándola, sin saber de momento qué responder.
—Sé cuánto te gusta mi coche, así que he pensado en regalarte uno propio.
Por fin captó la broma, alzó la vista hacia él y sonrió.
—¡Es justo lo que siempre he querido, gracias!
Iba a abrirla, pero Tanner la detuvo:
—En realidad, mejor no lo hagas. Es una pieza de coleccionista, así que vale más si no la abres.
—¿Quieres decir que me has comprado una maqueta Airfix de un coche que no me gusta demasiado y que encima no puedo montar?
—Bueno, sí, pero pensé que te gustaría mirar la foto.
Miró alrededor en busca de un sitio adecuado donde ponerla, pero, con tantas flores y tarjetas, al final la dejó en el regazo.
—Le pediré a la enfermera que se le ocurra algo que hacer con ella.
Tanner volvió a meter la mano en la bolsa de plástico y sacó una caja mucho más grande.
Se la entregó.
—También te he traído esto.
—Es... un... ¡puzle de dos mil piezas! —dijo ella sin levantar la vista.
—Pensé que te ayudaría a pasar el tiempo.
—Bueno, al menos es la foto de un barco.
—¡Y además es un velero! —señaló él.
—¡Genial! —respondió ella, y volvió a pasar unos instantes mirando alrededor, preguntándose dónde iba a ponerlo.
—¿Quieres que le pregunte a la enfermera si puede conseguirte una mesa para que empieces a hacerlo?
—Eh... tendría que ser bastante grande.
—Ah, seguro que tienen alguna lo bastante grande.
—Si te refieres a una mesa de comedor, no estoy segura de que quepa por la puerta.
—Quizá tengan una plegable que puedas usar. Espera, se lo pregunto a alguien.
Cuando Tanner hizo ademán de salir a buscar a una enfermera, Jenny dijo:
—No te preocupes. Lo dejo aquí, en el suelo. Con suerte, las limpiadoras lo encontrarán por la mañana.
Intercambiaron una sonrisa, cómplices por el humor compartido. Luego hubo una breve pausa y Jenny dijo con gesto serio:
—Me he enterado de que Burgess no lo consiguió.
—Me temo que no.
Se hizo un silencio mientras ambos honraban para sí la memoria de su compañero caído.
Al cabo de un rato, Tanner dijo:
—Corre el rumor de que Barrington tampoco lo va a conseguir.
—¿Qué quieres decir?
—Sospecho que las altas esferas buscan un chivo expiatorio por lo que le ocurrió a Burgess, y que el elegido va a ser Barrington.
Se produjo otra pausa en la conversación.
—No he oído nada de ningún funeral —dijo Jenny, que prefirió dejar el tema de Barrington para otro momento.
—Antes tendrá que celebrarse una investigación judicial.
—Claro. ¿Y Susan Follett? ¿Se sabe algo?
—¿No te lo ha contado nadie? La detuvieron anoche cuando intentaba colarse en su piso.
—Qué estupidez por su parte. ¿Por qué volvió allí?
—No tengo ni idea, pero si Vicky no hubiera tenido la sensatez de poner un coche patrulla a vigilar el lugar, a estas alturas ya habría encontrado la manera de salir del país.
—¿Ya la han acusado formalmente? —preguntó Jenny, encantada de poder volver a hablar de trabajo.
—Sí, aunque niega saber nada de los cargos que se le imputan; desde luego, niega tener nada que ver con los asesinatos de Jane Richardson y Emily Warren.
—¿Aunque encontramos a sus hijos nonatos en ese maldito molino suyo?
Tanner se encogió de hombros.
—También negó haber matado a Burgess. Dijo que se vio obligada a apuñalarlo en defensa propia.
¡Según ella, él intentó violarla! Pero, en cualquier caso, hay pruebas más que suficientes para conseguir una condena.
El cuchillo con el que intentó matarte era el mismo que utilizó contra Burgess.
Y también el que empleó para extraerle el feto a Emily Warren.
—¿Y el arma del crimen? ¿La encontró alguien?
—No. Supusimos que debió de tirarla al río en algún punto, pero debería haber pruebas más que suficientes para que un jurado la declare culpable de los asesinatos de las dos mujeres y también del de Burgess.
Deseoso de alejar la conversación del trabajo, Tanner cambió de tema.
—¿Tienes idea de cuándo te darán el alta?
Con su habitual desparpajo, Jenny preguntó:
—¿Por qué? ¿Estás pensando en invitarme a salir?
Tanner había olvidado lo descarada y pícara que podía ser, y tardó un momento en reaccionar:
—En realidad, me preguntaba si te apetecería venir a navegar conmigo en mi barco.
—Pensaba que no sabías navegar.
—No sé navegar.
—Ni que fuera tu barco.
—Tienes razón, no lo es, pero el dueño ha dicho que no le importa que lo saque de vez en cuando, siempre que encuentre a alguien con experiencia suficiente para gobernarlo.
—Entonces esa persona seré yo —respondió ella, encantada de ofrecerse voluntaria.
—Entonces serás tú, sí —convino Tanner.
Jenny sonrió con calidez y agradecimiento.
—Me encantaría. Muchas gracias. El médico ha dicho que mañana debería poder irme, aunque dudo que esté para muchos trotes durante un tiempo.
—No, claro.
—¿Qué te parece el próximo fin de semana? Seguro que para entonces ya estoy en pie. Al menos lo bastante como para llevar a navegar unas horas a un viejo inspector venido de Londres, aunque no sepa distinguir un quant de un rhond hook.
La verdad era que Tanner no tenía ni idea de qué era ninguna de las dos cosas, pero, allí de pie, mirando fijamente a Jenny a los ojos, ya estaba deseando descubrirlo.