Capítulo 33
S titch miró de reojo el rostro pálido y agotado de Sloane. Le encantaba que hubiera intentado quedarse despierta con él, aunque al final se hubiera quedado frita. Se sentía extrañamente más ligero después de hablar tanto. Quizá los psicólogos tenían razón al decir que desahogarse ayudaba.
Lo que ella le había contado sobre su padre le había sorprendido. Siempre se la había imaginado con una crianza acomodada, de clase media. Tenía ese aire. Hablaba bien, era elegante, tenía clase.
Pero ella también había pasado por lo suyo. Al igual que él, había perdido a alguien cercano: a su madre. Y luego su padre se había suicidado justo delante de ella.
Dios santo, y solo tenía diecisiete años.
Todo el mundo tenía alguna tragedia en su vida. Todo el mundo tenía que lidiar con el dolor.
No estaba solo en eso.
Aunque siguiera doliendo a rabiar.
Condujo durante unas horas más y luego se detuvo en una gasolinera para repostar y estirar las piernas. Llevaban seis horas en la carretera.
Sloane se removió y abrió los ojos. —Me debo de haber quedado traspuesta —dijo con aire un poco avergonzada—. Intentaba mantenerme despierta para hacerte compañía.
Él sonrió. —No te preocupes. Está claro que necesitabas el descanso.
Él estaba acostumbrado a pasar días sin dormir. Seis horas no eran nada.
Un bostezo ruidoso llegó desde el asiento trasero. —¿Ya hemos llegado?
Él sonrió de oreja a oreja. —Solo faltan unas diez horas más.
—Joder —Blade se desperezó—. ¿Quieres que me ponga yo?
—Sí, ¿por qué no? No me vendría mal un descanso.
—Tú quédate atrás —dijo Sloane—. Yo estoy bien aquí delante.
—¿Seguro?
—Sí, tú lo necesitas más que yo.
Después de ir al baño y llenar el depósito, se pusieron de nuevo en marcha. Stitch oyó a Sloane charlando con Blade y, a pesar de lo que había pensado, se durmió.
Lo siguiente que supo fue que el sol ya había salido y que Sloane conducía.
¿Pero qué...?
Miró por la ventana. Estaban en una zona urbanizada, rodeada de almacenes industriales y depósitos de contenedores.
Karachi.
—Buenos días —Sloane le buscó la mirada por el espejo retrovisor.
Él se incorporó, observando la ciudad con recelo. —No me puedo creer que haya dormido tanto.
—Ni el fuego de mortero te habría despertado, tío —bromeó Blade desde el asiento delantero. Stitch no pudo evitar sonreír. Las bromas entre ellos le recordaban a los viejos tiempos, cuando estaban en el equipo. Había echado de menos eso.
—¿Qué hora es?
—Las ocho —dijo Blade—. He llamado al capitán del puerto. El Arabian Princess zarpa a las seis de esta tarde, así que tenemos tiempo de sobra para bajar y hacer un reconocimiento.
—Perfecto —dijo Stitch.
Blade se dio la vuelta. —Pero antes, tenemos que hacer una parada. Necesito un arma.
The Clifton era un hotel de cuatro estrellas a tiro de piedra del puerto. Definitivamente un peldaño por encima de lo que solían frecuentar, pero nadie se quejaba.
Tras un desayuno rápido de huevos y pan naan , se registraron en dos habitaciones contiguas. Stitch dejó en el maletero la caja de suministros que había recogido de su contacto.
—Vaya, esto está muy bien —dijo Sloane, sonriendo mientras se dejaba caer en la cama extragrande.
Pat llamó para ponerlos al día. Stitch puso el altavoz.
—La policía paquistaní aún no ha identificado a Jeremy Vale. Buscan al tipo local que reservó la habitación, pero usó un nombre falso. Estáis fuera de peligro.
Blade se rio por lo bajo. —Ese taxista es listo.
—Matthew Sullivan está bajo vigilancia las veinticuatro horas, según mi contacto. El inspector general de la CIA, Robert McCarthy, ha sido informado detalladamente sobre el próximo cargamento y va a abrir una investigación sobre Ghost Company, tanto por lo ocurrido durante la guerra como después.
—Son buenas noticias —dijo Sloane después de que colgaran—. Si lo vigilan, no podrá venir a por mí.
Stitch no estaba tan seguro de que fueran buenas noticias.
Matthew Sullivan había subido al primer puesto de su lista, y quería al cerebro de todo para él solo.
Una investigación, un trato y unos años en una prisión de mínima seguridad no serían suficientes para el hombre que había ordenado el ataque a su aldea y le había arruinado la vida.
Pero ya habría tiempo para solucionar eso más adelante.
Lo primero es lo primero: Omari.