Capítulo 29
M adre del amor hermoso.
Lo primero que vio Phoenix al entrar en la habitación del hotel fue a Ellie durmiendo, vestida solo con una camisa blanca de hombre y con las piernas desnudas. Estaba tumbada sobre la enorme cama, con el pelo recién lavado y todavía húmedo extendido sobre la almohada. Parecía un ángel.
Un ángel malditamente sexy.
Si no estuviera tan agotado, la habría tomado en sus brazos allí mismo y le habría quitado la camisa, sobre todo porque estaba bastante seguro de que era exactamente igual a la que llevaba Blade antes.
Además de estar exhausto, estaba mugriento y probablemente no olía muy bien después de dos días en la selva. Tras quitarse la ropa sucia, la tiró a un rincón de la habitación y luego se dirigió, desnudo, al baño. Segundos después, disfrutaba de la mejor ducha de su vida, o al menos eso le pareció.
El interrogatorio policial había sido intenso; a él y a Boomer los habían retenido allí casi cuatro horas, verificando hasta el último detalle de sus declaraciones. Por fin les permitieron marcharse, pero les dijeron que no se alejaran mucho.
Una cosa que había logrado averiguar era que todavía estaban examinando todo lo encontrado en el lugar de la plataforma destruida.
Hasta el momento, los forenses no habían logrado descubrir qué había causado la explosión, ni quién.
Pero con la descripción precisa que Boomer hizo del artefacto explosivo y el respaldo de Phoenix, podrían reorientar su búsqueda al lugar correcto.
En cuanto al equipo de laboratorio, los dispositivos eléctricos y los informes, no parecía que nada hubiera sobrevivido, y cualquier cosa que recuperaran del agua estaría ya dañada.
Tras salir de la ducha, se secó y se tumbó al lado de Ellie en la cama.
Era lo suficientemente grande como para no tocarse.
Phoenix se cubrió con una sábana, ya que estaba desnudo, y la idea de ponerse su ropa sucia no le resultaba atractiva.
La habitación del hotel estaba fresca y agradable, con las persianas bajadas.
La respiración de Ellie a su lado calmó su mente acelerada y pronto se quedó dormido.
Phoenix no sabía cuánto tiempo llevaba durmiendo cuando sintió que Ellie se movía. Estaba a punto de dormirse de nuevo, cuando sintió que ella se daba la vuelta y se acurrucaba junto a él. Un brazo esbelto rodeó su cintura y sintió los pechos suaves bajo la camisa presionando contra su costado.
Vaya tela.
Cualquier intención de volver a dormir se evaporó cuando su cuerpo cobró vida. No podía evitarlo. Era tan hermosa, tan angelical con su pelo revuelto y la camisa subida dejando al descubierto su muslo largo y pálido y un asomo de trasero perfecto.
Le pasó una mano por el brazo, haciéndola estremecer. Entonces, ella abrió los ojos y el jadeo de deleite que soltó hizo que su miembro se pusiera duro como el granito.
—Phoenix, has vuelto.
¡Vaya si lo había hecho!
Ellie pasó una pierna sobre la suya y, aunque él estaba bajo la sábana, sintió que el calor de ella lo quemaba. Poniéndose de lado, la rodeó con un brazo y la besó con fuerza.
A ella se le cortó la respiración y luego se inclinó hacia él, aplastando sus pechos contra el pecho de él, entrelazando su pierna con la suya y arrastrando la sábana consigo. Pronto, fueron un amasijo de extremidades, brazos y deseo.
Cuando se separaron para tomar aire, él apartó la sábana de una patada y se colocó encima de ella, inmovilizándola debajo.
La sentía mucho más pequeña de lo que recordaba, probablemente porque en la cabaña de la isla ella se había puesto a horcajadas sobre él.
De repente fue consciente de su peso. —¿No peso demasiado, verdad?
Ella negó con la cabeza, con los ojos chispeantes. —Me gusta.
Maldita sea, era sexy. Con las mejillas sonrojadas, los labios hinchados de besar y la respiración agitada en pequeños jadeos. Su miembro dio un respingo de acuerdo. Le costó todo su autocontrol no poseerla allí mismo.
Algo de lo que se había dado cuenta en la comisaría era que Eleanor Rider, ingeniera química, nunca podría ser suya. No de verdad. Lo mejor a lo que podía aspirar era a momentos como estos. Las preguntas que le habían hecho le habían abierto los ojos.
—¿Cómo conoce a la señorita Rider?
—¿Sabía que era ingeniera química?
—¿Habló ella de su trabajo en el Explorer con usted?
—¿Dónde estaba ella durante la explosión?
Al principio habían sospechado que Ellie estaba involucrada, pero él les habló de su descubrimiento, de cómo había cuestionado la validez de los informes y de cómo ella misma había sido blanco de un ataque en el Explorer, escapando con vida por poco.
Eso, junto con su viaje al Discoverer para comprobar los mapas de los estudios geográficos, pareció satisfacerlos.
Aunque tendrían más preguntas, ella ya no figuraba en la lista de sospechosos.
Aquello le hizo darse cuenta de lo diferentes que eran. Ella era inteligente, ambiciosa, una científica. Él era un instrumento contundente; lo único que sabía hacer bien era matar gente.
Ella era integridad e inteligencia.
Él era letal.
Como el aceite y el agua, nunca se mezclarían. Una vez que esto terminara, él volvería a trabajar para Pat y el equipo de Blackthorn Security, mientras que ella se iría a su siguiente trabajo en algún otro yacimiento petrolífero en cualquier parte del mundo, lejos de él.
Probablemente era lo mejor, aunque pensar en ello hiciera que se sintiera físicamente mal. Aun así, si ese era su futuro, ahora mismo iba a asegurarse de que ella nunca lo olvidara.
Lentamente, le desabrochó la camisa. Aquellos grandes ojos de gata se clavaron en su rostro, rebosantes de anticipación. —Voy a enseñarte lo que se siente al ser amada —susurró, bajando la cabeza para succionarle un pezón.
Ella jadeó y empujó hacia arriba, arqueando la espalda.
Él la agarró por debajo de las costillas y trabajó con la lengua y los dientes hasta que el pezón se convirtió en un botón duro como el granito, y luego pasó al otro.
—Oh, Dios —gimió ella, retorciéndose debajo de él—. ¡Qué bien sienta eso!
Él no había hecho más que empezar.
Bajó recorriéndola a besos e introdujo los dedos bajo los bordes de sus bragas, sintiendo cómo ella se estremecía, antes de quitárselas. Estaba empapada, lo que hizo que el miembro de él latiera de deseo.
En la cabaña, había sido algo rápido, frenético, con el deseo tomando el control y su unión teñida de peligro y una urgencia propia de una primera vez.
Ahora quería demorarse, prolongar cada segundo.
Hacer que ella gritara su nombre al alcanzar el orgasmo tantas veces que creyera haber muerto y subido al cielo.
Ella se elevó de la cama, presionando su entrepierna contra su mano.
Con suavidad, frotó sus dedos contra su humedad, escuchando su suspiro ante el roce, y luego un gemido cuando profundizó, encontrando su objetivo.
Al mismo tiempo, besó la suave curva de su vientre, el hueso de la cadera y el vello suave que rodeaba su dedo.
—Por favor... —fue un susurro ronco mientras ella empujaba arriba y abajo contra su dedo.
Acto seguido, él la penetró, deslizándose en su interior, acariciándola hasta que ella gritó de deseo acumulado.
Él se movió más rápido, frotando el pulgar contra su botón erecto, trazando pequeños círculos que la hicieron gritar su nombre.
—Phoenix... ¡Oh, Dios! ¡Oh!
Él sustituyó el pulgar por la lengua y lamió y succionó hasta que ella llegó al clímax, estremeciéndose bajo él con un grito ahogado. La sostuvo con firmeza mientras ella arqueaba la espalda, separándose de la cama, negándose a soltarla hasta que la última ola de éxtasis la hubo recorrido.