Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

De pronto, formular oraciones se convierte en una tarea sumamente difícil.

El enojo que me invade, es indescriptible.

No puedo creer cuán injusta es la vida con Harry.

¿Cuánto más tiene que perder para ser feliz?

¿Cuánto más tiene que sufrir para que el universo deje de torturarlo?

¿Qué demonios tiene que sacrificar para tener unos momentos de paz? ...

—Harry no confía en muchas personas —dice Anne, tras un silencio tenso y tortuoso, y su mirada se alza para encontrar la mía—, pero sé que confía en ti.

No sé qué hubo entre ustedes antes, pero jamás había visto a Harry mirar a alguien de la forma en la que te mira a ti, Maya.

Sé que le importas. Sé que confía en ti.

Es por eso por lo que te estoy pidiendo que no lo dejes solo.

Cuando yo no esté, no lo dejes solo —la súplica en el tono de su voz, hace que las lágrimas quemen en la parte posterior de la garganta—.

Va a necesitar un amigo cuando me vaya. Por favor, sé ese amigo.

Sé ese apoyo. No dejes que se pierda a sí mismo de nuevo. No dejes que sus demonios lo derroten.

Niego con la cabeza una y otra vez. Tiene que haber algo que se pueda hacer. Tiene que haber una forma en la que ella pueda estar más tiempo con Harry.

—¿No hay algún tratamiento que…?

—Los médicos no son muy alentadores, así que no estoy considerando ningún tratamiento —me interrumpe—. No hay mucho que hacer por mí.

No puedo creer que esto esté ocurriendo.

Harry me pidió hace unos días que estuviera al pendiente de su madre porque va a irse y ahora su madre está pidiéndome que no lo deje solo porque ella está muriendo.

¿Qué se supone que debo hacer?, ¿cuidar de Harry como Anne me lo pide, o cuidar de Anne como Harry me hizo prometer? ...

—Harry tiene que saberlo —digo, con un hilo de voz—. Merece saberlo.

Anne niega con la cabeza y aprieta mis manos.

—¿Qué gana sabiéndolo? —la desesperación en su voz, me estruja el pecho—.

L único que conseguiré al decírselo, será hundirlo aún más.

¿Crees que no me doy cuenta de cuántos problemas tiene?

¿Crees que no sé de cuán solo está y cuánta falta le hace tener a alguien a su lado?

... Maya, estoy desesperada. No quiero que se quede solo de nuevo. No dejes que suceda.

Las lágrimas amenazan con abandonarme, y la impotencia se apodera de todo mi ser.

¿Qué voy a hacer si Harry se va y vuelvo a topármelo de frente?

¿Cómo voy a decirle que sabía que su madre estaba enferma cuando se fue y que nunca dije nada?

¿Cómo voy a mirarlo a la cara y decirle que, mientras él no estaba, su madre falleció?

¿Cómo va a sentirse al enterarse de todo esto? ...

—Por favor, Maya —Anne suplica, con la voz entrecortada—. No lo dejes solo.

Trato de controlar el torrente de emociones que me embarga, pero es imposible. No puedo permitir que Harry se marche. No puedo permitir que se vaya y pierda la oportunidad de pasar tiempo con su madre. No puedo permitir que me pongan en esta posición. Es injusto. Es horrible.

—Promételo —urge la mujer frente a mí, pero no me atrevo a decir nada—. Por favor, Maya.

Aprieto mis ojos con fuerza, y me trago la impotencia antes de obligarme a mirarla a los ojos.

—No puedo…

—Por favor —las lágrimas brotan de Anne y la mortificación se asienta en mis huesos. El llanto urgente de la mujer es tan desgarrador, que me hiere y me escuece con violencia.

—No puedo hacer eso. No puedo quedarme callada. No puedo…

—Maya, no te estoy pidiendo demasiado. Por favor…

Se siente como si me ahogara. Como si un inmenso peso se hubiese instalado sobre mis hombros en cuestión de segundos.

—Sé que no tengo cara para pedirte nada porque apenas me conoces, pero Harry te aprecia —dice entre sollozos—. No sé a quién más recurrir. No conozco a nadie más en el entorno de mi hijo y me aterra descubrir cuán solitario es. Me aterra darme cuenta de que no tiene a nadie a quien…

—De acuerdo —la interrumpo, porque no puedo escucharla más. Porque siento que, si continúa hablando, voy a volverme loca del remordimiento—. Lo prometo —digo, con la voz entrecortada, a pesar de que no quiero hacerlo.

Todo dentro de mí grita una y otra vez que debo detenerme. Que no debo acceder a esta locura, pero no puedo detenerme. No cuando la presión es así de grande. No cuando Anne llora de esta manera…

—Gracias —dice, al tiempo que limpia la humedad de su rostro—. Gracias, Maya.

Trago duro, pero me las arreglo para esbozar una sonrisa y posar una mano sobre la suya.

«Tienes que impedir que Harry se vaya». Susurra la voz en mi cabeza. «Él debe quedarse. Debe quedarse y así pasar el mayor tiempo posible con ella o va a arrepentirse el resto de sus días».

Avanzo por la calle desierta.

Había olvidado cuán oscuras son las calles de Bayview-Hunters Point y cuántas pandillas suelen reunirse en las esquinas y callejones cercanos al edificio donde solía vivir.

La pintura en aerosol tiñe los complejos habitacionales, marcando así los territorios de las distintas bandas delictivas que operan en la zona y me pregunto, mientras avanzo, cómo es que era capaz de recorrer este tramo de camino solitario sin ser asaltada todos los días.

Me abrazo a mí misma y me digo una vez más que hago esto por Anne; que no se trata solo de un impulso egoísta y que no hago esto porque aún sienta algo por Harry.

Lo hago porque esa mujer merece pasar tiempo con su hijo antes de que su enfermedad acabe con ella.

Antes de que pase algo que pueda romper más al chico de las cicatrices.

«Haces esto por Anne, no por ti. Esto es por Anne y por Harry…». Pienso, para mis adentros, y casi me lo creo. Casi…

Me detengo frente al edificio donde vive Harry y me quedo ahí, con la mirada clavada en la entrada principal.

No me siento lista para hacer esto. Todos los discursos mentales que preparé para intentar pedirle que no se vaya, son patéticos.

No hay absolutamente nada que yo pueda decir que pueda impedir que se marche y aun así voy a intentarlo.

La pintura desgastada de las paredes del interior es familiar y desconocida al mismo tiempo. La humedad hace que el aire sea mohoso y sofocante, y los azulejos del suelo tienen piezas sueltas que crujen con cada uno de mis pasos.

Subo las escaleras a paso lento y me detengo un segundo en el piso en el que solía vivir con Leandro. Mi vista cae en la puerta del apartamento en el que vivía y mi corazón se salta un latido cuando miro el letrero que cita: «Se renta».

No he sabido de ese hombre en mucho tiempo y saber que ya no vive en este lugar, es satisfactorio.

No lo extraño, no pienso en él demasiado, no lo odio, no espero que pague por lo que me hizo y tampoco busco alguna clase de venganza.

Ahora mismo, lo único que deseo es olvidar todo lo que pasé a su lado. Deseo enterrar la imagen de su rostro en un lugar profundo e inalcanzable, y no volver a evocarla nunca más.

Después de unos instantes más observando la puerta de ese horrible lugar, me obligo a subir el siguiente tramo de escaleras. La familiaridad de la pequeña estancia que da al apartamento de Harry, hace que mi estómago se revuelva con expectativa.

Estoy frente a la entrada de su departamento, y todo dentro de mí se siente como si estuviese a punto de estallar. No estoy lista para hacer esto. No estoy lista para volver a verlo.

Tomo una inspiración profunda y acorto la distancia que hay entre la puerta y yo. Dudo unos instantes, pero, finalmente, llamo con un par de golpes suaves y temerosos.

Uno…

Dos…

Tres segundos pasan… pero nadie atiende.

La sensación de déjà-vu que me invade, es enfermiza.

La primera vez que llamé a su puerta, estaba semidesnudo y había una chica en su apartamento.

Él había creído que yo era el repartidor de pizza y despreció mi pago de los cincuenta dólares que me había prestado…

La sola idea de encontrarlo ahora de la misma manera que en ese entonces, es insoportable.

Llamo una vez más y le ruego al cielo que todos mis pensamientos oscuros desaparezcan.

Entonces, la puerta se abre de golpe.

Harry aparece en mi campo de visión. Viste unos vaqueros oscuros, una playera blanca y una chaqueta negra; su cabello húmedo cae encima de su frente, así que tiene que apartarlo de un movimiento antes de mirarme de pies a cabeza.

Mi carne se pone de gallina al notar cómo su expresión pasa de la irritación a la sorpresa. De pronto, luce como si hubiese sido golpeado en el estómago y estuviese tratando de llevar el aire a sus pulmones.

—Maya… —su voz ronca hace que mi vientre se contraiga.

—Hola… —sueno inestable y tímida.

—¿Qué haces aquí? —luce confundido y, hasta cierto punto, asustado—. ¿Pasó algo? ¿Estás bien?

—Sí. —Asiento con un hilo de voz, y aprieto los puños, en un intento desesperado por aminorar la ansiedad en mi sistema—. Yo… —me aclaro la garganta y bajo la vista hacia los pies. De pronto, me siento pequeña e indefensa—, necesito hablar contigo.

Él no dice nada, y yo tampoco me atrevo a alzar la mirada para encararlo. La vergüenza, el miedo, la angustia y el nerviosismo apenas me dejan pensar con claridad y, por primera vez desde que emprendí camino hacia acá, me pregunto qué diablos estoy tratando de hacer.

—Entra —dice Harry, tras un largo momento. Entonces, alzo la vista.

Se ha apartado de la puerta y espera a que pase al apartamento.

Cada paso que doy se siente como una horrible tortura; sin embargo, me las arreglo para avanzar hacia el interior de aquel familiar lugar. Me detengo apenas entro y espero a que guíe el camino hacia en la sala.

La estancia luce exactamente igual que antes. No ha habido ni un solo cambio desde que me fui, y eso trae una oleada cálida a mi pecho.

Mi mirada recorre el lugar con lentitud. Quiero guardar cada detalle en mi memoria, así que me tomo mi tiempo para mirar con detenimiento.