Capítulo 10 #2
—Yo también saldré —suelto con más hostilidad de la que pretendo—. ¿Por qué no te quedas a esperarla tú? No es como si yo tuviese la obligación de avisarle a tu conquista que…
—Espera, ¿qué? —me interrumpe. Me mira como si me hubiese vuelto loca—. Johannah no es una… conquista.
La vergüenza se apodera de mí a toda velocidad y siento el rubor calentándome el rostro. Desvío la mirada.
—Como sea. No es como si me importara —mascullo.
—Johannah es la señora que se encarga de hacer el aseo. —La suavidad en la voz de Harry hace que las ganas de enterrar la cabeza en el suelo aumenten.
Me siento más idiota que antes, pero trato de no lucir muy impresionada.
—Yo puedo hacerlo —digo, con convicción.
—Ya lo hace ella. —Su respuesta no es hostil, pero sí determinante. No va a dejarme limpiar su casa.
—Podrías ahorrarte ese dinero si me dejaras hacerlo y yo me sentiría mejor conmigo misma si…
—No, Maya —dice, tajante—. Ella lo hace y no está en discusión.
Mi mandíbula se aprieta, pero me trago la réplica que quiero espetarle. No puedo entender qué tiene de malo que sea yo quien lo haga.
—Como quieras… —mascullo en voz baja y me pongo de pie para encaminarme a la habitación. Sé que estoy comportándome como una verdadera idiota, pero me siento molesta y humillada.
Otra maldición suena a mis espaldas.
—No es por ti, ¿de acuerdo? —medio grita—. La mujer es condenadamente terca y no me deja darle dinero solo porque sí; es por eso por lo que permito que haga el aseo —explica—. Creo que se llevarían muy bien. Son igual de orgullosas.
Me vuelco para encararlo. No sé qué decir, pero su sonrisa exasperada le quita toda la tensión al momento.
—Volveré en un par de horas, ¿de acuerdo? —dice y asiento; incapaz de pronunciar palabra alguna. Harry me observa un segundo más, antes de salir del apartamento.
Johannah llega una hora después de que Harry se marcha.
Ya me he duchado para ese entonces, así que no tengo que avergonzarme por mi aspecto por una vez en la vida.
Es la señora más dulce que he conocido jamás.
Ha pasado la mañana parloteando mientras limpiamos.
No iba a dejarla trabajar sola, por supuesto.
Me contó cómo conoció a Harry. Fue una gran sorpresa saber que lo conoce desde que era pequeño.
Al parecer, su hijo y él son —o fueron. Aún no me queda claro— amigos cercanos.
Ella no parece tener una buena relación con su primogénito, pero ha mantenido contacto con Harry a pesar del paso de los años.
La familia de Johannah es numerosa y el empleo que tiene su marido apenas da para pagar los gastos.
Me contó cómo anduvo de trabajo en trabajo antes de empezar a limpiar casas.
Tengo entendido que Harry se ofreció a ayudarla con la economía mientras todo se solucionaba, pero que ella se negó rotundamente.
Al parecer, ahora Harry le da una ridícula y gigantesca —según sus palabras— cantidad de dinero por limpiar su apartamento una vez por semana.
No deja de sorprenderme la nobleza de Harry.
No puedo entender cómo es que una persona puede ser así de generosa.
No había conocido nunca a una persona que hiciera algo por los demás sin esperar nada a cambio.
—Solo hace falta la habitación y la cocina —dice Johannah, una vez que hemos terminado con la sala.
—Me gustaría ser quien limpie eso. —Hago una mueca de disculpa—. He hecho un desastre en ese lugar y no es justo que alguien más trabaje por algo que yo he hecho.
Ella hace un gesto desdeñoso con una mano.
—¡Tonterías! No es ninguna molestia para mí limpiar la habitación —dice.
—¿Qué le parece si yo me encargo de ella y usted de la cocina? Así terminamos más pronto —ofrezco. Ella duda unos instantes, pero termina aceptando mi propuesta.
Me dispongo a hacer la cama, para luego retirar el polvo de los muebles con un trapo humedecido con aromatizante.
Doblo la ropa que he dejado regada por todo el suelo y la introduzco dentro de las bolsas plásticas que he dispuesto para guardar mis pertenencias.
No me he puesto cómoda. No he olvidado que este no es mi lugar y que tengo que buscar un apartamento en renta lo más pronto posible.
La ropa sucia es introducida en una bolsa diferente y me hago el recordatorio mental de pasar a la lavandería y echar una carga de ropa en algún momento de la semana.
Levanto los libros regados por toda la estancia y los apilo sobre una de las bolsas llenas de ropa. Solo hace falta pasar la aspiradora por la alfombra, pero no tengo la más mínima idea de dónde se encuentra. Ni siquiera sé si Harry tiene una.
—¡Johannah! —grito—. ¿Usted sabe si Harry tiene una aspiradora?
—¡Sí! —La voz de la mujer suena lejana—. ¡Está dentro del armario!
Sin perder el tiempo, abro la puerta corrediza del mueble, y me encuentro de frente con el guardarropa de Harry. La mayoría de las prendas son oscuras. El negro, el blanco, el azul marino y el gris predominan y no me sorprende en lo absoluto. No puedo imaginármelo vistiendo de naranja o amarillo.
La aspiradora se encuentra acomodada al fondo, justo debajo de donde comienzan los paneles de madera donde se acomoda la ropa doblada, así que tengo que arrodillarme para entrar al reducido espacio y alcanzarla.
Tomo el mango del aparato y tiro de él en mi dirección.
Avanzo a gatas, en reversa, y cuando creo que es tiempo, trato de levantarme.
Mi cabeza golpea contra el primer panel y el dolor me asalta.
Otro golpe viene, pero esta vez es más ligero y estoy lista para amortiguarlo.
Algo cae sobre mi nuca y luego da a parar al suelo con un sonido sordo.
Entonces, salgo del espacio para mirar el desastre que he causado.
Hay un pequeño marco fotográfico tirado en el suelo.
Sospecho que fue eso lo que me golpeó la segunda vez, así que lo levanto para acomodarlo de vuelta en su sitio.
Froto la mano contra mi cabeza para cerciorarme de que no haya ningún chichón en ella, mientras trato de decidir en qué posición voy a acomodar el objeto asesino dentro del panel.
Entonces, sin siquiera planearlo, echo una mirada rápida a la fotografía y me congelo al instante.
Mi corazón se detiene una fracción de segundo cuando miro el recuerdo que quedó atrapado en la fotografía.
En ella, aparecen dos personas. Una es Harry sin cicatrices.
Luce joven, audaz… feliz. Su sonrisa abarca casi la mitad de su rostro y se siente como si estuviera delante de una mala imitación del chico taciturno que yo conozco.
El hecho de que no haya ni una sola marca en su rostro en esa imagen, hace que mi resolución se fortalezca: Harry realmente es un chico bastante atractivo.
Sin embargo, no es la realización de este hecho lo que me saca de balance. Es la otra persona que se ve dibujada en la imagen, la que hace que la sensación de malestar me revuelva el estómago.
Hay una chica en la toma. Una chica hermosa. Es toda cabello rubio platinado, ojos claros y cuerpo esbelto. Es todo eso que yo no soy. Es todo eso que nunca voy a ser.
No soy una chica bonita, pero jamás me había sentido tan poca cosa como ahora.
Mi mente evoca una imagen de mí misma. No tengo una belleza exótica.
De hecho, no estoy segura de ser bella en lo absoluto.
No tengo ojos claros o cabello rubio; no soy alta y tampoco tengo curvas; mi sonrisa no es radiante y nunca he conseguido que mi cabello luzca bien de ninguna manera.
Debí suponer que este era el tipo de chicas en las que Harry se fijaba…
Solo para torturarme un poco más, estudio sus posturas. Los brazos de él están alrededor de la cintura de ella; Su abdomen está pegado a la espalda de la chica y mira a la cámara. Ella, sin embargo, lo observa a él.
Todas las esperanzas se esfuman al ver cómo la sostiene; es obvio que no se trata de su hermana.
La sonrisa de la chica trae una oleada de decepción a mi cuerpo.
Sonríe con una seguridad que me hace querer golpearla; sin embargo, lo más fascinante de la toma es la forma en la que lo mira.
Sus ojos están llenos de astucia y descaro. Ella sabe que Harry le pertenece.
El nudo de mi estómago se aprieta.
Quiero lanzar el marco lejos; quiero esconderlo y al mismo tiempo quiero tirarlo a la basura.
No lo hago. En su lugar, lo contemplo durante un largo rato.
—¿Qué demonios estás haciendo con eso? —La voz ronca de Harry hace que todos y cada uno de los vellos del cuerpo se me ericen. Mi vista se vuelca en su dirección y un estallido de miedo recorre mi espina cuando me topo de frente con su expresión furiosa.
«Oh, mierda…».