Capítulo 13
El cuarto hombre
CUARENTA Y CUATRO HORAS pasaron desde que Casey me dio las malas noticias hasta que recibí mi siguiente mensaje.
Tampoco era lo que la mayoría consideraría una buena noticia.
De hecho, probablemente encabezaría la lista de pesadillas de muchos.
Pero mis circunstancias eran especiales, en más de un sentido, así que me alegré de recibirlo.
Era sábado por la mañana, a dos semanas y dos días del inicio de mi juicio. Había aprendido que, igual que fuera, el ambiente en la cárcel era mejor las mañanas de fin de semana. Los reclusos esperaban las visitas, y los guardias se relajaban un poco sin el director rondando.
Mi mensaje llegó en las duchas. Tres montañas de músculo me acorralaron en cuanto me quedé solo.
—Hola, chico bonito —dijo el del medio, dejando claro que era el líder—. He oído que andas buscando compañía.
Estos tipos no iban a ganar ningún premio a la inteligencia, pero tampoco eran tontos del todo.
Apostaban por la distracción: querían que pensara en violación en lugar de asesinato.
Era una táctica de combate sólida. Al fin y al cabo, toda guerra se basa en el engaño.
Pero a mí no me engañaban. Y pese a las apariencias, yo tenía la ventaja.
No me habían concedido fianza a la espera del juicio, dada la naturaleza del crimen y la abundancia de pruebas en mi contra.
Tampoco ayudaba que me hubieran entrenado para desaparecer.
Pero tampoco me habían condenado. A nadie aquí lo habían condenado.
Esto era un centro de detención, no una prisión.
Los tres mensajeros aún tenían esperanzas de salir libres pronto.
Tenían mucho que perder.
Así que harían lo posible para que mi muerte pareciera accidental.
Eso me daba ventaja, porque a mí las apariencias me traían sin cuidado.
Tres contra uno le parecería a cualquiera una pelea desigual, sobre todo si todos fueran de tamaño y complexión similares.
Mido 1,88 y peso 100 kilos, lo que me sitúa 2,5 centímetros y 2 kilos por debajo del quarterback promedio de la NFL, pero aún por encima de 19 de cada 20 estadounidenses.
Los tres que tenía enfrente también estaban en ese rango del 1 de cada 20, pero en la báscula marcarían cerca de 127 kilos.
Más defensive ends que quarterbacks. Ventaja atacantes.
Sin embargo, a diferencia del fútbol americano, donde las reglas amplifican las leyes de la física, el combate pone en juego innumerables factores adicionales.
En ese momento, los relevantes eran táctica, técnica y actitud.
Sabía que los superaba en táctica y técnica.
Las probabilidades lo garantizaban. Su necesidad de que pareciera «accidental» también inclinaba la balanza. Ventaja Achilles.
—Oíste bien —me acerqué al líder con aire despreocupado, haciéndome el manso—. Llevo seis meses de soledad acumulada aquí dentro.
Mientras el atacante número uno procesaba este giro inesperado, me dejé caer sobre la rodilla derecha y le hundí el puño en los testículos como un ariete contra una puerta de castillo.
Cargué el golpe con seis meses de rabia acumulada, impulsándolo con hombros y espalda, y lo lancé como si quisiera tocar las estrellas.
Fue devastador.
Mientras mi puño lo levantaba en vilo, casi pude oír a sus ancestros maldecir el fin de su linaje. Mi objetivo era dejar fuera de combate a uno antes de que supieran que la pelea había empezado, y lo logré con nota.
Pero aún me quedaban dos tercios del trabajo.
Mientras el eunuco se doblaba y vomitaba, giré sobre mí mismo hacia la derecha y le solté una rápida combinación de tres golpes al segundo pedazo de carne.
Primero le hundí el codo derecho en el plexo solar, dejándolo sin aire; luego le asesté un revés aturdidor en el puente de la nariz.
Por último, le agarré la cabeza y se la estampé contra mi rodilla, que subía a su encuentro. «¡Uf! ¡Crac! ¡Crunch!»
El crujido fue espantoso. Una cabeza de 4,5 kilos chocando a toda velocidad contra una rodilla de 4,5 kilos no auguraba nada bueno para la nariz de 60 gramos atrapada en medio. Solo el sonido me provocó un escalofrío.
Esperaba que el tercer atacante se detuviera a evaluar una situación que se desviaba tan rápido del plan. Pero no. El silbato había sonado y él saltó al campo. Se lanzó sobre mí como suele hacer la gente que pesa 127 kilos.
No pude apartarme a tiempo.
Mientras mi rodilla remataba al número dos, el número tres me estampó contra el suelo de baldosas. Con fuerza.
Tirarme al suelo jugó a favor del número tres.
La única ventaja de mi oponente era su peso, y una pelea en el suelo se la potenciaba.
La mala noticia para él era que yo no era un balón.
No había árbitro ni silbato. No sabía qué hacer.
¿Sujetarme hasta que uno de sus compinches se recuperara lo suficiente para ayudar? ¿O ponerse encima y molerme a golpes?
Su momento de vacilación me dio todo lo que necesitaba, porque yo sí sabía qué hacer.
Durante cinco largos, duros y felices años, mi gobierno me había enviado a situaciones de matar o morir contra enemigos que no vacilaban.
No se estremecían, no se detenían, no se lo pensaban dos veces.
Para ellos, matar a un hombre no era muy distinto de matar a un insecto.
No me había vuelto insensible, pero había aprendido a posponer los remordimientos hasta después, hasta haber hecho lo necesario para sobrevivir.
Agarré la nuca rapada de mi tercer asaltante con la izquierda y le clavé el pulgar derecho en la cuenca del ojo izquierdo como quien mete un corcho en una botella. Sin vacilación. Sin medias tintas. A fondo, impulsado por la furia y la frustración.
Se convulsionó y quedó inerte. Probablemente perdería el ojo, pero eso era preferible a lo que él había planeado para mí.
El atacante número dos seguía inmóvil donde había caído, pero el eunuco luchaba por ponerse en pie.
Me zafé del amasijo, salté, lo agarré con ambas manos y le estampé la cabeza contra la pared con fuerza suficiente para dejarlo inconsciente durante horas.
Impactó con un chasquido desagradable y se desplomó como un saco de patatas.
Me metí bajo una de las duchas abiertas para enjuagarme el vómito y la sangre del cuerpo mientras echaba un vistazo rápido a la escena. Algo no cuadraba. Moví un poco al número dos y le manché el pulgar derecho con la masa sanguinolenta que rezumaba de la cuenca del ojo izquierdo del número tres.
Satisfecho de que no quedaba prueba física que contradijera la versión de que tres tipos se habían peleado entre sí hasta quedar inconscientes, fui a por el cuarto.
Tenía que haber un cuarto. Estaría justo a la vuelta de la esquina de las duchas, con un hombro apoyado en la pared, intentando parecer despreocupado ante cualquier guardia que pasara mientras mantenía alejados a los demás.
Seguro que había oído la pelea a pesar del ruido de las duchas, pero no habría podido mirar sin echar a perder su misión.
Probablemente lo encontraría riéndose entre dientes mientras se imaginaba la escena.
Me desplacé rápido y en silencio por las baldosas hasta la esquina.
Me acerqué hasta quedar a escasos centímetros de donde calculaba que estaría apoyado.
Mi plan era salir, pasarle el brazo por detrás, agarrarle de la garganta y la muñeca, y arrastrarlo de vuelta tras la esquina para poder hablar con él a solas.
Hacerle entender que a los dos nos convenía que no hubiera visto ni oído nada que contradijera la historia de la pelea a tres, no fuera a convertirse en una a cuatro.
Asomé por la esquina con los brazos listos para abalanzarme y me quedé paralizado. El hombre que tenía delante llevaba uniforme de guardia. Era Grissel.