Capítulo 9
— C ariño, si su habitación estuviera así de cerca de la mía, no saldría para nada —dijo Emily con una sonrisa de oreja a oreja.
—No es así, Em. Es mi guardaespaldas.
—¡Pero mírale! Es un maldito dios. ¿Cómo no te va a atraer alguien así?
—No he dicho que no me atraiga, solo que no hay nada de eso entre nosotros. Tiene un trabajo que hacer. Esto es serio.
—¿Y qué? ¿No puede protegerte de día y ofrecerte su cuerpo de noche? Me parece lo más justo, ¿no?
Izzy se dio por vencida y se echó a reír. —Eres imposible. ¿Qué te pasó anoche?
—Oh, aparecieron esos chicos que conocí en la piscina. Al final pasé la noche con Matt. Es el guapo, el del pelo lacio y hoyuelos.
—Me lo imaginaba. Siento haberme ido tan pronto. Viper hizo que la situación fuera un poco violenta.
—Ya lo vi. Mandó a ese tipo a volar. Si aquello no fue una demostración varonil de posesividad, que baje Dios y lo vea.
—Ni hablar —negó Izzy con la cabeza—. Solo estaba haciendo su trabajo. Aquel tipo me estaba acosando. No me soltaba.
—Te he visto salir de situaciones peores muchas veces —se mofó ella—. ¿Estás segura de que no estabas exagerando un poquito solo para ver cómo reaccionaba él?
—Claro que no —mantuvo Izzy con voz firme.
—Te conozco, Iz. Ese tipo no era una amenaza. No de verdad.
Izzy suspiró. —Volvamos al horario, ¿vale? Hay mucho que repasar. Mañana tenemos que hacer las fotos del catálogo.
—Vale, de acuerdo, pero esta conversación no ha terminado —dijo Emily, volviendo a ponerse profesional—. He reservado la piscina durante dos horas, de ocho a diez, pero después el hotel la quiere para los huéspedes, así que no podemos perder tiempo. Aunque los jardines son una opción.
—Es comprensible —dijo Izzy frunciendo los labios, sopesando las opciones—. Deberíamos poder terminar al menos la mitad de las fotos en la piscina. Podemos terminar el resto el miércoles.
Izzy no conseguía quitarse de la cabeza la imagen de Viper en toalla. Su cuerpo magnífico y esculpido había estado chorreando agua, su cabello de punta, reluciente por la humedad. Emily tenía razón, era un dios. Neptuno. Con ojos del color del mar.
Y ella llevaba más de un año sin acostarse con nadie.
Después de que Emily se marchara, se recostó en la cama y cerró los ojos, dejándose llevar por una fantasía privada.
Viper entra en su habitación, mojado tras la ducha.
Se acerca a la cama mientras la toalla se le cae a un lado.
Izzy... Su voz es baja, profunda y ronca.
Sí, le susurra ella como respuesta, con el corazón dándole vuelcos en el pecho.
Él se inclina sobre la cama para besarla, envolviéndola en sus brazos.
Sus labios se encuentran, fundiéndose en un abrazo ardiente.
El deseo hace que se aferre a él, perdiéndose en aquel beso.
Gimiendo suavemente, deslizó una mano por debajo de las bragas.
—¿Señorita Beaumont? —otra vez su voz, pero esta vez era real.
Llamaron a la puerta.
Ella dio un respingo y se incorporó, bajándose el vestido apresuradamente. —¿Sí?
La puerta se abrió y asomó la cabeza de pelo oscuro de él. —Voy a pedir algo de comer. ¿Quiere que le pida algo a usted?
Tenía hambre, pero no de comida.
Con el corazón a mil por hora, se obligó a concentrarse en lo que él decía, más que en cómo la hacía sentir. ¿Cómo de fácil sería acercarse a él, cogerle de la mano y llevarle al dormitorio?
¿Iría con ella?
Por alguna razón, lo dudaba. Aun así, eso no significaba que una chica no pudiera soñar.
—Claro, gracias.
—¿Alguna preferencia?
—Tomaré la hamburguesa con patatas fritas.
¿Había sido aquello una pequeña sonrisa? Sus ojos se entrecerraron ligeramente y ella vio el rastro más sutil de un hoyuelo en su mejilla derecha. —Entendido.
Volvió a desaparecer.
Conmocionada, se quedó mirando el lugar por donde se había ido.
Se levantó de un salto, cogió el portátil y le siguió a su habitación, donde él estaba de pie junto al teléfono del escritorio. Por alguna razón, no quería estar sola. En realidad, no era eso. Quería estar cerca de él. ¿Era raro? Quizá no, dada su sexi fantasía.
Él se giró cuando ella entró, tapando el auricular con la mano. —¿Deseaba pedir algo más?
Ella negó con la cabeza y se sentó en la pequeña mesa de la esquina de la habitación a esperar a que terminara. —¿Le importa si le pido su opinión sobre algo? —dijo en cuanto él colgó.
Él frunció el ceño, pero se acercó a ella. —Eh, claro, aunque no estoy seguro de cuánta ayuda podré serle.
—No es sobre moda.
—¿No?
—No. Es sobre la forma en que murió mi padre.
—¿Ah, sí? —Se acercó y, tras un momento de vacilación, se sentó junto a ella, a la mesa.
Ella podía oler su loción para después del afeitado, la misma que había notado en el coche.
Tenía buen aspecto, recién salido de la ducha, con unos chinos beis que le ceñían los muslos y una camiseta blanca ajustada.
Era imposible ignorar cómo sus brazos se marcaban bajo el algodón.
El tipo estaba realmente fuerte. Por un instante fugaz, imaginó esos brazos musculosos rodeándola, atrayéndola hacia él, y sintió un cosquilleo en el estómago.
Vamos, Izzy. Concéntrate.
Había algo en el informe policial que la había inquietado desde el principio y le ayudaría consultarlo con alguien imparcial, alguien cuya profesión implicara que entendería su preocupación.
—Este es el atestado del accidente de mi padre. ¿Le importaría leerlo y decirme qué piensa?
Él entornó los ojos. —No conozco las circunstancias específicas que rodearon la muerte de su padre, solo que murió en un accidente de coche.
Ella asintió con un gesto tenso. —Está todo aquí.
El documento estaba abierto en la pantalla y él leyó: OFICIAL – POLICÍA MEXICANA en negrita en la parte superior.
Izzy giró la pantalla hacia él. —Ha sido traducido, por eso el inglés no es muy bueno, pero entenderá lo esencial.
Él se inclinó hacia delante y empezó a leer. Ella observaba cómo sus ojos recorrían la página. Leía rápido, volviendo de vez en cuando sobre alguna línea que no tenía mucho sentido. La traducción era imprecisa, pero se entendía con bastante facilidad.
Finalmente, levantó la vista. —Es bastante vago en los detalles reales, pero me parece que perdió el control del vehículo y cayó por un desfiladero.
—Mi padre se crio en México —dijo Izzy, pensativa—. Siempre me ha escamado que perdiera el control de esa manera. Se conocía esas carreteras al dedillo, las recorría todos los días. No veo cómo pudo simplemente salirse del borde.
—¿Sospecha de algún juego sucio? —La voz de Viper se volvió más grave.
—No lo sé. ¿Quizá? Es decir, piénselo. Mi padre muere y su parte de la empresa me pasa a mí.
Normalmente, una mujer en mi posición vendería esas acciones.
Quiero decir, ¿qué sé yo de dirigir un conglomerado minero, verdad?
A mí me gusta la moda. Tengo mi propia empresa que gestionar.
Entonces, cuando decido no vender, empiezo a recibir amenazas de muerte.
—¿Cree que alguien está intentando obligarla a vender la empresa?
—Es una posibilidad, ¿no? Quiero decir, tiene sentido. Se quitan de en medio a mi padre y luego vienen a por mí.
—¿Está diciendo que cree que lo asesinaron?
Ella se encogió de hombros.
—¿Quién querría hacer algo así? —Viper la miró, repentinamente serio. Su mirada azul mar se oscureció—. ¿Quién se beneficiaría si usted desapareciera?
—Ese es el problema. No lo sé. Ninguno de los otros miembros de la junta puede permitirse comprar mi parte. Mi padre poseía la mitad de la empresa. Eso es una cantidad considerable según cualquier estimación.
—¿Y sus competidores?
—He tenido ofertas de otras dos firmas. Ambas operan en América Central. Sin embargo, ninguna de ellas fue especialmente agresiva y no detecté ninguna malicia en sus ofertas. —Suspiró—. ¿Cree que estoy loca?
—No, por supuesto que no. Como ha dicho, tiene sentido. Está recibiendo mensajes amenazadores para que venda la mina.
—¡Eso es! —Chasqueó los dedos.
—¿Qué?
—Me acabo de dar cuenta de lo que me estaba rondando. Las amenazas solo mencionaban una de las minas, pero poseemos y operamos varias en México. ¿Por qué iban a estar preocupados solo por esa mina en particular?
Él frunció el ceño. —Puede que haya dado en el clavo. Las cartas mencionaban Montezuma.
Ella lo miró sorprendida. —¿Conoce el nombre de la mina?
—Estaba en su expediente.
Ella frunció los labios. —Buena memoria.
Él no respondió.
—Hay un par de cosas que quiero investigar —dijo ella, pensando en voz alta.
Fueron interrumpidos por un golpe en la puerta.
—No pierda el hilo. —Viper cogió su pistola del aparador y abrió la puerta.
Solo era el servicio de habitaciones, que entró con un carrito que contenía las hamburguesas con patatas y dos cervezas. —No sabía si querría una.
—Me encantaría.
Se la abrió con un abridor del carrito. Un simple movimiento de su poderosa muñeca. Ella dio un largo trago. Él pasó los platos a la mesa, luego cogió una cerveza y volvió a sentarse. —¿Decía usted?
—Quiero hablar directamente con la policía y averiguar si el coche de mi padre fue manipulado. No vi ningún informe sobre el propio vehículo accidentado.
—Probablemente todavía esté en el fondo del desfiladero —dijo Viper, frunciendo el ceño—. Dependiendo de su posición, es posible que la policía local no tenga los medios para recuperarlo o analizarlo.
Ella se mordió el labio. —¿Cómo voy a saber si fue un accidente o no?
—Podría enviar a un investigador para que eche un vistazo al lugar —sugirió Viper—.
Un analista de accidentes experto puede reconstruir la secuencia de los hechos basándose en las marcas de frenado, la dispersión de los restos y los puntos de impacto.
Pueden calcular la velocidad y la trayectoria del vehículo e intentar reconstruir lo sucedido.
Incluso podrían decir si el choque se debió a un fallo mecánico, o si el coche fue manipulado o sacado de la carretera.
—Sí. —Ella lo observó por encima de su hamburguesa. Había sido la decisión correcta hablar con él sobre el tema—. Haré eso.