Capítulo 103
Sangre en Llamas
GRIGORI NO SABÍA qué disfrutaba más, si bajar de su helicóptero camino a Angels on Fire o volver a subir después con la presa de la semana.
A la entrada, saboreaba la anticipación de ejercer un poder sin rival.
Era Klitschko entrando al ring. Bono con un micrófono.
Tarzán en la jungla. A la salida también había anticipación, pero de otro tipo.
Esa era por el botín de guerra. Los placeres de la carne.
La belleza en su forma más pura. Decidió que era la combinación lo que convertía los sábados en el Rainbow Room en la única cita grabada a fuego en su agenda.
El propietario, Leo, le ofreció una copa de Cristal mientras lo escoltaba a su asiento reservado justo a tiempo para el espectáculo. Primera fila, en el centro. Tratándose de mujeres desnudas, él no era de los que se sentaban atrás.
Vondreesen le había enseñado a beber champán.
Él prefería el vodka, pero en el club bebía champán por el efecto que tenía en las mujeres.
Como su rostro no era precisamente amigable, usaba las burbujas para suavizar su imagen.
A las profesionales no les importaban esas sutilezas, claro.
Pero cazar a una profesional no tenía gracia.
Por eso le gustaba el Rainbow Room. Y, por supuesto, ganar una subasta no garantizaba el éxito final.
La caza no terminaba al pagar la cuenta.
Al fondo de la sala, tras una cuerda de terciopelo custodiada por guardias corpulentos, cientos de espectadores cachondos miraban boquiabiertos y vitoreaban.
Delante, un escenario en forma de arcoíris estaba rodeado por tres filas de amplias butacas de cuero rojo sin brazos, bien separadas para que las chicas pudieran circular y maniobrar.
Treinta y cinco butacas. Siete chicas. Subasta reñida asegurada, según las leyes de la oferta y la demanda.
—¿Qué tal la pesca de esta semana? —preguntó Grigori, recibiendo encantado su copa y acomodándose en su butaca.
—Solo cinco dieces esta semana —dijo Leo arqueando las cejas dos veces—. Las otras dos son onces.
Leo era un vendedor nato con el bolsillo siempre vacío y pico de oro, pero Grigori sabía que el dueño no le mentiría. La suya era una relación de largo recorrido.
—Háblame de ellas.
—Índigo es una bailarina del Mariinski cuya carrera se truncó porque le crecieron demasiado los pechos. Su audición fue única en su especie. Nunca he visto tanto talento con los velos. Y su energía, uf. Alguien se va a pegar la cabalgada de su vida.
Grigori se humedeció la garganta seca con un sorbo de Cristal.
—¿Y Violeta? Sé que guardas lo mejor para el final.
—No sé si Violeta es la mejor. Sin duda es una contendiente, no me malinterpretes.
Deslumbrante, eso seguro. De arriba abajo, desde la simetría facial hasta la química carnal, no creo haber visto nada mejor.
Pero es diferente. Es médica. Sé lo que les gusta a mis clientes, y no estoy seguro de que vaya a cumplir cuando llegue el momento.
La dejé para el final porque es un comodín.
Grigori alzó la copa en señal de brindis.
La música tecno dio paso a un ritmo sensual que evocaba el original de Strauss, pero más apropiado para una noche árabe moderna.
Leo tenía un DJ flaco apodado Lic, que según Grigori era diminutivo de regaliz.
Lic era un maestro de la ambientación cuya enorme mata de pelo se mecía sin parar al compás.
Observaba las audiciones con ojo de compositor y personalizaba mezclas de la Danza de los Siete Velos para cada intérprete según su personalidad y sus movimientos.
El escenario empezó a brillar como el amanecer.
Leo lo había equipado con una de esas pantallas gigantes de las vallas publicitarias electrónicas, y el asistente de Lic la aprovechaba al máximo.
Roja hizo su entrada con paso de pasarela y un contoneo extra, desatando un coro de silbidos y piropos que Grigori sabía iría in crescendo hasta que las siete bailarinas estuvieran en fila formando un arcoíris de deseo sexual.
Leo había acertado: las primeras cinco eran dieces para alguien, a juzgar por las exclamaciones que brotaban de toda la sala. De piel oscura y clara, delgadas y voluptuosas, menudas y esculturales. Leo se las había ingeniado para desplumar a cada cliente.
Cuando Índigo emergió, Grigori se descubrió inclinado hacia delante en su butaca.
Tenía el pelo corto y oscuro, peinado para darle un aire felino que casaba con sus movimientos, movimientos que Grigori habría descrito como provocadoramente animales.
Tomó su decisión en ese instante. Quería una cabalgada salvaje con esa gatita.
Por fin, la doctora emergió envuelta en seda violeta.
Grigori contuvo el aliento mientras ella se pavoneaba hacia él, toda curvas suculentas y firmes bamboleos.
Era espectacular, pero también diferente.
Visiblemente menos cómoda en el escenario que sus rivales.
No más torpe, sino más inocente. La inocencia era la razón por la que esos treinta y cinco hombres estaban allí, en lugar de comprar bailes privados y masajes en las otras salas del club.
El público pareció captar el talante de Violeta, y aquel instante de silencio evaluador estalló en un coro de aprobación que arrastró a Grigori. Quizá tendría que llevarse a dos a casa esa noche. Entonces la buena doctora le guiñó un ojo al pasar junto a él, y la sangre se le incendió.