Capítulo 17
D amian entró en el comedor vacío, que también servía de zona de espera, y se quedó sin aliento.
Joder, estaba preciosa.
El calor se extendió por su cuerpo, haciendo que la ducha fría que se había dado antes no sirviera de nada. —Sabía que te quedaría bien.
Ella dio media vuelta, con los ojos brillantes. —Es muy bonito. Gracias.
El único problema era que todos los malditos hombres del lugar se quedarían mirándola.
Si lo que quería era que pasaran desapercibidos, había cometido un error colosal.
Con su cabello cobrizo y su piel pálida, ya era una mujer despampanante, pero ahora, con ese vestido —remolinos florales y suave gasa que se ceñía a cada una de sus curvas—, estaba absolutamente radiante.
Al menos, por una vez, la atención no recaería sobre él.
Caminaron por la plaza, absorbiendo los sonidos del atardecer.
Un grupo de adolescentes holgazaneaba junto a la fuente, riendo y bromeando, mientras los lugareños se apresuraban a volver a casa tras una larga jornada de trabajo.
—Clara ha dicho que este sitio abre temprano y cierra a las diez —le dijo a Thorn.
—Suena genial —su sonrisa hizo que el corazón de Damian diera un vuelco en su pecho—. Apenas la reconocía. De verdad parecía que se estaba divirtiendo. Aún tenían que hablar —lo sabía—, pero no tenía ninguna prisa por poner fin a aquel breve respiro entre ellos.
No era tonto. Sabía de qué quería hablar ella, y tenía toda la razón.
Aquella loca atracción entre ambos la estaba haciendo perder la concentración.
Él lo sabía y ella lo sabía. Thorn había perdido sus espinas, transformada en una hermosa rosa, pero eso significaba que era vulnerable.
Y si ella era vulnerable, él también lo era.
Sin su total atención, ambos corrían peligro, al igual que su presencia en la CryptoCon y la actualización que el FBI necesitaba desesperadamente que él implementara.
Por un momento de locura, consideró pedirle que huyera con él. Dejarlo todo atrás. Dejar que los malos ganaran esta ronda. El FBI ya daría caza a Markov más tarde.
Al menos serían libres.
Tenía dinero suficiente para mantenerlos a ambos. No era una fantasía completamente irreal.
Salvo porque sabía que ella no aceptaría. Ni de broma. Thorn no era así.
Tenía demasiados principios, estaba demasiado comprometida.
Era demasiado orgullosa para depender de él, sin importar lo que él le hiciera sentir.
Puede que la hubiera obligado a admitir que sentía algo por él, pero no iba a renunciar a su trabajo, a su independencia y a su medio de vida para seguirlo hacia el horizonte.
Sin esa actualización de criptografía, él no era más que un delincuente común.
El FBI iría a por él por sus pecados pasados. Solo habían aceptado limpiar su expediente bajo la condición de que los ayudara a derribar a un buen puñado de tipos malos, incluido el traficante de armas más célebre de Estados Unidos.
Ese trato seguía en pie.
Suspiró y miró a Thorn, que observaba las vistas y los sonidos de la plaza con una expresión de paz en el rostro que él no había visto antes.
Quizá lo único que iban a conseguir eran retazos de calma, en cuyo caso estaba decidido a disfrutarlos antes de que se esfumaran de nuevo y la realidad se entrometiera.
El restaurante que Clara había sugerido era una taberna sencilla y rústica escondida en un callejón estrecho al otro lado de la plaza.
La puerta de madera, situada al fondo de un nicho, era fácil de pasar por alto durante el día, cuando las sombras ocultaban el azulejo decorativo con el nombre del local.
—Después de ti —dijo Damian, sujetando la puerta.
Thorn entró y soltó un suave «vaya».
Damian miró a su alrededor. La acogedora taberna ya estaba medio llena.
Los comensales reían y bebían, mientras la música sonaba suavemente de fondo.
El olor a ajo inundaba el aire, pero no resultaba abrumador gracias a la puerta abierta al fondo que daba a un bonito patio lleno de buganvillas rosas.
—Buenas noches —dijo el maître, que se acercó a saludarlos.
Damian le preguntó por su mesa.
Ante la mirada inquisitiva de Thorn, añadió:
—He hecho una reserva, pero no te preocupes, no he dado mi nombre real.
—Has pensado en todo —le lanzó ella una mirada astuta.
Así era. Quería que esto fuera especial; un pequeño fragmento de normalidad en la locura en la que se había convertido su vida.
El camarero los condujo a una mesa para dos al fondo, cerca del patio. Una suave brisa amortiguaba el calor.
—Esto es perfecto —le dedicó Thorn una sonrisa vacilante mientras se sentaba.
Le encantaba ver cómo se le iluminaba la cara de esa manera. El brillo de sus ojos verdes… Eso alimentaba su ego y también otras partes de su cuerpo.
Mierda, lo tenía pillado de verdad.
Doug diría que estaba encandilado. Su amigo le había preguntado a menudo si se había sentido así por Christine, pero cuando él le dijo que no, Doug no insistió.
Pero claro, Thorn era una mujer hermosa, complicada e intrigante. Por supuesto que la deseaba. Cualquier hombre de carne y hueso lo haría, ¿verdad?
Excepto que, en el fondo, temía que fuera algo más que eso. Se le había metido bajo la piel y no podía dejar de pensar en cómo había respondido a su beso, en lo que le gustaría hacerle para que esos ojos brillaran de verdad.
El camarero regresó con una jarra de sangría y dos vasos. Antes de que Thorn tuviera oportunidad de objetar, les sirvió una copa a cada uno.
—Seguro que una no hace daño —dijo Damian levantando la copa—. Salud.
Ella lo observó desde el otro lado de la mesa.
—Quizá solo una. ¿Por qué brindamos?
—¿Qué tal por vivir el momento? —clavó él la mirada en ella.
Ella ladeó la cabeza.
—Me parece bien.
Por alguna razón, esas tres palabras lo llenaron de alegría. Era suya, aunque solo fuera por este instante.
Pidieron tacos de carnitas con guarnición de frijoles refritos y arroz con pollo, un plato clásico de pollo y arroz sazonado con azafrán y pimientos.
Estaba todo increíblemente delicioso. Estaban pidiendo el café cuando un español de lo más atractivo, con el pelo largo y chaqueta de cuero, entró hasta el centro del restaurante con una guitarra en la mano.
El público, que, según pudo apreciar Damian, apenas se había movido de sus sillas, aplaudió y silbó.
—¿Qué pasa? —preguntó Thorn.
El camarero se lo explicó y Damian se lo tradujo.
—Ha dicho que Carlos es guitarrista flamenco. Está en la ciudad solo una noche y va a tocar para nosotros.
Desde el primer rasgueo de la guitarra de Carlos, la gente se quedó en silencio. Fue como si alguien hubiera accionado un interruptor. Damian giró su silla, deslizándose junto a Thorn, y notó que todos los demás hacían lo mismo. El espacio era estrecho, tanto que sus brazos casi se rozaban.
Carlos era bueno, muy bueno. De los que te obligan a dejar lo que estés haciendo solo para escuchar. Tocó una melodía dulce y cautivadora, y, a su lado, Thorn se quedó muy callada.
Damian no podía saber qué pasaba por su cabeza, pero se fijó en cómo tragaba agua como si intentara tragarse algo más.
Parpadeó rápidamente y, por un segundo, creyó ver un asomo de lágrimas en sus ojos, pero antes de que pudiera estar seguro, ella ya estaba desviando la mirada, fingiendo que todo iba bien.
La siguiente canción aumentó el ritmo. El público se enderezó y empezó a marcar el compás con los pies. Carlos estaba dando un auténtico espectáculo; sus dedos bailaban sobre las cuerdas como si tuvieran vida propia. Era imposible no dejarse llevar.
La canción terminó y todo el mundo prorrumpió en aplausos entusiastas, él incluido, pero Carlos no perdió el ritmo. Sonrió, revelando una dentadura perfecta, y se lanzó de lleno al siguiente tema.
Este era diferente.
Empezó lento y fluido, pero había algo crudo bajo la melodía, algo que hacía que el aire se sintiera más denso.
De pronto, Damian fue muy consciente de que Thorn estaba sentada a su lado.
Cuando se inclinó para coger su cerveza, su brazo rozó el de ella y sintió una descarga, como electricidad estática, recorriendo su cuerpo.
Eso no le había pasado nunca. Ni con Christine ni con nadie.
Carlos estaba acelerando el tempo, los dedos volando sobre la guitarra de una forma que parecía casi imposible. La sala parecía contener el aliento, todos expectantes ante la nota final, él incluido.
Y, cuando llegó, Carlos terminó con un gesto dramático de la mano, dejando a la audiencia en un silencio de asombro antes de que estallara en vítores.
Damian se giró hacia Thorn. No sabía los demás, pero él estaba plenamente excitado. Dolorosamente. Con las mejillas encendidas, su cabello cobrizo cayendo alrededor de la cara y esos enormes ojos esmeralda brillando suavemente, atrayéndolo, Thorn nunca había parecido más tentadora.
El aire estaba cargado de una tensión sin resolver.
—Damian, yo… —Se detuvo, buscando las palabras adecuadas.
Pero no había palabras para aquello.
Él la tomó de la mano y se inclinó hacia delante, con la voz más ronca de lo que pretendía.
—Pidamos la cuenta.