Capítulo 25
Déjà Vu
REGISTRAMOS nuestros pasaportes nuevos en un gran hotel antiguo cerca de la antigua residencia de Katya.
Situado en las boscosas Colinas de los Gorriones, el Hotel Korston domina un amplio meandro del río Moscova y muchos de los monumentos más emblemáticos de la ciudad.
También transporta a los visitantes a otra época y otro lugar.
Al cruzar las puertas del vestíbulo del Korston, los turistas cambian las vistas de las icónicas torres de piedra de la Universidad Estatal de Moscú y los legendarios jardines del Parque Gorki por las del viejo Las Vegas.
Abundan las alfombras rojas, las luces de colores y los salones de cócteles, todo diseñado para poner a la gente de humor festivo.
Un bufé abierto las veinticuatro horas mantiene a la clientela dentro y bien alimentada mientras las ruidosas máquinas tragaperras y las prostitutas parlanchinas les vacían los bolsillos.
No es precisamente mi definición de paraíso, pero para gustos, colores.
Katya y yo pasamos de largo del glamour y el brillo y fuimos directos a nuestra habitación para echarnos una siesta reparadora entre montones de almohadas de pseudoseda.
Me desperté a los cuarenta minutos y me metí en la ducha.
Era la primera desde el ataque en la prisión y la recibí como quien recibe justicia.
Escuché la mitad del último álbum de Adele bajo el chorro caliente de un cabezal grande, dedicando parte del tiempo al aseo personal y todo él a disfrutar de un simple placer que me habían negado durante seis meses.
Al salir del baño envuelto en una toalla y rodeado de una refrescante nube de vapor, caí en una trampa que creía haber evitado. Me encontré flanqueado por dos tipos enormes de traje negro, ambos con gafas de sol envolventes.
A la izquierda, un gorila con la cabeza rapada tenía a Katya agarrada por el cuello.
Parecía listo para aplastárselo como una lata de cerveza vacía.
Justo enfrente, un bruto con una cicatriz brutal que le cubría media mejilla izquierda sostenía una Glock apuntándome al corazón.
Firme como una roca. La G43 subcompacta , noté por reflejo.
Ideal para llevar oculta. Una compra meditada.
Un tirador profesional. Y el mismo modelo que usaron los tipos de Palo Alto.
Cicatriz señaló el montón de ropa junto a la puerta del baño.
— Odevaicya . Vístete.
Visualicé los siguientes diez minutos como una película en avance rápido, buscando dónde insertar una vía de escape.
Los puntos de presión eran la mano en la garganta de Katya y el dedo en el gatillo de la Glock.
Necesitaba una situación que me permitiera neutralizar ambos el tiempo suficiente para obrar el milagro.
Nuestra habitación no servía. Habían tomado posiciones ventajosas y tenían espacio para maniobrar.
La puerta era mejor. Un cuello de botella que dividiría su atención.
El pasillo era malo. Estarían detrás de nosotros con línea de tiro despejada, a menos que tuviéramos la suerte de toparnos con una multitud. Y no me sentía precisamente con suerte.
El descenso era la primera situación prometedora.
Diez pisos de ascensor o escaleras. Llevar a alguien agarrado por el cuello en un ascensor era arriesgado, ya que no sabían con qué frecuencia se abrirían las puertas ni quién estaría allí cuando lo hicieran.
Por eso calculé que optarían por las escaleras.
Nadie las usaba. Además, eran más aisladas y controlables.
Nos sacarían a un vehículo que estaría esperando, probablemente por una salida que evitara el vestíbulo. Eso nos llevaría por pasillos traseros, donde podríamos pasar junto a extintores, carritos de limpieza y material de mantenimiento. Todo potencialmente útil, pero nada predecible.
Necesitaba algo fiable. Algo que estuviera bajo mi control. Una vez en el coche, el camión o la furgoneta, entrarían en juego la cuerda, las esposas o la cinta adhesiva, y nuestras probabilidades de escapar se desplomarían.
Tenía que actuar antes de llegar tan lejos.
Tenía que idear un plan antes de salir de la habitación.
En mi mente, retrocedí hasta la escalera y la imaginé como un campo de batalla. Una jungla de paredes de hormigón y barandillas metálicas cubiertas de pintura gris. Veinte tramos llenos de obstáculos y giros cerrados, de esquinas afiladas y caídas en picado.
Tomé mi decisión.
Levanté las manos despacio y dejé que me temblara la voz.
—No dispares. No me dispares. Te daré lo que quieras.
— Odevaicya —repitió Cicatriz, con el lado derecho de la boca curvado en una mueca.
Me puse primero la camiseta, luego los vaqueros y la chaqueta de cuero.
Por fuera fingía torpemente estar asustado mientras mi mente iba a toda velocidad, buscando con disimulo armas o herramientas.
El suelo estaba vacío y no había ningún objeto al alcance sobre las mesas.
Me concentré en el bolígrafo Bic que había usado para rellenar los formularios de aduanas.
Un simple cilindro amarillo en el bolsillo trasero de los vaqueros, junto a los clips que siempre llevaba como herramientas improvisadas.
Me até los zapatos y me levanté despacio, con los hombros hundidos, el bolígrafo oculto en la mano y los brazos colgando como alas rotas.
Cicatriz señaló la puerta con el arma.
—Vamos.