Capítulo 2 #2
—¿Qué mierda crees que estás haciendo? —suelta, de pronto.
Me sobresalto ante la dureza de su tono.
—Vine a pagarte. —Sueno asustada y tímida. Quiero golpearme por eso.
Su mandíbula se aprieta con tanta fuerza, que temo que vaya a hacerse daño. Sus ojos se cierran mientras inhala profundo. Cuando vuelve a mirarme, su expresión se ha relajado. Una máscara de serenidad se ha apoderado de su rostro.
—No es necesario que me pagues. —Me mira de pies a cabeza—. Necesitas más ese dinero que yo.
La indignación quema en mi torrente sanguíneo. El coraje y la humillación me oprimen tanto el pecho que apenas puedo respirar.
«¡¿Cómo se atreve?! ».
—Vine a pagar un dinero que me fue prestado. —Lo miro a los ojos—. No es de tu incumbencia si necesito o no cincuenta dólares.
Luce como si hubiese sido golpeado con brutalidad. Se nota a leguas que no está acostumbrado a ser enfrentado de esta manera y puedo entender el por qué. Es intimidante hasta la mierda y las cicatrices no hacen más que acentuar esa esencia peligrosa que emana.
—No voy a tomar tu dinero —dice, con dureza.
Quiero lanzarle el billete a la cara y decirle que no tiene derecho de humillarme de esta manera, pero su expresión me aterroriza. Es tan oscura, que no me atrevo a hacer otra cosa que no sea desafiarlo con la mirada.
—¡Cariño, apresúrate que cobro por hora! —La voz femenina proveniente del apartamento, nos golpea a ambos.
«¿Hay una prostituta ahí dentro?».
De pronto, los papeles se han invertido. Ahora es él quien luce avergonzado y humillado; es por eso que me aferro al pequeño resquicio de poder que la situación me ha otorgado y vuelvo a extender el billete en su dirección.
—No voy a tomarlo. Haz lo que quieras —dice, tajante, y el coraje se apodera de mi cuerpo.
—¡Que te jodan! —escupo y me giro sobre mis talones para marcharme.
Me siento tan denigrada, que ni siquiera soy capaz de percatarme del momento en el que el repartidor de pizza pasa a mi lado.
No es hasta que casi ha llegado al apartamento del idiota del vecino, que me doy cuenta de la oportunidad que se me ha presentado.
Mi reacción es casi inmediata. Me precipito escaleras arriba y lo alcanzo justo cuando está entregándole el pedido al chico de las cicatrices.
—¡Hola! —Le regalo una sonrisa amable, mientras me interpongo entre ellos—. Yo voy a pagar por eso.
El repartidor luce confundido, pero toma el dinero que le ofrezco.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —escucho a mis espaldas—. ¡No te atrevas a…!
—Quédate con el cambio —añado, cortándolo de tajo, y me echo a correr hacia el piso inferior.
—¡Espera! —grita el vecino, pero ya estoy muy lejos de su alcance y, a menos que desee bajar semidesnudo a buscarme, no podrá hacer nada para detenerme.
Cuando entro a mi departamento, lo hago con una pequeña sonrisa satisfecha pintada en el rostro. Estoy extasiada con mi pequeña victoria y no puedo contener los gestos emocionados que amenazan con salir a borbotones.
Me encamino hasta la cocina, aún con la adrenalina a tope y abro la nevera.
—¡Ya llegué! —grito al aire.
Tomo la cacerola con los restos de la sopa de tortilla que preparé anoche, dispuesta a calentarla. Tengo tanta hambre, que no me importa comerme todas las sobras de días anteriores.
—¡Tengo hambre! —Mi papá grita desde la destartalada sala—. ¡Dame de cenar!
—¡En eso estoy! —anuncio, mientras enciendo la estufa. Ni siquiera su mal humor puede ahuyentar la sensación de triunfo que canta en mis venas.
Escucho sus pesados pasos acercándose y, de pronto, toda mi aura positiva se esfuma por completo. Mi cuerpo parece detectar su presencia.
—¿Qué estás preparando? —Habla a mis espaldas y la carne se me pone de gallina ante la cercanía; sin embargo, reprimo el impulso que tengo de pedirle que se aparte.
—Sopa de tortilla.
—Ayer comimos sopa de tortilla. —Se queja—. Siempre comemos sopa de tortilla.
—Podríamos comer otra cosa si trabajaras. —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas.
Me congelo de inmediato. Le ruego al cielo que no haya sido capaz de escuchar lo que dije, pero el silencio tenso y tirante me da la respuesta. Ha escuchado cada una de las palabras que acabo de pronunciar.
Me giro para encararlo y busco, desesperadamente, una justificación para lo que acabo de decir.
No sé qué debo hacer primero. No sé si debo pedirle perdón o rogarle que no me golpee; pero ni siquiera me da tiempo para meditarlo.
Su palma conecta con mi mejilla derecha en un golpe que apenas soy capaz de registrar.
El dolor estalla en forma de quemazón y reprimo un jadeo adolorido.
El impacto es tan fuerte, que me tambaleo y golpeo contra el suelo con brusquedad.
Apenas tengo oportunidad de orientarme un poco, cuando me tira del cabello. Casi puedo jurar que va a arrancarme el cuero cabelludo si sigue halándolo de esa forma.
Me obliga a levantarme del suelo y, para ese momento, estoy temblando.
Lágrimas cargadas de impotencia y odio brotan de mis ojos.
—¡¿Qué fue lo que dijiste?! —escupe, y gimo del dolor.
Me lanza al suelo una vez más y reprimo un grito ahogado.
De pronto, el dolor nace en mi estómago y me invade el cuerpo.
Es insoportable. No puedo respirar. No puedo moverme.
No puedo hacer nada que no sea abrazarme las rodillas contra el pecho.
Un montón de puntos oscuros oscilan en mi campo de visión y sé que voy a desmayarme.
«¡Te pateó! —grita una voz dentro de mi cabeza—. ¡Él te pateó!».
—¡Lo siento! —medio grito y medio sollozo—. ¡Lo siento! ¡Detente, por favor! ¡Lo siento!
Jadeo una y otra vez, en un intento desesperado por recuperar el aliento, pero apenas puedo retener el aire en los pulmones.
Él no dice nada. Se limita a acercarse con lentitud.
Acto seguido, siento cómo rebusca en los bolsillos de mi chaqueta. El coraje y la impotencia se arraigan dentro de mi pecho porque se siente como si estuviese asaltándome.
«Está asaltándote», susurra la insidiosa voz de mi cabeza.
Entonces, escucho sus pasos alejándose. Segundos después, la puerta principal es azotada.
Se ha marchado.
No puedo dejar de llorar. No puedo dejar de sentirme humillada y destrozada de todas las maneras posibles.
Me odio. Me odio por ser débil y no poder enfrentarlo. Por no tener el valor de detenerlo. Un día va a golpearme tanto, que va a matarme.
Sigo aquí, tirada en el suelo de la cocina, sin mover un músculo. He perdido la noción del tiempo y ni siquiera eso me importa. Sé que no debo revolcarme en mi propia miseria, pero no puedo dejar de hacerlo. Me siento tan impotente…
El golpeteo de la puerta principal, me saca de mi estado de trance de un segundo a otro. Trato de incorporarme, pero el dolor es insoportable y aún me siento aturdida.
Me quedo medio sentada, en la espera de que quienquiera que esté del otro lado de la puerta se marche; sin embargo, el sonido vuelve.
—¡Ya voy! —Me obligo a gritar con la voz ronca y ahogada.
Me toma una eternidad ponerme de pie; pero, cuando lo hago, me muevo con más facilidad de la que espero.
Avanzo hasta la puerta para abrirla, pero me congelo en el momento en el que mi mano toca la perilla.
«¿Y si es él? ¿Y si olvidó sus llaves?».
—¿Quién es? —Mi voz suena temblorosa debido al miedo y la falta de aliento.
No hay respuesta alguna.
—¡¿Quién es?! —exijo, ahora.
—Soy Harry —dice una voz familiar desde afuera del departamento—, el vecino de arriba.
La imagen del chico con cicatrices en la cara invade mi cabeza en un abrir y cerrar de ojos, y el alivio de saber que no es mi papá quien llama, es placentero.
De pronto, la realidad se asienta en mi cabeza. Acaban de golpearme en la cara. No puedo dejar que me mire así. No puedo permitir que vea la hinchazón que, seguramente, tengo ya en un lado del rostro. Va a hacer preguntas y no tengo las fuerzas necesarias para mentir. No ahora.
—Vete —Mi voz suena temblorosa, asustada y desesperada.
—¿Estás bien?
—¡Vete! —Esta vez, trato de ser tan dura como puedo—. ¡Vete de aquí! ¡Ya tienes tu dinero, ahora lárgate!
El silencio del otro lado es tan doloroso, reconfortante y duradero, que tengo la esperanza de que ya se haya marchado para ese momento; sin embargo, un escalofrío me recorre el cuerpo cuando pronuncia, con la voz enronquecida un débil:
—Bien. Como quieras.
Entonces, se marcha.
Puedo escuchar los pasos alejándose por el pasillo y el alivio viene a mí en grandes oleadas. Una pequeña punzada de remordimiento me atenaza el pecho durante unos instantes, pero me obligo a ignorarla lo mejor que puedo.
«Es mejor así —me digo a mí misma, en un débil intento de convencerme de que ha sido lo correcto—. No puedes permitir que te vea de este modo. No puedes dejar que nadie te vea de esta manera».