Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

El visitante

VOLVÍ a la zona de duchas y me vestí sin pararme a secarme.

Durante seis meses había contenido un torrente de dolor y un enjambre de frustraciones, pero había reventado al mismo tiempo que el ojo del número tres.

Quería agarrar a Grissel por sus grandes orejas y estamparle un cabezazo en plena nariz.

Quería sentir cómo se le aplastaba el cartílago, oír cómo se le quebraba la nariz y ver cómo le brotaba la sangre.

El deber jurado de Grissel era protegerme, pero había intentado matarme.

Cerré los ojos y conté hasta tres antes de salir justo detrás de él.

—Hay dos formas de resolver esto.

Grissel se giró en seco; su rostro reflejó sorpresa, luego ira y finalmente miedo.

Mantuve a mi bestia interior enjaulada, pero le dejé entrever al animal que llevaba dentro. Mientras él tragaba en seco, dije:

—O los dos estuvimos aquí, o ninguno estuvo.

Pasé junto a él sin decir otra palabra. Casi podía oír cómo le daban vueltas los engranajes de la cabeza. El orgullo contra el miedo, la curiosidad contra el instinto de supervivencia. Su decisión sí la oí. Lo oí alejarse.

Con Grissel fuera de guardia, algún recluso descubriría los cuerpos en cualquier momento. No quería estar por allí cuando eso ocurriera. Volví a toda prisa a mi celda y me puse a hojear mi grueso mazo de cartas.

—¿Por qué te pasas tanto rato mirando esas cartas? —preguntó Marcus, apoyado en los barrotes.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Sí, tío. No es que tenga nada mejor que hacer.

—Saca tu mazo. Te lo enseño.

Marcus obedeció.

—Levanta las cartas de una en una y enséñamelas lo más rápido que puedas. Luego déjalas en el mismo orden.

—¿Lo más rápido que pueda?

—Cuanto más rápido, mejor.

El váter-lavabo combinado estaba cerca de los barrotes, así que Marcus lo usó como mesa improvisada. Con el mazo en la mano, empezó a levantar las cartas de una en una y a dejarlas en una pila sobre el borde del lavabo.

—Más rápido.

Marcus negó con la cabeza, pero aceleró el ritmo hasta mostrarlas a razón de una por segundo. En un minuto había terminado.

—Vale. ¿Y ahora qué?

—Cuatro de tréboles, seis de picas, cinco de picas, nueve de diamantes, jota de corazones... —Iba por la carta treinta y cuatro, y Marcus tenía los ojos como platos, cuando mis oídos me pusieron en alerta. Un guardia se acercaba con paso decidido. No sonaba como Grissel.

Hicks apareció ante mi vista.

—Tienes visita.

—¿Mi abogado?

—No tiene pinta de abogada. —El guardia lo dijo con ese tono que usan los hombres entre ellos cuando hablan de mujeres atractivas. No lo conocía lo bastante como para saber si era una trampa. Hicks era nuevo. Podría estar llevándome a un cuarto donde Grissel me esperara con otro grupo.

No me quedaba más remedio que seguirlo.

Hicks me condujo a la sala de visitas, donde divisé a mi visitante en cuanto abrió la puerta. Más o menos a dos tercios de la fila de veinte locutorios, resplandeciente como un faro en una costa tormentosa, estaba Katya.

Llevaba el mismo traje entallado color caramelo que había lucido en la fiesta y en su audiencia preliminar.

En el juzgado había supuesto que era el único traje que tenía en la maleta.

Ahora sospechaba que era el único que tenía, punto.

Aunque aquí no hacía falta. La mayoría de los visitantes de la cárcel llevaban ropa que cualquiera podría comprar en una gasolinera o en un estadio.

Debía de haber asociado la cárcel con el tribunal y se había vestido acorde.

Supuse que se arrepentía de la decisión, dado que además se protegía la mano, la barbilla y la oreja con tres pañuelos blancos para no tocar lo que pudiera estar creciendo en el auricular.

Cogí el auricular sin precauciones. Entre haberme criado con un médico militar y las innumerables misiones en lugares peligrosos, había desarrollado un sistema inmunológico más resistente que el estómago de un buitre.

Y tenía ganas de hablar. Katya y yo no habíamos hablado desde el día de nuestras audiencias preliminares, cuando a mí me procesaron y a ella la soltaron.

Ella había vuelto directamente a Moscú para defender su tesis. Yo me había instalado en la celda 412.

—Hola, Achilles.

Sonreía, pero le vi preocupación en los ojos color ámbar.

—Me he enterado de que has vuelto de Moscú. Enhorabuena. ¿Tengo que llamarte doctora ahora?

—Quizá profesora algún día. Veo que sigues a la espera del juicio. Ha pasado mucho tiempo.

—Mi abogado lo retrasó todo lo posible para darnos más tiempo de investigar. Pero ya solo quedan un par de semanas.

Se quedó callada, sin saber qué decir. Creí entender su dilema. Hablar de mi caso podría consumir fácilmente los cuarenta y cinco minutos que les daban a los visitantes, pero sospechaba que no había hecho cinco horas de coche desde Stanford para eso.

—¿Qué puedo hacer por ti?

—Es tan incongruente, tú en este lugar. A Colin le encantaba hablar de ti como «el tipo que podía hacer cualquier cosa». Pero aquí no te dejan hacer nada. Me siento tonta por haber venido. Tenía una imagen muy distinta en la cabeza. —Negó con la cabeza y bajó la mirada.

Me quedé enganchado en su comentario. No sabía que mi hermano hablaba así de mí. No sabía que hablara de mí en absoluto.

—Está claro que no lo pensé bien. Olvídate de mí. ¿Qué puedo hacer por ti? Supongo que debería haberte traído galletas. O, no sé, una tele.

Katya apartó algo de la repisa con un dedo largo y elegante.

—Cuéntame qué te preocupa. Lo mejor que podrías hacer por mí es darme los problemas de otro en los que pensar.

Levantó la vista y su mirada se suavizó un poco.

—Creo que alguien intenta matarme.