Capítulo I #2
La epidemióloga decide tomar el camino contrario, en dirección a la playa, por una especie de carretera asfaltada.
Y mientras los turistas buscan refugio en la sombra o en las refrescantes aguas del Atlántico, Marga camina y camina, y se inunda y se inunda, en sudor por fuera y en resignación por dentro.
Después de cinco minutos, ya está harta de arrastrar esa maldita maleta.
Le duele el antebrazo más que si hubiese estado toda la tarde jugando al tenis contra Manolo Santana.
¡Qué tiempos aquellos en los que podía pasarse horas dando raquetazos a diestro y siniestro sin santiguarse ante los dolores que tendría al día siguiente! Quizá cuando se jubile…
Oteando el horizonte, Marga divisa una sombra a la derecha del camino, donde varios bancos y una mesa de piedra forman un megalítico merendero moderno, ocupado por una adorable familia portuguesa.
Los tuppers rebosan de ensaladas, filetes rusos, bolinhos de bacalhau y otras maravillas culinarias.
Marga no quiere ni mirar, engorda solo con verlas.
Pero ha tenido que saltarse el tercer desayuno de la mañana y el hambre, que no perdona, ya empieza a hacer mella.
Los niveles de azúcar en sangre, desplomados, llaman a la puerta del centro de saciedad de su cerebro, que envía señales a un estómago cerrado por el calor, pero que se doblega fácilmente ante los olores de la gastronomía lusitana.
Los carrillos comienzan a llenársele de jugosa saliva y Marga se rinde sin remedio, a los deseos de su organismo.
Con la mano todavía dolorida busca dentro del bolso algo que llevarse a la boca.
A escasos metros, una gaviota patiamarilla la observa, curiosa.
A pesar del intenso calor, el manto gris que la cubre no le molesta.
Moviendo sus delgadas extremidades, camina altiva por el asfalto, siempre atenta a los movimientos de las personas que la circundan.
Las observa mientras rebuscan entre sus pertenencias, extrayendo artículos de lo más deliciosos de sus bolsas, mochilas y neveras portátiles.
¿No me darán algo de esas riquísimas viandas, por el amor de Dios?
¡Si al final siempre les acaba sobrando algo!
Bien lo sabe ella. Desde que cerraron los vertederos municipales más cercanos, encontrar alimento se ha vuelto cada vez más difícil.
Y aunque no se hallara en el mejor estado precisamente, una comida es una comida.
Justo ahora, cuando tiene varias bocas que alimentar.
El hambre aprieta. Con toda probabilidad, sus crías estarán famélicas, esperando en el risco norte de la isla, lejos de las miradas indiscretas y las manos largas de esos bípedos de orondas extremidades inferiores.
Esos ruidosos monstruos de dos patas que tanto la molestan.
Pertenecen, sin duda, a esas especies invasoras de las que tanto ha oído hablar.
Por fortuna, solo tienen que soportar su fastidiosa presencia durante una pequeña parte del año.
Ellas, sin embargo, guardan la isla también durante el largo y lluvioso invierno.
¡Ay, si cada turista me diera una galleta!
¿Qué tendrá esa humana que busca y rebusca en el interior de su extraño capazo? A juzgar por las circulares dimensiones de su porteadora, debe de ser algo altamente nutritivo. Sola y con una maleta a su cargo, se le antoja la víctima perfecta.
¡Dame tu galleta, humana! ¡Déjame meter el pico en tu capazo! ¡Peor es resistirse!
Una furgoneta se aproxima y pasa tan cerca que casi la atropella. ¡Habrase visto tal maltrato! Por suerte, aún se conserva ágil. Un salto y un batido de alas a tiempo le han permitido esquivarla, pero más le vale estar ojo avizor la próxima vez, me cagho en Dios. ¡Mira, un bocadillo de calamares!
La furgoneta cuatro por cuatro con señal de la Consellería de Medio Ambiente de la Xunta de Galicia se detiene en seco.
De la puerta del conductor desciende un hombre que sale en auxilio de Marga, todavía en shock .
La familia de portugueses, que acaba de presenciar el duelo entre una gaviota y una señora, resguarda sus enseres entre la risa y el terror.
—¡Santo Dios! Pero ¿qué les pasa a estas gaviotas? —exclama la epidemióloga.
—Están muy pesadas en esta época del año —confirma el hombre, en cuyo polo puede leerse guardabosques—.
Es época de cría, ¿sabe? Ponen los nidos en cualquier sitio.
Tanto les vale en un risco como en el medio de la carretera.
Muchos huevos han eclosionado ya y su instinto las vuelve muy protectoras.
Tenga cuidado si se las cruza por la isla o acabará recibiendo un picotazo… ¿Está usted bien?
—He tenido días mejores —responde con gestos de obviedad—.
Es usted un trabajador de la Xunta por lo que veo.
¡Ya era hora de que vinieran a buscarme!
He estado un buen rato esperando en el muelle, hasta que me he hartado y he decidido sacarme yo solita las castañas del fuego.
Tenga —resume Marga alcanzándole la maleta de mano— y lléveme de una vez al camping , que no tengo todo el día.
Sin mediar palabra, y todavía algo sorprendido, el guardabosques recoge el bulto de Marga y lo introduce en el asiento trasero. Mientras, ella ha rodeado el morro de la furgoneta y ha abierto la puerta del copiloto.
—Cuidadito con las gaviotas —aconseja Marga a la familia lusitana—. Ya lo han oído, que están muy agresivas —sentencia intentando recuperar así algo de la dignidad perdida en la ornitológica batalla y cerrando la puerta del cuatro por cuatro.
Ya en la furgoneta, Marga puede, por fin, observar a su interlocutor con algo más de atención: un hombre de aspecto rústico y maduro que le parece que tiene un buen mirar…
y en otro tiempo y en otro lugar, tendría tal vez algo más.
Marga intenta enarbolar una sonrisa. Resulta fingida incluso para ella.
El guardabosques le devuelve la sonrisa, más natural y sincera —y no menos importante, con todas las piezas dentales—, y arranca la furgoneta en dirección al camping .
El cuatro por cuatro avanza dejando la playa a su izquierda y una ladera poblada de pinos, zarzas, toxos y helechos a su derecha.
—Disculpe que no le dé la mano, señora, pero vengo de desatascar unas tuberías y las tengo llenas de roña —se lamenta el conductor.
Marga echa un ojo, no sin cierta desconfianza, a las uñas sucias del apuesto chófer.
Con un gesto automático, introduce la mano en el bolso.
Sorteando las facturas que ha ido recopilando para justificar sus gastos de viaje, extrae el paquete de toallitas jabonosas de pH neutro que siempre lleva encima.
—Toma, majo, te dejo unas toallitas en el salpicadero para después, ¿no querrás ir por ahí esparciendo gérmenes?
—Gracias. Me llamo Eusebio, soy el guarda forestal.
—Un guardabosques en una isla. ¡Qué exótico! —responde Marga a la vez que le tiende una toallita.
—Estamos en un parque natural, señora.
—Señora, señora… ¡Si seremos de la misma quinta!
—responde mirando al robusto y apuesto conductor.
La epidemióloga alza la mano y señala la playa de Rodas—.
¡Qué bonito es esto! Trabajar aquí debe de ser todo un lujo.
No me extraña que la hayan nombrado una de las mejores playas del mundo.
¡Es un auténtico paraíso! —Sentencia con patriótico orgullo.
—Pues… depende. ¿Es su primera vez en las Cíes? —pregunta Eusebio.
—Como si lo fuera. Hace muchísimos años que no piso estas islas…
—Marga hace un silencio—. Tengo que admitir que soy de las que prefiere pegarse un viajazo de esos bien largos —y enfatiza alargando la «e» de «bien», como lo haría un maestro de ceremonias—.
Me subo a un avión que me lleve muy lejos, lo más lejos posible, ya sea para disfrutar de los templos de Java o de las selvas de Costa Rica y, vamos, es que no hay quien me pare en semanas.
¡Todo el día de aquí para allá! ¡Lo que me echen!
El caso es que una acaba conociendo los sitios más lejanos y, sin embargo, apenas conoce lo que tiene a la vuelta de la esquina.
Paradojas de la vida moderna, supongo. Pero yo ya no me privo, ¿sabe?
Siempre he pensado que lo importante es vivir experiencias, especialmente desde…
bueno, desde el fallecimiento de mi Marcelino. ¡Ay, Marcelino!
—La acompaño en el sentimiento —contesta Eusebio con sincera condolencia.
—No se preocupe. Fue hace ya demasiado tiempo —replica rápidamente Marga—. Al fin y al cabo, la vida sigue con o sin nosotros. ¿No cree?
—Supongo…. ¡Mire! Ya casi llegamos. Este dique que estamos cruzando conecta la isla del Norte con la isla del Faro.
Como puede ver, el complejo de dunas también hace de nexo entre ambas islas.
Entre este dique y las dunas se genera ese pequeño lago —señala Eusebio con el mentón hacia la ventanilla izquierda del cuatro por cuatro—, nutrido por el agua del marque pasa entre las rocas del dique.
Hace años, los críos se bañaban aquí en lugar de en la playa, por eso lo llaman O Charco dos Nenos.
Pero hoy en día, el baño está prohibido por motivos de conservación.
Es como un acuario a cielo abierto. Seguro que se encuentra con muchos turistas observando pulpos y hasta centollos moviéndose con libertad entre las rocas.
—¿No me diga? Lo encuentro la mar de curioso —bromea Marga, aunque ni ella misma se ríe de su gracia.
Al llegar al final del dique, la camioneta asciende por una pequeña cuesta.
Tras ella, el camping se hace visible por completo.
Desde esta entrada, franqueada por la garita de recepción y el importantísimo puesto de los enchufes, se contempla una zona de amplias tiendas estilo canadiense, todas con el techo color verde oscuro y las paredes de una tela marrón claro que, en conjunto, se mimetizan con los colores del pinar en el que se asientan. Han llegado a su destino.