Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 32
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Capítulo 32

—¿ E stá muerto? —Sloane los miró con incredulidad—. ¿Pero cómo? Pensé que ibais a hacer que lo arrestaran.

Estaban en un SUV de alquiler, saliendo de la ciudad por la autopista Lahore-Islamabad. Sloane estaba sentada al lado de Stitch, que conducía, mientras Blade descansaba repantingado en la parte de atrás.

—Ese era el plan —dijo Stitch con la vista fija en la carretera.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella.

—Intentó quitarme el arma —respondió Stitch—. Una estupidez por su parte. No nos dejó otra opción.

—¿Así que le habéis disparado? —preguntó sorprendida. Ninguno de los dos parecía especialmente afectado por ello.

—Los dos lo hicimos —dijo Blade desde atrás.

Ella miró por encima del hombro. —¿Los dos le habéis disparado?

—Sí —Stitch frunció los labios.

—No podíamos dejar que se hiciera con el arma —añadió Blade.

Siguió un largo silencio.

—No puedo creer que Jeremy esté muerto. —Se quedó mirando por la ventanilla las colinas onduladas salpicadas de vegetación escasa—.

No es que el hombre me cayera bien. Había contratado al tirador para matarla y había hecho todas esas otras cosas terribles.

Solo que matarlo parecía algo tan drástico... Tan definitivo.

—Si hubiera cogido mi arma, no estaríamos aquí —dijo Stitch, malinterpretando su reacción—. Nos habría matado sin dudarlo un segundo.

—No es por eso —murmuró ella, con la cabeza dándole vueltas—. Es que es mucho que procesar.

—Al menos ahora ya no puede hacerte daño —dijo Blade.

—Pero Matthew aún puede.

—Sullivan no sabe que Jeremy ha muerto —la tranquilizó Stitch—. No lo sabrá hasta dentro de unos días, al menos hasta que la policía identifique el cadáver.

—Y eso no va a ser fácil —añadió Blade—. Probablemente tenga varios alias.

Ella exhaló, aliviada. —¿Qué pasará cuando lo hagan?

—Para entonces todo esto habrá terminado —dijo Stitch con un tono cortante.

Sloane esperaba que tuviera razón.

—Voy a dar una cabezadita —dijo Blade, estirándose en el asiento trasero—. Despertadme cuando sea mi turno.

Stitch asintió.

Sloane se volvió hacia la ventanilla y observó cómo el paisaje cambiaba a llanuras amplias y abiertas que se extendían kilómetros en todas direcciones.

Era obvio que Stitch y Blade estaban acostumbrados a trabajar juntos.

Tenían un vínculo tácito forjado tras años operando en el mismo equipo y una facilidad de comunicación que solo se conseguía al conocer muy bien a alguien.

Estaban muy unidos, como hermanos, y siempre se cubrirían las espaldas el uno al otro.

¿De verdad le habían disparado los dos a Jeremy? Nunca lo sabría, pero les creyó cuando dijeron que él había intentado quitarle el arma a Stitch. Había sido en defensa propia.

Apartando la vista de la ventanilla, lanzó una mirada furtiva a Stitch.

Sus ojos azules estaban fijos en la carretera, fríos y firmes, como si nada pudiera perturbarlo.

Sus manos agarraban el volante con esa confianza natural, del tipo que te hacía sentir segura y un poco nerviosa al mismo tiempo.

Sus antebrazos bronceados se tensaban con cada ligero giro y dejaban ver esos músculos definidos y ese tatuaje, oscuro y sinuoso, ligado a una carrera de la que estaba orgulloso pero de la que nunca hablaba.

Con esa mandíbula cincelada y el pelo ligeramente alborotado, resultaba letal y asombrosamente guapo a la vez; una mezcla peligrosa que le resultaba imposible de ignorar.

Lástima que nunca llegarían a terminar lo que habían empezado. Al menos le quedaban los recuerdos. Aquella noche quedaría grabada para siempre en su mente.

Un ronquido suave llegó desde atrás. Miró por encima del hombro y vio que Blade ya estaba profundamente dormido.

—No ha tardado mucho —comentó ella.

—Siempre es así —dijo Stitch sin apartar la vista de la carretera—. El movimiento lo deja KO. Coches, autobuses, helicópteros... lo que sea, se queda frito.

Ella sonrió. —¿Estáis muy unidos, eh?

—Sí, como hermanos. Pasaba lo mismo con todo el equipo: Blade, Cole y yo. —Se le tensó la mandíbula—. Joe, Chris y Rick no regresaron de nuestra última operación.

—Lo siento.

Había perdido a mucha gente en su vida, se dio cuenta ella. Supuso que era algo común en su sector. Aun así, no debía de ser fácil.

Y luego perder a su mujer. Qué trágico.

—¿Fue entonces cuando os tendieron la emboscada? —preguntó ella, recordando la historia.

Él asintió, mientras el SUV seguía devorando kilómetros.

—Lo siento —susurró ella—. No tienes que hablar de ello si no quieres.

—No pasa nada. —Él miró el reloj del salpicadero—. Nos quedan catorce horas de camino. Mejor hablar de algo.

Ella sonrió.

Él respiró hondo. —Estábamos en una misión rutinaria en Afganistán, cruzando a pie un paso de montaña, cuando una milicia rebelde nos tendió una emboscada. Un minuto estábamos marchando por el sendero y al siguiente estábamos en medio de un tiroteo total. —Apretó con más fuerza el volante.

Ella quiso alargar la mano, ponérsela en el muslo para consolarlo, pero le pareció demasiado íntimo, así que no se movió.

—No había cobertura —dijo él, con voz hueca, como si todavía estuviera en aquel momento—. Rick cayó el primero, acribillado por el fuego de una ametralladora. Luego Joe..., a él también lo alcanzaron.

—¿Era el hijo de Pat?

—Sí. Recibió un disparo en la pierna. Blade y yo intentamos ayudarlo, pero le dieron en el vientre y en el pecho. Murió en los brazos de Blade.

Ella podía imaginarlo: un sereno paso de montaña destrozado por los disparos, y el corazón le dolió al imaginar a Stitch en medio de aquello. —¿Qué hicisteis? —susurró.

Él exhaló lentamente. —Tuvimos que dejarlos atrás. No podíamos hacer nada. Blade, Chris y yo nos separamos, con la esperanza de ser un blanco más difícil si nos dispersábamos. —Su expresión se ensombreció—. Chris tampoco lo logró. Solo Blade y yo salimos de allí.

—Lo siento mucho —susurró ella.

—Blade lo pasó muy mal —dijo Stitch, echando un breve vistazo por el retrovisor a su amigo dormido—. Él dirigía la operación.

Ella siguió su mirada. —¿Pero no fue culpa suya, verdad?

—No. —Apretó la mandíbula—. Nuestro traductor nos traicionó. Los talibanes llegaron hasta él. Amenazaron a su familia. Delató nuestra ubicación, y Blade sintió que debería haberlo visto venir. Que podría haberlo evitado.

—¿Cómo iba a hacerlo? No había forma de que lo supiera —dijo ella, negando con la cabeza.

Stitch se encogió de hombros y una mirada atormentada le cruzó el rostro. —Eso no cambia el hecho de que murieron hombres buenos. Después de aquello, simplemente... no pude volver. Fue como si algo hubiera muerto dentro de mí también.

Ella tragó saliva con dificultad. Ver a tus hermanos acribillados, salir vivo por los pelos... no era algo que pudieras superar sin más.

—¿No os buscaron? —preguntó ella en voz baja. Sabía lo grave que era desaparecer de una unidad, especialmente en una zona de guerra.

Él dudó y luego asintió. —Llegué al punto de encuentro. El helicóptero estaba esperando. Lo vi, pero no pude subir. Me escondí y observé mientras Blade embarcaba. Esperaron todo lo que pudieron y luego se fueron sin mí. Pensaron que estaba muerto.

—Estabas en estado de shock —dijo ella con dulzura—. No fue culpa tuya.

—Estaba fatal, sí —admitió él, sin apartar los ojos de la carretera—. Vagué por las montañas durante días hasta que encontré una aldea. Habíamos hecho una misión de ayuda humanitaria allí el año anterior. La familia de Soraya me acogió.

Ella parpadeó. —¿Pero Blade te encontró, verdad?

Él asintió. —Sí, al final. Pero guardó silencio. Sabía que si alguien descubría que estaba vivo, estaría metido en un buen lío. Así que dejó que todos creyeran que había muerto. Yo no es que pusiera muchas objeciones.

—¿Por qué no? Podrías haber vuelto.

Él apretó los labios. —En aquel momento, no podía afrontarlo. No estaba preparado. Para cuando recuperé el sentido, ya era demasiado tarde. Era más fácil seguir «muerto».

A Sloane le dolió el corazón por el hombre que tenía al lado.

—Mi mayor arrepentimiento es haber dejado que Blade se enfrentara solo a las consecuencias —dijo tras una pausa, con la voz cargada de culpa—. Hubo una investigación y él cargó con las culpas. Acabó retirándose antes de tiempo.

Se le encogió el pecho. —Eso es terrible.

—Sí —dijo él con voz ronca—. Lo es.

El silencio entre ellos fue denso por un momento. Ahora podía verlo: Stitch no había huido por cobardía. Estaba destrozado, perdido y demasiado roto para afrontar las secuelas. Y ahora, todos estos años después, el dolor de aquello todavía se aferraba a él.

Ella parpadeó para contener el escozor de las lágrimas. —Siento mucho lo que pasaste —dijo en un susurro—. No lo sabía.

Él se aclaró la garganta, restándole importancia, pero ella veía que todavía le pesaba. —Fue hace mucho tiempo —dijo—. Todo el mundo ha pasado página.

«Menos tú», pensó ella.

—¿Qué harás cuando esto termine? —preguntó ella con cautela.

Él suspiró. —No lo sé. Si vuelvo a los Estados Unidos, probablemente me arresten.

Ella se giró bruscamente hacia él. —¿Qué? ¿Por qué? No hiciste nada malo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa sombría. —Marcharme sin una baja oficial... a la Marina no le importan los motivos. Sigue siendo deserción.

—Pero tiene que haber una forma de arreglarlo, ¿verdad?

Él se encogió de hombros, con la mirada recelosa. —Tal vez. Ya veremos.

—¿Qué pasará mañana en los muelles? —preguntó ella al cabo de un rato. El paisaje no había cambiado mucho en las últimas horas y empezaba a aburrirse de la vista.

—Cuando el Arabian Princess zarpe, le pasaremos la información a Pat, quien se pondrá en contacto con su enlace de la CIA. Ellos se coordinarán con la DEA y la Guardia Costera para interceptar el barco cuando entre en aguas estadounidenses. Al menos, ese es el plan.

Ella no sabía mucho sobre cómo funcionaban estas cosas, pero le sonaba familiar. Había visto suficientes noticias en casa sobre redadas de la Guardia Costera y de la DEA contra el narcotráfico en el mar. Siempre parecía algo impecable, casi sin esfuerzo.

—¿Crees que la tripulación tiene idea de que transporta heroína?

Él negó con la cabeza. —Lo dudo. El cargamento estará enterrado en contenedores, probablemente oculto entre mercancía legal: textiles, electrónica, cargamentos de comida, cualquier cosa que no levante sospechas.

De quienes hay que preocuparse es de los estibadores.

A ellos se les paga para asegurar que ciertos contenedores pasen por la aduana sin ser detectados.

—Haces que parezca tan fácil —reflexionó ella.

Él se encogió de hombros. —Si sabes a quién hay que untar, todo es posible. Los cárteles lo tienen estudiado al milímetro.

Ella soltó un silbido bajo, negando con la cabeza. —Hasta que vine aquí, vivía en una burbujita segura. Ahora que ha estallado, de repente el mundo es un lugar muy aterrador.

—Puede serlo —asintió él—. Pero no sufras. No voy a dejar que te pase nada.

Esas palabras.

Eso es lo que él había dicho aquella noche, justo antes de que se besaran, aunque entonces estuviera hablando de Soraya. Ahora lo decía por ella.

Un rubor cálido mezclado con algo más profundo fluyó por su interior. Era embriagador, excitante. Un atisbo de lo que sería ser amada por alguien como él.

Tragó saliva. Como si eso fuera a pasar alguna vez.

Tan pronto como esto terminara, ella volvería a su antigua vida, y Stitch no tardaría en ser un recuerdo distante, aunque muy querido.

—¿Y tú? —preguntó él, rompiendo el silencio que se había prolongado durante casi treinta kilómetros—. ¿Tienes a alguien esperándote? ¿Padres? ¿Hermanos?

Ella lo miró, sorprendida por la pregunta, pero se encogió de hombros. —No mucho. Mi madre murió cuando yo era pequeña y mi padre... bueno, no fue precisamente el padre del año.

Stitch arqueó una ceja y le lanzó una breve mirada. —¿Qué pasó?

No había planeado hablar de ello, pero, una vez que empezó, las palabras simplemente brotaron. Le contó lo de la muerte de su madre y la espiral descendente de su padre: cómo la bebida se apoderó de él y, finalmente, cómo terminó todo.

—Llegué demasiado tarde —dijo en voz baja—. Ya había saltado.

—Joder —murmuró él—. Eso es duro. ¿Qué edad tenías?

—Casi diecisiete. Dos días antes de mi cumpleaños.

—Maldita sea —murmuró él, asintiendo levemente—. Te entiendo. Los cumpleaños son... difíciles.

Sabía que estaba pensando en Soraya. Hubo un silencio, denso pero no incómodo, solo ellos dos procesando su propio duelo.

—¿Y qué pasó después? —preguntó él.

—Me fui a vivir con mi abuela. Ella fue quien me enseñó urdu.

—¿Es de Oriente Medio? —preguntó él, volviendo a mirarla, curioso.

—No, pero su madre sí lo era. Se casó con un ingeniero estadounidense y se mudó a Estados Unidos. Mi abuela nació en Seattle. Soy la única que ha vuelto a su lugar de nacimiento.

Él soltó un silbido bajo. —Por eso Matthew estaba tan interesado en ti, ¿eh? No solo por el idioma, sino por todo el lote.

Ella suspiró; la mención de Matthew seguía siendo un tema doloroso. —Sí. Ahora tiene sentido. Pensé que se preocupaba por mí, pero solo era... útil. Bastante ingenua, ¿verdad?

—Oye, no te castigues —dijo él con un ligero tono de dureza en la voz—. El amor nos vuelve idiotas a todos.

—Oh, no sé si era amor —admitió ella rápidamente—. Quizá solo... un capricho. Definitivamente, no era amor.

Stitch la miró, con una pequeña sonrisa asomando a los labios. —¿Nunca has estado enamorada?

El zumbido constante del motor llenó la pausa antes de que respondiera. —No. La verdad es que no. Mi padre me arruinó un poco la idea del matrimonio. Fue horrible con mi madre. No quiero eso nunca.

—No todos los hombres son así, ¿sabes? —dijo él con voz baja.

Ella sabía que él no era así. No después de todo. No por la forma en que la había abrazado la otra noche, por lo tierno que había sido a pesar de su rudeza.

Stitch no era un borracho fuera de control que pegaba a su mujer; no, él era otra cosa. Un luchador, claro, pero no de la forma en que lo había sido su padre. Él luchaba de verdad. Mataba personas cuando tenía que hacerlo.

Como a Jeremy. Eso había sido hacía horas y casi lo había olvidado. Pero ¿cuántos otros había habido? ¿Cuántas vidas se había cobrado?

Pero luego pensó en Fátima, lo tierno que había sido curándola, asegurándose de que estuviera a salvo.

«No voy a dejar que te pase nada».

Era una contradicción constante. Duro, letal, una fuerza de la naturaleza... y, sin embargo, podía ser tan dulce.

Una contradicción deliciosa, fascinante y que le aceleraba el pulso.

Y en algún momento del camino, se había enamorado de él. Locamente.

Pero, por supuesto, él no era suyo. Pertenecía a otra persona, alguien a quien había perdido pero que nunca olvidaría.

Soraya.

¿Cómo podría ella competir con un recuerdo?

Le dolió el corazón, se echó hacia atrás y cerró los ojos, dejando que el silencio del coche la envolviera.