Capítulo 31
E l sol empezaba a ocultarse tras el horizonte cuando Thorn los dejó frente al bloque de apartamentos de Izzy. Viper se quedó mirando el elegante edificio de cuatro plantas con amplios balcones que daban a la tranquila calle en forma de media luna. Muy agradable.
—Gracias, Thorn. —Salió del coche, rodeó el vehículo y le abrió la puerta a Izzy.
—Nos vemos pronto —dijo el operativo antes de marcharse.
El conserje salió apresurado a recibirlos. —Bienvenida de nuevo, señorita Beaumont —le sonrió con afecto—. Me alegró leer que se encontraba bien después de lo que ha pasado.
—Gracias, Lewis. —Ella le dedicó una sonrisa cansada—. Solo me alegro de estar en casa.
—Su equipaje llegó de San Diego hace unos días —le informó Lewis—. Lo he dejado en su apartamento.
—Se lo agradezco. —Le tocó el brazo y entró en el edificio.
Viper se retrasó un momento para hablar con él. —¿Tiene llaves de repuesto de todos los apartamentos?
—Sí, por supuesto.
Viper bajó la voz. —Debido a que la amenaza contra la vida de la señorita Beaumont continúa, es imperativo que nadie acceda a su vivienda.
—Lo comprendo, señor —dijo con seriedad—. Jamás le daría la llave a nadie.
Viper lo examinó de arriba abajo. De mediana edad, con el pelo ralo, pero erguido y de paso ligero, el conserje parecía capaz de valerse por sí mismo.
—¿Ni siquiera si le pusieran una pistola en la cabeza? —preguntó.
El conserje tragó saliva. —¿Debería entregarle a usted la llave de repuesto del apartamento de la señorita Beaumont?
—Creo que sería lo más prudente. Gracias, Lewis.
Mientras pasaban por recepción, el hombre entró en la oficina y abrió un armario de acero introduciendo un código. Viper lo observó a través del panel de cristal de la puerta. Al menos era seguro.
—Aquí tiene. —Le entregó la llave a Viper, que se la guardó directamente en el bolsillo.
—Gracias. Me aseguraré de devolvérsela cuando me marche. ¿Es esta la única de repuesto?
Él asintió. —Sí, señor.
—¿Era necesario? —preguntó Izzy mientras subían en el ascensor hasta el último piso. Por supuesto, ella tendría el ático.
—También es más seguro para él —explicó Viper—. Si lo coaccionan, no podrá darles la llave. Puede abrir el armario y demostrar que no está allí.
Ella asintió levemente. —Supongo que sí. Pero seamos realistas, si esos hombres armados irrumpen aquí, Lewis no servirá de mucha defensa.
Él sonrió con amargura. —Por eso me tiene a mí.
Ella arqueó las cejas y abrió la puerta de su casa. —Estoy tan cansada que lo único que quiero es sumergirme en la bañera e irme a la cama.
Viper entró tras ella. Se sentía descansado después del vuelo, y el interrogatorio posterior no le había molestado a pesar de haber sido bastante largo.
Lo más difícil había sido ignorarla para que su jefe no sospechara que se habían acostado.
Pat sentía debilidad por Izzy y no quería que se cabreara con él.
No podía permitirse perder este trabajo.
El fugaz vistazo que había tenido a lo que era la vida sin el equipo lo había asustado. Lo había asustado más que estar solo.
—Izzy, tenemos que hablar de lo que pasó —dijo a regañadientes.
Ella suspiró y hundió los hombros—. Lo sé.
Él dejó caer su bolsa al suelo y le cogió las manos—. No quiero que esto se acabe, pero no veo cómo podemos seguir viéndonos dadas las circunstancias. No sin que todo el mundo se entere.
—No podemos —susurró ella, dando un paso atrás. Él la soltó. Maldita sea, aquello era difícil. Más difícil de lo que había imaginado. Se le revolvieron las entrañas ante la idea de no volver a tenerla entre sus brazos, de no reír con ella o de no ver cómo se le iluminaba la mirada cuando la besaba.
La observó mientras ella se daba la vuelta y se dejaba caer en el sofá. —¿Así que vamos a darlo por terminado? ¿Se acabó?
—Sí. Se acabó —lo miró ella—. Siempre supimos que era algo temporal. Un romance hermoso y breve mientras estábamos fuera. Las circunstancias en México eran únicas. Solo estábamos los dos. Ahora es distinto. Tú tienes tu trabajo y yo el mío.
Protegerla. Asegurarse de que estuviera a salvo.
Mientras ella se iba de compras, organizaba sesiones de fotos y construía su imperio mediático en internet. Y luego estaban las minas, los accionistas, los negocios.
Sus dos mundos eran tan diferentes. Sabía que ella tenía razón; entonces, ¿por qué le dolía tanto?
—De acuerdo —exhaló, ignorando la náusea que amenazaba con subirle por la garganta—. Ojalá pudiera ser de otra manera, pero tu tío... —No necesitó continuar.
Ella soltó una risita seca. —Sí, Pat te despellejaría vivo.
Él se estremeció. Eso no era lo peor. No podía permitirse perder este trabajo.
Izzy frunció los labios. —No vas a empezar a llamarme «señorita» otra vez, ¿verdad?
Él esbozó una sonrisa triste. —A menos que quieras que lo haga.
—Creo que ya hemos pasado esa etapa.
Recordó cómo había jadeado su nombre anoche mismo, al tiempo que terminaba dentro de ella, justo después de que ella hubiera gritado el suyo. Se habían abrazado durante mucho tiempo, bien entrada la madrugada, intentando que el momento durara lo máximo posible.
—Por lo que pueda valer, me lo he pasado de maravilla —le dijo.
Sus ojos brillaron con suavidad y, por un instante, la Izzy que él conocía íntimamente regresó. —Yo también.
Viper dejó que ella se acomodara y revisó la seguridad del apartamento. Todas las ventanas tenían doble acristalamiento y estaban insonorizadas. Se podría disparar un arma allí dentro y no se oiría desde fuera. Casi había terminado cuando sonó un teléfono.
—Es el fijo —murmuró ella antes de contestar. Guardó silencio, escuchó y luego dijo—: Hola, Robert.
Viper se quedó inmóvil. ¿Qué quería ese idiota ahora? Fingió inspeccionar la cerradura de la puerta del balcón mientras escuchaba.
—Estoy agotada. ¿No puede esperar a mañana?
Se trataba de un mecanismo de bloqueo de seguridad de alta calidad. No era inexpugnable si sabías lo que hacías, pero dejaría perplejos a la mayoría de los ladrones comunes.
Sintió que los ojos de Izzy estaban sobre él. —De acuerdo, nos vemos entonces.
Colgó.
Viper se giró y arqueó una ceja.
—Tengo que ir a la oficina mañana a primera hora —dijo ella—. Jackson Ferris, el que dirige la mina en México, está en Washington D. C. Robert quiere que informe a la junta sobre el último ataque a Montezuma.
Por la determinación con la que adelantaba la barbilla, supo que aquello no era discutible. No le llevaría la contraria. Cuanto antes volvieran a su rutina normal, mejor.
—¿A qué hora quieres salir?
—Sobre las nueve.
Él asintió—. Aquí estaré.
Ella vaciló. —¿No te quedas a pasar la noche?
—No creo que eso forme parte de mi trabajo.
—No me refería a que te quedaras conmigo . Solo me refería a aquí, en casa. —Se notaba que no quería estar sola, pero ¿cómo le explicaría a su jefe que se había quedado allí? Nadie se creería que había sido en la habitación de invitados. Sería tan incriminatorio como si hubiera estado en su cama.
—No puedo, Izzy. Lo siento.
Ella se mordió el labio. —Lo entiendo.
—Te veré mañana. ¿Me llamas si necesitas algo?
Pero ella ya se había dado la vuelta y entrado en el baño, dejándolo allí para que se marchara solo.