Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 11
53%

Capítulo 11

L a oscuridad era absoluta en el bosque natural tras la cabaña de Ghost. El cielo se había teñido de un añil profundo como la tinta, con las estrellas devoradas por espesas nubes, mientras los sonidos de la selva zumbaban a su alrededor.

Se quedó inmóvil, escrutando con la mirada la maraña de árboles y plantas, con densas lianas entrelazadas tan estrechamente que ninguna luz podía atravesarlas.

Allí era donde la selva se encontraba con la playa, y la naturaleza salvaje acababa cediendo ante la arena suave de la costa.

La luz de su cabaña seguía encendida. Un pequeño señuelo para que los guardias estuvieran convencidos de que se había retirado a pasar la noche.

Se suponía que debía estar resguardado, manteniendo un perfil bajo, pero tenía otros planes.

Solo había cogido lo necesario: una linterna, su juego de ganzúas y su navaja del ejército, la que Carlos no había detectado en el último cacheo.

Se fundió con los arbustos, mezclándose con las sombras.

La maleza era espesa y estaba llena de nudos, pero Ghost sabía que no debía dejar que eso lo frenara.

La selva era su terreno. Podía moverse por ella como un espectro, deslizándose bajo las ramas y sobre las raíces retorcidas sin hacer el menor ruido.

Había aprendido el ritmo del bosque hacía mucho tiempo.

Ahora, incluso las cigarras que zumbaban en la noche hacían más ruido que él.

A los veinte minutos, divisó un destello de luz.

Estaba cerca. El apartamento de Becca no estaba lejos; se encontraba en el ala este de la villa, lejos de los guardias que se congregaban cerca de la piscina, fumando e intercambiando historias durante sus rondas.

Se mantuvo agachado, moviéndose desde la cobertura de los árboles a la sombra de una buganvilla.

Su ropa negra y el pasamontañas lo mantenían invisible bajo el manto de la noche.

La puerta del patio de Becca estaba justo delante, cerrada con llave, por supuesto, pero no era un obstáculo suficiente para detenerlo.

Ghost se agazapó en las sombras, evaluando las dos cámaras situadas en la terraza.

Ambas apuntaban en dirección opuesta a donde él se encontraba, dejando un punto ciego a lo largo del muro este.

Era un fallo del que se había percatado pronto.

A los hombres de Markov no parecían importarles los detalles, y eso le venía de perlas.

Manteniéndose al amparo de la buganvilla, se acercó a la puerta del patio y sacó el juego de ganzúas.

En cuestión de segundos, la cerradura cedió con un clic.

Se deslizó dentro y la cerró tras de sí sin hacer ruido.

Escuchó, con los sentidos en alerta máxima, esperando pasos o alguna señal de que hubiera activado algo, pero no hubo nada.

Solo el suave crujido de la villa asentándose para pasar la noche.

Exhaló en silencio, contemplando el pequeño espacio exterior.

El patio era acogedor, con una mesa circular y dos sillas en el centro, y un farol parpadeante que proyectaba un cálido resplandor dorado sobre todo el lugar.

Los pétalos de buganvilla se derramaban por las paredes, con sus tonos rosa y púrpura brillando tenuemente bajo la luz.

Desde allí podía ver el interior del apartamento de Becca. Ella estaba acurrucada en el sofá, con las piernas recogidas, leyendo una revista. Una copa de vino descansaba sobre la mesa frente a ella.

Parecía tan tranquila. Tan… alejada del caos que los rodeaba. Casi le dolió interrumpirla.

Avanzando, dejó notar su presencia al situarse en el umbral de la puerta. Ella levantó la vista de golpe, con los ojos abiertos de par en par por el miedo. Abrió la boca, dispuesta a gritar, pero él se quitó el pasamontañas de un tirón y se llevó un dedo a los labios.

Sus hombros se hundieron con alivio.

—¡Madre mía! —se llevó una mano al pecho—. Me has dado un susto de muerte.

—Lo siento —murmuró él, entrando—. Era la forma más segura de entrar. Tenía que esquivar las cámaras.

Ella miró hacia la puerta del patio. De cerca, pudo verlo: no estaba tan tranquila como aparentaba. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro pálido. Había estado llorando.

Él frunció el ceño y se sentó en la silla frente a ella.

—¿Qué está pasando?

Ella se mordió el labio, retorciéndose las manos en el regazo.

—La mujer de Ramírez —dijo con voz baja y temblorosa—. Ha muerto esta mañana en un accidente de coche.

Ghost asintió, manteniendo una expresión neutra.

—He oído hablar a los hombres. Lo siento. ¿La conocías mucho?

Becca apretó más las manos.

—No éramos tan íntimas, pero… —se interrumpió, esforzándose por encontrar las palabras—. No sé si debería decir esto, pero no puedo evitar pensar que no ha sido un accidente.

Ghost se tensó. Sus instintos se activaron de inmediato y un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Crees que alguien provocó el choque?

Ella asintió, con los labios temblando al hablar.

—Chrissy me llamó anoche. Estaba alterada… bebiendo, creo. Me dijo que Ramírez tenía una aventura con la au pair y que quería dejarlo. Pero él la había amenazado.

La mandíbula de Ghost se endureció. —¿Cómo la amenazó?

—Dijo que, si se marchaba, no volvería a ver a sus hijas.

—¿Iba a pelear por la custodia?

Becca asintió. —Solo que he llamado al aeropuerto. Había reservado tres asientos en un vuelo a Los Ángeles para esta noche. Iba de camino a recoger a las niñas cuando un camión la embistió y la mató en el acto.

Ghost se quedó en silencio, dejando que sus palabras calaran.

—Dime que es una coincidencia. —Un miedo real brillaba en sus ojos.

—Desde luego, suena sospechoso —admitió él—. ¿Hubo testigos?

Ella negó con la cabeza. —Solo el conductor del camión, y él jura que ella se saltó un semáforo en rojo. Además, ocurrió en una zona industrial sin cámaras. Si yo tuviera que elegir un lugar para matar a alguien en esa ruta, sería ese.

Ghost se pasó una mano por el pelo. —Joder, Becca. ¿Estás diciendo que su marido la mandó matar?

Becca se pasó una mano por el pelo, frustrada. —No sé lo que estoy diciendo. Espero que no, pero... —Dejó la frase en el aire y dio un trago a su vino—. Ramírez y Alek han discutido hoy. Alek lo ha llamado «estúpido bastardo». ¿Qué crees que significa eso?

Nada bueno. Y volvía a usar los nombres de pila.

Mierda. ¿Por qué tenía que pasar esto ahora, justo antes de que él tuviera que marcharse? Ahora no podría estar cerca para protegerla.

—Escucha, Becca —dijo con tono urgente—. Ramírez es un hombre peligroso y Markov también. Estoy de acuerdo, la muerte de tu amiga huele que apesta, pero no hagas más preguntas al respecto.

Ella contuvo las lágrimas. —Solo quiero saber la verdad.

—Lo sé. Pero si lo que dices es cierto, Ramírez hará lo que sea necesario para mantenerlo oculto.

Ella inspiró bruscamente y Ghost supo que sus palabras habían calado. —¿Quieres decir que yo podría estar en peligro?

—Ya sabes demasiado. Prométeme que no indagarás más.

—Está bien, lo prometo.

Él podía ver el miedo grabado en su rostro. —Y no le digas a nadie que hablaste con Chrissy anoche.

Ella asintió levemente, con el cabello cayéndole hacia delante y ocultándole parcialmente el rostro. Ghost se acercó y le apartó los mechones con suavidad. Tenía las pupilas dilatadas, oscuras, fijas en las de él.

—Sé que él la mató, Dom. Ese bastardo asesinó a su mujer para poder arrejuntarse con la niñera y quedarse con sus hijos.

Ghost negó con la cabeza. Ese tipo de pensamientos podían costarle la vida. —Siento mucho tu pérdida, Becca, pero tienes que dejarlo estar. Por ahora.

Ante su mirada interrogante, añadió: —Me voy. Estaré fuera unos días. A eso he venido, a decírtelo.

Entre otras cosas.

—No quería irme sin despedirme.

El miedo volvió a cruzar sus ojos y a él se le encogió el pecho. —Ah. ¿Cuándo te vas?

—Mañana —le cogió la mano; sus dedos delgados encajaban perfectamente con su palma grande y cálida—. Ojalá no tuviera que irme, pero el deber me llama. Los colombianos quieren su mercancía.

Sus palabras parecieron sacarla de su pesar. Se secó los ojos y se enderezó. —Estaré bien —le aseguró—. No tienes que preocuparte por mí.

Pero él sí se preocupaba. Más de lo que debería.

La opresión en su pecho se convirtió en un dolor sordo. Ella era la única persona en todo este maldito embrollo que le importaba. La idea de que le pasara algo... Ni siquiera podía planteárselo. Pero no dijo nada de eso. No podía.

—Lo sé. Solo cuídate mientras no esté.

Ella sorbió por la nariz. —¿Lo dices porque no me tendrás en marcación rápida?

Él entornó los ojos. —Hablo en serio, Becca. Estos hombres son peligrosos. No me gusta la idea de dejarte aquí sola.

—Sé cuidarme sola. Llevo mucho tiempo haciéndolo. —Pudo notar el cansancio subyacente en la voz de ella.

—Sé que sí, pero ¿estos tipos? Son distintos.

Son asesinos despiadados, Becca. A tu jefe lo busca la justicia en Estados Unidos por intento de asesinato, Carlos empezó su carrera como guerrillero de las FARC y Dios sabe de qué es capaz Ramírez.

Y tú estás atrapada justo en medio. ¿De verdad crees que Markov va a dejar que te marches así como así un día?

¿Con todo lo que sabes? —Negó con la cabeza—.

Puede que creas que no estás involucrada, pero lo estás.

Ella palideció y Ghost lamentó sus palabras de inmediato. No pretendía ser tan brusco ni asustarla..., o quizás sí. Solo quería que comprendiera hasta qué punto estaba metida en el fango. Porque le importaba, maldita sea.

Estaba metida en un lío que la sobrepasaba. Si tan solo pudiera sacarla de ese nido de ratas, lejos de toda la corrupción. Pero no podía. Todavía no. La necesitaba aquí. Y se odiaba por ello.

—¿Crees que intentarían impedirme que me fuera?

—Algún día, sí.

Ella se mordisqueó el labio inferior. —Nunca lo había pensado.

Él sí. Jamás concedía a nadie el beneficio de la duda, y menos aún a escoria traficante de armas como Markov y Ramírez. Gajes del oficio, quizá, pero eso lo mantenía vivo.

—Te ayudaré —bajó la voz—. Te sacaré de aquí. Pero ahora necesito que me prometas que no llamarás la atención hasta que vuelva.

Su voz fue un susurro: —Lo prometo.

La miró fijamente a esos profundos ojos castaños y sintió una punzada en el corazón.

Se veía tan vulnerable, tan asustada, a pesar de que intentaba mostrarse valiente.

No deseaba nada más que protegerla, mantenerla a salvo de las víboras que la rodeaban.

Él extendió los brazos y ella se refugió en ellos como si fuera lo más natural del mundo.

—Abrázame —susurró ella.