Capítulo 82
Ángeles y llamas
EL TÚNEL ILUMINADO con velas era en realidad una carpa, un corredor de lona, de esos que el Servicio Secreto usaría para proteger al presidente.
Las velas blancas que lo iluminaban eran del tamaño de botes de pintura.
Titilaban dentro de peceras de cristal, insuflando vida al corredor e invitando a los asistentes a adentrarse por un sendero encantado.
La puerta de la limusina se cerró automáticamente a nuestra espalda en cuanto pisamos las losas frías, sellando nuestro destino.
Regla Tres. A mis espaldas solo había oscuridad; delante, una gran puerta negra a unos nueve metros.
Esperaba que la limusina se marchara de inmediato, pero se quedó allí cortándonos la retirada, aguardando a que avanzáramos mientras sonaba la música, titilaban las velas y la adrenalina nos corría por las venas.
Katya me cogió del brazo.
—Esto parece la versión moderna de un cuento de hadas que leí de niña.
—Estaba pensando lo mismo, solo que cuando mi abuela me lo leía se saltaba la parte en que Hansel y Gretel llevaban pijamas de seda negra muy ligeros.
Katya me dio un codazo en el riñón mientras seguíamos el sendero, que descendía bajo el nivel del suelo hacia una puerta encajada en lo profundo de un muro de piedra. No parecía tener ni tirador ni aldaba. Estaba a punto de decir «ábrete sésamo» cuando se deslizó hacia la izquierda.
—Bienvenidos, dos-cero-cuatro y dos-cero-cinco.
Entramos en un vestíbulo en penumbra de unos tres metros y medio de lado, con una segunda puerta corredera centrada en la pared opuesta.
A izquierda y derecha, espejos de cuerpo entero con marcos dorados nos invitaban a contemplarnos.
Junto a ellos, peines, sprays y copas de champán burbujeante descansaban sobre pedestales dóricos.
Cuando la puerta se cerró con un siseo, una voz de soprano nos saludó desde atrás.
Nos dimos la vuelta y vimos a un ángel que salía de un hueco junto a la puerta de entrada.
Nuestra guía celestial era una modelo de poco más de veinte años, con larga melena rubia y pechos operados.
Se contoneó entre nosotros sobre sandalias plateadas de tacón vertiginoso, con el índice evaluador ante sus labios carnosos.
El atuendo del ángel se reducía a un camisón blanco aún más corto que el de Katya, sin nada que le ocultara sus brillantes ojos azules. Una larga capa blanca de tela vaporosa, diseñada para simular alas, ondeaba tras ella al caminar, como mecida por una brisa.
—Usarán sus números para registrarse en el procedimiento y cuando estén listos para marcharse.
Todo en cumplimiento de la Regla Dos, ya saben.
Tecleen sus números en el panel —señaló un teclado junto a la puerta—.
Cuando estén preparados para atenderles, su número aparecerá en una pantalla sobre la puerta.
Comenzó a rodearnos despacio, con mirada escrutadora.
—Mientras tanto, no duden en pedir a cualquier ángel lo que necesiten.
Tras deslizar un dedo por mis hombros, se acercó a Katya. Cogió un peine de púas y algo de spray del pedestal más cercano y se puso a retocarle el pelo con la familiaridad de una hermana mayor, demostrando la destreza de los mejores salones.
—Ya está. Perfecto.
Rodeó a Katya con los brazos como para abrazarla, pero en lugar de eso le subió la capucha. Mientras yo hacía lo propio, el ángel señaló con un brazo esbelto hacia los pedestales y luego hacia la puerta.
—Por favor, sírvanse una copa de Cristal y disfruten de la fiesta.
La puerta se abrió automáticamente y dejó a la vista un espacio cálido y fragante, aún más en penumbra que el vestíbulo, sin techo visible.
Ritmos suaves y vibrantes brotaban de altavoces invisibles por todas partes, envolviéndonos en un manto de sonido que invitaba a bailar, a relajarse, a dejarse llevar.
Todo un logro, dadas las circunstancias.
Nuestros ojos volaron hacia una torre giratoria de llamas en el centro de la sala, y nuestros pies los siguieron. Sabía que debería estar estudiando la estancia, pero cualquier cosa que no fuera caminar boquiabierto hacia las llamas habría resultado sospechosa, así que me dejé llevar.
Rodeada por un cilindro de cristal que se alzaba majestuoso desde el suelo de piedra, la pieza central combinaba ventiladores con chorros de gas giratorios para insuflar personalidad a un dueto de llamas danzantes. Katya me cogió de la mano y me susurró al oído:
—Parece una especie de tango. Nunca he visto nada igual. Está prácticamente viva.
Era la escultura más impresionante que había visto en mi vida. Pero no era la primera vez que la veía.