Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 10
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Capítulo 10

E sto pintaba mal.

Viper no conocía a La Sombra Roja, pero, en términos generales, los miembros de los cárteles eran un grupo despiadado. Izzy podría estar en grave peligro.

—La muerte de su padre suena, ciertamente, sospechosa —dijo él en voz baja, casi en un murmullo, mientras se sentaba frente a ella—. Tiene derecho a estar preocupada.

Los ojos de Izzy centellearon. —No voy a vender, sin importar la amenaza que pese sobre mí. Ha oído lo que ha dicho Hernández. La mina es vulnerable. Venderla podría provocar que la gente perdiera su empleo, que el trabajo escaseara.

Viper asintió. Era valiente, pero no le sorprendía. Uno no llegaba a donde ella había llegado sin tener una buena dosis de temple.

—Tengo que informar a Pat —dijo, pasándose una mano por el pelo—. Si su padre fue asesinado, su situación es más precaria. Deberíamos notificar a las autoridades de Estados Unidos.

Izzy lanzó un suspiro de frustración. —El FBI está al tanto de las amenazas —dijo con rotundidad—. Pero hasta que no se haya cometido un delito real, no hay mucho que puedan hacer. No pueden intervenir en los asuntos de México.

—Pueden investigar la muerte de su padre. —Viper se inclinó hacia delante para recalcar su punto de vista—. Aunque la policía mexicana tiene la jurisdicción, el FBI puede prestar asistencia cuando el delito implica a un ciudadano estadounidense.

—¿Cree que lo harían? —Ella lo miró fijamente.

—Haré que Pat lo compruebe también. Tiene muy buenos contactos. Estoy seguro de que puede lograr que se involucren.

Ella asintió, con un atisbo de esperanza brillando en sus ojos. —Está bien, si cree que servirá de ayuda.

—Mientras tanto, le sugiero encarecidamente que no salga más de lo necesario. Aquí, en el hotel, puedo protegerla, pero ahí fuera, en bares y discotecas, es mucho más difícil.

Izzy suspiró de nuevo, esta vez con más pesadez. —Tiene razón. Debo tomarme esto en serio.

Viper vaciló y luego preguntó: —Siento preguntarle esto, pero ¿podría alguien de la empresa estar enviándole esas cartas? ¿Quién se beneficia si usted vende su parte?

La expresión de Izzy se volvió sombría. —He pensado en eso —admitió—. Robert y Rafael tienen algunas acciones, pero también las tienen muchas otras personas. Nadie tiene el dinero para comprar mi parte. Ojalá lo tuvieran.

—¿Qué pasaría si vendiera su parte a otra empresa?

—Entonces esa empresa tendría la participación mayoritaria. Robert y Raff perderían sus empleos o, si los mantuvieran, tendrían que rendir cuentas ante un nuevo jefe. Tal como están las cosas ahora, ellos prácticamente dirigen la empresa. Les conviene que yo me quede.

Viper asintió lentamente. Empezaba a comprender la complejidad de la situación. —Ya veo.

Ella abrió mucho los ojos. —Lo que Hernández ha dicho sobre los cárteles ha sido aterrador. Si se hicieran con el control de las minas, saquearían los beneficios y las hundirían o las usarían para blanquear el dinero de la droga. Mi padre me advirtió sobre ellos.

El rostro de Viper se ensombreció. —Es una región de alto riesgo, especialmente para un estadounidense.

—Lo es —coincidió Izzy—. Pero la inversión y la infraestructura son tan beneficiosas para la economía local y las comunidades que viven allí, que mi padre consideró que valía la pena. Era un hombre valiente.

Como su hija.

—Cuando mi padre adquirió los derechos mineros, el Gobierno estaba promoviendo el crecimiento industrial y la inversión extranjera. Vio la oportunidad de marcar la diferencia.

Los ojos de Viper se entrecerraron al considerar las implicaciones. —¿Cómo sabría alguien de La Sombra Roja dónde encontrarla?

—Es bastante fácil averiguar la dirección de alguien —dijo ella.

—Cierto, aunque las cartas de amenaza fueron enviadas desde una ubicación en los EE. UU.

—El cártel podría tener contactos en los Estados Unidos. Que las cartas no se enviaran desde México no significa que no fueran de ellos.

Viper sacudió la cabeza, frustrado. —Ojalá tuviéramos más claridad. Un enemigo invisible es el peor de todos. No sabes a qué te enfrentas.

Se sentía rematadamente impotente. La vida de ella estaba en juego y la situación acababa de escalar más allá de los niveles con los que él se sentía cómodo. Ni siquiera creía que Izzy se diera cuenta de hasta qué punto podía estar en peligro.

Bajó la mirada hacia su hamburguesa, que de repente ya no le parecía tan apetitosa.

Esto era mucho más serio de lo que había pensado al principio.

Las amenazas no venían de algún fan obsesionado o un admirador lujurioso; estos tipos eran criminales organizados que querían que ella vendiera la empresa de su padre y, por lo que sabía de los cárteles, no paraban hasta conseguir lo que querían.

Incluso si eso significaba quitarle la vida a alguien para lograrlo.

Viper llamó a Pat en cuanto terminaron de comer.

Sabía que al curtido excomandante no le importaría que fuera tan tarde.

No si se trataba de trabajo. Para su sorpresa, Izzy abrió su portátil y se puso a trabajar, contenta de quedarse en la habitación de él.

De vez en cuando sonreía, sacudía la cabeza o arqueaba las cejas.

Le gustaba tenerla allí, aunque eso significara que tenía que comportarse de la mejor manera posible. Su presencia parecía llenar la estancia, o quizá fuera porque su fragancia floral le llegaba continuamente, tentando sus sentidos y enviando pensamientos no deseados a su mente.

—¿Es ese su perfume habitual? —preguntó, sacando su móvil para llamar a Pat.

Una sonrisa iluminó el rostro de ella. —¿Sí, le gusta?

—Le va bien. —Fresco, estimulante, con un trasfondo sensual que encontraba seductor.

—Gracias, yo también lo creo. —Mierda, cuando le sonreía así..., mataría dragones por ella. Diablos, puede que tuviera que hacerlo.

Pat se mostró comprensiblemente preocupado después de que Viper lo pusiera al día sobre lo que Hernández les había contado del accidente de su padre, el cártel y su plan de devaluar la empresa para comprarla.

—Existe la posibilidad de que Beaumont fuera asesinado —dijo Viper con cautela—. En cuyo caso...

—En cuyo caso, Izzy corre más peligro de lo que pensábamos.

—Sí.

Ella seguía trabajando, aunque había dejado de escribir y contemplaba la pantalla mientras pasaba imágenes con el ratón distraídamente.

—Creo que es hora de que intensifiquemos esto. Hablaré con mis contactos en Washington.

—¿Alguna noticia de la policía sobre las cartas? —preguntó Viper.

—Todavía no. El análisis de huellas dactilares no reveló nada y aún estamos esperando los resultados del ADN, pero no me haría muchas ilusiones.

—Entendido.

—¿Cómo está nuestra chica?

—Está bien. Está justo aquí, ¿le gustaría hablar con ella?

—¿Está contigo ahora? —oyó la sorpresa en la voz de su jefe. Era tarde, cerca de medianoche. Pat habría dado por hecho que Izzy ya estaría profundamente dormida en su propia habitación.

—Eh, sí. Hemos estado discutiendo la situación en México.

—Pónmela.

Viper le pasó el teléfono a Izzy. Ella le dirigió una sonrisa tranquilizadora antes de centrarse en la llamada. —Tío Pat, qué detalle por tu parte preocuparte por mí. Sí, estoy perfectamente. Viper está haciendo un trabajo fantástico. Literalmente, no me quita el ojo de encima.

Viper se tensó al sentir que la mirada de ella volvía a él, pero evitó mirarla a propósito.

—No te preocupes, no correré riesgos. Ya me ha echado una buena bronca. Por supuesto que lo haré. Cuídate. Adiós. —Le devolvió el teléfono con una sonrisilla de satisfacción.

—Gracias. —Él se lo guardó en el bolsillo—. No tenía por qué alabarme de esa manera.

—Es lo menos que podía hacer —dijo ella—, teniendo en cuenta lo atento que se ha mostrado.

¿Se estaba burlando de él? ¿Estaba coqueteando?

Sus ojos brillaban mientras se echaba el pelo reluciente sobre el hombro.

De repente, deseó haber tenido más formación en protección personal, aunque sospechaba que esto no venía en el manual.

Los hombres a los que había escoltado antes habían sido dignatarios o empresarios, no jóvenes y hermosas... ¿cómo era la palabra? Influencers .

—¿Qué tal otra cerveza? Ya ha terminado su turno. —Técnicamente, sí, pero ella seguía siendo su responsabilidad. Mientras estuviera en este encargo, nunca estaría totalmente fuera de servicio.

—Claro. —No se la bebería entera, solo unos sorbos por cortesía.

Sentía que estaban estableciendo un vínculo ahora, lo cual era bueno.

Hacía las cosas menos incómodas. Le vendría bien a ella acostumbrarse a tenerlo cerca, empezar a confiar en él, incluso si él encontraba su presencia...

complicada. Pero ese era problema de él, no de ella.

Sacó dos cervezas de la mininevera y le dio una.

—Por una semana productiva. —Ella levantó el botellín, clavando sus ojos en los de él.

Él ignoró el vuelco en su estómago, chocó el suyo y dio un largo trago.

—¿Cuál es su historia, Viper? —Se reclinó en su silla y lo estudió—. Sé que es exmilitar y que Pat habla muy bien de usted, pero, aparte de eso, no sé nada de usted.

Él se encogió de hombros. ¿Por dónde empezar? ¿Qué le cuentas a tu cliente sobre tus circunstancias personales? Normalmente, muy poco. Mantener la profesionalidad.

—¿Está casado? —Eso desde luego no aparecía en el manual.

—No —respondió él, demasiado rápido.

—¿Tiene pareja? —Ella arqueó una ceja.

—No hay nadie.

Ella sonrió, como si le complaciera oírlo. Se estaban adentrando en terreno peligroso. Hablar de su vida personal no era su fuerte.

—¿Y eso por qué? Un hombre como usted debe de tener muchas opciones. —Lo recorrió con la mirada.

Él vaciló y luego se sentó frente a ella. —No estoy para una relación.

Ella ladeó la cabeza. —Oh, ¿y eso a qué se debe?

—¿Siempre hace tantas preguntas?

Ella se rio entre dientes. —En realidad, sí. Supongo que sí. Soy una persona curiosa y usted es... Bueno, es interesante.

¿Interesante? Bueno, supuso que eso era mejor que aburrido.

—Estar en el ejército no se presta a las relaciones a largo plazo. Paso mucho tiempo fuera, yendo y viniendo con poco margen de aviso. No es justo imponerle eso a alguien.

—Pero ya no está en la Marina —señaló ella.

Él apretó la mandíbula, negándose a dejar que ella viera cuánto le molestaba esa afirmación. —No, no lo estoy.

Todavía se estaba acostumbrando a la vida civil. Era una adaptación del demonio, una que no estaba llevando demasiado bien, hasta que apareció Blade. Se tocó la cicatriz de la sien, un recordatorio permanente de lo difícil que era adaptarse.

Los ojos de ella se suavizaron. —Bueno, lo que ha perdido la Marina lo he ganado yo.

—Es muy amable por su parte decir eso, señora.

—¿No cree que ya puede llamarme Izzy?

Él se mordió el labio. —No estoy seguro. No me suena bien, señora. Este trabajo es importante para mí. No quiero dar una impresión poco profesional.

—Bueno, no me gustaría que se sintiera incómodo.

Cerró de un golpe su portátil y se puso en pie. —Me voy a la cama. Gracias por ayudarme con Hernández. —Vaciló, como si fuera a decir algo más, pero luego decidió no hacerlo.

—De nada.

Vio cómo desaparecía por la puerta que conectaba con su suite y la cerraba tras de sí. Aguzó el oído esperando el clic, pero no llegó.

No había echado la llave.