Bienvenidos a la Academia Rider (Academia Rider 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Acostumbraba a llamar a mis padres una vez a la semana para contarles cómo me iban las cosas en la academia, pero hacía dos semanas que no había encontrado el momento de hacerles una actualización de mi estado de ánimo.

Quería contarles todas las novedades y que, después de este tiempo de adaptación en el que no lo había pasado muy bien, vieran que todo estaba mejorando.

Me desperté por la mañana antes que Brooke y Emily, y como cada mañana, lo primero que hice fue mirar el móvil sentada en el sillón con mi bol de leche.

Preparé el desayuno y me senté quitando el modo avión de mi iPhone, que dejaba puesto por la noche.

Normalmente no saltaban muchas notificaciones: algún mensaje de Instagram de alguien que quería saber cosas sobre mí y Liberty o alguna noticia importante que había pasado durante la noche.

Para mi sorpresa, tenía tres llamadas perdidas de mi madre a las once de la noche y un mensaje que decía:

Hola, Libby. ¿Podríamos hacer una videollamada mañana por la mañana? Tenemos algo que hablar. Te echo de menos. Mamá.

Fruncí el ceño mientras leía el mensaje.

La necesidad de hacer una videollamada implicaba algo grave; en un momento me pasaron mil cosas por la cabeza.

Aunque seguro que no era nada alarmante, no podía evitar sentir una mezcla de curiosidad y preocupación.

Mi relación con mis padres siempre había sido cercana, y solíamos comentar todo en familia, así que seguro que era algún plan o viaje que querían preparar.

Contesté al momento:

Hola, mamá. Claro, ¿os va bien antes de clase? Me conecto en veinte minutos.

Brooke y Emily se levantaron quince minutos más tarde, justas como siempre para salir por la puerta casi con la tostada en la boca.

Les comenté que debía llamar a mis padres, que llegaría a la primera clase, pero que no me daba tiempo de darle el desayuno a Liberty y que si alguna de ellas podía hacerlo por mí.

Me senté en mi escritorio, lleno de apuntes pasados a limpio y esquemas de la noche anterior, en la que había empezado a preparar mis exámenes de Anatomía, y abrí el Mac que me había acompañado estos últimos años.

—¡Hola, mamá! —dije sin poder esconder mi felicidad de volver a verlos—. ¿Qué pasa?

—¡Oh, Libby! —dijo mamá, sonriendo—. Estoy tan contenta de verte. Espera un momento, que ahora viene tu padre también para que nos cuentes un poco.

—No tengo mucho tiempo, ya que en veinte minutos tengo que estar en clase, pero las cosas por aquí van bien.

Brooke y Emily me cuidan mucho, empiezo a saber saltar, y las clases son muy interesantes.

La verdad es que esta semana todo ha mejorado.

Además, ya queda poco para las Navidades y volver a casa.

Mi padre se había colocado al lado de mi madre en el sofá de casa.

Nada parecía haber cambiado: la misma decoración, los mismos muebles.

Me entró un poco de nostalgia al ver al fondo todas las fotografías en las que salíamos mi hermano y yo en diferentes etapas de nuestras vidas, siempre sonrientes y felices.

—Libby —dijo papá con un tono más serio—. Justo de eso queríamos hablar contigo. Hay algo que necesitamos consensuar en familia.

Asentí con una mezcla de inquietud y curiosidad.

—Claro, ¿de qué se trata? —pregunté.

—Queríamos hablar contigo sobre una decisión importante —dijo mamá—. Como sabes, tu padre y yo hemos estado considerando algunas opciones para el futuro de la familia, y hay algo que involucra directamente tu futuro también.

Me tensé al instante. ¿Qué podrían estar planeando que me involucrara? Papá siguió explicando.

—Hemos estado pensando en trasladarnos a un apartamento en una ciudad más al este, más cerca de donde nos han ofrecido dirigir un pequeño hospital rural.

Es una gran oportunidad para nosotros, pero también significaría que estarías más lejos de Blackwood, de la academia, para volver algún fin de semana, y de tus amigos.

Me sorprendió la noticia. Aunque mudarme del campo a la ciudad no me desagradaba, la mínima idea de alejarme aún más de Blackwood, de tener que buscar un nuevo centro, un nuevo entrenador, si esto de la academia no salía bien, y dejar a Emma y a los chicos para siempre, me encogía el corazón.

—¿Y qué significa esto para mí? —pregunté—. No quiero interferir en vuestras decisiones. Ahora mismo estoy centrada en la academia y, si consigo la beca para los tres años, espero poder trabajar en algún centro de Europa, aunque no sé si lo conseguiré —solté sin pensar.

Mamá me ofreció una sonrisa de esas que te curan por dentro.

—Estoy segura de que lo conseguirás. Queremos que sepas que apoyamos tus decisiones y tus sueños —dijo mamá—.

Pero también es importante que consideres cómo esta mudanza podría impactar en nuestras vidas.

Queremos que te sientas bien si alguna vez vuelves a casa.

Esta casa se nos queda muy grande para papá y para mí solos, mientras vosotros estáis fuera.

Me quedé pensativa. La mudanza significaría un cambio, pero también podría ofrecerme nuevas oportunidades y mis padres tendrían un ambiente más relajado, así como un mejor trabajo que les permitiría vivir sin estar tan agobiados.

—Si vosotros creéis que es lo mejor para nuestra familia, adelante —dije seriamente—. Yo estoy trabajando duro para conseguir mi sueño y, ahora mismo, mi único objetivo es terminar la academia.

Mi padre asintió.

—Lo entendemos perfectamente. Queríamos que supieras esto antes de que tomáramos una decisión final para mudarnos de cara al año que viene. Dale recuerdos a Emily y a Brooke.

La videollamada terminó con un sentimiento de comprensión mutua, ellos apoyaban mis sueños, yo apoyaba sus decisiones para estar mejor.

Me despedí de mis padres preguntando cuándo deberían mudarse.

Me dijeron que cuando viniera para Navidades empezarían a preparar las maletas y todos los muebles para llevarlos al nuevo apartamento, pero que no iba a ser hasta finales de febrero y principios de marzo cuando finalmente se mudaran.

Salí de casa en dirección a Anatomía, un poco abrumada, pero también aliviada de haberle contado a mi familia que todo iba mejor por aquí, seguro que mi madre iba a dormir más tranquila.

La idea de llevar a Liberty a casa para Navidades o para vacaciones se desvanecía, ya que no tendría hípica a la que poder dejarlo con total tranquilidad.

Por el camino a clase, encontré a Brooke, que venía en bicicleta de dar de desayunar a los caballos.

—¡Hey! ¿Cómo está Liberty? —dije sonriendo.

—Desayunado y tranquilo. Me ha dado tiempo a limpiarle el paddock y todo —dijo Brooke con tono triunfante—. ¿Todo bien en casa?

—Sí, mis padres querían verme, simplemente para ver qué tal estaba —mentí. No tenía ganas de contarle nada sobre este tema hasta que no lo tuviera digerido al 100 %—. Gracias por cuidar de Liberty.