Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

El calor se filtra en la bruma de mi sueño. El sol me da de lleno en la cara y traspasa la delgadez de mis párpados cerrados. Soy consciente de la sensación pegajosa de la espalda; esa que solo le precede al sudor. También, estoy al tanto de la presión impuesta en el hueso de mi cadera.

Trato de recuperar el hilo del sueño profundo, pero es imposible. Mantengo los ojos cerrados el mayor tiempo que puedo, pero sé que no voy a poder dormir más.

Intento moverme, pero algo me lo impide. Hay algo pesado sobre mi cadera y algo más liviano en la cintura.

La confusión me hace abrir los ojos y levantar la cara para saber qué es lo que me impide moverme.

En mi visión periférica, soy capaz de notar el brazo envuelto en mi torso y la pierna acomodada sobre la cadera.

El pánico y la alarma se apoderan de mí por unos instantes, antes de recordar lo sucedido anoche.

Entonces, el miedo es reemplazado por otra cosa igual de intensa.

La ansiedad y el nerviosismo me paralizan en el momento en el que me doy cuenta de que es Harry quien me abraza.

Tomo un par de inspiraciones profundas para tranquilizar el latir desbocado de mi corazón.

La fuerza con la que la sangre corre, hace que el pulso golpee detrás de mis orejas con especial fuerza.

Me siento torpe, estúpida y nerviosa, pero no puedo hacer nada para impedirlo.

Su cercanía me aturde como nada lo ha hecho antes.

Su respiración tranquila y acompasada roza un punto en mi cuello, cerca de la nuca y el aliento cálido mueve un par de cabellos revueltos que llegan hasta mi mejilla, provocándome escalofríos.

Su aroma fresco y limpio me aturde y quiero acurrucarme más cerca. Quiero alejarme. No sé qué demonios quiero realmente…

Con mucha lentitud, levanto su mano para colocarla lejos, pero él se mueve hasta quedar más cerca de mí.

Intento quitar su pierna, pero es imposible moverla sin hacer un movimiento brusco que pueda despertarlo.

Me giro, de modo que quedo con la espalda recostada sobre el colchón, y trato de deslizarme fuera de su abrazo, pero su agarre se intensifica y me atrapa aún más en la prisión de sus extremidades.

Giro el rostro para observarlo y la imagen hace que me congele.

Sus facciones se han suavizado; su expresión es tan tranquila y serena, que cuesta creer que es un chico duro y hosco cuando abre los ojos.

Las cicatrices en su rostro resaltan en la blancura de su piel, pero eso no me impide darme cuenta de que Harry Stevens de verdad es un tipo atractivo.

Su rostro es anguloso y suave al mismo tiempo, sus espesas cejas hacen arcos ligeros y amables en su expresión, sus pestañas son tan largas, que casi tocan sus pómulos, sus labios son mullidos y gruesos, y se han enrojecido debido al frío.

Aunque, quizás es solo que su piel es muy clara y eso los hace resaltar. No lo sé.

La única imperfección que encuentro en su rostro son las escandalosas cicatrices y, aun así, no consiguen opacar sus facciones varoniles y atractivas.

No sé cómo es que no lo noté antes. Sospecho que es su expresión hostil y su energía oscura y peligrosa lo que hace casi imposible ver cuán atractivo es a simple vista. Ahora que está dormido, soy capaz de mirar qué hay más allá de ese gesto de enojo que está grabado en su cara todo el tiempo…

Quiero correr los dedos sobre las líneas burdas e irregulares, pero me contengo. No me gustaría que despertara de golpe y me encontrara con las manos sobre esa parte de su anatomía que tanto parece cohibirlo ante el mundo.

Lo contemplo durante —lo que se siente como— una eternidad antes de atreverme a moverme. Esta vez, es fácil liberarme del abrazo firme. Tomo una de las almohadas y la deslizo entre su pierna y mi cuerpo para intentarlo de nuevo.

Harry se abraza a la almohada y salgo de la cama dando trompicones. Me aparto los mechones castaños lejos de la cara una vez que soy liberada y vuelvo a echarle una mirada al hombre que me sostuvo toda la noche. Luce tan joven, tan… vulnerable.

Mi corazón se encoge con la idea de él siendo endeble.

Harry nunca se ha mostrado a sí mismo como chico débil; sin embargo, no puedo dejar de pensar que realmente lo es debajo de toda esa violencia que lo envuelve.

He aprendido a mirar más allá del ceño fruncido y la hostilidad con la que se mueve, y es casi doloroso caer en la cuenta de cuán triste luce a veces.

Trago el nudo que se me forma en la garganta y tomo una inspiración profunda. Quiero hacer algo por él. Quiero hacerlo sonreír, aunque sea unos instantes; así que, sin más, me encamino hasta la cocina y rebusco en la alacena algo para cocinar.

Sé que hacerle el desayuno no hará que sonría, pero será una linda manera de empezar el día. Al menos para mí.

Al cabo de media hora, todo está casi listo. No quiero hacer que se levante, pero tampoco quiero que lo que he preparado se enfríe. Me debato internamente mientras coloco las tiras de tocino sobre papel absorbente para quitar el exceso de grasa.

«¿Lo despierto o no lo despierto? ¿Lo despierto o no…?».

—Huele delicioso. —La voz ronca y arrastrada a mis espaldas me hace saltar en mi lugar.

«¡Relájate! ¡Respira, Maya, por el amor de Dios!».

Me tomo mi tiempo retirando el tocino del sartén antes de apagar la estufa y girarme para encararlo.

La expresión tranquila sigue en su rostro y eso me pone eufórica.

Su aspecto, por otro lado, es desaliñado y descuidado.

Su cabello largo está más revuelto que de costumbre, tiene los párpados hinchados por el sueño, lleva la ropa arrugada y los pies descalzos.

Ahora que lo pienso, es la primera vez que lo veo así de…

natural. Es como si se hubiese quitado una armadura y estuviese mostrándome al Harry real.

—Buenos días… —digo, nerviosa; pero él no parece notarlo. Quizás solo está fingiendo que no lo nota. Quizás es consciente de todo lo que provoca en mí y solo está divirtiéndose un rato.

«¡Basta! ¡Detente, Maya!», grita mi subconsciente y me obligo a dejar de pensar en estupideces.

Harry me regala una sonrisa torcida antes de estirar el cuerpo. Sus brazos se alzan por encima de su cabeza y su playera se levanta, de modo que soy capaz de ver un trozo de piel tirante por encima del borde de sus pantalones.

Me aclaro la garganta y poso la atención en la cafetera.

—Hice café. —Trato de distraerme a mí misma. Él luce tan confiado y yo estoy tan ansiosa, que no sé qué diablos hacer con las manos—. Hay jugo, también.

—Café suena perfecto. —La calidez en su voz hace que mi pecho se contraiga.

Mis manos trabajan mejor de lo que espero, y sirven una taza de café sin derramar una sola gota del líquido caliente. La práctica en el restaurante me ha hecho menos torpe. Cuando recién empecé a trabajar, quebraba platos casi a diario.

—Hice huevos y un poco de tocino —digo. Me giro sobre los talones para acercarme y entregarle la taza, pero me congelo en el momento en el que me doy cuenta de que es él quien ha acortado la distancia entre nosotros.

Una sonrisa baila en las comisuras de sus labios y toma mi ofrenda antes de darle un sorbo.

—No tiene azúcar —digo, sin apartar la mirada de sus labios mullidos.

Él esboza una sonrisa torcida y me obligo a mirarlo a los ojos.

—Me gusta el café sin azúcar —explica, y se aparta de mi camino para hacerme una seña. Desea que me siente.

—Voy a servirte algo de…

—No. —Me interrumpe y hace un gesto hacia una de las sillas—. Yo lo hago. Tú hiciste el desayuno, lo menos que puedo hacer es ponerlo en un plato para ti.

Una sonrisa boba me abandona, y me siento mientras él pone cantidades enormes de comida en un par de platos.

Comemos en silencio, pero no es incómodo en lo absoluto. Aquellos momentos en los que ninguno de los dos estaba bien con el otro alrededor se han esfumado por completo.

—¿Dormiste bien? —La pregunta de Harry me saca de mis cavilaciones. Siento el rubor apoderándose de mis mejillas, pero me obligo a sostenerle la mirada.

—Sí. —Sueno tímida—. ¿Tú? ¿Dormiste bien?

El tenedor se detiene a pocos centímetros de su boca antes de continuar su camino.

—Tenía mucho sin dormir así —dice, luego de tragarse el bocado.

La euforia que siento es inmediata, pero trato de lucir despreocupada.

El silencio vuelve a inundar la estancia, pero ninguno de los dos parece estar dispuesto a romperlo. Trato de comer todo lo que ha puesto en mi plato, pero apenas he podido llegar a medio camino. Él, por otro lado, ha devorado todo y se ha servido una porción más.

Una vez que terminamos, me dispongo a limpiar. Harry me ayuda a lavar los trastos sucios, mientras que limpio las encimeras con un trapo.

Al terminar, desaparece por la puerta. No estoy muy segura de qué hacer, así que me encamino hasta la sala y enciendo el televisor a volumen bajo. No pasan más de quince minutos antes de que Harry aparezca en mi campo de visión. Se ha duchado y cambiado. Luce fresco y despierto ahora.

Su cabello color caramelo cae húmedo sobre su frente, pero a él no parece molestarle en lo absoluto. Toma sus llaves —las cuales se encuentran sobre la mesa de centro— y me dedica una mirada dubitativa. Una parte de mí espera que proponga que hagamos algo fuera, pero sé que no va a ocurrir.

—Saldré unas horas —anuncia—. Tengo unos pendientes que resolver, pero espero no tardar demasiado.

Asiento. Entonces, Harry se encamina hacia la entrada y toma su chaqueta antes de enfundarse en ella. De pronto, se congela y maldice antes de encararme.

—Olvidé por completo avisarte. —Hace una mueca de disculpa—. Vendrá Johannah en un par de horas. ¿Puedes decirle que me espere?, no tardaré demasiado.

Un puñado de rocas cae en mi estómago en ese preciso instante. ¿De verdad espera que me quede aquí solo para avisarle a una chica que no tardará? De todos modos, ¿quién es esa Johannah? ¿Qué tiene que hacer aquí? ¿Es eso lo que hace cuando no estoy: Traer chicas?...