Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 69
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Capítulo 69

Reglas

ANTES DE DARME CUENTA, iba camino del Hay Adams, libre bajo fianza, con Katya a mi lado.

O mejor dicho, Chris iba camino de allí, con Alisa.

Me había cortado el pelo hacía poco, con algunas canas prematuras en las sienes y maquillaje que alteraba la forma de mi rostro y disimulaba mi hoyuelo.

Katya ahora era morena, con el pelo hasta los hombros y gafas Versace negras.

Llegamos temprano y entramos por separado, para estar bien situados cuando llegara Rita.

Off the Record era conocido como el mejor lugar de Washington para dejarse ver sin ser oído.

Tenía luces tenues, paredes con paneles de madera y muchos rincones mullidos tapizados en rojo.

Katya fue a la barra mientras yo ocupaba un reservado en una esquina.

Me corrí hacia un lado para que Katya pudiera deslizarse junto a mí en cuanto Rita se sentara enfrente.

De fondo sonaba jazz ambiental, con el volumen justo para que las conversaciones quedaran en privado sin resultar molesto.

No reconocí la voz sensual de la cantante.

No tengo memoria para esas cosas, pero me encantó cómo se fundía con el piano y el contrabajo como una nuez de mantequilla sobre un filete chisporroteante.

Pedí a la camarera un agua con gas con lima y observé a los demás clientes mientras esperaba a Rita.

En la barra, abogados y lobistas revoloteaban alrededor de Katya como avispas oliendo carne a la parrilla. Ella se las apañaba, los rechazaba sin ofenderlos. Sin duda, el resultado de años de práctica.

A las ocho en punto, una mujer que identifiqué como Rita atravesó la puerta como si fuera a tirarse al presidente. Segura de sí misma. Serena. Y sexy como el demonio.

Calculé que su atuendo costaba una fortuna: un traje de alta costura de lana fina color crema con escote bajo, tacones en tono calabaza con bolso a juego y joyas de oro macizo salpicadas de diamantes. Marilyn Monroe y Jackie Kennedy fundidas en una sola mujer, allí para reunirse conmigo.

Allí para cerrar una venta.

Ya me había convencido y aún no había dicho ni una palabra.

Me puse de pie cuando me vio y se acercó a nuestro reservado.

—Soy Rita, y me alegra que hayas venido.

—Era la voz británica del teléfono. Me tendió la mano.

Manicura francesa y un brazalete que probablemente costaba lo mismo que un coche.

En cuanto nos sentamos, Katya se deslizó a mi lado y le tendió la suya. —Soy Alisa.

La alarma cruzó el rostro de Rita como la sombra fugaz de un ave rapaz, pero estrechó la mano de Katya. —Encantada.

—Alisa también es socia junior ambiciosa en Kenzie —dije—. Doctora por Princeton con dos grandes talentos: predecir las reacciones de la competencia y trepar por escaleras resbaladizas.

—Somos algo así como un equipo —dijo Katya, imitando la compostura y seguridad de Rita—. Nos servimos mutuamente para contrastar ideas y nos echamos una mano entre bastidores. Una especie de alianza secreta.

Me incliné hacia Rita. —Así que, sea cual sea tu servicio para impulsar carreras, ella estará igual de interesada. Estoy seguro de que con un poco de investigación verás que Alisa es una candidata tan atractiva como yo. Así que pensé que te encantaría incluirla y duplicar tu comisión.

Rita procesó aquello como si fuera una experta en protocolo que encuentra algo crujiente en su comida. Un atisbo de disgusto y otro de sorpresa, pero tragó y sonrió. —¿Cuál es tu apellido, Alisa?

—Abroskina. Como habrás adivinado por mi acento, soy rusa.

—Y aun así te graduaste en Princeton, con un doctorado nada menos. Muy impresionante. ¿Cuándo naciste?

Katya le dio la fecha de nacimiento de Alisa.

—Si me disculpan un momento, vuelvo enseguida. —Rita se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—¿La seguimos? —preguntó Katya.

—Nos quedamos. No se va.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? Lo siento. No debería haber insistido. Ha sido egoísta por mi parte.

—Creo que la has convencido. Estaba observando su lenguaje corporal.

Una vez que superó el impacto inicial, se inclinó hacia delante para analizar, no se echó hacia atrás pensando en huir.

Y no detecté engaño cuando dijo que volvería enseguida.

Había un tono de disculpa. Leve, pero perceptible.

Ha salido a investigarte. Está siendo cautelosa.

—Espero que tengas razón.

Rita no volvió en un minuto. Ni en dos, ni en tres, ni en diez. Pero a los doce minutos entró de nuevo, igual que antes, la reina del baile. Se deslizó hasta su asiento con una sonrisa severa. —Hay reglas.