Capítulo 118
Un hueso duro de roer
CON EL UNIFORME de guardia de GasEx, el piloto no sospechó nada hasta que me senté en el asiento del copiloto y le apunté al corazón.
Mi involuntario colaborador tendría unos sesenta años de edad, pero cien de experiencia. Era lo que muchos llamarían un tipo curtido: pelo gris, espeso y corto, rostro castigado por la intemperie y ojos que lo habían visto todo. De los que no se andan con rodeos.
Fui directo al grano.
—La Embajada de Estados Unidos. Aterriza dentro del recinto.
Alternó la mirada entre mi arma y mi cara.
—No puedo hacer eso. La Embajada está a una manzana de la oficina del primer ministro. Es espacio aéreo restringido. Nos derribarán.
—¿Cómo te llamas?
—Erik.
—¿Pilotaste Hinds en Afganistán, Erik? —pregunté, refiriéndome al icónico y robusto helicóptero de ataque soviético.
—Sí.
—Pues apáñatelas. Rápido y bajo.
—Eso puede que nos lleve hasta el recinto, pero nos acribillarán desde tierra si intentamos aterrizar dentro. Los Marines no se andan con bromas.
—He conseguido autorización.
Erik no parecía convencido. No podía culparlo. A diferencia de los Hinds, estaba bastante seguro de que los Ansat no llevaban blindaje en la panza.
—¿Y si digo que no?
—Te pego un tiro y me largo en coche.
Desvió la mirada hacia la base de su asiento.
—Vacié el cargador. Aun así, te agradecería que mantuvieras las manos en los controles.
Algo destelló en los ojos de Erik. Quizá admiración. Quizá esperanza.
—¿Y Grigori?
—Está atado en la cocina. No vendrá con nosotros.
Erik se volvió hacia el parabrisas.
—Unos cuatro minutos de vuelo.
Levantó el colectivo y empujó el cíclico hacia la serpiente plateada que, bañada por la luna, era el río Moscova.
—No tengo nada contra ti, Erik. Colabora y saldrás bien parado. Traicióneme y te añado a la lista.
No preguntó qué lista. Los veteranos de Afganistán tienen olfato para estas cosas.
Apunté la Glock a su entrepierna y llamé a Katya.
—¿Ya estáis ahí?
Me costaba oír su respuesta por encima del ruido del rotor, incluso con los auriculares puestos bajo los cascos del helicóptero.
—Estamos en la puerta principal.
—¿Todavía no os han dejado entrar?
—Seguimos hablando por el intercomunicador.
—¡Maldita sea! ¿Sabes quién está al otro lado?
—Creo que sigue siendo el sargento de guardia. Son las dos de la madrugada.
—Dile que el helicóptero está a tres minutos. Dile que saque al embajador de la cama. Repite estas palabras: «información crítica y urgente para la defensa nacional de EE. UU.».
—Ya le dije todo eso, Achilles. No creo que me crea. Puede que tenga autoridad en el aula, pero para este Marine solo soy una chica rusa.
—Te creerá cuando oiga los rotores. Dile que abra la ventana.
—De acuerdo. Por cierto, Casey llamó para recordarte que tenemos que ir al aeropuerto.
—Nos vemos pronto.
Erik nos llevó hacia el norte, sobrevolando las Colinas de los Gorriones, y luego descendió hasta el centro del río Moscova, bajo y rápido. Tan bajo que podría haber sacado peces del agua con una red de mano. Tan rápido que la red se habría partido como una ramita en un huracán.
Pasamos bajo la carretera del tercer anillo, mojando los patines. Volvimos a mojarlos bajo el puente Borodinskiy. Justo antes del puente del metro, viramos hacia el interior y sobrevolamos las calles laterales como un taxista experimentado que conoce todos los atajos.
Este veterano sabía lo que se hacía.
El recinto de la Embajada de Estados Unidos ocupa una manzana entera, situada a las nueve en punto del Anillo de los Jardines de Moscú.
Su fachada pública es un famoso edificio blanco y amarillo, del mismo estilo arquitectónico clásico y grandioso que la mayoría de los edificios emblemáticos de Moscú.
Allí tenía el embajador su despacho oficial, y allí se atendía a los rusos que solicitaban visado y a los estadounidenses que necesitaban asistencia consular.
Pero no era en ese edificio donde se trataban los asuntos de verdadera importancia.
Para presenciar la acción jugosa de la política exterior, había que adentrarse más en el recinto, hasta un edificio cúbico de piedra arenisca y cristal reflectante.
Nos acercábamos a una altura inferior a la de muchos edificios circundantes, y me alegró ver focos iluminando el aparcamiento frente al cubo. Al descender en picado, también divisé una ambulancia que me resultaba familiar aparcada junto a la puerta.
Las luces empezaron a rodearnos desde todas direcciones, como cazas TIE defendiendo la Estrella de la Muerte. Más inquietantes aún eran los puntos rojos de las miras láser que brillaban desde docenas de carabinas M4.
Erik nos posó en el centro del círculo, apagó el rotor y levantó las manos.