Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

No voy a detenerme. Voy a correr hasta que no pueda más. Voy a correr hasta que las extremidades se desprendan de mi cuerpo y, cuando eso suceda, voy a arrastrarme por el cemento hasta que haya un mar de distancia entre ese hombre y yo.

Choco contra algo blando.

El golpe es tan fuerte, que me quedo sin aliento por unos instantes.

Unos brazos fuertes me sostienen y me estabilizan antes de que pueda registrar qué acaba de suceder.

Entonces, mi atención se fija en el chico delante de mí.

Estoy demasiado agitada como para sentirme asustada, así que solo lo miro directamente mientras que doy un paso lejos, solo para poner distancia entre nosotros.

Mi vista se vuelca hacia atrás con aire ansioso. Sé que busco la figura de mi padre corriendo a toda velocidad para encontrarme, pero ahí no hay nada.

No me siguió. Si lo hizo, ya lo perdí.

Una vez que compruebo que no hay nada que temer, vuelvo a mirar al chico contra el que impacté.

Es alto, pero no tanto como el chico con el que comparto el techo. Sus ojos castaños me miran con curiosidad, y sus labios reprimen una sonrisa burlona.

—¿Estás bien? —pregunta con voz ronca y acento golpeado.

—Sí. —Sueno agitada y temblorosa debido a mi carrera apresurada.

—No luces bien —observa. Esta vez, una sonrisa se apodera de su boca.

Hago una mueca de desagrado.

—Gracias —mascullo.

—¿De quién huyes? —Mira detrás de mí, pero sé que no va a encontrar nada.

—Un tipo venía siguiéndome —miento, y vuelvo a revisar la calle en busca de la imagen del hombre borracho al que tanto miedo le tengo.

—Puedo ayudarte a esconderte. Mi casa está a unas calles de distancia. —El chico introduce las manos en sus bolsillos. Mi vista se clava en él y, sin que pueda evitarlo, río. Una carcajada sin humor me brota de la garganta y luce confundido.

—Me crees estúpida, ¿cierto? —suelto, sin siquiera pensarlo—. No voy a ir contigo a ningún lado.

Me giro para volver sobre mis pasos, cuando una mano se enreda en mi antebrazo. Yo me libero de un movimiento violento. Entonces, doy un paso lejos.

—¡Si vuelves a ponerme una mano encima voy a romperte la nariz! —espeto.

Sus cejas se alzan al cielo y levanta las manos como quien está siendo amenazado con un arma.

—¡Tranquila! —exclama, pero no ha dejado de sonreír con nerviosismo—. No voy a secuestrarte. Solo iba a decirte que, volviendo la esquina, hay una tienda de abarrotes. Es de mi mamá, puedes quedarte ahí el tiempo que necesites. Solo dile que eres amiga de Jeremiah.

De pronto, el reconocimiento me golpea.

—¿Eres hijo de la señora Johnson? —digo, medio sorprendida y medio incrédula.

La señora Johnson es famosa por ser la única capaz de mantener una tienda de abarrotes durante más de diez años en este barrio. Normalmente, los negociantes renuncian a tratar de comercializar en esta zona. La tasa de delincuencia es tan alta, que nadie se atreve a invertir en un local por aquí.

Su sonrisa se ensancha con socarronería y me guiña un ojo.

—¿Te ha hablado sobre mí?

No reprimo el impulso que tengo de rodar los ojos al cielo.

No tengo tiempo para esto, así que, sin decir nada, me echo a andar por la calle en dirección al edificio del que venía huyendo.

Tengo la esperanza de que mi papá ya no esté ahí.

Tengo la esperanza de que, quizás, haya salido a buscarme.

Eso podría darme unos valiosos minutos para entrar al apartamento de Harry antes de que regrese.

—¡Oye, espera! —Jeremiah grita a mis espaldas, pero ni siquiera me digno a mirarlo—. ¡Joder! ¿Qué necesidad hay de ser tan difícil, mujer?

—¿Podrías, por favor, dejarme en paz? —Lo miro con todo el enojo que puedo imprimir.

—Por suerte para ti, las mujeres difíciles me encantan. —Ignora por completo mi petición.

Casi me echo a reír en ese momento. Me detengo y él también lo hace.

—No voy a volver a repetirlo, ¿de acuerdo?... Déjame. En. Paz. —Hago énfasis en cada palabra para que le quede claro, pero eso parece divertirlo aún más.

—Cuéntame lo que mamá te ha dicho sobre mí —dice, mientras continúo mi camino. El chico trota para alcanzarme y acelero el paso.

—¿Sabías que te llama «bebé»? —digo, porque es cierto. Todo este tiempo creí que Jeremiah era un niño de seis años como mucho.

Lo miro de reojo solo para comprobar que lo sabe. Su mueca incómoda lo delata por completo.

—Tiene formas extrañas de amarme —masculla.

—Habla de ti como si fueses un niño —refuto—, pero no me sorprende. Actúas como uno.

La irritación ha hecho que el miedo previo se vaya y me siento extrañamente valiente alrededor de este chico. Quizás es lo irritante que me parece en primera instancia. Tal vez, solo es su aspecto amable y desgarbado. Lo cierto es que no es, ni de cerca, tan imponente como Harry.

—¿Cómo te llamas? —pregunta.

Otra risotada sin humor se me escapa.

—No voy a decirte mi nombre —respondo, tajante.

—¿Por qué no? —Su voz se eleva un par de tonos y lo hace sonar como un niño de verdad—. ¡Soy un buen chico! ¡Lo juro!

Me detengo y lo encaro.

—Deja de seguirme. No voy a decirte cómo me llamo. No estoy interesada. —espeto.

—¡No te sigo! —La fingida indignación de su tono, me hace querer golpearlo—. ¡Te acompaño a casa! Así no tienes que lidiar con asaltantes.

—¡Oh, por el amor de…! —reprimo el resto de la frase y sigo andando.

Jeremiah camina a pocos pasos de distancia de mí, y eso me pone los nervios de punta. Quiero que se marche. Quiero que me deje en paz y, al mismo tiempo, agradezco que esté cerca. Una parte de mí espera que papá no quiera acercarse a mí si estoy acompañada.

—Aquí vivo. Puedes marcharte —digo, cuando llegamos al edificio.

Jeremiah inspecciona el vestíbulo con la mirada y asiente.

—De acuerdo —dice—. Ahora dime cómo te llamas y me iré.

—¿Qué?

—No me marcharé si no me dices cómo te llamas.

—Tengo novio, ¿sabes? —miento—. Vivo con él y no le va a gustar verte acosándome.

—No te acoso. —Se encoge de hombros—. Solo quiero saber tu nombre.

Aprieto la mandíbula.

—Si te digo mi nombre, ¿vas a marcharte?

—Por supuesto.

Tomo una inspiración profunda.

—Me llamo Maya.

—Maya… —Prueba mi nombre en sus labios.

Sin darle tiempo a decir algo más, me precipito hacia las escaleras y subo lo más rápido que puedo. El corazón no ha dejado de latirme a una velocidad inhumana, pero no me detengo ni un instante al pasar por el piso en el que vive mi papá.

Una vez dentro del apartamento de Harry, me relajo. Me tomo unos instantes antes de caminar hacia la sala. Espero encontrarlo ahí, absorto en su computadora o mirando la televisión como siempre suelo hallarlo; sin embargo, no es eso lo que sucede.

La estancia está vacía en su totalidad, y es entonces cuando noto el silencio sepulcral.

—¿Harry? —Lo llamo en voz alta, pero nadie responde.

Frunzo el ceño, confundida, pero me digo a mí misma que no es nada. Soy yo quien ha llegado más temprano de lo usual. Seguramente, Harry siempre llega a casa más tarde.

No obstante, una vocecita en mi cabeza susurra con sorna que Harry no va a aparecer, que nuestros planes han sido cancelados, y que lo mejor que puedo hacer es irme a la cama temprano por una vez en la vida.

Me obligo a apartar los pensamientos negativos, y me apresuro a llegar al baño. Con suerte, tendré un par de valiosos minutos antes de que Harry esté aquí. Quizás pueda emplear ese tiempo para hacer algo por mi cabello y elegir algo decente para usar.