Capítulo 40
Mi pulso se salta un latido cuando el teléfono vibra sobre la madera de la mesa de noche. Miro el aparato un par de segundos mientras trato de respirar correctamente. La sola idea de que sea Harry quien me busca, hace que el corazón se me acelere.
Hoy hace una semana desde la última vez que lo vi. Hoy hace una semana que he estado evadiendo lo que no debería evadir. Y sé que soy cobarde e idiota, e inmadura, y todas esas cosas que detesto en una persona… Pero no tengo el valor de enfrentarlo aún.
Estiro la mano hasta alcanzar el mueble junto a la cama de Kim, y algo amargo se apodera de mi pecho cuando veo el pequeño ícono en la esquina superior izquierda. Es un mensaje de texto.
Tecleo la contraseña con dedos temblorosos y abro el mensaje:
«Jeremiah reportándose con el hobbit mayor. Está listo para orinarse en los pantalones cuando usted lo ordene».
El alivio invade mi sistema antes de que un atisbo de confusión me golpee.
—¿Harry? —Kim pregunta, a mi lado.
Estamos viendo una película en su habitación mientras esperamos a que Will llegue de trabajar.
—No —sueno aliviada y decepcionada al mismo tiempo—. Es Jeremiah.
—¿Y ese es…? —Sus cejas se alzan, con curiosidad.
—Un chico que vive cerca de donde vivía antes. —Una pequeña sonrisa sugerente se dibuja en sus labios y ruedo los ojos al cielo—. ¿De verdad, Kim?, ¿de verdad tengo cara de querer salir con alguien después de todo lo que ha pasado?
Es su turno de rodar los ojos.
—Sabes que solo bromeo —masculla.
Estoy a punto de hacer un comentario sarcástico, cuando el sonido de la puerta siendo golpeada, me detiene.
—¡Uh! ¡Debe ser la comida china! —Kim se levanta de la cama de un salto—. ¡Ya vuelvo!
Una sonrisa se desliza en mis labios y tecleo una respuesta para Jeremiah:
«¿Cómo conseguiste mi teléfono, acosador?».
Pasan unos instantes antes de que reciba:
«¿Recuerdas cuando te pedí que me mostraras tu teléfono en el centro comercial? Bueno, pues me llamé y registré tu número. ¡JA! ¿Cómo estás?».
Niego con la cabeza, pero no he dejado de sonreír. Estoy a punto de responderle, cuando escucho una familiar voz ronca en la lejanía. En ese instante, mi pulso se acelera.
—Oh, mierda… —suelto en un susurro bajo y me precipito fuera de la cama para abrir la puerta que da al pasillo.
En ese momento, lo escucho…
—Está evitándome, Kim. —A pesar de ser un siseo bajo, soy capaz de reconocerlo. Podría reconocer su voz en cualquier parte del mundo.
La ansiedad se detona en mi sistema y se arraiga en cada célula de mi cuerpo. Siento cómo toda la sangre se drena de mi rostro y las puntas de mis dedos se hielan ante la expectativa de tener a Harry Stevens solo a unos metros de distancia.
Quiero correr a esconderme. Quiero regresar a la habitación y meterme debajo de las sábanas para dejar que Kim se haga cargo de todo, pero sé que no es lo correcto. Sé que debo enfrentarme a Harry tarde o temprano, así que me obligo a avanzar en dirección a la sala.
Me detengo justo antes de entrar en el campo visual de todo el mundo y escucho con atención.
—Te he dicho que está dormida. —Kim suena tajante y determinante—. No voy a ir a despertarla solo porque tú así lo quieres.
—Necesito hablar con ella. —La desesperación se filtra en el tono de Harry—. Necesito saber por qué carajos está evitándome.
—¿De verdad necesitas que te lo diga? —De pronto, mi amiga suena furiosa—. ¿En serio necesitas una explicación, Harry? ¿No es evidente? ¿No lo deduces?
Un escalofrío me recorre el cuerpo solo porque Kim acaba de hacerle saber a Harry que lo sabe absolutamente todo.
Entonces, viene el silencio.
Cierro los ojos y tomo una inspiración profunda, en un intento desesperado por aminorar el nerviosismo y la cobardía que me invade. Necesito enfrentarlo. Necesito dejar de esconderme si realmente deseo hacerle frente al mundo por mi cuenta.
—Será mejor que te marches. —Kim habla, pero ya me he obligado a caminar.
De pronto, siento los ojos de Harry puestos en mí. Aprieto los puños a los costados y le sostengo la mirada, a pesar de que quiero echarme a correr.
Mi amiga me observa como si me hubiese vuelto loca, pero le regalo una sonrisa tranquilizadora.
—¿Nos dejas solos? —digo.
Ella muerde la parte interna de su mejilla y se cruza de brazos. Su mirada viaja de Harry a mí un par de veces. Sé que no quiere dejarme a solas con él, pero no tiene otra opción. No puedo permitir que se quede a escuchar lo que solo Harry debe oír.
Me mira unos instantes, y sé que trata de decidir qué es lo mejor que puede hacer; pero, finalmente, accede.
—Nada de salir corriendo como lunática detrás de él, Maya. Lo digo en serio.
Una sonrisa avergonzada y triste se apodera de mis labios, y bajo la mirada mientras asiento.
—Lo prometo —digo, pero ella no se mueve. No luce muy convencida.
—Estaré en la habitación —masculla, al cabo de unos segundos—. Solo llámame si necesitas algo.
Avanza hacia el pasillo y se detiene solo para disparar una mirada cargada de advertencia en dirección a Harry.
—Más te vale comportarte, Stevens —advierte. Y entonces, se echa a andar hacia su alcoba.
No despego la vista del pasillo hasta que ella desaparece por la puerta y, una vez que lo hace, me abrazo a mí misma y desvío la vista hacia el suelo.
Sé que está mirándome. Sé que espera a que sea yo quien rompa el silencio, pero soy demasiado cobarde para hablar primero.
—¿Por qué? —Habla, tras un largo momento.
No hace falta que diga otra cosa, porque sé a qué se refiere con esa pregunta. Sé qué es lo que quiere decir en realidad:
«¿Por qué no has respondido? ¿Por qué me evitas? ¿Por qué no quieres verme? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?...».
Mis ojos se cierran y obligo a mis pulmones a tomar una inspiración profunda. Entonces, lo encaro una vez más. Luce desaliñado y descuidado. La barba incipiente en su mandíbula y el cansancio reflejado en sus ojos hacen que sea aún más evidente que no ha estado cuidando de sí mismo.
Una a una… Poco a poco… Como si se tratase de una tortura agonizante, un puñado de rocas se instala en mi estómago, pero no digo nada. Me limito a sostener su mirada penetrante.
El entendimiento se apodera de sus facciones con una lentitud dolorosa.
—¿Me seguiste? —pregunta, pero suena más como una afirmación.
—¿Lo mataste? —Es lo único que puedo articular, pero es suficiente para que su gesto se transforme en una mueca desencajada y angustiada.
—No. —Apenas puede arrancar la palabra de su lengua.
Un pequeño atisbo de alivio se apodera de mí, pero se va tan rápido como llega.
—¿Porque pensaste que era suficiente o porque te detuvieron?
Desvía la mirada y se siente como si me hubiesen golpeado en el estómago. El ardor previo a las lágrimas invade mi garganta y paladar; pero no me muevo ni digo nada. Me quedo ahí, con el corazón hecho un nudo y un millar de sentimientos encontrados colisionando con brutalidad.
Su mirada se alza y da un paso en mi dirección.
—Lo hice por ti, Maya —dice, con un hilo de voz.
—¿De verdad?
Duele. Duele ver su expresión destrozada. Duele estar aquí y tratar de lucir como si fuese un pilar de acero anclado en medio de un tornado. Duele porque no quiero dejarlo, y duele aún más porque sé que necesito hacerlo.
Sé que nos hacemos daño. Que sería capaz de matar por mí, y que no quiero llevarlo a ese punto. No quiero ser la razón por la cual él se pierda.
—Harry, no debiste hacerlo. —Mi voz suena más temblorosa que nunca.
—¡Te amenazó, Maya! —Su voz se eleva un par de tonos.
—Y aun así no debiste hacerlo. —Trato de sonar firme—. Pude haber levantado una denuncia contra él y Nadia, pero ahora no podré hacerlo porque tú interviniste. Porque lo moliste a golpes y trataste de prenderle fuego. —Mi voz se quiebra—. Porque podría perjudicarte si levanto una denuncia ahora.
—¡¿Y debía quedarme de brazos cruzados cuando casi te mata?! —La ira en sus facciones es evidente.
—¡Sí! —igualo su tono de voz. De pronto, el enojo se apodera de mi cuerpo. Estábamos tan bien. Yo era tan feliz… ¿Por qué demonios tuvo que hacerlo? ¿Por qué tuvo que reaccionar como lo hizo?—. ¡Debiste quedarte de brazos cruzados! ¡Debiste esperar a que decidiera actuar de forma legal!
Él niega con la cabeza una y otra vez.
—Estás loca si crees que Rodríguez iba a permitir que Tyler se pudriera en la cárcel. Lo habría sacado de inmediato y las cosas habrían sido peores. —Se ha tranquilizado, pero su voz sigue sonando como si quisiera gritar y hacer caer el edificio.
Sé que tiene razón. Que es probable que eso hubiese ocurrido, pero me niego a aceptarlo.
—¿Y se supone que debo aceptar, entonces, que bañes a personas en gasolina? —La desesperación hace su trabajo y un par de lágrimas se me escapan—. ¿Que debo aceptar el peligro que conlleva estar contigo? ¿A esa persona en la que te transformas cuando te enojas?
Su mandíbula se aprieta, y un músculo salta a la vista en esa zona. Sus ojos se han llenado de lágrimas y la frustración invade sus facciones.
—Se supone que debes querer estar conmigo —dice, con la voz enronquecida y temblorosa—, pero si no lo haces yo…
Se detiene y espero.
—Si no lo hago, ¿qué?
—Si no lo haces… —Traga duro—. Será mejor que esto termine.
Se siente como si hubiesen arrancado algo de adentro de mi pecho, pero me obligo a mantener la expresión en blanco.
—Quiero estar contigo, Harry —suelto, en un susurro dolido—; no con Bestia.
Una sonrisa amarga se dibuja en sus labios; sin embargo, el gesto no toca sus ojos.
—No hay tal cosa como Harry y Bestia —dice—. Solo soy yo, Maya. Soy ambos: Harry y Bestia; y no puedes tenerlos por separado.
Las lágrimas vienen como un torrente incontenible y doloroso ahora.
—Estoy jodido, Maya —continúa—, yo te lo dije. Te lo advertí…
Y sé que lo hizo. Una y otra vez. Y sé que no quise escucharlo.
Que traté de ignorar todas las señales. Todas las veces que estalló de la nada delante de mis ojos, la violencia y el odio acumulado a causa del daño que le hicieron en el pasado, los rencores y resentimientos hicieron esto de él…
Todo eso lo transformó en una sombra de lo que fue y, al mismo tiempo, lo convirtió en un boceto de lo que podría llegar a ser si sigue andando por ese camino.
—Lo sé, Harry —sonrío, entre lágrimas—. Y lo acepté en ese entonces, pero no quiero hacerlo ahora. No puedo. Necesito paz y tranquilidad. Necesito estabilidad emocional. Necesito todo eso que no eres capaz de ofrecerme porque estás muy ocupado siendo Bestia como para siquiera intentarlo.
Él baja la mirada y asiente.
—Tienes razón. —Sus palabras terminan por destrozar y hacer añicos cualquier vestigio de esperanza absurda que guardaba—. No puedo darte eso que tú quieres, Maya.
Es mi turno de desviar la mirada. La sensación de pérdida es tan arrolladora, que apenas puedo mantener mis piezas juntas…
—¿Maya? —Su voz hace que mi atención se fije en él. Sus ojos verdes están clavados en mí y odio la oleada de sensaciones que me provocan—. Esto no va a cambiar nada… Pero, si esta es la última vez que voy a verte, quiero que sepas que te amo.
Las palabras retumban y estallan en mi cabeza.
Se estrellan contra mi pecho y se arraigan con tanta intensidad, que me quedo sin aliento. Mi boca se abre para decir algo, pero estoy tan impactada, que no puedo encontrar mi voz para hablar.
—Gracias, por haberme dado lo que me diste.
Por ver más allá de las cicatrices. Gracias, Maya.
Gracias por todo —sonríe—. Y no estoy diciéndote esto porque desee que me aceptes.
Lo digo porque no voy a cambiar. No voy a dejar de ser quien soy.
Soy Bestia y soy Harry; y te amo como ambos, pero si no puedes amarme de esta manera… no puedo hacer nada.
—Harry, por favor… —suplico—, por favor, solo… déjalo. Si tú quisieras, podrías…
—¿Qué, Maya? —verdadero dolor atraviesa sus facciones—.
¿Dejar el mundo de mierda en el que me metí?
¿Crees que puedo hacerlo? —Una risa carente de humor brota de su garganta—.
Te dije que no podía. Te lo dije antes y te lo digo ahora: no puedo dar marcha atrás.
Esto… —se señala a sí mismo—, es todo lo que puedo ofrecerte.
Ni siquiera puedo prometerte estabilidad, porque sé que no la tengo.
Tienes razón, Maya. No estoy dispuesto a prometerte nada. No puedo hacerlo. Lo siento.
—Harry, por favor… —comienzo, en medio de un sollozo, pero él alza una mano para detener mis peticiones absurdas y lastimosas.
—Se acabó, Maya —dice, pero suena como si su voz estuviese a punto de romperse. Mi aliento se acaba, mi corazón se estruja, mi pecho duele y todo dentro de mí se destroza a una velocidad inhumana y cruel—. Lo siento.
El silencio lo invade todo durante unos instantes antes de que Harry se encamine hacia la puerta.
La madera de la entrada se abre, pero se detiene en ese momento y mira por encima de su hombro durante un segundo.
Luce como si quisiera decir algo, pero no lo hace.
Se limita a asentir en mi dirección y salir del apartamento, dejándome con un mar de lágrimas contenidas y un vacío inmenso dentro del pecho.
Se va, dejándome a mi merced. Se va porque así lo he pedido.