Capítulo 19
E l grito desgarrador cortó el silencio como una bala y sacó a Thorn del sueño más profundo que había tenido en días.
La adrenalina inundó su sistema y disipó la niebla del agotamiento.
Damian la había hecho alcanzar cotas con las que nunca había soñado, que ni siquiera sabía que eran posibles, pero ahora eso era lo último en lo que pensaba.
Echó mano por instinto a la Glock que tenía bajo la almohada; el metal frío le resultó familiar y reconfortante al empuñarlo. Su mente se concentró de inmediato y el corazón le dio un vuelco en el pecho mientras inspeccionaba la habitación, con los sentidos en alerta máxima.
Damian yacía desnudo a su lado, con el pecho subiendo y bajando rítmicamente. No se había movido, no había oído el grito y permanecía felizmente ajeno al peligro que podría estar acechándolos.
¿Se lo había imaginado?
¿Había sido otra pesadilla, otro fantasma de su pasado?
Pero se le erizó el vello de la nuca, un viejo instinto que le advertía de que algo no iba bien. Años de entrenamiento le decían que confiara en esa sensación.
Retiró el edredón y se deslizó fuera de la cama sin hacer ruido. La habitación estaba en penumbra; la única luz provenía del resplandor de la luna que se colaba por la rendija de las persianas entreabiertas. Thorn pegó la oreja a la puerta y contuvo el aliento mientras escuchaba.
El murmullo bajo de la voz de un hombre subió por las escaleras, profundo y amenazante. A esto le siguió la respuesta temblorosa y aguda de una mujer. Thorn apretó la mandíbula. El miedo se palpaba en la voz de la mujer: Isabella.
Problemas, sin duda.
Moviéndose con rapidez, Thorn se puso los leggings y la camiseta con la eficacia de quien lo ha hecho demasiadas veces como para llevar la cuenta.
Abrió la puerta y avanzó hacia el principio de las escaleras, con el cuerpo pegado a la pared, fuera de la vista.
Las voces se hicieron más claras a medida que avanzaba sigilosamente.
—¿Ha visto a este hombre?
Sabía suficiente español para entender la pregunta.
—No, no lo he visto. —La voz de Isabella temblaba, pero mintió con convicción.
Maldita sea.
Esto era malo, peor de lo que había previsto.
¿Quién demonios los había localizado?
¿Alek Markov?
Su mente barajó las posibilidades mientras se asomaba por la barandilla para ver mejor. En la tenue luz del vestíbulo, los vio. Dos hombres: corpulentos, peligrosos y armados.
El primero tenía un cuchillo en la garganta de Isabella y sujetaba la hoja con una destreza excesiva y firme.
Era de constitución maciza, medía más de un metro ochenta y rozaba los ciento treinta kilos, con el tipo de corpulencia que sugería entrenamiento militar; tal vez un mercenario.
La forma en que se movía le decía que tenía experiencia y era letal.
El segundo hombre, más bajo pero aun así fuerte como un tanque, sostenía una foto, probablemente de Damian.
Nivel de amenaza: letal.
Eran profesionales, matones a sueldo sin reparos en ensuciarse las manos. El pulso de Thorn se aceleró mientras evaluaba la situación. Una bala en la recámara. Incluso con su puntería, no era suficiente para acabar con ambos antes de que uno de ellos hiriera a Isabella. Necesitaba otro plan.
Se alejó de la barandilla y regresó al dormitorio, con la mente calculando ya el siguiente movimiento. Cerró la puerta tras de sí y despertó a Damian a sacudidas, con voz baja pero urgente:
—Damian, levántate. Tenemos que movernos.
—¿Qué? —masculló él, somnoliento y desorientado—. ¿Por qué?
—Están aquí. Nos han encontrado. —Su tono no admitía discusión.
Damian se incorporó de golpe y la gravedad de la situación lo golpeó mientras abría los ojos de par en par.
—Joder. ¿Cómo?
—No hay tiempo para preguntas. Vístete, y hazlo rápido.
—Thorn ya estaba deshaciendo la cama, metiendo las sábanas en el armario para que pareciera que no habían dormido allí.
Cuantas menos pruebas, mejor. Isabella se estaba jugando la vida para protegerlos y Thorn no iba a permitir que fuera en vano.
Damian se apresuró a ponerse la ropa, con las manos un poco inestables mientras cogía la cartera de la mesilla de noche.
Thorn no dejó de moverse y repasaba en su cabeza el plan de escape.
Se ató el cuchillo al tobillo y sacó un trozo corto de cable eléctrico de su mochila.
Se lo metió en los leggings junto con el mapa.
Damian levantó una ceja, pero no preguntó, pues percibió la urgencia en los movimientos de ella. No era momento para explicaciones.
Ella tiró su mochila al armario, cogió el móvil de prepago y se puso las zapatillas de deporte. No podía correr con una mochila pesada, no hacia donde se dirigían. Los retrasaría.
Damian, todavía asimilando la impresión, echó mano a su mochila y recogió instintivamente objetos para guardarlos dentro.
Thorn lo agarró del brazo. —Déjala. No tenemos tiempo.
Él abrió mucho los ojos, pero asintió, lanzando la mochila junto a la de ella y cerrando después la puerta del armario.
Thorn abrió la ventana y calculó la caída. No era ideal, pero era factible. —Tú primero.
Hay que reconocer que Damian no discutió. Se apresuró a ir a la ventana, pasó la pierna por encima de la barandilla del balcón con más agilidad de la que ella esperaba y se dejó caer suavemente al suelo.
Thorn lo siguió, y se detuvo solo para asegurarse de que la ventana quedara cerrada tras ellos. Las persianas eran un problema: si se dejaban abiertas, podrían despertar sospechas, pero no había tiempo para arreglar eso ahora. Con suerte, los matones no se darían cuenta.
La caída era considerable, pero Thorn aterrizó con una facilidad experimentada. Se agachó al tocar el suelo para absorber el impacto y escudriñó rápidamente la zona. La plaza estaba vacía, no habían apostado a ningún vigía. Un error de principiante, pero uno del que pensaba sacar provecho.
—Sígueme —susurró, moviéndose velozmente por la plaza hacia el callejón oscuro, con Damian justo detrás de ella.
—¿Adónde vamos? —susurró él con voz tensa.
Thorn no respondió de inmediato, concentrada en su huida.
La noche se aferró a ellos como una mortaja mientras se escabullían por los estrechos y laberínticos callejones.
El aire era cálido y seco, mezclado con el tenue hedor a descomposición de los contenedores desbordados.
Cada paso que daban resonaba inquietantemente en el silencio, el único sonido en un pueblo que dormía profundamente.
—Fuera del pueblo —murmuró finalmente, con voz baja y resuelta.
Damian le seguía el ritmo, con la respiración constante y los pasos más pesados, pero tan seguros como los de ella. No era de extrañar dada su complexión atlética. Resultaría útil en este momento.
Doblaron una esquina y Thorn guio a Damian por un camino polvoriento flanqueado por árboles descuidados. El alto muro de un complejo de viviendas se alzaba a su derecha, con los ladrillos desgastados y viejos y una enredadera seca que se aferraba desesperadamente a las grietas.
Mantuvo los ojos bien abiertos ante cualquier signo de movimiento. La tranquilidad era inquietante, pero también le confirmaba que eran las únicas personas allí fuera.
—Por aquí. —Señaló un sendero más estrecho delante, con espacio apenas suficiente para que dos personas caminaran una al lado de la otra.
Las paredes a ambos lados parecían cerrarse sobre ellos y el espacio se encogía a medida que avanzaban.
Thorn oía a Damian detrás de ella. Se mantenía a su nivel, rápido y silencioso, sin hacer preguntas innecesarias.
El camino desembocó en una pequeña plaza, de esas que antaño pudieron tener encanto, pero que ahora estaban abandonadas.
Un roble centenario se alzaba en el centro, con sus ramas nudosas proyectando sombras retorcidas en el suelo.
El viento soplaba entre las hojas, lo que hacía que el árbol gimiera como si protestara por su intrusión.
La mirada de Thorn recorrió los edificios circundantes, ruinosos y desmoronados, con las ventanas oscuras y sin vida. Buscaba algo. Algo que había visto antes. Una vía de escape.
Entonces lo vio: un pequeño porche parcialmente oculto por arbustos crecidos. Su corazón se aceleró mientras un plan tomaba forma. Miró por encima de una valla baja que separaba el porche de la plaza. Una motocicleta, apenas visible en la penumbra, se encontraba a la sombra del edificio.
Sí. Eso serviría.
Abrió la verja con un leve chirrido y se detuvieron, esperando a que se encendiera una luz o apareciera alguien en la ventana, pero no ocurrió nada, así que se aventuraron a entrar, dejando la verja abierta.
—¿La moto? —susurró Damian, siguiendo sus pensamientos.
—Sí. ¿Qué opinas? ¿Se puede usar? —Thorn recordó que él tenía una Harley-Davidson en el garaje, así que probablemente sabía un par de cosas sobre motos.
Él la inspeccionó, agachándose para mirarla de cerca. —Creo que sí. Es vieja, pero aún funciona. Diría que alguien la usa habitualmente. Pero no tiene llave.
—Si podemos hacerle el puente, podemos usarla. —Thorn metió la mano en la cinturilla de sus leggings y sacó el cable fino.
Damian se la quedó mirando. —¿Sabes cómo hacer eso?
Ella reprimió una sonrisa. —No es la primera vez que lo hago.
—Usando su cuchillo, cortó una pequeña sección del cable.
Los ojos de Damian se agrandaron mientras la observaba, con una mezcla de sorpresa y admiración en el rostro, y ella hacía su magia en el conector del encendido.
Se oyó un breve clic y, acto seguido, el motor empezó a ronronear, con un sonido apenas superior a un susurro.
—Impresionante —murmuró Damian, asombrado. Empujó la moto con cautela, guiándola a través de la verja hasta una distancia segura antes de arrancar el motor del todo. El estruendo bajo vibró por la plaza. Se encendió una luz en la casa.
Thorn ya se lo esperaba. —Vámonos —siseó con urgencia.
Damian pasó la pierna sobre el asiento y agarró el manillar. Ajustando los mandos, susurró: —Sube.
—¿Doy por hecho que conduces tú? —No pudo evitar la pulla. Ni siquiera le había dado la opción. Podía ser su guardaespaldas, pero Damian era sin duda un macho alfa y le gustaba ejercer ese papel.
—Ya lo creo.
Una cara apareció en la ventana, recortada contra la luz. Oyeron unos golpes frenéticos y un grito amortiguado resonó en la noche.
—Hora de irse —murmuró Thorn, saltando detrás de él y rodeándole la cintura con los brazos. El calor de su cuerpo era reconfortante, y apartó con firmeza de su mente los recuerdos intrusivos de cuando habían hecho el amor.
Damian revolucionó el motor. —A tus órdenes.
Con un arranque algo inestable, la moto dio un tirón hacia delante y cruzó la plaza a toda velocidad, justo cuando la puerta se abría y salía una mujer gritando algo indeterminado.
Se aferró con más fuerza a Damian, con los ojos fijos en la carretera que tenían por delante. Él maniobró por las calles arboladas hasta la carretera que salía del pueblo, donde ganaron velocidad.
Thorn no se relajó hasta que el retorcido laberinto del pueblo quedó atrás y se desvaneció en la distancia.