Capítulo 13
E l rugido de los rotores del helicóptero se intensificó a medida que descendía hacia el helipuerto, agitando los árboles circundantes en un frenesí. La potente corriente descendente aplastó la hierba, enviando hojas y escombros en un torbellino por el aire.
Thorn se protegió los ojos del polvo cegador cuando el helicóptero tomó tierra y sus patines se asentaron firmemente en el suelo. Habían optado por despegar desde un hospital cercano, para no dejar pistas a cualquiera que vigilara la casa de que se marchaban.
Cole los había llevado al hospital en la furgoneta de Blackthorn Security, mientras que dos agentes del FBI —que guardaban un vago parecido con Thorn y Damian en estatura y complexión— se habían instalado en la casa de Damian para que pareciera que seguían allí.
No engañaría a nadie durante mucho tiempo, pero unos pocos días era todo lo que necesitaban.
Se giró hacia Damian, que estaba a su lado con su mochila de viaje colgada de un hombro. Tenía la mirada concentrada y decidida, pero ella notaba la tensión en su mandíbula. Habían hecho un equipaje ligero: solo lo que podían cargar y lo que era absolutamente necesario para los días venideros.
Se hacían pasar por mochileros que viajaban por México antes de dirigirse al sur, hacia Centroamérica y más allá. Inocentes, ingenuos, sin un plan fijo.
Si tan solo...
Llevaba la mochila bien ajustada a la espalda, llena de artículos esenciales y equipo que podría necesitar en un apuro, y Anna le había dado un teléfono de usar y tirar imposible de rastrear para cuando llegara allí. Solo para emergencias.
—¿Estás listo? —gritó Thorn por encima del ensordecedor estruendo de los rotores.
Damian asintió, apretando la correa de su mochila.
Sin decir una palabra más, echaron a correr hacia el helicóptero, con sus pasos resonando contra el hormigón del helipuerto.
El piloto, un hombre de rostro severo con gafas de aviador oscuras, les dedicó un breve asentimiento a medida que se acercaban.
Thorn llegó primero al helicóptero, lanzó su mochila al interior y se giró para ayudar a Damian. Él le pasó su macuto y subió tras ella, mientras el viento tiraba de sus ropas al agacharse bajo las palas giratorias.
Una vez dentro, Thorn cerró la puerta de un golpe y aseguró las bolsas, comprobando que todo estuviera en su sitio, tal y como había hecho múltiples veces en su camino a Kabul desde la base aérea afgana.
El piloto no perdió el tiempo. En cuanto se abrocharon los cinturones, el helicóptero despegó, dejando atrás la ciudad. Thorn miró por la ventanilla, viendo cómo el suelo se alejaba bajo ellos. Se dirigían a un pequeño pueblo mexicano donde podrían pasar desapercibidos hasta la cumbre.
Se volvió hacia Damian, que miraba por la ventana opuesta, absorto en sus pensamientos.
¿Cómo se sentiría al dejar su hogar, sin saber si alguna vez regresaría?
Aparte de su mirada pensativa, parecía estar bien.
Compuesto, sereno, tranquilo. Incluso con las amenazas y la repentina partida, mantenía la compostura.
El tipo era duro; eso tenía que reconocérselo.
Mientras el helicóptero surcaba la noche, pensó en lo que les esperaba. La conferencia era en solo una semana.
De alguna manera, lo mantendría a salvo hasta entonces. Tenía que hacerlo, o los malos ganarían y Damian moriría. Una punzada de algo que no supo descifrar la golpeó de lleno en el pecho y soltó un suspiro entrecortado.
El fracaso no era una opción.
El sol aún no se había asomado por encima de las montañas circundantes cuando el helicóptero aterrizó en un campo polvoriento a las afueras de un pintoresco pueblo mexicano llamado Las Piedras.
—¡Vamos! —exclamó Thorn, y ambos se agacharon bajo las palas giratorias y salieron corriendo del helicóptero.
Anna había buscado el pueblo más remoto y discreto que pudo encontrar. Estaba fuera de las rutas habituales, por lo que era poco probable que fuera frecuentado por turistas convencionales o que tuviera cibercafés, wifi o cámaras de seguridad. No había forma de que nadie los espiara.
Podían ver la sombra fantasmal de un pueblo desde el claro donde el helicóptero los había dejado.
Estaba enclavado en un valle rodeado de escarpadas montañas, de ahí su inaccesibilidad.
—La única forma de entrar es en coche por el paso de montaña —les había dicho Anna antes de partir—.
Allí deberíais estar a salvo una temporada.
Damian se puso en marcha en dirección al pueblo con zancadas largas y decididas. Thorn llevaba un mapa doblado en el bolsillo de la chaqueta, ya que la cobertura en las montañas sería inexistente, pero no necesitó usarlo.
—Vale —murmuró Thorn para sí misma mientras salía tras él por el sendero bien marcado.
No habían hablado mucho durante el vuelo, lo cual le pareció perfecto.
Tras su última y breve discusión, él se había encerrado en sí mismo y ella se había dedicado a la tarea de vigilarlo sin distracciones. Era mejor así.
Sin embargo, eso no evitaba los pensamientos no deseados y, de vez en cuando, cuando él la miraba, ella veía el dolor y la ira en su mirada. Puñales de plata afilados que le atravesaban el corazón, pero no lo suficiente como para hacerla claudicar.
Ya se le pasaría, igual que se le había pasado con sus otras mujeres. Un beso. De acuerdo, dos si contaba el chupito de la boda. Dos besos no formaban una relación, y desde luego no significaban que fuera amor, ni siquiera que se cayeran bien, si a esas vamos.
«Solo deseo», dijo la voz molesta en su cabeza.
Aun así, el silencio sepulcral era mejor que las miradas ardientes y el deseo abrumador que la dejaba sin aliento e incapaz de concentrarse en su trabajo.
Finalmente, llegaron a unas polvorientas calles exteriores que se estrechaban a medida que se acercaban al pueblo.
Damian se detuvo, volviéndose hacia el sol naciente.
Este bañaba su rostro con un cálido resplandor anaranjado y hacía que sus ojos brillaran con un destello metálico. A ella se le encogió el estómago.
No le faltaba el aliento, a pesar de que llevaban caminando más de una hora. Realmente era un hombre de campo.
—¿Cómo se llama el hotel? —le preguntó él, poniéndose las manos en las caderas.
Ella consultó los detalles que Anna le había enviado al móvil. —Hostal Las Sabinas. Debería de estar junto a la plaza del pueblo.
Él asintió con rigidez y se puso en marcha de nuevo, avanzando por la calle polvorienta que conducía al laberinto de edificios de adobe de colores brillantes, algunos de los cuales aún estaban en sombra, mientras otros resplandecían vibrantes bajo la luz de la mañana.
—Se supone que somos viajeros informales —señaló Thorn al alcanzarlo—. Ve más despacio. ¿Cuál es la prisa?
Vio cómo se tensaban sus hombros, pero redujo el paso.
Juntos, caminaron tranquilamente hacia la plaza del pueblo, como mochileros cansados recién bajados del autobús de Ciudad de México.
Como era de esperar, todavía estaba desierta.
Thorn miró a su alrededor, haciendo una evaluación de riesgos mental.
El único sonido procedía de una fuente de piedra desgastada, donde un hilo de agua caía desde la urna de una figura y se acumulaba a sus pies.
—Ese es —murmuró, al ver un hotel pequeño y modesto situado al borde de la plaza. Pudo haber sido bonito alguna vez, pero las paredes encaladas estaban sucias y las flores de las cestas colgantes exteriores se habían marchitado y muerto hacía tiempo.
Dieron la vuelta por detrás hacia un callejón empedrado y llamaron a la gran puerta de madera. Era temprano, pero supuestamente habría alguien al tratarse de un hotel.
Efectivamente, poco después oyeron pasos en el interior y una mujer de mediana edad abrió la puerta. —¿Sí?
No tenían reserva, ya que preferían no dejar rastro documental. Ni siquiera con un nombre falso. Era mejor ser espontáneos, tal y como lo serían unos mochileros. De ese modo, nadie sabría su itinerario.
Thorn se aclaró la garganta y dijo: —¿Tiene una habitación?
La mujer la miró fijamente. —¿Qué?
Ella lanzó una mirada a Damian. Se suponía que eran mochileros estadounidenses, pero esta región era muy remota.
Estaba a punto de intentarlo de nuevo en un español vacilante cuando Damian dio un paso al frente y dijo: —Buenos días, quisiéramos reservar una habitación.
Thorn se le quedó mirando. Vale, así que sabía hablar español como un nativo. Parecía que había muchas lagunas en su expediente.
La mujer esbozó una amplia sonrisa y asintió.
Thorn suspiró aliviada.
—¿Para cuántas personas?
Damian respondió: —Para dos, con dos camas y baño.
Thorn creyó captar las palabras dormitorio y baño . Damian dijo algo más que ella no pudo entender, pero la mujer asintió.
—Sí —dijo ella, manteniendo la puerta abierta.
Estaban dentro.
—He pedido que incluyan el desayuno —dijo Damian mientras seguían a la mujer a su habitación—. He pensado que si no tenemos que salir a comer por la mañana, pasaremos más inadvertidos.
—Bien pensado.
La gente se fijaba en los extraños y, en este pueblo, llamarían mucho la atención. Pensándolo bien, un lugar más concurrido podría haberles ayudado a mezclarse más.
Aun así, las posibilidades de que alguien los encontrara aquí eran muy remotas y la tapadera de mochileros era buena.
Les daba una excusa para deambular sin rumbo fijo, comiendo barato y pasando desapercibidos.
Un par de días era todo lo que necesitaban antes de poner rumbo a Miami para la conferencia.
—¿Dónde has aprendido a hablar español? —le preguntó ella una vez que estuvieron en su habitación. Estaba limpia y era cómoda, aunque un poco austera, y contenía solo el mobiliario mínimo. No había televisión, ni wifi, y apenas había cobertura para el móvil.
Perfecto.
—Una de mis familias de acogida lo hablaba con fluidez —respondió él vagamente.
—¿Por qué no lo habías dicho?
Él mostró el primer atisbo de sonrisa desde que habían llegado. —No quería estropear la sorpresa.
Ella resopló. Al menos no había perdido su sentido del humor. Lo tomó como una buena señal.
—Me quedo con este lado. —Thorn colocó su mochila sobre la cama. Era una de matrimonio pequeña que se hundía en el centro, pero la ropa de cama parecía limpia. Quería estar lo más cerca posible de la puerta por si alguien entraba durante la noche.
—Por mí, bien —dijo Damian, caminando hacia la ventana, a punto de abrir los postigos.
—¡No! —Thorn se alejó de la cama de un salto—. No deberías hacer eso. Nunca se sabe quién puede estar fuera esperando con un rifle de francotirador.
Él suspiró y dio un paso atrás, pero ella notó el destello de preocupación en sus ojos. Sabía que tenía razón. Incluso aquí, en medio de la nada, alguien podría estar vigilando.
—No había caído.
—No tienes por qué pensarlo. Para eso estoy yo. Apártate. —Él se apartó de la línea de tiro de la ventana para que ella pudiera abrir los postigos. Entró la luz del sol, iluminando la austera habitación y bañando la alfombra raída.
—Bonitas vistas —murmuró él, contemplando la plaza del pueblo.
La plaza era encantadoramente rústica, típica de un pequeño pueblo mexicano.
Los edificios circundantes tenían paredes encaladas y desgastadas, tejados de teja de arcilla y postigos de madera.
Algunos eran modestos locales de comida con unas pocas mesas fuera bajo sombrillas descoloridas.
Un grupo de niños le daba patadas a un balón cerca de una estatua derruida de un hombre a caballo, probablemente el fundador del pueblo o alguien igualmente significativo.
—Es pintoresca. —Ella miró hacia abajo. La caída era de unos tres metros y medio—. Y podemos saltar si tenemos que salir por aquí.
Él la estudió. —¿Es que nunca desconectas?
Ella resopló suavemente. —Intento no hacerlo. Esto no son unas vacaciones. No pienses que Markov no puede llegar hasta ti aquí. Tenemos que estar preparados para cualquier cosa.
—Pensaba que aquí estaríamos a salvo. —Él se sentó en el borde de la cama, que crujió bajo su peso—. Nadie sabe dónde estamos, ¿verdad?
—Puede ser, pero necesitamos planes de contingencia por si acaso. —Estar siempre preparada; ese era el lema que le habían grabado a fuego durante su entrenamiento.
—Vale. Bueno, tú encárgate de las contingencias. Yo me voy a duchar. —Damian se inclinó y abrió la cremallera de su mochila—. A menos que quieras ir tú primero.
Ella negó con la cabeza. —Adelante. Voy a echar un vistazo por los alrededores antes de que se llene de gente. Necesito comprobar un par de cosas.
Él frunció el ceño. —¿Vas a dejarme aquí solo?
—Sí, pero estarás bien. Voy a dejar la puerta cerrada con llave por fuera, ya que solo tenemos una.
—Podrías dejarme la llave a mí —sugirió él—. Te abriré cuando vuelvas.
Thorn vaciló. —Prefiero llevarla yo.
Su expresión se ensombreció. —¿No te fías de que me quede aquí metido?
—Claro que sí —mintió—. Simplemente creo que es más seguro así.
Los músculos de su mandíbula se tensaron. —Está bien. Tú mandas.
Damian se quitó la camiseta, y Thorn se marchó con la imagen de su torso perfectamente cincelado grabada en la retina.