Capítulo 34 #2
Harry conduce un par de calles antes de que comencemos a discutir sobre alguna actividad que podamos hacer, que no implique estar rodeados de gente. Sé que va a sentirse más tranquilo consigo mismo si estamos en un lugar que no le ponga los nervios de punta.
Opto por sugerir algún parque. La idea de comprar un helado y sentarme en el pasto húmedo es más que agradable y él parece encantado con la propuesta, así que decide llevarnos hasta el Golden Gate Park.
Yo me siento como una niña cuando menciona el rumbo de nuestro camino. Hace años que no visito ese lugar a pesar de vivir a escasos cuarenta minutos de distancia.
La reserva es inmensa. Son alrededor de cinco kilómetros de hermosos rincones para ver. Hay una parte de ella que está pegada a la playa y, según sé, cerca de ahí también vive una manada de búfalos americanos.
Es imposible recorrer todo el lugar en un solo día, pero en realidad no me importa demasiado. Lo único que deseo, es caminar sin rumbo alguno de la mano de Harry, justo como hacen las parejas normales en citas normales.
No sé por cuánto tiempo hemos caminado, pero no debe de haber sido mucho, ya que no me siento cansada en lo absoluto.
Harry ha estado de un humor ligero y juguetón todo el tiempo y ese es un cambio refrescante en él.
Sus dedos y los míos no han dejado de tocarse ni un segundo y, por primera vez desde que lo conozco, parece realmente desinteresado de las miradas curiosas dirigidas en nuestra dirección.
Pareciera como si estuviese cómodo con esas marcas que siempre parecen cohibirlo y agobiarlo.
Finalmente, tras quince minutos más de andar ligero, encontramos a un heladero ambulante y compramos un par de enormes conos, antes de sentarnos cerca de uno de los lagos artificiales más grandes del lugar.
La charla entre nosotros no ha cesado ni un momento desde que llegamos. Hemos hablado acerca del tipo de niñez que tuvimos, de nuestras costumbres familiares, amigos antiguos y anécdotas amenas sobre los ridículos que hicimos en nuestra infancia.
No me sorprende para nada ser quien ha acumulado más momentos vergonzosos a lo largo de su vida. Soy la torpeza hecha persona y no puedo hacer nada para ocultarlo.
Estamos justo a la mitad de una discusión acerca de una serie de televisión, cuando su teléfono suena.
Hace una mueca de disculpa y toma el aparato antes de mirar el identificador de llamadas. Su expresión se ensombrece por completo.
—¿Qué? —No me sorprende el tono brusco que utiliza al responder.
La persona del otro lado del teléfono habla, pero no logro escuchar nada. La expresión de Harry es hielo puro y me desconcierta cuán rápido es capaz de pasar de ser un chico dulce y amable, a uno hosco y violento.
—Estaré ahí —espeta, con dureza. Entonces, finaliza la llamada.
Quiero preguntar quién era, pero no se siente correcto hacerlo. No cuando su expresión sigue siendo intensa y hostil.
—¿Está todo bien? —pregunto, en su lugar.
Él toma una inspiración profunda y cierra los ojos antes de asentir.
—Sí —dice—. Era Tyler. Tengo trabajo que hacer mañana.
El silencio nos invade.
—¿Qué clase de trabajo?
Él ríe sin humor.
—¿De verdad quieres saberlo? —Sé que trata de sonar irónico, pero suena más bien aterrorizado.
—Sí.
Mi respuesta parece sacarlo de balance, ya que enmudece por completo.
—No quiero hablar de eso ahora, Maya.
—No quieres hablar de eso nunca. —No pretendo que suene como un reproche, pero lo hace—. Voy a volverme loca si no me lo dices todo de una buena vez. —Espero un momento, y entonces, añado en voz baja—: Dijiste que lo harías.
Una inspiración temblorosa y ansiosa es inhalada por sus labios en ese momento.
—Tienes que prometer que… —duda un momento—. Tienes que prometer que no vas a mirarme diferente después de esto.
Mi única respuesta es un apretón de mano.
—Te quiero, Harry. Nada va a cambiarlo —añado con suavidad.
Él mira más allá del lago artificial y su expresión se transforma en una llena de incertidumbre, arrepentimiento y miedo.
—Conocí a Tyler pocos días después de que me fui de casa —comienza, tras un silencio largo y tirante—.
Tenía tres días durmiendo en la banca de un parque, cuando un grupo de idiotas me asaltó y me quitó todo lo que tenía.
Salí huyendo con las pocas pertenencias que me quedaban y, esa noche, llegué al muelle donde fue la fiesta de la otra noche.
—Se detiene, con la vista fija en la nada—.
Caí rendido afuera de una de las bodegas.
Tyler estaba ahí, escondido entre unas cajas.
Tampoco tenía un lugar donde dormir, así que intercambiamos un par de palabras esa vez.
Él trabajaba en ese muelle cargando cajas por las mañanas.
Le pagaban una miseria, pero le daba para comer dos veces al día.
—Una sonrisa triste se desliza en sus labios—.
A la mañana siguiente, decidí quedarme y hacer lo mismo que él.
Empezamos a trabajar duro como cargadores y, al poco tiempo, Tyler desertó.
Un día, simplemente, dejó de ir. —Moja sus labios con la punta de su lengua—.
Yo seguí trabajando y al cabo de unas semanas tuve suficiente dinero para pagar la renta en un horrible lugar.
El dueño de una de las bodegas me ofreció un trabajo fijo y, por supuesto, lo acepté.
La opresión dentro de mi pecho es tan intensa, que temo que pueda estallar en cualquier instante. Me acerco a él un poco más y me regala una mirada fugaz y una sonrisa triste.
—Vivía al día. No ganaba mucho dinero, pero tenía un techo sobre mi cabeza y eso era más de lo que tenía antes de abandonar a mi mamá.
—Harry sigue hablando—. Pasaron varios meses antes de que volviera a saber de Tyler.
Él estaba haciendo un montón de dinero trabajando para Rodríguez.
Me habló acerca de lo que hacía y de cuán bien le pagaban por hacerlo.
Me ofreció ser parte, pero me negué por completo.
Estaba demasiado asustado como para aceptar entrar a ese mundo.
—Hace una pequeña pausa—. Sin embargo, él y yo seguimos frecuentándonos.
Salimos a beber muchas veces juntos… Una noche, le hablé sobre el incendio, el juicio, el tipo que me desfiguró la cara…
Se lo conté todo en medio de una borrachera.
—Luce arrepentido—. Él dijo que, si yo quería, podía deshacerse del imbécil que me deshizo el rostro y…
—vacila—. Y yo le dije que nada me haría más feliz.
—Me quedo sin aliento—. Sé que no es justificación alguna, pero estaba cegado por la ira, el odio y el rencor.
Quería hacerle pagar a ese imbécil por todo lo que me hizo...
—Oh, Dios mío… —susurro, pero Harry sigue sin mirarme.
—Tyler lo mató —dice, en tono siniestro y oscuro—.
Lo mató delante de mis narices. Aun cuando el tipo me suplicó perdón de rodillas…
—Niega con la cabeza—. Esa noche me perdí por completo.
Supe que no había marcha atrás. Que jamás volvería a dormir tranquilo porque una persona había muerto gracias a mí.
Porque alguien dejó de existir solo por capricho mío…
—Su voz se quiebra un poco—. Entonces, la ira y la avaricia vencieron en mí.
No tenía nada que perder. No iba a volver a casa y tampoco iba a pretender que nada había ocurrido.
—Niega una vez más—. Me sentía en deuda con Tyler de cierto modo y, al mismo tiempo, me sentía vacío por dentro.
Nada de lo que hiciera importaba. Y ya nada podía joder más mi existencia…
así que acepté el trabajo que Tyler me ofrecía.