Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 53
94%

Capítulo 53

Las voces bajas invaden mi audición y toman fuerza conforme empiezo a ser consciente de mí misma.

Los susurros me inundan los oídos y todo mi cuerpo reacciona ante ellos. Mis párpados revolotean, en un intento desesperado de abrirse, mis dedos aferran el suave material debajo de mi cuerpo y trato de encontrar mi voz mientras me aferro al aquí y al ahora.

—Ve tranquila —dice una voz vagamente familiar, y mi pecho se llena con una emoción que no soy capaz de describir—. Yo me quedaré aquí con ella.

El sonido de una puerta cerrándose hace que sea un poco más consciente de lo que ocurre, pero no es hasta que pasan unos largos instantes, que soy capaz de abrir los ojos.

La habitación es blanca en su totalidad. Un enorme ventilador aparece en mi campo de visión, pero está apagado; al igual que la luz del foco central. Los pitidos agudos que resuenan en todos lados, hacen que un suave dolor se apodere de mi cabeza.

Me siento confundida y adormecida, así que, cuando el rostro de Jeremiah aparece en mi campo de visión, me toma unos segundos reconocerlo.

El alivio que refleja su expresión, hace que mi pecho se estruje.

—¡Joder, Maya! —dice, con la voz temblorosa debido a las emociones contenidas—. Empiezo a creer que eres inmortal. ¿Qué clase de pacto tienes con Dios que te hace sobrevivir a cosas tan impresionantes? ¡Creí que morirías, maldita sea! ¡Estaba muy preocupado!

Hay lágrimas en sus ojos, pero no logro procesar del todo lo que está ocurriendo. No sé dónde estoy, cómo llegué aquí, ni por qué luce como si estuviese a punto de echarse a llorar.

«¿Qué pasó?». Quiero preguntar, pero no puedo hacerlo. Hay algo atascado en mi garganta.

Me llevo una mano a la boca para retirar lo que sea que tengo en la tráquea, cuando el ardor se apodera de mis manos. Un sonido adolorido me abandona y aprieto los ojos con fuerza.

—¡Mierda! ¡Quédate quieta! —Jeremiah me sostiene con cuidado de las muñecas, pero el escozor aumenta con su toque. Entonces, siento cómo la cama se hunde con su peso—. Estás en un hospital, ¿de acuerdo? Te han intubado y acabas de arrancarte las agujas que te unían al medicamento.

Niego con la cabeza mientras trato de hilar lo que me dice.

«¿Qué demonios estoy haciendo aquí?».

—Maya, te dispararon hace casi dos semanas —habla, y sé que trata de sonar tranquilizador, pero no lo está consiguiendo—.

Estuviste grave tres días enteros. Tuvieron que inducirte en un coma porque solo empeorabas.

La bala te dio en un pulmón y, ¡joder! ¡Fue horrible!

—Niega con la cabeza—. Estuviste inconsciente casi dos semanas y apenas hace dos días diste signos de mejoría y te pasaron a piso.

Es un jodido milagro que estés aquí ahora mismo.

Los recuerdos vuelven uno a uno y se asientan en mi cerebro como la más dolorosa de las torturas. Las palabras de Tyler resuenan una y otra vez en mi cabeza, y en lo único que puedo pensar, es en que Harry mató a alguien para protegerme.

Clavo la vista en mi amigo. Quiero saber dónde está. Necesito saber qué demonios pasó con él y con Tyler. Necesito entender qué diablos está ocurriendo.

Jeremiah parece leer la preocupación en mi expresión, ya que vacila unos instantes. Su gesto pasa de ser aliviado a inseguro. Sus facciones parecen ensombrecidas por una emoción que no comprendo del todo y eso hace que un nudo se apriete en mi estómago y se estruje con violencia.

La opresión se hace presente en mi pecho y, de pronto, respirar se siente como una tarea imposible. Él sabe qué es lo que quiero que me diga…

El pánico es tan grande, que lucho con todas mis fuerzas para liberarme de su agarre. No me importa el dolor. No me importa nada.

Trata de tranquilizarme, pero apenas puedo escucharlo. Pataleo y forcejeo lo más que puedo, pero no me deja ir por más que intento quitármelo de encima. Necesito salir de aquí. Necesito ir a aclarar todo esto de una maldita vez.

—¡Maya, escúchame, por el amor de Dios! —Jeremiah eleva su voz y clava sus dedos en la carne de mis brazos—. Necesito que estés calmada para que escuches toda la historia, ¿de acuerdo?

El corazón me late a una velocidad impresionante y el lado izquierdo del torso me palpita debido al pulso acelerado. El malestar me invade el cuerpo más rápido de lo que espero y la habitación da vueltas.

Las pocas máquinas a las que he quedado conectada comienzan a sonar con estruendo y, de pronto, la habitación se llena de personas.

Jeremiah es apartado de mí y su toque cálido es reemplazado por un par de manos heladas.

Escucho cómo uno de los médicos a mi alrededor ladra órdenes al resto de ellos, pero no dejo de moverme. Una de las enfermeras se acerca a mí con una jeringa entre los dedos y el horror me invade cuando la palabra «sedante» sale de la boca de uno de los médicos.

Mis ojos están llenos de lágrimas sin derramar y la impotencia quema en mi torrente sanguíneo. Niego una y otra vez, en un intento desesperado por detener a la mujer que está a punto de inyectarme, pero ella ni siquiera me mira cuando me clava la aguja en la coyuntura del codo.

El pinchazo arde, pero ni siquiera tengo tiempo de protestar.

Trato de seguir luchando, pero el efecto es casi inmediato y todo mi cuerpo se sume en una extraña sensación de pesadez extrema en pocos segundos.

El coraje y la ira se apoderan de mí, de pronto.

No puedo creer que estén haciéndome esto.

No pueden ponerme a dormir cuando no sé qué ha pasado con Harry.

No pueden hacerme esto. No tienen derecho. Es humillante…

Los párpados me pesan, pero peleo con todas mis fuerzas para mantener los ojos abiertos. No puedo rendirme ahora. Necesito saber…

Mi vista se posa en el chico de aspecto aterrorizado que se encuentra a pocos metros de distancia y le suplico con la mirada que me lo diga todo; sin embargo, no lo hace. No dice ni una sola palabra. Ni siquiera se mueve. Jeremiah está tan angustiado, que no se molesta en tratar de ocultarlo.

La disculpa que se dibuja en su mirada, me hace saber que realmente siente no poder hablar conmigo ahora.

Sabe que voy a caer rendida por el efecto del sedante, y eso hace que la impotencia crezca un poco más.

De pronto, la puerta de la habitación se abre de golpe y soy capaz de ver una figura pequeña y conocida acercándose hacia donde me encuentro; sin embargo, se congela en su lugar al ver el caos en el que se ha sumido toda la estancia.

—Oh, Dios mío… —la voz de Kim me trae oleadas de alivio, pero es demasiado tarde. Estoy perdiéndolo. Estoy a punto de caer rendida.

Trato de estirar el brazo en su dirección, pero mis extremidades no responden. Estoy agotada. Desesperada.

Estoy cayendo en una espiral de sensaciones inconexas y confusas. El lugar se difumina y no puedo postergarlo más tiempo. Entonces, mis párpados se cierran y pierdo el control.

—Tenemos que decírselo, Kim —la voz suena lejana y distante.

—¿Viste cómo se puso solo al saber dónde se encontraba? —sé que es mi amiga quien habla. Podría reconocer su voz en cualquier parte del mundo.

—Es la reacción que tendría cualquiera en su situación —otra voz me llena los oídos—. No es como si pudiésemos esconderle lo que pasó toda la vida. Va a saberlo tarde o temprano.

Se hace el silencio.

Las voces se han ido y no soy capaz de hacer otra cosa más que intentar disolver la bruma que me envuelve.

—No quiero ser yo quien se lo diga —la primera voz vuelve y me aferro al vestigio de reconocimiento que se filtra en mi sistema. Sé que conozco al dueño de esa voz.

—¿Qué? —la voz de Kim suena de nuevo. Se siente como si estuviese en un túnel a decenas de metros de distancia de ellos—. No me miren así. Yo no puedo…

—Eres la indicada para hacerlo —trato de reconocer la voz tranquila y amable, pero no logro identificar a quién le pertenece—. Ella confía en ti más que en cualquiera de nosotros.

—No pueden hacerme esto —Kim suena angustiada hasta la mierda y yo lucho con más fuerza para abrir los párpados. Estoy despierta ahora, pero mis músculos no parecen responder a las órdenes de mi cerebro—. ¿Cómo demonios voy a decirle que está detenido? Va a destrozarla.

Las palabras caen sobre mí como balde de agua helada y mi lucha termina. No me muevo ni un solo milímetro. He dejado de pelear contra el sello que hace que mis párpados no puedan moverse. He dejado de respirar como se debe…

«¡No, no, no, no, no!».

—No podemos ocultarle algo así, Kim —la voz desconocida habla—. No cuando su declaración puede hacer que salga libre.

—Will tiene razón, Kim —por fin reconozco la voz de Jeremiah, y la ansiedad se apodera de mí solo porque Kim y Will se encuentran en la misma habitación. No puedo evitar preguntarme, por un fugaz momento, si ella habrá hablado con él para contarle lo ocurrido con Mark—. Maya debe saberlo.

El silencio vacilante en el que se envuelve todo el lugar, me pone la piel de gallina.

—Está bien —Kim suspira—. Hablaré con ella. Solo espero que lo tome con calma. Lo menos que necesitamos ahora es que sufra otra crisis como la de esta mañana.

—Yo también espero lo mismo —dice Jeremiah, en voz baja.

—En fin, mientras ustedes esperan aquí, yo iré a ver cómo está Harry. Con suerte podré pasar a verlo —dice Will, tras unos segundos de silencio—. Manténganme al tanto de la situación de Maya.

—Claro —dice Kim, en un murmullo débil.

—Ve con cuidado —Jeremiah habla.

El sonido de una puerta siendo abierta y cerrada llena la estancia y, segundos después, el lugar se sume en un silencio tenso y tirante que solo es interrumpido por el sonido de las máquinas a las que estoy conectada.

Es entonces, cuando mi lucha contra el sedante se renueva. Mis párpados se sienten un poco más ligeros que hace rato, así que no me toma demasiado ser capaz de abrir los ojos.