Capítulo 51
Secretos compartidos
KATYA Y YO nos miramos fijamente, asimilando nuestro descubrimiento. Lo repetí, solo porque me hacía sentir bien.
—Rita está distribuyendo Brillyanc. En Estados Unidos.
Los ojos de Katya brillaron con la misma emoción que yo sentía.
—Max dijo que pagaría lo que fuera.
—La mayoría de las personas ambiciosas lo harían, por obtener una ventaja competitiva significativa.
—Pero ella no quiere a la mayoría de la gente. Quiere a los más adinerados .
—Exacto.
Me senté a los pies de la litera de Katya.
—¿Por qué? ¿Por qué no lanzar una red amplia y dejar que los clientes se las apañen con el dinero? ¿Por qué no actuar como un traficante de drogas cualquiera?
—El secretismo.
—Los traficantes de drogas trabajan en secreto. Tienen que hacerlo, porque es ilegal.
—Trabajan para mantener sus identidades en secreto. Rita lo que quiere es mantener en secreto la existencia de Brillyanc.
Katya echó la cabeza hacia atrás con escepticismo.
—¿Es una expectativa realista? En Rusia tenemos un dicho: Tres personas pueden guardar un secreto, siempre que dos de ellas estén muertas .
—Nosotros también lo tenemos, y me ha estado dando vueltas. Pero hay una cosa que sabemos con certeza. Lo único que sabemos con absoluta certeza es que esta gente matará para guardar un secreto.
—¿Crees que están amenazando a sus clientes? ¿«Compre nuestro producto y, por cierto, si se lo cuenta a alguien, lo matamos»?
—No. Eso no sería sostenible. Pero volviendo al tema de guardar secretos: la historia del mundo está llena de ello.
Hay secretos de Estado, secretos comerciales, sociedades secretas y, por supuesto, organizaciones clandestinas como la KGB y la CIA.
Todas lograron guardar secretos durante generaciones haciendo una sola cosa.
—¿Y qué es?
—Hacer que sus miembros quisieran guardar el secreto.
Katya empezó a golpetear las uñas contra la yema del pulgar mientras su privilegiado cerebro procesaba ese giro. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro.
—Me parece que cuando descubres algo asombroso, tu primer impulso es compartirlo. Pero tal vez eso sea cosa de mujeres.
—No, también nos pasa a nosotros los cazadores.
Me recosté contra la pared. Sentí el vaivén rítmico del tren sobre los rieles.
—Recuerdo una vez en la universidad, el equipo de esquí estaba de viaje y me colé en el gimnasio del equipo anfitrión para hacer mi rutina de estiramientos.
Estaba cerrado por obras, pero encontré la forma de entrar.
Oí unas risas y fui a investigar. Encontré una rejilla en el suelo que daba a un vestuario, que en ese momento estaba lleno de docenas de chicas de una hermandad posando en bañador para un calendario benéfico.
El sueño de todo universitario, ¿no? Pero mi primer impulso no fue acercar una silla y disfrutar del espectáculo, sino ir a buscar a mis compañeros Buffs y compartir la emoción.
—¿Y lo hiciste?
—Sí. Traje a tres y pasamos la siguiente media hora disfrutando de un pase de modelos privado mientras las chicas se reían y el fotógrafo hacía lo suyo.
Empezamos a aplaudir cuando estaban terminando con una foto de grupo.
Ninguno de nosotros se quedó a ver qué pasaba después, pero me enteré más tarde de que una de las fotos en las que aplaudíamos salió en la portada.
Había algo particularmente sexy en sus expresiones en ese instante de descubrimiento.
—Pero volviendo al tema del secreto, creo que tienes razón. Y no tengo respuesta. No sé qué puedes hacer para evitar que un usuario de Brillyanc se lo cuente a sus amigos más cercanos.
Me puse de pie y empecé a caminar de un lado a otro. Estaba agotado, pero necesitaba mantenerme concentrado.
—Tal vez por eso apuntan a estas profesiones. Quieren despiadados que no estén dispuestos a compartir nada que les dé ventaja sobre los demás.
La simplicidad de su solución me golpeó como un latigazo de lucidez.
—¡Sí! Eso funciona. Aunque mi instinto me dice que hay más. Algo más predecible. Algo con lo que los fabricantes de Brillyanc pudieran contar con absoluta certeza.
Ninguno de los dos logró resolver ese enigma. Tras un largo silencio, Katya dijo:
—Todavía no me has dicho por qué crees que acabarás haciéndote pasar por Chris Pine en persona antes de que esto termine.
Dejé de caminar y me volví para mirarla.
—Tres razones. Primero, fíjate en el patrón de llamadas.
Para empezar, todas duran menos de diez minutos.
Es demasiado poco para cerrar una venta de algo tan complicado y con tantos matices como Brillyanc.
Segundo, todas son en DC. ¿Por qué limitarte geográficamente, a menos que vaya a haber contacto en persona?
Y tercero, sabemos lo que se vende, y requiere estar conectado a un gotero durante seis horas.
—¿Crees que la llamada es solo para concertar una reunión?
—Eso creo.
—¿Qué les dices a personas tan inteligentes y sofisticadas como estas para que asistan a esa reunión?
—Eso es lo que vamos a averiguar... dentro de unas veintidós horas.