Capítulo 96
Ángeles
UNA HORA DESPUÉS, los congresistas habían vuelto a sus cápsulas, aparentemente haciendo como si nada hubiera pasado, pero sin duda murmurando sin parar.
Katya y yo nos dirigíamos a la biblioteca para reunirnos con Casey tras unos primeros auxilios.
Me habían alcanzado treinta y una esquirlas de vidrio en la implosión.
Por suerte, ninguna había penetrado demasiado.
Katya me había limpiado la espalda con unas pinzas y agua oxigenada.
Dormiría boca abajo unos días, pero curaría sin secuelas.
—Tenemos que hablar —dijo Casey a modo de saludo.
—Tienes toda la razón, pero primero lo primero. ¿Cómo va la contención?
—Seis invitados presenciaron el espectáculo de abajo. Tex y yo les hemos hecho jurar silencio. También les metimos el temor de Dios en el cuerpo, por si se les ocurría cambiar de opinión.
—¿Resolviste lo de los rusos?
—Melanie confirmó que Boris e Iván eran los únicos agentes en el recinto.
—Buenas noticias. ¿Y qué opina ella de todo lo que ha pasado?
—Melanie es consciente tanto de lo precario de su situación legal como del peligro que puede correr a manos de los rusos. Está deseando ayudar en lo que sea.
Casey sonrió.
—Me lo imagino.
—Ahora, si no te importa, necesito esos detalles que mencionó Vaughn. La prueba de mi inocencia.
—No te preocupes por eso. O sea, te cubro las espaldas. Créeme. Mientras resuelvas el asunto en Rusia antes de que los rusos empiecen a resolver el suyo aquí, no tienes de qué preocuparte.
Estudié el rostro de Casey. Parecía sincero. Ojos relajados, mirada firme, sin tensión alrededor de la boca. Además, había hablado con bastante determinación cuando disparó contra Boris e Iván.
—Hay algo más de lo que tenemos que hablar —continuó Casey—. Algo muy importante.
Señaló hacia la mesa de centro, donde la botella de Louis XIII de cinco mil dólares había sobrevivido milagrosamente intacta, junto con dos de las cuatro copas. Una aún llevaba las marcas de labios de un hombre muerto; la otra seguía sin usar.
—Ya estoy listo para mi copa.
Cogió la copa limpia y dio un largo sorbo con los ojos cerrados.
—Estaba tan entusiasmado con Brillyanc —comenzó, con tono nostálgico—.
Pensé que era lo mejor que me había pasado en la vida.
Era como si mi cerebro pasara de seis cilindros a doce.
Disfrutaba del poder de mi propia mente.
Solía revolucionarlo constantemente, metafóricamente hablando, como si fuera un Lamborghini.
Igual que hiciste tú con lo de la multiplicación de Pi. Brillante, por cierto.
Dio otro sorbo y negó con la cabeza.
—Debería haberlo sabido. Era demasiado bueno para ser verdad.
Alzó la vista y me clavó los ojos.
—Y la verdad es aún peor de lo que crees.
Vi a Katya tragar saliva ante la revelación de Casey.
Casey prosiguió:
—Pero quitémonos de encima lo de Rusia antes de entrar en eso.
—¿Está Barsukov detrás de Brillyanc, o Antipin?
—pregunté, refiriéndome al presidente y al consejero delegado de GasEx—.
Me inclinaría por Barsukov, ya que parece tener la personalidad adecuada, pero Antipin es un clon de Vondreesen.
Un viejo zorro con encanto para dar y regalar.
Me parece mucho más probable que sean amigos.
—Es Grigori Barsukov. Lleva diez años siendo uno de los principales inversores ángeles de Rusia, que es más o menos el tiempo que conoce a Vaughn.
Viven en extremos opuestos del planeta, pero se mueven en los mismos círculos pequeños y elitistas.
Grigori no tiene el encanto de Vondreesen, ni de lejos, pero posee su propio tipo de carisma.
Una especie de magnetismo maligno. Y es muy astuto. También está muy bien protegido.
Casey me puso el brazo sobre el hombro.
—No sé cómo vas a llegar hasta él. Pero estoy seguro de que nos matará a todos si no encuentras la forma.