Bienvenidos a la Academia Rider (Academia Rider 1)
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CAPÍTULO 1
Me levanté corriendo; nunca llegaba tarde, pero ese día me ganó el sueño.
Eran las dos últimas semanas de verano, y quería aprovechar al máximo todas las horas posibles en la hípica.
Llevaba todas las vacaciones trabajando en el campamento de verano de Blackwood Stables todo el día.
A mis dieciséis años, me sentía orgullosa de todo lo que estaba consiguiendo: ayudar a los niños de iniciación, hacer de groom en los concursos, organizar fiestas de cumpleaños en la hípica, entre otras cosas.
Todo tenía un objetivo: ahorrar para mantener tranquilamente a mi pequeño caballo, Liberty.
Liberty tenía cinco años, era de color negro y mediría cerca de un metro con sesenta y cinco centímetros, con lo cual, comparado con esos grandes caballos de doma, era bastante pequeño, pero nunca le había dado mucha importancia.
Nuestro nivel de doma era más bien el de un caballo de cuatro años, pero poco a poco estábamos aprendiendo juntos.
Nuestra entrenadora ponía toda su energía en enseñarnos.
Como cada día, llegué a las ocho de la mañana para empezar mi jornada.
En el mundo, existen sitios seguros y, para mí, el mejor sitio era Blackwood Stables, una hípica situada en el sur de Reino Unido, en un pequeño pueblo llamado Wickford Hollow, que no debía tener más de seis mil habitantes.
Ahí vivía gran parte de mi familia, ya que mis abuelos se habían instalado ahí hacía varios años.
Yo había crecido allí, iba a la hípica con mi bicicleta siempre que podía desde hacía más de seis años, cuando empecé a montar en ponis.
Blackwood era pequeña pero acogedora. Tenía un par de campos grandes en los que crecían algunos potros, y cuando estos ya tenían cuatro años, empezaban su doma y se soltaban en paddocks más pequeños.
La hípica tenía forma de U, con tres filas de sietes boxes y un patio central en medio muy bien cuidado, con algunos bancos y una fuente.
En cada esquina, teníamos los preparadores, el guadarnés y un pequeño vestuario junto con el baño.
Detrás de los boxes, quedaba un par de pistas de sílice valladas: una de sesenta por veinte y otra de cuarenta por veinte para trabajar con los más pequeños.
No había muchos caballos en pupilaje, ya que en la zona no era muy común montar a caballo.
La mayoría de los caballos eran de escuela y teníamos diez ponis que vivían en otro campo grande, en manada.
Era la única hípica que conocía, aparte de las tres que había en los pueblos de alrededor, que aún eran más pequeñas que esta y menos cuidadas, donde habíamos ido a concursar algunas veces.
La hípica se sostenía por las clases que dábamos. Habíamos conseguido tener una cantera de niños bastante grande después de que Emma, mi entrenadora, fuera a los colegios e institutos de los pueblos, ofreciendo esta actividad al aire libre, que tantos beneficios tiene.
Mi primera clase de la mañana era con los más pequeños del equipo.
Aunque yo tampoco era mucho mayor, me lo pasaba bomba enseñando la base.
Los peques tenían entre seis y ocho años.
Desde hacía unos meses, daba clases y realmente había encontrado mi vocación; estaba convencida de que enseñar quería que formase parte siempre de mi vida, de una manera u otra.
—¡Max, Lily, Lucy! ¡Ponedle la brida a vuestros ponis y vamos para la pista! ¡Hoy vamos a hacer un poco de horseball !
—No encuentro la brida de Thunder —comentó Max alegremente, que no encontraría agua en el mar.
—¡Ayer la dejarías en el portabridas de otro poni! Mira bien, es fácil de reconocer; tiene una frontalera de color rojo —contesté. No me gustaba darles todo hecho.
Mis clases eran de cuarenta y cinco minutos, y después enfriábamos dando una vuelta por el campo, antes de desensillar a los ponis.
Antes de la segunda clase del día, tenía treinta minutos libres para desayunar.
Mi ritual era sentarme en la cuadra de Liberty y comer un pequeño bocadillo que me dejaba preparado la noche anterior.
Pero esa mañana iba a ser diferente, cuando me dirigía a la cuadra, Emma me llamó a su despacho.
—Olivia, ¿tienes un momento? Sé que es tu rato del desayuno, pero es importante que hablemos —dijo con una expresión medio feliz, medio preocupada.
Emma siempre había cuidado de mí. Sabía que los caballos eran mi vida y estaba dispuesta a ayudarme en todo momento.
Rozaba los cuarenta y cinco años, llevaba toda la vida entre caballos, ella me enseñó a montar con sus ponis de escuela, y ahora llevaba dos años entrenándome con Liberty.
Me había dado la oportunidad de trabajar allí fines de semana, festivos y tardes para poder pagar el pupilaje de Liberty.
También me había ayudado con los primeros pasos de la doma de Liberty, ya que era el primer caballo que tenía que domar y, cuando teníamos épocas un poco más complicadas, siempre me animaba a seguir.
Entré en su despacho, no muy convencida de lo que pasaba.
—Dime, ¿ocurre algo? —pregunté con voz temblorosa.
—Siéntate, Olivia. Tengo que contarte una cosa.
Cogí asiento y, en ese momento, mi cabeza iba a tres mil por hora, pensando en todo lo que podía estar sucediendo.
—¿Recuerdas cuando a principios de julio fuimos al concurso de Rosewood?
—Sí, lo recuerdo —respondí. Mi mente se trasladó por un momento a ese fin de semana.
Liberty y yo habíamos quedado últimos. Llevábamos ocho caballos de clientes de Blackwood, y yo era la única groom , por lo que debía: preparar caballos, dar piensos, trenzar, limpiar todas las cuadras y concentrarme en competir con mi caballo.
Obviamente, fue un desastre. El cansancio y el estrés nos jugaron una mala pasada, y después de ver la clasificación, para mí fue duro de afrontar, ya que pones mil horas de entrenamiento para salir cinco minutos a la pista, y que salga mal…
Aun así, me sorprendí a mí misma por la capacidad de resiliencia que mostré durante todo el concurso, llegando a todo y solventando todos los problemas que se iban presentando y sintiéndome orgullosa de dónde habíamos llegado con Liberty.
—En ese momento —continuó Emma—, yo había mandado unos vídeos tuyos entrenando con Liberty a una academia muy reconocida que estaba buscando a una persona para becarla, para estudiar allí.
—Mmm, de acuerdo —dije sin dar crédito a lo que estaba escuchando.
—Cuando fuimos a competir, vinieron ojeadores a ver el concurso.
Como todo fue un poco desastre, entendí que no tendríamos noticias de ellos, pero ayer llegó una carta dirigida a ti.
No la he abierto, y, diga lo que diga, quiero que sepas que estoy muy orgullosa de cómo estás montando y de todo lo que estás consiguiendo, ya que siempre antepones los caballos a cualquier cosa, y cuidas de ellos —su voz se entrecortaba.
Yo no entendía ni sabía de la existencia de tal academia.
Mi cabeza parecía que iba a explotar. ¿Existía una academia para jinetes? ¿Dónde estaba? ¿Qué se estudiaba? ¿Podría pagarla? No tuve mucho tiempo para pensar, porque, encima de la mesa, Emma dejó una carta con un sello muy elegante en el que ponía: Academia Rider, a la atención de Olivia Thorn .
Con una mezcla de emociones, cogí la carta, la giré y la empecé a abrir.
¿Podría ser este el momento en el que mi vida iba a cambiar para siempre?
¿O simplemente me escribían para decirme que no había cumplido con todos los requisitos para ingresar allí?
Obviamente, después del desastre de competición, esta segunda opción era la que rondaba mi cabeza.
Aun así, la esperanza es lo último que se pierde, así que saqué con cuidado la carta para observar el papel grueso y de buena calidad.
En el que escrito con pluma y una letra elegante, decía lo siguiente:
Querida Olivia:
Nos complace anunciarte que, durante el año que viene, hemos optado por concederte una beca para asistir a la Academia Rider.
Has sido seleccionada de entre más de dos mil candidatos para formarte entre los mejores profesionales junto a tu caballo, Liberty, en una de las academias más prestigiosas del mundo .
Mi corazón casi da un vuelco. ¿Una academia y además de las mejores del mundo?
¿Debía estar soñando? ¿Estudiar caballos?
¿Montar allí? ¿Cómo era eso? ¿Cómo iba a decírselo a mis padres?
¿Me tenía que ir a vivir lejos? ¿Debía llevarme a Liberty?
Mi cabeza iba a explotar. Yo, que siempre había sido una chica de casa humilde, trabajadora como la que más, poniendo mucho esfuerzo en mis estudios, y ahora…
—¡Enhorabuena, Olivia! —levanté la vista para escuchar a Emma, que con los ojos llorosos me miraba con orgullo.
—No entiendo nada —le dije a Emma.
—Lo más importante ahora mismo es que tu vida va a cambiar para siempre, y vas a poder hacer lo que más te gusta: aprender de caballos.
Esta academia no es un juego; es muy dura.
Vas a tener clases de equitación en diferentes disciplinas, clases teóricas, y tendrás que encargarte de todo lo relacionado con tus caballos, pero sé que tu futuro será maravilloso allí.
—Pero… ¿y Liberty? —la verdad, era lo único que me importaba.
—¡Obviamente, Liberty se va contigo! —dijo con alegría—. Los dos vais a aprender juntos y te van a poder formar mucho mejor de lo que yo puedo hacerlo. Estoy segura de que vais a tener muchas aventuras. Siempre he creído mucho en vosotros.
—Pero ¿qué tengo que hacer? ¿Cuándo empieza? ¿Qué me tengo que llevar? ¿Dónde está? ¿Voy a vivir allí? —le disparé todas las preguntas una detrás de otra sin respirar.
—Tranquila, creo que en las siguientes páginas de la carta viene todo un poco más explicado. Sigue leyendo, Olivia.
ACADEMIA RIDER
Alumnos de primer año
La Academia Rider os da la bienvenida. El curso empezará el 1 de septiembre, por lo que se requiere que todos los jinetes y sus caballos lleguen ese día para comenzar con una semana de introducción, en la que os enseñaremos todas las instalaciones que tenemos a lo largo de las veinticinco hectáreas de terreno, así como vuestras clases y residencia.
Durante el primer año, cursaréis los tres trimestres con asignaturas relacionadas con el mundo del caballo, que os convertirán en los mejores profesionales de Europa.
No os podéis aferrar a una disciplina, ya que esta academia aboga por la diversidad, y tenéis que estar abiertos a otras disciplinas.
A continuación, tenéis el horario de la semana de introducción en la que se os asignará un tutor, una habitación y un espacio para vuestro caballo .
Lunes, 1 de septiembre . Recibimiento de alumnos y caballos .
Martes, 2 de septiembre . Presentación de jinetes, tour por las instalaciones y normas .
Miércoles, 3 de septiembre . Familiarización con vuestros caballos en las pistas e instalaciones .
Jueves, 4 de septiembre . Presentación de clases, funcionamiento del curso y profesores .
Viernes, 5 de septiembre. Monta .
Otra información
El primer año tiene un coste de 20 000 euros anuales, divididos en doce mensualidades, que incluyen: manutención completa del jinete, toda la formación, concursos, el espacio de vuestro caballo, su alimentación durante el año, uso de las instalaciones, seguro personal y del caballo.
Los dos años siguientes, necesarios para completar el curso, tienen un coste de 18 000 euros cada uno .
Las mensualidades se domiciliarán a la cuenta que se indique a continuación .
Levanté la vista de la carta, buscando a Emma:
—¿Mensualidades? No voy a poder pagarlo.
Mi familia no se lo va a poder permitir, ¡y empiezo en menos de dos semanas!
—Las ilusiones que me había hecho por un momento se estaban desvaneciendo rápidamente, ya que mis padres trabajaban en un pequeño ambulatorio, y tenían el salario justo para mantenernos y pagar la casa.
—No te preocupes. Has sido becada para el primer año, así que al menos por ese tiempo no debes preocuparte de pagar nada. ¡Los dos restantes ya veremos cómo lo hacemos! Siempre encontramos una solución.
La carta aún tenía un apartado más:
A continuación, te adjuntamos la lista de material básico que necesitarás, aunque la academia cuenta con marcas y patrocinios que te van a equipar durante el año .
JINETE
Casco
Botas
Ropa para el día a día de montar
Ropa de deporte
Ropa de competición de doma, salto y completo
Chaleco protector
Espuelas
Fusta
CABALLO
Mantas (de invierno, riñoneras, impermeables, de interior)
Pienso actual para hacer el cambio de pienso con el nutricionista
Montura
Brida
Material para trabajar a la cuerda
En la academia se te proporcionará la equipación oficial para ti y tu caballo de competición y entrenamiento, por lo que no es necesario traer conjuntos adicionales .
No podía esperar a llegar a casa para contárselo a mis padres, aunque aún no había pensado bien cómo iba a enfocar la noticia para que no les pareciera una locura.