Capítulo 32
L ily estaba sentada en una silla de hierro forjado en el porche delantero, hojeando una revista sin mucho interés. Pat se había marchado, dejándola a solas con sus pensamientos en aquella casa silenciosa y vacía.
El sol caía con fuerza, implacable, filtrándose entre las ramas para salpicar el césped con sombras marcadas y puntos de luz cegadora.
Reflejaba su estado de ánimo: retazos de claridad interrumpidos por tramos de oscura inquietud, esa clase de desasosiego que aparece cuando te quedas a solas pensando demasiado tiempo en cosas que sería mejor dejar enterradas.
No sabía en qué momento había empezado a renunciar a la idea de que Blade regresara algún día a casa. Aceptar lo inevitable era mejor que darle vueltas a la posibilidad de que aún pudiera estar vivo. Su corazón no podía romperse más y se le habían agotado las lágrimas.
Una motocicleta se detuvo frente a la casa. Era extraño, ya que no esperaba a nadie. El motor rugía suavemente, más como un zumbido, mientras el hombre que la conducía la observaba a través del casco desde el otro lado del jardín.
Una oleada de ansiedad la recorrió. ¿Quién demonios era aquel hombre? ¿Debería preocuparse? ¿Tendría que entrar corriendo en la casa y echar la llave?
Él se bajó de la moto. Algo en él le resultaba familiar. Su corpulencia, su forma de caminar…
No podía ser.
El corazón le dio un vuelco. Se puso en pie de un salto y la revista se le cayó de las manos.
Él se quitó el casco, lo colocó sobre el manillar y entornó los ojos ante la luz del sol.
Ella reconocería ese pelo en cualquier parte.
Con un grito de alegría, Lily bajó los escalones a toda prisa, cruzó el césped y se lanzó a sus brazos. —¡Oh, Dios mío! ¡Eres tú de verdad!
Blade hizo una mueca de dolor, pero luego soltó una carcajada y la abrazó con delicadeza.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero no le importaba. Estaba allí. Delante de la casa de Pat. En carne y hueso.
Apenas podía creérselo.
—Pensé que estabas muerto —sollozó ella.
—Hace falta algo más que un puñado de guardias armados para acabar conmigo. —La sostuvo por los hombros para poder verla bien—. Joder, estás increíble.
—Y tú. —Ella le sonrió. Le besó en los labios. Volvió a abrazarlo.
Él la rodeó con el brazo. —Dios, te he echado de menos.
—¿Cómo escapaste? —Se apartó para mirarlo—. He estado tan preocupada… Pat también. Estábamos seguros de que había pasado algo terrible.
—Lo sé. Siento mucho no haber podido llamar. Me estaba quedando con uno de los amigos de Stitch y no había forma de ponerse en contacto.
—Pat decía que eso era lo que podía haber pasado. —Ojalá le hubiera creído entonces. Él decía que Blade era un superviviente, y aquí estaba, vivo y sano.
Ahora no quería soltarlo.
Jamás.
Blade le dedicó una amplia sonrisa. Se había afeitado la barba, lo que le permitía verle bien la cara.
Dios, era tan guapo… Pero, al mismo tiempo, se le veía maltrecho.
Tenía un ligero hematoma alrededor del ojo y una cicatriz nueva cerca de la raíz del pelo.
Solo entonces se fijó en que llevaba un cabestrillo alrededor del cuello, aunque no tenía el brazo metido en él.
—Brazo roto —dijo él, señalándolo con la cabeza—. Stitch me ha dicho que lo lleve unas semanas más, pero no puedo conducir la moto con él puesto. —Esbozó una sonrisa.
Ella sacudió la cabeza. Típico de él.
Llevaba unos vaqueros negros que se ajustaban a sus gruesos muslos y, bajo la cazadora de cuero de motero, una camisa con los botones sueltos dejaba entrever su magnífico pecho. Seguía siendo un hombre imponente, aunque ella pensó que había perdido algo de peso.
—¿Cómo está Stitch?
—Muy bien. Y Soraya también. Te mandan recuerdos.
Afganistán parecía haber quedado una eternidad atrás, en otra vida, pero nunca olvidaría a la gente que había conocido allí.
Blade le acarició la mejilla. —¿Qué te parece si entramos y hablamos?
Ella asintió. Aunque sus ojos brillaban, había un trasfondo de seriedad.
—¿Está Pat por aquí?
—Ha salido, pero volverá pronto.
Lo guio al interior y se sentaron uno junto al otro en el sofá. Lily se moría por tocarlo, por abrazarlo, pero no sabía si debía hacerlo. ¿Qué sentiría él por ella ahora? En Afganistán no sabían si saldrían de allí con vida y, por eso, se habían dejado llevar.
No se arrepentía, ni por un momento. Esos recuerdos la habían ayudado a sobrellevar estas últimas semanas infernales sin él. Era en lo que pensaba por las noches, a solas en la cama, cuando su corazón clamaba por él.
—Lily, he estado pensando mucho en nosotros y en lo que pasó entre nosotros.
A ella se le encogió el corazón. Ya está. Iba a decirle que no podía ser, ahora que ambos eran libres.
—¿Ah, sí?
—Joder, es en lo único en lo que he estado pensando —bufó él.
Ella se mordió el labio.
—Yo... solo quería decir... Joder. —Él sacudió la cabeza.
El corazón de ella se rompió en un millón de pedazos.
—Lo sé —susurró, intentando no llorar—, sé que nunca podrá haber nada entre nosotros. No hace falta que lo digas.
—No iba a decir eso.
—¿No?
Él negó con la cabeza. El brillo seguía en sus ojos. Ella se aferró a ello.
—Siento las cosas que dije allí. Estaba mal por lo de Spade, por lo que pasó... Por ti.
Lily contuvo el aliento.
—Stitch me ha dicho que el traductor había sido coaccionado. Habían amenazado a su familia, así que, aunque yo lo hubiera investigado más a fondo, no habría servido de nada.
Ella sonrió, alegrándose de que se hubiera perdonado a sí mismo.
—Sé que Spade habría querido que fueras feliz —soltó una risita suave—. No estoy seguro de si pensaba en mí, pero si me aceptas, prometo cuidar de ti.
Las lágrimas asomaron a sus ojos. —Claro que te acepto. Joe nos hizo un regalo cuando murió. Si no fuera por él, no te habrías sentido obligado a venir a buscarme. Me salvaste la vida, Blade.
Él la besó, de forma larga y pausada. Cuando se separó, ella estaba sin aliento. Maldita sea, nunca se cansaría de que él le hiciera eso.
—¿Cómo puede estar mal esto? —murmuró él.
Ella lo miró a los ojos y vio tal ternura que se derritió. —No está mal. Creo que ambos lo sabemos.
Él sonrió lentamente.
¿Podía una chica derretirse dos veces?
—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta?
—¿En eso ?
Él asintió.
—Eh, sí. ¿Por qué no? —Nunca había montado en moto.
—Guárdame ese pensamiento —dijo él, justo cuando Pat entraba en la habitación.
—¡Me cago en la leche, Blade! Ya era hora de que aparecieras. —Le estrechó la mano y le dio una palmada en el hombro.
Blade hizo una mueca.
—¿Estás bien?
—Ahora sí.
Pat se rio. —Me alegra oírlo. ¿Vas a contarnos cómo demonios saliste de allí? —Miró a Lily—. ¿O ya lo has hecho?
—No, iba a hacerlo ahora mismo. —Él miró a Lily a los ojos y le guiñó uno.
Ella sonrió. Ahora que sabía lo que él sentía, no le importaba esperar. Tendrían tiempo de ponerse al día más tarde.
* * *
Blade le hizo a Pat un resumen de su captura y omitió los detalles más brutales; no había necesidad de asustar a Lily con eso.
Pat se rio. —¿Fuiste en esa moto hasta Kabul?
—A Kabul no. A Pakistán.
Pat abrió mucho los ojos. —¿Hablas en serio?
—Los talibanes cerraron la carretera hacia Kabul, pusieron controles por todas partes. No podía arriesgarme.
—¿Me estaban buscando? —preguntó Lily, con la voz apenas como un susurro.
—Sí. Ataron cabos y se dieron cuenta de que yo era quien te había rescatado de la cueva. Esa ciudad se cerró a cal y canto, más que Fort Knox. No entraba ni salía nada de allí.
—Por eso has tardado tanto —murmuró Pat.
—Sí, me mantuve escondido un par de semanas y luego tuve que hacer el viaje de vuelta.
Pat le lanzó una mirada de complicidad, esa mirada curtida de un hombre que ha vivido su buena ración de peligros. —Me alegro de que tuvieras un lugar seguro donde refugiarte.
—Sí, y una moto lo bastante robusta para aguantar el terreno campo a través. Lo hizo mucho más fácil... hasta que me quedé sin combustible.
—¿Qué hiciste entonces? —preguntó Lily, con los ojos como platos.
—Seguir a pie por el paso de Jáiber.
—¿Plan C?
Él esbozó una sonrisa. —Exacto, Plan C.
—¿Tuviste algún contratiempo? —preguntó Pat.
Él sostuvo la mirada del antiguo SEAL. —Nada que no pudiera manejar.
Pat asintió con respeto. —Es muy bueno tenerte de vuelta, hijo.
La mano de Lily en la suya fue una sorpresa, una cálida confirmación. No esperaba que ella le hubiera contado a Pat lo que sentía, siendo él el padre de Spade y todo eso.
Pat era todo sonrisas. Su cercanía no parecía molestarle. —Me alegro por vosotros dos.
—¿De verdad?
La bendición de Pat le llegó al alma. Al no tener familia propia, la opinión de Pat era la que más le importaba.
—Creo que Joe lo aprobaría. —Pat señaló con la cabeza la fotografía de su hijo caído.
Blade sintió el peso y el calor en el apretón de Lily tanto como en las palabras de Pat. —Eso lo significa todo.
Hablaron un rato más y luego Lily se volvió hacia Blade. —Creo que me habías prometido un paseo en moto.
Pat se rio. —Divertíos, chicos.
Blade estrechó la mano de Pat: un gesto firme, breve y significativo. Era un vínculo de soldados. —Está en buenas manos.
No se refería solo al paseo.
El apretón de Pat fue de hierro. —No lo dudo ni por un segundo.