Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 9
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Capítulo 9

L as cosas se movían rápido; demasiado rápido.

Markov había recibido la confirmación de los colombianos y el cargamento a gran escala ya tenía luz verde.

La mitad del dinero por adelantado, el resto a la entrega.

Estaba ocurriendo. El trato estaba cerrado y pronto uno de los cárteles más letales de Colombia nadaría en suficiente potencia de fuego como para enfrentarse a medio país.

A Ghost ya le habían entregado su parte —lo justo para cubrir los «gastos operativos»—, que él había pasado a sus distribuidores.

Estaba siguiendo el juego, preparándolo todo como se suponía que debía hacer, pero la verdad le reconcomía por dentro.

Después de este trato, sería cómplice de armar a un cártel que hacía que la mayoría de los capos de la droga parecieran aficionados.

¿La parte positiva? Estaba cerca — muy cerca — de conseguir que Markov revelara su alijo de armas. Si lograba localizarlo, las autoridades podrían intervenir, confiscar lo que quedara o quemarlo hasta los cimientos. No detendría el cargamento, pero frenaría a Markov, lo dejaría lisiado.

Por eso estaba allí ahora, esperando frente al despacho de Markov, intentando no parecer alguien que estaba a punto de partir en una misión que podría costarle la vida.

Estaría fuera durante días, acompañando al cargamento hasta la frontera para asegurarse de que todo saliera bien.

Los colombianos no toleraban errores y, si había algo a lo que Markov temía, era a los cárteles.

Hacían que sus tácticas de mano dura parecieran una misión de caridad.

Entonces entró Becca.

No habían hablado desde aquel beso.

Aquel. Beso.

Y, por todos los demonios, todavía le golpeaba como un tren de mercancías.

La había estado evitando — tenía que hacerlo—, pero, al parecer, ella había estado haciendo lo mismo. Sus caminos no se habían cruzado ni una sola vez en tres días y él sabía que ella mantenía las distancias.

¿Pero verla ahora? Fue como un puñetazo en el estómago.

Estaba increíble: el pelo oscuro tan brillante como siempre, balanceándose con cada paso.

¿Esa falda? Estaba directamente diseñada para jugarle malas pasadas a su cabeza, ciñéndose a sus curvas en los puntos justos.

Y la blusa de seda, lo bastante vaporosa como para insinuar la suave curva de sus pechos, tampoco le estaba haciendo ningún favor. Tuvo que obligarse a mantener el tipo.

Un impulso repentino e irracional de cruzar el despacho, estrecharla entre sus brazos y besarla hasta perder el sentido le golpeó con tanta fuerza que casi se movió.

Casi.

No le apetecía suicidarse.

—Buenos días, señor Domínguez —dijo ella, en un tono educado y profesional. El tipo de voz que no revelaba nada.

Él asintió, luchando por mantener su expresión neutral, pero su mente iba a mil por hora. Quería hablar con ella. Joder, necesitaba su ayuda si iba a sacar esto adelante. Ella era la única con acceso a la información adecuada y, sin ella, estaba volando a ciegas.

Pero entonces Ramírez entró detrás de ella.

Joder.

Cualquier oportunidad de hablar con ella en ese momento se había esfumado.

Se tragó la frustración que le ardía en las entrañas.

Pat se lo había dejado claro: a menos que pudiera llevar a Markov hasta la entrega final, necesitaban algo sólido.

Pruebas contundentes que lo vincularan con los cárteles.

Una factura, un registro de pago, lo que fuera.

Algo que se sostuviera ante un juez y encerrara a Markov para siempre.

De lo contrario, toda la misión de Ghost se esfumaría y, lo que es peor, el Gobierno de los EE. UU. tendría las manos manchadas de sangre por permitir que un traficante de armas conocido moviera armamento a través de la frontera.

No podía permitir que eso sucediera.

Jesús y su hermano ya estaban listos para trasladar las cajas desde el almacén hasta el punto de encuentro a las afueras de la ciudad.

Desde allí, sería un traspaso limpio a los madereros, que transportarían la mercancía a lo profundo de la selva.

Después de eso, el cargamento desaparecería en el barco de un pescador, cruzando la frontera a través de esos ríos pantanosos y sinuosos que solo él conocía como la palma de su mano.

Una vez que las armas tocaran suelo colombiano, todo dependería de Miguel y su equipo.

El teléfono de Ramírez sonó, fuerte y agudo. Gruñó y salió para responder, dejándolo a solas con Becca.

Por fin.

—Tenemos que hablar —susurró él, manteniendo la voz baja.

Becca dirigió la mirada hacia la puerta donde Ramírez ladraba por teléfono.

—¿Cuándo?

—¿Puedes quedar conmigo más tarde? —intentó mantener la voz firme, pero no era fácil. Necesitaba que ella dijera que sí.

Ella vaciló, mordiéndose el labio, y luego susurró:

—No lo sé. Carlos me vio volver de tu cabaña la otra noche. Creo que me está vigilando.

Mierda. Eso explicaba el silencio absoluto. Carlos era una serpiente, siempre acechando en las sombras. Si sospechaba algo, todo este asunto podría estallarles en la cara.

—Está bien, iré yo a buscarte —dijo él, escudriñando la sala con la mirada.

Los ojos de ella se agrandaron por la preocupación.

—Hay cámaras por todas partes.

—No te preocupes —dijo él—. Sé dónde están.

Ella abrió la boca para responder, pero Ramírez irrumpió de nuevo, teléfono en mano.

—¿Listo? —gruñó, mirando a Ghost.

Él apretó la mandíbula.

—Sí.

Ramírez llamó a la puerta de Markov y, un momento después, ambos fueron invitados a pasar, dejando a Becca atrás en la oficina exterior. Ghost pudo sentir sus ojos en su espalda mientras la puerta se cerraba.

Había llegado el momento.

Todo dependía de los próximos días. Si no encontraba ese alijo de armas, Markov se les escaparía de entre los dedos y el Gobierno de los EE. UU. habría armado directamente al cártel.

No tenía más remedio que confiar en Becca.

Solo le quedaba esperar que ella fuera lo bastante valiente como para confiar también en él.