Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 104
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Capítulo 104

La BOA

EL CORAZÓN se me subió a la garganta cuando el helicóptero de Grigori se elevó hacia los densos nubarrones con Katya a bordo.

—¿Tú también tienes helicóptero? —arrulló mi acompañante.

No era una pregunta descabellada, dado lo que había desembolsado por una sola noche de compañía. Un nuevo récord según Leo, el dueño del club y subastador.

—No. Cuando quiero volar, uso mi jet.

Nada más decirlo, supe que había metido la pata. Eso iba a complicar que Indigo aceptara mi siguiente movimiento.

Pude ver la playa de Cannes reflejada en sus ojos mientras la bailarina asimilaba la información.

—Me gustan los jets.

Mi limusina Mercedes se detuvo junto a la acera al salir del club. Subimos a la parte trasera, donde Indigo extendió sus largas y esbeltas piernas sobre mi regazo. Al alzar la mirada, la vi llevarse una uña rojo sangre al labio inferior carmesí.

El conductor solo nos llevó unas pocas manzanas antes de detenerse detrás de una ambulancia.

Aparté con suavidad las piernas de mi acompañante.

—Eres preciosa. Pero voy a tener que dejarlo para otro día. Mientras te cambiabas recibí una llamada urgente. Un amigo cercano del presidente Korovin ha sufrido un infarto. Mi conductor te llevará adonde quieras, a cualquier sitio menos de vuelta al club. Tengo una reputación que mantener.

La imagen de Cannes se desvaneció de sus ojos y su carnoso labio inferior empezó a temblar en un puchero.

—Espero que me dejes tu número —dije, tratando de evitar una escena.

Indigo sacó un pintalabios de su diminuto bolso y recorrió con la mirada el interior de la limusina.

—No tengo papel.

Me dedicó una sonrisa capaz de resucitar a un muerto y escribió su número en el techo.

—Ahora puedes llamarme cuando quieras.

Indigo conseguiría su jet. Solo era cuestión de tiempo.

Me escabullí hacia la ambulancia que esperaba.

—Vamos —le dije a un nervioso Max—. Luces, pero sin sirenas.

Se incorporó a la carretera de circunvalación y pisó el acelerador mientras las nubes descargaban un fuerte aguacero primaveral.

Max estaba mucho mejor que cuando habíamos hablado con él por teléfono desde el estudio de Vondreesen. Por el momento no tenía síntomas, y eso bastaba para que recuperara su optimismo natural. Lo admiraba por ello más de lo que podía expresar.

—¿Cómo ha ido? —preguntó con voz aprensiva, aunque teñida de emoción. No estábamos en su zona de confort, pero parecía estar disfrutando del momento. Un compañero de aventuras, como diría Katya.

—Katya está en el aire, pero aterrizará en lo alto del Cohete de un momento a otro. Su llamada puede llegar en cualquier momento a partir de entonces. Seguramente no antes de cinco minutos, pero nunca se sabe, así que usa la sirena si hace falta.

—¿Algún problema en la subasta?

—Todas las mujeres eran preciosas. Grigori pasó de las primeras cinco. Se adjudicaron entre mil ochocientos y tres mil quinientos. Pero luego pujó por la sexta. Una bailarina voluptuosa. Me costó diez mil quitársela.

Max silbó.

—Luego solo quedaba Katya. Grigori se enzarzó en una guerra de pujas con un armenio. Ninguno de los dos quería irse a casa solo. Con esos egos, la subasta era un hervidero de testosterona. La cosa amenazaba con ponerse fea.

—¿Qué hiciste?

—Rocié discretamente al armenio con un espray que provoca náuseas para frenarle el entusiasmo, pero aun así nuestro hombre acabó pagando veinte mil por Katya. El armenio se marchó con todo un harén colgado de sus peludos brazos.

Max se detuvo en el arcén exactamente dieciocho minutos después de que Katya subiera al helicóptero. Habíamos elegido un punto a medio camino entre el hospital presidencial de Michurinski Prospect y el complejo GasEx, unos kilómetros más al sur.

Ya tenía fuera la mira Valdada de mi rifle de francotirador CheyTac antes de que Max aparcara la ambulancia. No esperaba usar un arma larga en esta misión, pero había venido preparado para cualquier contingencia. Más vale tenerla y no necesitarla, ya se sabe.

—Deja los limpiaparabrisas encendidos —dije, mientras escudriñaba el cielo oscuro antes de enfocar la guarida de Grigori en la azotea—. El helicóptero está ahí. El rotor no gira.

—¿Se ve alguna luz en la pirámide?

—Nada lo bastante brillante como para distinguirse.

—¿Es eso una buena señal?

Max tamborileaba inconscientemente con los dedos en el volante para aliviar la tensión nerviosa.

Había visto aparecer señales similares cien veces en esta fase de la misión.

El equipo aguantaba bien mientras estuviéramos en movimiento, pero en cuanto entrábamos en modo de espera, la ansiedad hacía acto de presencia.

—Sí. Ella lo sedará en cuanto estén a solas. Que las luces estén apagadas es un paso en esa dirección.

Eso mantuvo tranquilo a Max unos cinco minutos. Mientras los limpiaparabrisas chapoteaban con un ritmo hipnótico, me soltó su siguiente pregunta nerviosa.

—¿Qué sería una mala señal?

—Básicamente cualquier actividad que no sea nuestro teléfono sonando.

—¿Nos movemos a la BOA? —preguntó tras otros trescientos dolorosos segundos de tamborileo. Se refería a la base de operaciones avanzada que habíamos elegido, justo enfrente de GasEx.

La BOA era un aparcamiento en un complejo de apartamentos.

Las plazas delanteras nos daban línea de visión tanto del Cohete de Barsukov como de la garita de seguridad.

Pero también nos dejaban expuestos. Aparcar una ambulancia tan lejos de la entrada era raro y llamativo.

Confiaba en que la lluvia torrencial mantuviera alejados a los curiosos.

Pensé en pedirle a Max que siguiera el plan y aguantara en nuestra posición actual otros tres minutos, pero habría sido una puntillosidad absurda. La verdad era que Max no era el único que se estaba poniendo nervioso.

—Vamos allá.