Capítulo 16 #2
Reviso un par de carpetas, pero no hay nada; solo el contrato de compraventa del piso y unas cuantas facturas con el concepto de «remodelación». Los cajones están llenos tarjetas de presentación, cupones de descuento vencidos, y una cantidad ridícula de encendedores y cerillos.
La palabra «pirómano» toma un nuevo significado. No sabía que Harry guardaba cosas como estas por todo el apartamento.
Trato de concentrarme en la tarea que me he impuesto; pero no puedo hacerlo cuando lo único que encuentro son cosas con las que se puede iniciar un incendio.
«¡Tiene que haber algo en algún lugar!».
Me niego a creer que Harry es un delincuente. Me niego a pensar que el chico que me salvó tantas veces sea capaz de matar a alguien solo porque se lo ordenan. Harry no es una mala persona, ¿o sí?...
Reviso el resto de muebles en la sala, pero no encuentro nada incriminatorio. Me apresuro por el pasillo hasta la habitación y reviso los papeles encima del escritorio, pero tampoco encuentro nada ahí.
La desesperación y la ansiedad se apoderan de mi sistema con rapidez y me siento asqueada de mí misma por lo que estoy haciendo.
Niego con la cabeza una y otra vez hasta que me deshago del remordimiento de consciencia y me concentro en la búsqueda que me he impuesto.
Dentro de una de las gavetas de la mesa de noche, encuentro el número telefónico de una chica, y no reprimo el impulso que tengo de tirarlo a la basura. Entonces, me apresuro al armario y empiezo a remover la ropa doblada sobre los paneles de madera. Ahí tampoco hay nada.
Eventualmente, encuentro la fotografía enmarcada donde sale junto a su novia fallecida y procuro no detenerme a mirarla demasiado. La imagen sigue causando cosas desagradables en mí.
Remuevo la ropa con más desespero y, entonces, veo un montón de cajas de plástico grueso escondidas detrás de las playeras dobladas. El corazón me da un vuelco y me estiro para alcanzarlas. Parecen pequeños maletines plásticos y no pesan demasiado.
Cuando tengo los estuches en mis manos, salgo del reducido espacio y echo una mirada rápida al pasillo. Si Harry regresa y me encuentra hurgando en sus cosas va a ponerse furioso.
En el momento en el que abro uno de ellos, la sangre me abandona el rostro.
Es una pistola. Una diferente a la que siempre lleva consigo.
En ese instante, me apresuro a abrir todas y cada una de las cajas de plástico, y me congelo cuando contemplo lo que contienen...
Son armas. Un montón de ellas. De distintos tamaños y estilos. Todas meticulosamente acomodadas dentro de los compartimentos recubiertos de esponja. El pánico se asienta en mi estómago como un puñado de rocas y mi boca se seca al instante. Quiero gritar.
—Oh, Dios… —Las palabras salen de mi boca en un susurro tembloroso.
Esto no está bien. Sé que hay gente que tiene permisos para tener una pistola en casa por precaución, pero ¿tantas? ¿Para qué necesita tantas?
No sé cuánto tiempo pasa antes de que reaccione y me apresure a cerrar las cajas esparcidas en el suelo para acomodarlas en su lugar. Trato de colocarlas en el lugar exacto donde las encontré, pero no estoy segura de haberlas metido en el panel correcto.
Cientos de escenarios inundan mi cabeza y ninguno es bueno. Las dudas y el miedo me impiden pensar con claridad.
Quiero reír, gritar, llorar y correr. Todo al mismo tiempo. Sin embargo, no me muevo. No puedo hacerlo.
Salgo del armario y contemplo el desastre que he hecho. Mi mente sigue corriendo a mil por hora en busca de una respuesta, pero sé que no hay nada que justifique la cantidad de armas que guarda en su armario.
—¿Encontraste lo que buscabas? —La voz ronca, arrastrada y profunda a mis espaldas me eriza la piel en un segundo.
Puedo jurar que toda la sangre del cuerpo se ha agolpado en las plantas de mis pies. Mis ojos se aprietan con fuerza y, por primera vez en mucho tiempo, no lucho contra el miedo que me atenaza el corazón.
Quiero encararlo, pero sé que no estoy lista para hacerlo. Una mezcla de vergüenza, miedo y enojo se apodera de mis entrañas.
Me giro lentamente y, entonces, lo veo…
Harry Stevens está justo frente a mí. La distancia entre nosotros no es suficiente. Necesito alejarme, pero no puedo moverme. La poca iluminación tiñe su rostro con sombras, y eso lo hace lucir más siniestro y peligroso que nunca.
Su mandíbula angulosa está apretada con fuerza, su cuerpo está completamente erguido y no hay indicio de aquel porte desgarbado que lo caracteriza.
Luce como un depredador frente a su presa.
La frialdad en su mirada lo hace lucir cruel, su postura amenazante lo hace lucir salvaje, y yo no puedo dejar de mirarlo.
—¿Se te perdió algo ahí dentro? —La tranquilidad en su voz suena errónea. Quiero responder algo, pero no encuentro nada para decir. Trato de idear una mentira, pero nada viene a mí. Una sonrisa amarga se apodera de sus labios y me mira de pies a cabeza.
—¿Qué te dijeron sobre mí? —insiste.
—No me dijeron nada —tartamudeo con un hilo de voz.
Una carcajada corta y amarga lo asalta, y niega con la cabeza.
—Sé que se dicen muchas cosas, Maya. —Avanza en mi dirección con mucha lentitud.
Parece un león a punto de atacar—. No soy estúpido.
El vago de tu amigo seguro dijo algo, ¿no es cierto?
... Te dijo algo y creo tener una idea de qué es.
—Su vista se posa durante un ligero instante en el desastre del armario y dice—.
Quiero suponer, también, que las has encontrado.
Habla de las armas. Mi corazón parece saltarse un latido, pero me las arreglo para dar un paso hacia atrás, a pesar de que sé que pronto golpearé contra el armario.
—¿Es cierto? —Hablo, con un hilo de voz. Necesito saberlo todo de una maldita vez. Necesito saber si lo que dijo Jeremiah es verdad.
No responde.
Sigue avanzando y yo sigo retrocediendo. El miedo se transforma en terror en el momento en el que mi espalda choca contra la madera del mueble a mis espaldas y un grito amenaza con abandonarme.
Él no se detiene y, de pronto, invade mi espacio vital.
—¿De verdad quieres saberlo? —Su voz es un susurro ronco y profundo. Su aliento me golpea la mejilla y, por un instante, me siento aturdida y aterrorizada. El aroma a alcohol me inunda las fosas nasales, pero, por primera vez en la vida, no es eso lo que me aterra.
—Sí —digo, en un susurro.
Sus ojos me analizan a detalle, y toda la carne se pone de gallina con su intensa inspección.
—Todo es verdad —dice, tras un silencio tenso y tirante.
Quiero que se eche a reír o que diga que está jugando conmigo… pero no lo hace. El nudo en mi estómago se aprieta y el pánico aumenta.
«¿Qué demonios está pasando?».
—¿Por qué me lo dices ahora? —Sueno indefensa y asustada, pero es exactamente como me siento.
Se encoge de hombros en un gesto despreocupado, pero hay un destello angustiado en su mirada.
—Porque ya me cansé de jugar al chico bueno. —Se acerca un poco más, de modo que siento su respiración justo en la comisura de mi boca—. No soy una buena persona, Maya. Nunca lo he sido.
Lo miro a los ojos.
—No te creo. —La determinación en mi voz, me toma por sorpresa. Él también luce aturdido por un instante, pero su mueca se recompone casi de inmediato.