Capítulo 1
E sta era una idea terrible.
Thorn lo había sabido desde el momento en que le entregaron el encargo, pero sus instrucciones eran claras: —Clayton es fundamental para el Gobierno de los Estados Unidos, un High Value Target al que hay que proteger a toda costa.
Mientras aparcaba el coche al final de la calle del edificio Lydian, dejó escapar un bufido poco refinado.
El tipo era un criminal. Había empezado su carrera como un jáquer prodigio, extorsionando a la gente, y había pasado a desarrollar una plataforma de apuestas ilícitas y luego una nueva criptomoneda que alimentaba actividades ilegales en la internet oscura.
Había muerto gente por su culpa. Bueno, no directamente, pero la internet oscura era un pozo de negocios ilícitos: armas, tráfico de personas, pornografía, terrorismo.
¿Por qué demonios protegían a este tipo?
En realidad, sabía por qué.
Estaba ayudando al FBI a rastrear transacciones ilegales vinculadas a grupos terroristas, incluidas aquellas orquestadas por un traficante de armas llamado Aleksandar Markov.
Markov había sido una persona de interés para las autoridades estadounidenses durante años, pero nadie podía imputarle nada.
Ahora, con la nueva y revolucionaria actualización de Clayton, podrían vincular a Markov —y a un montón de otros malos— con un sinfín de delitos.
Eso significaba que Clayton tenía una enorme diana pintada en la espalda.
Frunció el ceño mientras se ajustaba la falda e intentaba caminar con aquellos tacones ridículos hacia la entrada principal del edificio. Esperaba, por Dios, no tener que salir huyendo a toda prisa, porque no llegaría muy lejos antes de caer de bruces al suelo.
Sería mejor para todos si Damian Clayton y su turbia criptomoneda desaparecieran, pero eso no dependía de ella.
Desde que se unió a Blackthorn Security como operativa privada, había cambiado su vida de agente encubierta por lucrativos contratos de seguridad privada.
Pat Burke, el ingenioso excomandante de los SEAL y su nuevo jefe, tenía acceso directo a las operaciones gubernamentales, con lo que se aseguraba de que su agencia se encargara de misiones extraoficiales para la seguridad nacional.
Thorn lo prefería a un trabajo mundano en la vida civil.
—¿A qué se debe el repentino cambio de actitud? —había preguntado ella en la oficina. Los desarrolladores de criptomonedas no eran conocidos por su altruismo ni por su cooperación con el Gobierno.
—Ha tenido un ataque de conciencia —había respondido Pat, sin dar más explicaciones.
Thorn se burló.
Un ataque de conciencia, y un cuerno.
La gente como Clayton no cambiaba. No se despertaba de repente pensando: «Ya no quiero hacer esto. Creo que me entregaré, llegaré a un acuerdo e iré por el buen camino». Las autoridades obviamente tenían algo contra él y estaban dispuestas a pasarlo por alto a cambio de su cooperación.
El edificio Lydian se alzaba ante ella, un elegante bloque de tres plantas de cristal y cromo en Palo Alto.
Silicon Valley era ahora su campo de batalla.
Estaba muy lejos de las polvorientas calles de Bagdad, donde antaño se movía entre las multitudes de los mercados, siguiendo a insurgentes sin que se dieran cuenta.
Aquí, el enemigo vestía trajes a medida en lugar de equipo de combate, y las armas eran líneas de código en lugar de AK-47.
Thorn caminó hacia el edificio de Clayton, aferrando una carpeta de cartón. Su cabello rubio fresa —un regalo genético de su abuela escocesa y el único inconveniente del trabajo encubierto por ser tan llamativo— estaba recogido en un elegante moño.
Su plan —si se podía llamar así— era entrar directamente por la puerta principal. Entraría en el vigilado edificio Lydian con aspecto de mujer de negocios sexi, alguien que encajara perfectamente en el elegante bloque de oficinas y no levantara sospechas.
Solo necesitaba una forma de entrar.
La oportunidad surgió cuando vio a una mujer de negocios agobiada en el aparcamiento haciendo malabarismos con carpetas, café y un bolso, además de arrastrar una maleta tras ella. A la mujer se le cayó una carpeta, soltó un taco entre dientes y se detuvo.
Thorn se acercó rápidamente, apretando su carpeta bajo el brazo. —Permíteme que te ayude con eso.
—Oh, gracias —respondió la mujer, agradecida, mientras Thorn se agachaba para recoger la carpeta—. No estoy teniendo un buen día. —La maleta se volcó. La mujer bufó—. ¿Ves a lo que me refiero?
—No te preocupes, te entiendo perfectamente. —Thorn le entregó la carpeta, pero, al hacerlo, desenganchó sigilosamente la tarjeta de identificación plastificada sujeta al bolsillo de la americana de la mujer. Ajena al truco de manos, la mujer le dio las gracias antes de recoger su maleta.
Thorn sonrió y se apresuró por el camino pavimentado hacia la entrada.
El sendero se curvaba mientras serpenteaba por un jardín diseñado con esmero, repleto de flores coloridas y flanqueado por robles silenciosos que la observaban con severidad desde lo alto.
Se movió con rapidez, consciente de que la mujer podría notar la falta de su identificación en cualquier momento.
Un guardia de seguridad uniformado estaba justo dentro de la entrada, detrás del torno. Thorn lo evaluó.
Un metro ochenta y cinco, ciento diez kilos. Complexión robusta, pero un poco fofo.
Nivel de amenaza: manejable.
Pasó la identificación robada por el escáner y le dedicó al guardia una sonrisa de confianza. —Buenos días, Reggie. —Su nombre estaba en la placa.
—Buenos días, señora —respondió él, con los ojos puestos en ella y no en el monitor. El escáner pitó y ella cruzó el torno.
Un momento después, el tipo que iba detrás de ella pasó su tarjeta y el aparato volvió a pitar. La atención del guardia volvió al monitor.
Estaba dentro.
Los tacones de Thorn resonaron por el luminoso vestíbulo, con su altísimo techo de cristal, suelos de mármol y paredes de un blanco impoluto.
Apenas miró el enorme fénix de bronce que, con las alas extendidas, resurgía triunfante de las cenizas.
La luz del sol se filtraba a través del techo tintado y hacía que la estatua pareciera casi viva; su superficie bruñida brillaba como si albergara algún poder oculto.
Tenía que significar algo para Clayton: su edificio, su símbolo. Quizá le preguntaría sobre ello si surgía la oportunidad.
Thorn escudriñó el vestíbulo. Solo una salida visible: la misma por la que había entrado.
El mostrador de recepción, a su izquierda, bullía de actividad, con gente que obtenía pases de visitante.
Por encima, un directorio de plantas le llamó la atención.
Localizó rápidamente a Damian Clayton, consejero delegado.
Bueno, eso había sido sencillo.
Como era de esperar, su oficina estaba en la última planta. Dio media vuelta y se dirigió al ascensor.
Durante el trayecto de subida, Thorn se mantuvo al fondo, observando en silencio a sus compañeros de viaje. Siempre evaluando, siempre alerta. Después de todos estos años, no podría desconectar aunque lo intentara. Pero aquel grupo no ofrecía mucho en cuanto a amenazas.
Los tres hombres eran delgados, de menos de setenta kilos, y todos llevaban gafas, probablemente de pasar demasiadas horas mirando pantallas. Sin músculos, manos suaves, rostros marcados con ese tipo de pasividad que da el estar sentado en un cubículo todo el día.
No alcanzaba a comprender cómo alguien podía encontrar atractivo programar; a ella le parecía una celda con aire acondicionado.
Los hombres se bajaron antes que ella y la dejaron sola mientras el ascensor continuaba hasta la cuarta planta.
Cuando las puertas se abrieron, entró en un vestíbulo elegante.
Sin mostrador de recepción, sin nadie que la recibiera; solo dos sofás de cuero mullido a los lados de una moderna mesa de centro.
Contra una pared, una cafetera de última generación brillaba sobre un mostrador pulido.
Con clase.
Inspeccionó la sala en busca de cámaras de vigilancia, pero no vio ninguna.
No es que importara; se habría marchado antes de que nadie se diera cuenta de que era un problema.
Thorn anotó los nombres en las puertas. El despacho de Clayton estaba justo al lado del vestíbulo, junto con el del director financiero, Michael Ambrose, y la directora de Recursos Humanos, Delia Smithson.
Respirando hondo para calmarse, agarró el pomo y abrió la puerta de Clayton.
En lugar de a Damian Clayton tras un gran escritorio de madera, se encontró con una guapa asistente rubia con un impecable traje de chaqueta, cuyos pechos operados estaban estratégicamente resaltados por una blusa blanca.
Thorn resistió el impulso de poner los ojos en blanco.
Aquella era solo la oficina exterior. Además de la asistente, dos corpulentos guardias de seguridad flanqueaban la puerta del despacho del consejero delegado. Los evaluó.
Exmilitares, unos ciento treinta kilos cada uno, armados sin duda.
Nivel de amenaza: alto.
Los guardias le echaron un vistazo de arriba abajo y relajaron la postura, asumiendo que no era una amenaza.
Gran error.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó la guapa asistente. Tenía una voz aguda como la de una muñeca Barbie. Thorn fingió una sonrisa de agobio.
—Oh, sí. Gracias. Vengo a ver al señor Clayton —mostró la identificación robada, rezando para que la mujer no mirara la fotografía con demasiado detenimiento—. Soy Sarah Flannagan, de Finanzas.
Sarah no era pelirroja, pero tenía el pelo castaño rojizo y, en un apuro, el rubio fresa podría pasar por un tinte reciente.
La Barbie ni siquiera la miró. —No tiene cita. —La señal de una buena asistente personal: conocía la agenda de su jefe sin tener que consultarla.
—Damian me pidió que le trajera estas cifras. —Lanzó un suspiro dramático y levantó la carpeta con su mano izquierda. La derecha la mantuvo libre por si tenía que echar mano de la Glock enfundada en la parte interna de su muslo—. Ya sabe cómo es, lo quiere todo para ayer.
La Barbie asintió con renuencia. —Le avisaré de que está aquí.
—Gracias.
Thorn se sentó, observando a los guardias.
Llevaban auriculares y miraban al frente, con los ojos fijos en algún punto imaginario de la pared opuesta.
Tecleó un mensaje en su teléfono para Anna, la jefa de logística en la sede central de Blackthorn Security, con sede en Washington D.
C. Casi de inmediato, el teléfono del escritorio de la Barbie empezó a sonar.
Ella se apresuró a contestar. —Dígame. Despacho del señor Clayton.
Thorn esperó.
—¡Oh, Dios mío! —llegó la respuesta esperada. Había urgencia en su voz ahora—. Sí, por supuesto. Los enviaré ahora mismo.
Thorn vio cómo la Barbie colgaba y se giraba para hablar con los guardias. Mantuvo la voz baja, pero no lo suficiente como para que Thorn no pudiera oírla—. Han visto a alguien manipulando el todoterreno de Damian. Se oye un tictac debajo. Podría ser una bomba.
Los guardias salieron disparados.
Idiotas.
La Barbie miró hacia la puerta de Damian, como si intentara decidir si informarle o no. Mierda. Eso no formaba parte del plan. Tenía que distraerla.
Thorn se levantó del sofá. —¿Pasa algo?
—No. Bueno, en realidad sí, pero estoy segura de que es una falsa alarma. —Su voz era temblorosa.
—Eso espero.
Dio un paso hacia la Barbie, preparada para reducirla si era necesario, pero en ese momento ella dijo: —Discúlpeme, voy un momento al servicio.
Y dejas a tu jefe solo y sin protección.
Perfecto.
La Barbie podía ser guapa, pero tenía el cerebro justo para pasar el día.
—No te preocupes.
Thorn esperó hasta que salió del despacho y luego la siguió, sacando algo del bolsillo de su chaqueta mientras se movía.
Una vez que la Barbie entró en el aseo, Thorn deslizó una pequeña cuña triangular bajo la puerta.
Probó el pomo: no cedía. Satisfecha de que la Barbie estuviera encerrada, regresó al despacho de Clayton.
Buscando bajo su falda, Thorn desenfundó su Glock; el acero frío le resultó familiar y reconfortante en la mano. Se detuvo ante la puerta del consejero delegado y escuchó.
Silencio. Estaba solo.
Lentamente, giró el pomo y entró.
—Buenos días, señor Clayton. —Thorn cerró la puerta a sus espaldas y echó la llave.
Clayton levantó la vista de su escritorio y sus ojos se clavaron en la pistola. Se levantó de un salto de la silla. Estaba en forma, tonificado y en gran condición física. No era el friki de oficina que ella esperaba.
Un metro ochenta y ocho, noventa kilos de puro músculo.
Nivel de amenaza: moderado.
—¿Dónde está Christine?
Curioso. Su primer pensamiento había sido para su asistente, no para sus dos guardias de seguridad ni para sí mismo. Tal vez hubiera algo entre ellos. No sería la primera vez que un consejero delegado se liaba con su secretaria y, definitivamente, no sería la última. A ella le daba igual.
—¿Quién eres? —Sus ojos estaban fijos en el arma. Sin miedo, solo ira. Aquello la sorprendió.
Ella levantó la Glock. —Soy la mujer que va a matarte.