Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 46 #2
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Capítulo 46 #2

—¡No puedo creer que hayas pasado la noche con él! —chilla desde la sala, y escucho sus pasos acercándose a toda velocidad—, ¡Maya, el tipo es un delincuente! ¡Casi te matan a golpes por su culpa! ¡¿Ya se te olvidó todo lo que…?!

—¡¿Quieres callarte?! —estallo de pronto. Me giro sobre los talones para encararla y la sorpresa en su mirada hace que la ira aumente. Ella realmente no esperaba que yo reaccionara. Esperaba que me quedara callada como siempre.

El enojo, que ni siquiera va dirigido a ella, se arremolina dentro de mí.

—¡Lo único que haces es hablar mal de él!

—Todo lo que he estado conteniendo desde que salí del apartamento de Harry, estalla—.

¡¿Dónde estabas cuando Leandro me molía a golpes?

! ¡¿No podías ver los malditos moretones?

! ¡Eres igual que todo el mundo! ¡Nunca hiciste una mierda por ayudarme aun cuando sabías que algo estaba mal!

—Sé que no debo recalar con ella de este modo, porque ella no es la culpable de lo que pasó con mi padre, pero no puedo detenerme—.

¡Harry se preocupó por mí cuando nadie más lo hizo!

¡No tienes derecho alguno de decir que es un maldito delincuente o que casi me matan por su culpa porque no es así!

¡Él no estrelló ese jodido bate en mi cráneo!

La mirada dolida que Kim me dedica, hace que la ira que hierve en mi sistema aminore un poco.

—Me iré de tu apartamento esta noche —continúo, pero es la ira la que habla ahora. No quiero marcharme. No así. No después de haberle hablado como lo hice.

Ella niega con la cabeza. Sé que está a punto de replicar, pero no quiero escucharla; así que me apresuro hacia el baño y doy un portazo al entrar.

Un suspiro tembloroso brota de mis labios en el instante en el que me recargo en la puerta del reducido espacio. La opresión en el pecho ha vuelto y me siento como una completa hija de puta.

Kim me ha tendido la mano más veces de las que puedo recordar. Me dio alojo en su casa aun cuando no tenía que hacerlo. Ha sido paciente conmigo más veces de las que puedo recordar y lo único que hice fue descargar mi frustración en ella.

«¿Qué diablos me sucede?».

Tomo un par de respiraciones profundas para tratar de tranquilizarme y me digo a mí misma que más tarde, después de haber tomado una ducha y haberme despejado, hablaré con ella y me disculparé.

El pensamiento es reconfortante, así que me aferro a él mientras me desnudo metódicamente y abro el grifo de la regadera.

Una vez que el vapor llena toda la estancia, me introduzco en el cubículo y dejo que el agua caliente se lleve la esencia de Harry lejos de mí. Dejo que aleje de mi sistema todos los pensamientos tortuosos y los recuerdos que no me dan ni un solo instante de paz.

—¡Maya! —Fred habla y vuelco la atención hacia él. Mi amigo hace una seña en dirección a la puerta que da al comedor y dice—: Acaba de llegar una familia a tu sección.

Un suspiro cansado me brota de los labios. Apenas son las once de la mañana y el restaurante ya está a reventar.

—Ya voy —digo y alzo la bandeja con cinco platos que ordené meticulosamente—. Tengo que llevar esto a la seis.

Mi amigo niega con la cabeza.

—¿Quieres que tome a la familia? Has estado corriendo por todo el restaurante sin un segundo de descanso —dice.

El alivio me recorre el cuerpo y asiento.

—Sería genial que pudieras hacerlo.

Me guiña un ojo y asiente antes de abrir la puerta para mí.

Me abro paso entre las mesas, con cuidado de no golpear nada. Al llegar a mi destino, entrego el pedido con mucho cuidado y me despido de los clientes con una sonrisa amable.

El cuerpo me exige unos segundos de descanso, pero ni siquiera he dado dos pasos, cuando ya he notado una mano alzada en mi sección.

Las piernas me arden debido al cansancio, pero agradezco que haya tanto trabajo.

Así no pienso tanto en Harry. Así no pienso en lo que pasó anoche y en cómo se marchó esta mañana.

—¿Te molesto con mi cuenta, cariño? —el hombre de cabello entrecano que se encuentra en la mesa, me regala una sonrisa amable mientras habla.

—Claro —me las arreglo para sonar entusiasta—. Enseguida se la traigo. ¿Disfrutó de su almuerzo?

—Por supuesto.

—¿Desea llevar algún postre o alguna bebida?

—Estoy bien, cariño. Solo necesito la cuenta.

Entonces, asiento, y me encamino hacia la cocina.

Avanzo por el estrecho pasillo que lleva hacia las cajas registradoras y entrego la nota garabateada con la orden de la mesa. Holland, la encargada de la máquina, imprime el ticket y lo acomodo en la pequeña carpeta forrada con piel que tomé esta mañana de la sala de empleados.

Me apresuro por el pasillo y me congelo en seco al ver a Kim acercándose a paso rápido. En el momento en el que se percata de mi presencia, se detiene. Mi corazón late rápido y no sé si es debido a la ansiedad o a que he estado trotando de aquí para allá toda la mañana.

Ella me regala una sonrisa tensa y no puedo hacer otra cosa más que corresponder a su gesto.

Sin perder un solo minuto más, se echa a andar y me pasa de largo.

Sé que necesito hablar con ella, pero no he tenido oportunidad de hacerlo.

El restaurante es una locura y no he podido abordarla como me gustaría.

Sacudo la cabeza y me digo a mí misma que hablaré con ella a la hora de la comida. Después de eso, me apresuro a dejar la cuenta del hombre, para luego avanzar hacia una mesa donde acaba de acomodarse una pareja.

Estoy agotada, sin embargo, pongo mi mejor cara mientras dejo el menú y recito los especiales del día.

La pareja comienza a leer la carta y yo me alejo unos cuantos pasos para dejarlos decidir tranquilamente.

Estos pequeños segundos de descanso, evocan recuerdos indeseados a mi cabeza sin que pueda evitarlo, y maldigo para mis adentros. Es como si el subconsciente estuviese empeñado en no olvidar…

Mis ojos se cierran. No puedo seguir haciéndome esto. Yo sabía que se marcharía sin importar qué pasara y, a pesar de eso, le pedí que estuviera conmigo. Aun así, me entregué a él. No puedo quejarme cuando fui yo quien tomó esa decisión.

Un suspiro entrecortado se me escapa y me repito una vez más que debo dejar de torturarme a mí misma. Entonces, me arrastro de vuelta a la realidad.

Estoy a punto de echarme a andar en dirección a la mesa que espera porque su orden sea tomada, cuando algo capta mi atención en el ventanal del restaurante.

Mi vista se vuelca hacia la calle y noto cómo un vehículo viejo y destartalado aparca en la acera de enfrente.

La sensación de familiaridad se asienta en mis huesos, pero no logro averiguar por qué…

—¡Señorita! —la voz masculina me hace mirar en dirección a una de mis mesas. Rápidamente, localizo al hombre que me llama y este hace una seña para que me acerque.

Una vez que estoy junto a su mesa comienza a ordenar. Trato de escribir a la misma velocidad de la que habla, pero apenas puedo concentrarme. Mi mente trata de descifrar el motivo por el cual ese auto me pareció tan familiar, pero estoy demasiado aturdida. Estoy demasiado agotada.

El hombre da instrucciones precisas de cómo debe ser cocinado el filete que ordena, pero no lo escucho en realidad. Mi mano escribe todo lo que dice, pero mi cabeza se encuentra en otro lugar.

Mis ojos miran de reojo en dirección al ventanal y sacudo la cabeza para traerme al aquí y al ahora de nuevo. Me siento inquieta y extraña, pero sigo sin entender el motivo.

Vuelvo a mirar hacia la calle y una figura familiar aparece en mi campo de visión.

Por unos instantes, me siento insegura de haberla visto de verdad, así que toda mi atención se posa en el vidrio que separa el establecimiento de la avenida.

De pronto, toda la sangre del cuerpo se me agolpa en los pies. He dejado de escuchar al hombre que suelta órdenes y exigencias acerca de cómo quiere su comida.

Mi corazón se acelera, las manos me tiemblan y algo intenso e incontrolable se apodera de mí…

Harry.

Es él. Es él y está aquí. Cruza la calle en dirección al restaurante y yo me encuentro abriéndome paso a empujones entre las mesas repletas de personas.

—¡Maya! —alguien grita a mis espaldas, pero no me detengo.

Harry atraviesa la calle y un auto en movimiento toca la bocina con enfado. Él no se detiene.