Capítulo 18 #3
Nos encamina hasta una de las mesas vacías del fondo —por petición de Harry—, y se aleja una vez que una de las meseras se acerca a dejar un par de menús.
La chica menciona los especiales del día y se retira sin darnos una segunda mirada.
Durante todo ese tiempo, Harry ha permanecido con la cabeza agachada.
Una vez que la mujer se retira, alza la vista y me observa.
Luce torturado, agobiado y arrepentido. En ese momento, mi pecho se contrae con una emoción apabullante.
Estiro mi mano para alcanzar la suya por encima de la mesa, pero él la retira.
Una punzada de dolor me escuece las venas, pero trato de mantener la expresión neutral.
Quiero decir algo —lo que sea— para disminuir la incomodidad, pero nada viene a mi mente.
Pruebo con un comentario acerca de la bonita iluminación del lugar, pero él no parece haberme escuchado.
Su vista recorre la estancia una y otra vez, y eso me hace sentir cada vez más inquieta.
Sé que no quiere estar aquí. Sé que está concentrado en la multitud a nuestro alrededor a pesar de que nadie está mirándonos; y, sobre todo, sé que esto va a ser un fracaso si no se olvida de todos sus complejos ahora mismo.
—Harry, no tenemos que estar aquí si no quieres —digo, tras un largo silencio.
Sus ojos encuentran los míos.
—Estoy bien. —Me regala una sonrisa que no toca sus ojos.
—No luces bien —apunto.
De pronto, su mueca se transforma en una expresión exasperada y molesta.
—Estoy haciendo esto por ti, Maya —sisea con irritación—, dame un poco de crédito.
Sus palabras son como una bofetada y la ira se apodera de mí con rapidez.
—No necesito que hagas nada por mí —siseo de vuelta—. Creí que querías salir conmigo, pero si vas a estar al pendiente de un puñado de personas que ni siquiera te miran, entonces vámonos.
Por un doloroso momento, creo que va a levantarse y va a pedirme que nos marchemos, pero no lo hace. Se limita a cerrar los ojos con fuerza, e inhalar profundo.
—No quiero pelear contigo. —Su voz suena inestable y ronca… derrotada—. No hoy. No cuando luces así de bonita.
Sin pensarlo dos veces, me pongo de pie.
Luce aterrorizado por mi acción, pero no me importa. La expresión asustada en su rostro, se transforma en una cargada de confusión.
No sé muy bien qué estoy haciendo, pero no me detengo. Él recarga su espalda en el respaldo de la silla y alza la vista para mirarme. Me inclino hacia adelante y ahueco su rostro entre mis manos antes de besarlo. Mi lengua busca la suya en ese momento y un gemido ronco brota de su garganta.
No reacciona de inmediato, pero, cuando lo hace, corresponde a mi beso con avidez. Una mano grande se coloca en la parte trasera de mi cabeza y me presiona contra él.
Cuando nos separamos, une su frente a la mía. Sus ojos están fijos en los míos, y soy capaz de notar cómo el miedo se disipa de su expresión.
—Necesitaba eso. —Su voz suena más ronca que de costumbre.
Una pequeña risa me asalta, y presiono los labios contra los suyos una vez más.
—Podemos irnos en el momento en el que lo desees —susurro contra su boca—. Solo quiero estar contigo, Harry. No importa dónde.
—Estoy bien. —Asegura mientras aparta un mechón de cabello lejos de mi cara—. Ahora estoy bien.
Me mojo los labios con la punta de la lengua y él mira la acción. Sus ojos se oscurecen notablemente, pero no dice nada. Se limita a sonreír y a acariciar mi pómulo con la yema de su pulgar.
De pronto, su vista hace un recorrido fugaz por todo el lugar y una risita ronca lo asalta.
—¿Tienes idea de cuántas personas nos miran ahora? —dice con aire reprobatorio, pero luce divertido.
Me encojo de hombros mientras me aparto. Trato de lucir casual, pero estoy avergonzada. Acabo de dar un espectáculo, pero no me arrepiento en lo absoluto. Jamás me arrepentiría de algo que hiciera que Harry Stevens sonriera como lo hace ahora mismo.
Miro de reojo alrededor y me doy cuenta de cuántas personas nos observan con curiosidad y diversión. El rubor sube por mi cuello hasta apoderarse de mi rostro, pero hago acopio de toda mi dignidad para volver a sentarme.
—Podría acostumbrarme a este tipo de atención. —Harry observa. No ha dejado de sonreír. Los hoyuelos están profundamente marcados en sus mejillas y me siento satisfecha por haber puesto esa sonrisa en su rostro.
—Yo podría acostumbrarme a tu sonrisa. —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda procesarlas y siento cómo el rubor en mi cara incrementa.
La calidez invade su expresión, y estira su mano para alcanzar la mía por encima de la mesa.
—Eres la mujer más hermosa que existe —dice en un susurro dulce—. Lo sabes, ¿cierto?
—No lo soy. —Niego con la cabeza, pero estoy eufórica.
—Lo eres para mí. —Su ceño se frunce con fingida indignación—. Y, honestamente, no me importa lo que digas.
Una sonrisa idiota abre su camino en mis labios solo porque nunca nadie me había hecho sentir de esta manera.
—¿Estás listo para ordenar? —Mi voz suena cargada de emoción reprimida, pero no me importa.
—Estoy listo ahora. —Me guiña un ojo y levanta mi mano para depositar un beso en el dorso.